Varias especies de aves que habitan
en zonas urbanas han modificado su canto como respuesta a la bulla que
generamos los humanos.
Por Alejandro Portilla Navarro
Despunta el alba en San José, la
capital de Costa Rica. La ciudad aún duerme, pero a los madrugadores los recibe
una hermosa sinfonía: colibríes, come maíz, yigüirros, pechos amarillos,
tangaras azulejas, sotorrés cucaracheros, reinitas, entre otras aves, anuncian
que ha llegado un nuevo día.
“El canto de las aves tiene dos funciones principales: en machos, es atraer hembras y también defender el territorio de otros machos”, explica Luis Andrés Sandoval Vargas, ornitólogo de la Universidad de Costa Rica. Para las hembras en los trópicos, añade, la función principal del canto es la defensa del territorio.
Así, para poder comunicarse en las
ciudades, mantener seguro su territorio y poder encontrar pareja, las aves
deben encontrar la forma de contrarrestar los efectos del ruido antropogénico
—es decir, la bulla que producimos los humanos—. “El efecto principal del
desarrollo urbano en los cantos es que muchas aves cantan a frecuencias más
altas”, comenta Sandoval Vargas. Estudios realizados en los últimos tres
lustros han encontrado, por ejemplo, que los mirlos (Turdus merula),
los carboneros
comunes (Parus major) y los chingoles
comunes (Zonotrichia capensis) cantan en tonos más agudos, es
decir, con frecuencias mínimas más altas, en los entornos urbanos que en los
rurales.
Sin embargo, la respuesta de las
aves al ruido antropogénico puede ser más compleja. Justo eso fue lo que
Sandoval Vargas halló al estudiar los soterrés cucaracheros (Troglodytes
aedon). Los sotorrés son aves pequeñas —de unos 10 centímetros de alto y 12
gramos de peso—de color café, que se alimentan de insectos y suelen vivir cerca
de los humanos. En Costa Rica, se encuentran en casi todo el país, pero son
sobre todo muy abundantes en las ciudades. “Los machos cantan casi todo el año
y cantan muchas horas durante el día, y mucho de su comportamiento está mediado
por vocalizaciones”, explica Sandoval Vargas. No obstante, lo que las convierte
en el sujeto ideal para estudiar cómo se adaptan a los entornos urbanos es que
la mayoría de los componentes de su canto se encuentran dentro del mismo rango
de frecuencias que el ruido que producimos los humanos.
Durante dos años, aprovechando la
época de reproducción de los soterrés —de abril a junio—, el equipo de Sandoval
Vargas registró el canto de sotorrés machos en cuatro ubicaciones dentro del
área metropolitana de Costa Rica, y guardó registro también el ruido ambiental.
Si bien los cuatro sitios se encuentran dentro de zonas urbanas, los niveles de
ruido generado por humanos son distintos en cada uno de ellos: van desde muy
alto y medio alto, hasta medio bajo y bajo.
Los carboneros comunes (Parus
major ), mirlos (Turdus merula ) y come maíz o chingolos
comunes (Zonotrichia capensis ) también han hecho ajustes a sus
cantos cuando se encuentran en ambientes urbanos: todas estas aves cantan en
tonos más agudos cuando se encuentran en la ciudad.
El análisis,
cuyos resultados se publicaron en 2020 en el International Journal of
Avian Science, se centró en el repertorio de elementos sonoros —la variedad
de sonidos únicos que, al combinarse unos con otros, dan forma al canto
característico de un ave— producidos por los soterrés.
Tal como esperaban los científicos,
los soterrés tendían a cantar con sonidos más agudos en los lugares con más
ruido antropogénico. Pero no solo hallaron eso.
También encontraron que, de forma
general, el tamaño del repertorio de las aves disminuía a medida que aumentaba
el ruido antropogénico, en especial cuando las aves eran expuestas a niveles de
ruido antropogénico que estaban por encima del ruido habitual al que estaban
acostumbradas. La investigación halló el mismo patrón a nivel individual: un
mismo sotorré ofrecía un repertorio de canto más pequeño en días más ruidosos
que en días con menos bulla.
Un repertorio reducido no es una
buena noticia para el aprendizaje del lenguaje sonoro de estas aves, pues los pájaros
cantores necesitan oírse a sí mismos y a otros pájaros para cristalizar su
canto. “Lo que pasa ahí es que ellos están perdiendo parte de su vocabulario,
parte de sus sonidos, porque no los están produciendo. Y, en estas especies,
los juveniles necesitan escuchar a los adultos para aprender a cantar”, explica
Sandoval Vargas.
