El
fallo de la Cámara de Apelaciones británica que ordena la extradición de
Assange a Estados Unidos es indignante y doloroso. Más allá de sus
argumentos, que poco importan a esta altura del partido.
Indignante porque va en
contra de pronunciamientos de prácticamente todos los organismos de derechos
humanos del mundo, incluyendo los de Naciones Unidas, en contra de las demandas
de sindicatos y asociaciones de periodistas en cinco continentes, de defensores
de la libertad de expresión, de políticos e intelectuales democráticos de todo
el arco político.
Assange está privado de su libertad desde hace casi una década por haber publicado en su sitio de filtraciones, WikiLeaks, información secreta y comprometedora de las fuerzas armadas y del Departamento de Estado estadounidense, incluyendo evidencias de crímenes de guerra y mentiras diplomáticas de la superpotencia de Occidente.
El fallo a favor de su extradición,
que revierte la orden de no extraditar dictada en primera instancia, prolonga
su calvario. No significa que sea enviado a Estados Unidos en lo inmediato y
cuesta creer que ése sea el deseo de la administración demócrata de Joe
Biden. En Estados Unidos Assange enfrentaría un juicio en el que la
fiscalía debería demostrar que, no solo robó información en vez de recibirla y
publicarla, sino que lo hizo sin la complicidad de los grandes medios que lo acompañaron
en la publicación simultánea de sus revelaciones, como el mismísimo y
venerado New York Times. O sea, un papelón público para un
país que se vanagloria de su Primera Enmienda constitucional que en teoría
garantiza la libertad de expresión.
Pero a Assange tampoco le conviene
someterse a semejante circo en el norte de Virginia, cuna de la CIA y el FBI,
en un país donde legisladores y funcionarios han declarado públicamente que
merece la pena de muerte o directamente ser asesinado por lo que publicó. El
fallo de la cámara británica será apelado e irá a la Corte Suprema y de ahí muy
probablemente a la Corte Europea de Derechos Humanos con sede en Estrasburgo. Pasarán
los meses y tal vez los años, cambiarán los gobernantes y las circunstancias
políticas y Assange seguirá pudriéndose en su calabozo de máxima seguridad,
sometido a los juegos psicológicos del Pentágono con la aparente colaboración
del sistema judicial británico, que te extradito, no te extradito, sí te
extradito, hasta morir o volverse loco. Ese parece ser el futuro que le espera,
a menos que el mundo reaccione y obligue a sus carceleros a hacer lo correcto.
Además de indignante el fallo es
doloroso porque detrás de esta historia está la persona. Un ser humano con
aciertos y errores, que tiene una linda familia y un grupo de amigos
incondicionales. Un hombre curioso e interesado en lo que pasa en el mundo, que
siguió con interés y solidaridad el proceso latinoamericano antineoliberal de
principios de siglo y que fue generoso con su tiempo y disposición con muchos
políticos, intelectuales, activistas y periodistas, incluyendo a quien esto
escribe. Doloroso para millones de personas en todo el mundo que admiran su
trabajo y temen que su suerte está atada al futuro de la democracia y la verdadera
libertad de expresión, esa que permite revelar verdades incómodas. Un
fallo doloroso porque en su valentía para enfrentar las peores adversidades sin
claudicar un centímetro en sus valores e ideales, Julian Assange supo hacerse
querer.
Tomado de Página 12 / Argentina