Dos solistas que eligieron la Argentina para vivir y seguir
haciendo música
Ambos conectaron con la cultura local incluso antes de
llegar. Ahora nutren al under porteño de la mano de su comunidad.
¿Cómo? ¿Hay rock en Venezuela? Pues, claro: como
lo hay en todo el planeta. Artistas sobran. Y de calidad. Lo que
faltan, en todo caso, son orejas con la curiosidad suficiente como para ir
más allá de la primera rompiente, la del algoritmo.
► Nuevos Buenos Aires
Ambos llegaron a Buenos Aires con la idea de establecerse más o menos por la misma época: 2016/2017. Y a pesar de que los dos llegaron evitando la situación social de su país (al igual que más de cinco millones, de los cuales alrededor de 200 mil están aquí), los motivos decisivos que los trajeron fueron bien distintos.
“Estaba en la Universidad de Texas. Había
terminado mis estudios y no tenía visa para quedarme. Entonces decidí
volver a Sudamérica, pero quería probar algo distinto. Conocía Argentina y
me había gustado, así que me vine”, narra Alfonso Hernández, conocido como
Jauuar.
En simultáneo, Vargas acababa de sacar Radiocassette, su tercer disco solista. “Quería salir
de Venezuela a mostrar mi música y entre las opciones para hacer base afuera
apareció Argentina. Eso me movió desde un principio, entonces no lo dudé. Tengo
un vínculo cultural muy fuerte, soy fanático de las cosas de acá, sucede algo
bastante grande”.
La diáspora encontró a estos dos músicos en la
capital argentina, donde también se vincularon con otros paisanos que los
ayudaron de las maneras más diversas. “Muchos de los negocios
venezolanos que se instalaron acá apoyan a artistas de nuestro país en forma de
sponsors para poder hacer shows o difundirlos”, reconoce Alfonso. Y
Vargas agrega: “Había gente que ya conocía mi música y se la hizo escuchar a
otros venezolanos, pero también a argentinos y a personas de otros lados. Eso
me ayudó mucho”.
Ese espíritu de cuerpo no sólo dinamizó una espiral
de colaboración, sino que también dio aliento a Pandora.
“Pandora se maneja, más que todo, como una filosofía de trabajo que
tiene que ver con la cooperación, sea de ideas creativas o de información
necesaria para el desarrollo de cada proyecto cultural. Es bonito sentirnos
respaldados entre nosotros”, define Vargas.
“La idea inicial fue
formar un colectivo de venezolanos, pero estamos abiertos. Nos apoyamos para
hacer nuestras iniciativas, pero también para pasarnos data de locales,
festivales, productores, estudios y gente que nos pueda ayudar a seguir
avanzando con nuestra música”, profundiza Hernández.
► Versatilidad vinotinto
Jauuar etiqueta a su propuesta como “Exótico chill”. “Es la estrella norte de lo que
hacemos, aunque definitivamente no resume todo lo que hacemos”, explica Alfonso
Hernández. “Partimos de un rocanrol de batería, bajo, guitarra, voces y
canciones con energía. Pero las influencias son mucho más amplias. Algunos
músicos de la banda comenzaron haciendo metal, lo cual te da muchas
herramientas para hacer otras cosas, pero también hay mucho folclore
americano, desde Estados Unidos hasta la Patagonia. Eso le da el carácter
exótico, pero con cierta tranquilidad, de ahí viene lo chill”.
Esa búsqueda también marca el camino artístico de Vargas,
quien hizo música para dos películas venezolanas (Dos de trébol y El peor hombre del mundo),
trabajó en el juego Rock Band para Xbox y hasta tiene un EP
instrumental e incidental. “Además pinto, dibujo y hago cosas de animación. Es
maravilloso poder desarrollar varias manifestaciones artísticas y enamorarse de
ellas”.
Los flamantes lanzamientos de ambos son canciones acompañadas
de un clip (este
nuevo formato de divulgación, el de largar temas sueltos, también impuso una
condición: si hay simple, hay video). Jauuar publicó Lo veo todo arder
(Inspiporno), un videolyric grabado en la costanera norte porteña con mucha
guitarra al frente. Y Vargas lanzó Detente.
“Sé que ya no quieres escuchar que se acaba el mundo y nadie
sabe qué hacer”, comienza cantando Alfonso. Inevitable pensar en la pandemia,
aunque el trasfondo es más profundo. “Habla de la intensidad del encuentro
amoroso entre dos personas, cuando las miradas se vuelven cómplices y las
palabras suenan hermosas y atractivas. Pero, a la vez, ese sentimiento se
contrapone al caos del mundo externo, sobre todo con lo que ocurrió durante la
pandemia. No vamos a saber hasta dentro de muchos años el nivel de daño
psicológico que nos generó esa experiencia”.
En un plano más ambiental, aunque con las mismas venas
abiertas de la emocionalidad, Vargas juega en su video con la imagen de los
espejos rotos. “Reflejan lo difícil que es ver dentro de ti cuando ya
estás pasado. Cuando ya estás todo agrietado. Si bien usamos el espejo para
reflejar lo que vemos, en este caso simboliza una especie de visión hacia el
interior. Si tratas con algo que te consume, ya sea una adicción, un
comportamiento o algo que te está haciendo daño, ya no puedes ver con
claridad quién eres. Ni unir las piezas bien del todo”.
“Buenos Aires me encanta, no tiene nada que envidiarle al resto
del mundo: es
cosmopolita y tiene mucha cultura. Vivir y convivir con argentinos que hacen
cosas impresionantes me hace sentir muy afortunado”, dice Alfonso. Nada muy
distinto de lo que Vargas está convencido: “Buenos Aires ya es mi casa,
así la siento. Vivo aquí y estoy súper cómodo”.
Fragmento tomado de Página 12 / Argentina - Imagen: Cecilia
Salas