Esto, a la larga, puede dificultar
la comunicación con sus congéneres de otras poblaciones. Por ejemplo, se puede
dar la situación de que se tiene una población grande y otra pequeña, y para
conservar a la pequeña, se podrían llevar individuos de una a la otra, explica
Sandoval Vargas. “Pero resulta que los individuos de la población pequeña
dentro de la ciudad cantan muy diferente a los de la población grande…; no los
van a reconocer. Y, al no poder comunicarse, no se pueden reproducir [con
ellos]”, afirma Sandoval Vargas.
Con el paso de suficiente tiempo,
esto podría inducir procesos de especiación, es decir, que los individuos de la
ciudad evolucionen de forma diferente a aquellos que viven en otros tipos de
hábitat.
Otras aves recurren a estrategias
distintas ante el ruido humano. Los serines verdecillos (Serinus serinus)
—un ave común en ciudades españolas— canta por más
tiempo cuando hay más ruido en la ciudad. “Compensaban el ruido cantando
más tiempo”, dice Mario Díaz Esteban, investigador del Museo Nacional de
Ciencias Naturales de España, quien dirigió la investigación que hizo este
hallazgo en 2011.
Esta táctica, no obstante, tiene
sus inconvenientes. “El problema es que, si un individuo tiene que dedicar
mucho tiempo a cantar para compensar el ruido, ese tiempo no puede dedicarlo a
otras funciones, como buscar comida, buscar pareja y, probablemente la más
importante, vigilar a los depredadores”, explica Díaz Esteban.
El precio de vivir en la ciudad
Las modificaciones en los cantos de
los serines verdecillos y los sotorrés son un indicio de que las aves, como
muchos otros organismos, se están adaptando poco a poco —y de distintas formas—
para tener éxito en ambientes urbanos.
Los ecólogos australianos Mark
McDonnell y Amy Hahs apuntaban, en un artículo publicado en el Annual
Review of Ecology, Evolution, and Systematics de 2015, que los
organismos que poseen la habilidad de alterar su fenotipo —rasgos observables
como su morfología, desarrollo o comportamiento— en respuesta a las condiciones
ambientales, tienen más probabilidad de
sobrevivir en ambientes cambiantes y de adaptarse a nuevas condiciones.
Los cambios en el canto son tan
solo una de muchas adaptaciones que las aves presentan al vivir
en ciudades. Puede que también levanten vuelo más lentamente. “Hay mucha
gente moviéndose en los entornos urbanos y las aves pueden percibir eso como un
cierto nivel de riesgo o amenaza... si un humano se acerca, tendrán una
distancia que toleran antes de alzar vuelo”, ejemplifica Hahs, investigadora de
la Universidad de Melbourne. Lo mismo podría suceder cerca de mascotas o
vehículos, amplía.
Los pájaros de ciudad también
cambian su dieta. Hahs recuerda el ejemplo clásico de los herrerillos
europeos (Cyanistes caeruleus) que aprendieron a robar leche
abriendo botellas, cuando normalmente se alimentan de insectos. “En Australia,
el gran ejemplo que tenemos son los ibis, que usualmente se alimentan en
humedales, pero han empezado a robar sobros de los basureros”, agrega.
Díaz Esteban comenta que, aunque,
por lo general, los efectos de las actividades humanas en las aves pueden ser
negativos, también puede haber especies “que se beneficien de la proximidad de
los seres humanos, bien porque hay más comida, menos depredadores, o sus
competidores aguantan menos la presencia humana”. Sin embargo, reconoce que no
hay mucha evidencia de que las modificaciones en el canto representen una
ventaja para las aves en ambientes urbanos.
Aunque la presencia humana y la
construcción de las ciudades ejercen presión sobre el comportamiento de las
aves, hay muchas oportunidades de conservación dentro de las urbes, señalan
McDonnell y Hahs, y agregan que es urgente identificar acciones para crear
ciudades amigables para la biodiversidad.
“Si somos capaces de reducir
algunos de los impactos urbanos en nuestras ciudades, crear más espacios
verdes, reducir las islas de calor urbanas a través de la vegetación y otras
acciones, [tal como] encontrar formas de hacer que los hábitats estén más
conectados”, dice Hahs, “entonces más especies que están presentes en nuestras
ciudades encontrarán que el entorno urbano es menos desafiante”.
Nota del editor: Este artículo se
actualizó el 10 de noviembre de 2022 para reflejar que el investigador del
Museo Nacional de Ciencias Naturales de España se apellida Díaz Esteban. En una
versión anterior se indicó erróneamente que Esteban era su segundo nombre.
Artículo traducido por Debbie
Ponchner
Tomado de KNOWABLE MAGAZINE – IMÁGENES: ANDREW HOWE, LIZ LEYDEN,
CHRISTIAN PETERS / ISTOCK.COM
