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14 diciembre, 2021

Jauuar y Vargas, espadas del rock venezolano en Buenos Aires

                     Dos solistas que eligieron la Argentina para vivir y seguir haciendo música

Ambos conectaron con la cultura local incluso antes de llegar. Ahora nutren al under porteño de la mano de su comunidad.

Por Juan Ignacio Provéndola

¿Cómo? ¿Hay rock en Venezuela? Pues, claro: como lo hay en todo el planeta. Artistas sobran. Y de calidad. Lo que faltan, en todo caso, son orejas con la curiosidad suficiente como para ir más allá de la primera rompiente, la del algoritmo.

Nuevos Buenos Aires

Ambos llegaron a Buenos Aires con la idea de establecerse más o menos por la misma época: 2016/2017. Y a pesar de que los dos llegaron evitando la situación social de su país (al igual que más de cinco millones, de los cuales alrededor de 200 mil están aquí), los motivos decisivos que los trajeron fueron bien distintos.

“Estaba en la Universidad de Texas. Había terminado mis estudios y no tenía visa para quedarme. Entonces decidí volver a Sudamérica, pero quería probar algo distinto. Conocía Argentina y me había gustado, así que me vine”, narra Alfonso Hernández, conocido como Jauuar. 

En simultáneo, Vargas acababa de sacar Radiocassette, su tercer disco solista. “Quería salir de Venezuela a mostrar mi música y entre las opciones para hacer base afuera apareció Argentina. Eso me movió desde un principio, entonces no lo dudé. Tengo un vínculo cultural muy fuerte, soy fanático de las cosas de acá, sucede algo bastante grande”.

La diáspora encontró a estos dos músicos en la capital argentina, donde también se vincularon con otros paisanos que los ayudaron de las maneras más diversas. “Muchos de los negocios venezolanos que se instalaron acá apoyan a artistas de nuestro país en forma de sponsors para poder hacer shows o difundirlos”, reconoce Alfonso. Y Vargas agrega: “Había gente que ya conocía mi música y se la hizo escuchar a otros venezolanos, pero también a argentinos y a personas de otros lados. Eso me ayudó mucho”.

Ese espíritu de cuerpo no sólo dinamizó una espiral de colaboración, sino que también dio aliento a Pandora. “Pandora se maneja, más que todo, como una filosofía de trabajo que tiene que ver con la cooperación, sea de ideas creativas o de información necesaria para el desarrollo de cada proyecto cultural. Es bonito sentirnos respaldados entre nosotros”, define Vargas.

 “La idea inicial fue formar un colectivo de venezolanos, pero estamos abiertos. Nos apoyamos para hacer nuestras iniciativas, pero también para pasarnos data de locales, festivales, productores, estudios y gente que nos pueda ayudar a seguir avanzando con nuestra música”, profundiza Hernández.

Versatilidad vinotinto

Jauuar etiqueta a su propuesta como “Exótico chill”. “Es la estrella norte de lo que hacemos, aunque definitivamente no resume todo lo que hacemos”, explica Alfonso Hernández. “Partimos de un rocanrol de batería, bajo, guitarra, voces y canciones con energía. Pero las influencias son mucho más amplias. Algunos músicos de la banda comenzaron haciendo metal, lo cual te da muchas herramientas para hacer otras cosas, pero también hay mucho folclore americano, desde Estados Unidos hasta la Patagonia. Eso le da el carácter exótico, pero con cierta tranquilidad, de ahí viene lo chill”.

Esa búsqueda también marca el camino artístico de Vargas, quien hizo música para dos películas venezolanas (Dos de trébol y El peor hombre del mundo), trabajó en el juego Rock Band para Xbox y hasta tiene un EP instrumental e incidental. “Además pinto, dibujo y hago cosas de animación. Es maravilloso poder desarrollar varias manifestaciones artísticas y enamorarse de ellas”.

Los flamantes lanzamientos de ambos son canciones acompañadas de un clip (este nuevo formato de divulgación, el de largar temas sueltos, también impuso una condición: si hay simple, hay video). Jauuar publicó Lo veo todo arder (Inspiporno), un videolyric grabado en la costanera norte porteña con mucha guitarra al frente. Y Vargas lanzó Detente.

“Sé que ya no quieres escuchar que se acaba el mundo y nadie sabe qué hacer”, comienza cantando Alfonso. Inevitable pensar en la pandemia, aunque el trasfondo es más profundo. “Habla de la intensidad del encuentro amoroso entre dos personas, cuando las miradas se vuelven cómplices y las palabras suenan hermosas y atractivas. Pero, a la vez, ese sentimiento se contrapone al caos del mundo externo, sobre todo con lo que ocurrió durante la pandemia. No vamos a saber hasta dentro de muchos años el nivel de daño psicológico que nos generó esa experiencia”.

En un plano más ambiental, aunque con las mismas venas abiertas de la emocionalidad, Vargas juega en su video con la imagen de los espejos rotos. “Reflejan lo difícil que es ver dentro de ti cuando ya estás pasado. Cuando ya estás todo agrietado. Si bien usamos el espejo para reflejar lo que vemos, en este caso simboliza una especie de visión hacia el interior. Si tratas con algo que te consume, ya sea una adicción, un comportamiento o algo que te está haciendo daño, ya no puedes ver con claridad quién eres. Ni unir las piezas bien del todo”.

“Buenos Aires me encanta, no tiene nada que envidiarle al resto del mundo: es cosmopolita y tiene mucha cultura. Vivir y convivir con argentinos que hacen cosas impresionantes me hace sentir muy afortunado”, dice Alfonso. Nada muy distinto de lo que Vargas está convencido: “Buenos Aires ya es mi casa, así la siento. Vivo aquí y estoy súper cómodo”.

Fragmento tomado de Página 12 / Argentina - Imagen: Cecilia Salas