Marino Alvarado Betancourt* / OPINIÓN
El fin de semana realicé un viaje en bus desde San Cristóbal
estado Táchira hasta la ciudad de Caracas. En ese trayecto el bus fue parado en
nueve alcabalas de la Guardia Nacional Bolivariana. Léase bien, nueve. Lo que
sería un viaje de 12 horas, se convirtió en 16. Cuatro horas más por la
persistencia de los funcionarios de pedir en cada alcabala la cédula, en dos
oportunidades subir con perros entrenados para detectar drogas y en otras para
revisar algunos equipajes.
En una de las alcabalas una funcionaria solicitó a todos los pasajeros que mostraran la cédula, fue revisando una a una con una linterna para identificar si el papel de la cédula era el oficial. Minutos después subió otro guardia para hacer la misma operación. Ante el reclamo de uno de los pasajeros al decirle que hace minutos una funcionaria había realizado ese procedimiento, respondió de mala gana y en tono amenazante que él realizaba su trabajo y si no le gustaba pues sencillamente no viajara.
En el bus venía una familia de nacionalidad peruana. Le
hicieron el viaje un tormento. En cada alcabala le pedían documentos, los
hacían bajar, en algunos casos les revisaron solo a ellos las maletas. Su
aspecto físico de rasgos indígenas, los convertía en sospechosos.
En una oportunidad uno de los perros antidrogas se empeñó en
olfatear a uno de los pasajeros. La persona les indicó a los funcionarios que
no tenía nada, la respuesta del guardia fue “estos perros no fallan”.
Bajaron al pasajero, lo revisaron y no tenía nada ilegal, lo dejaron subir de
nuevo.
En la octava alcabala, incómodo ya con la situación, me bajé
del bus y solicité conversar con el funcionario de más alto rango. Me respondieron
que no estaba en ese momento. Entablé conversación con dos guardias, uno de
ellos receptivo el otro tratando de intimidar. Les reclamé que era un abuso
parar un bus en tantas alcabalas y expliqué cómo ponían en riesgo a todos los
pasajeros porque los choferes no podían descansar.
Para esas rutas largas cada bus tiene asignados dos choferes.
Mientras uno maneja otro descansa, pero si paran en muchas alcabalas no logran
descansar. Cuatro horas más de trabajo y sin poder dormir toda la noche, puede
producir que el chofer se duerma en el camino.
El argumento de uno de los guardias para justificar tantas
alcabalas es que por los buses se puede transportar sustancias ilegales. No se
trata de cuestionar se adopten medidas y realicen un chequeo general y usen los
perros para detectar drogas, pero con un solo procedimiento es suficiente. Cuál
es la necesidad de cada dos horas parar los buses.
Se piensa en “seguridad” pero no en el pasajero y así poco
les importa complicarle un viaje a cualquier persona que se traslade en bus,
generalmente personas de bajos recursos donde además se trasladan adultos
mayores y niños. Bien pudiesen establecer un mecanismo mediante el cual una vez
chequeado el bus se coloca un sello con día y hora y la firma de un funcionario
y el chofer presenta en las alcabalas y, si quieren verificar, realizan una
llamada.
En Julio de 2021 Nicolás Maduro afirmó por los medios de
comunicación “He dado la orden, así que señora vicepresidenta usted me
garantiza que se eliminen las trabas que se le ponen en las alcabalas al pueblo
de Venezuela” pues
esa medida no se ha implementado. Siguen poniendo trabas, siguen
maltratando. ¿Y no sabe la Vicepresidenta y los ministros de la defensa y del
interior, que esas alcabalas permanecen?
Si se preocuparan más por la gente seguro pudiesen
implementar un mecanismo que combine eficiencia en materia de seguridad y
respeto a los pasajeros. Pero mientras la actitud sea usar el psico terror para
que quienes viajen no reclamen los abusos y se piense que está muy bien retener
un bus lleno de pasajeros una o dos horas, seguiremos sufriendo abusos en las
múltiples alcabalas que existen en el país.
*Abogado,
Coordinador de Exigibilidad Legal de Provea.
