Por: Frei Betto
Si queremos rescatar el legado de Paulo Freire, el camino es
volver al trabajo de base con las clases populares, adoptando su método en una
perspectiva histórica, abierta a las utopías libertarias y al horizonte
democrático.
Si queremos rescatar el legado de Paulo Freire, el camino es
volver al trabajo de base con las clases populares, adoptando su método en una
perspectiva histórica, abierta a las utopías libertarias y al horizonte
democrático.
Puedo afirmar, sin miedo a exagerar, que Paulo Freire está en la raíz de la historia del poder popular brasileño a lo largo de 50 años, entre 1966 y 2016. Ese poder surgió como un árbol frondoso de la izquierda brasilera actuante en la segunda mitad del siglo XX: grupos que lucharon contra la dictadura militar (1964-1985); las comunidades Eclesiales de Base de las Iglesias cristianas; la amplia red de movimientos populares y sociales que despuntaron en los años 70; el sindicalismo combativo.
Y, en la década de 1980, la fundación de la CUT (Central
Única de los Trabajadores); de la ANAMPOS (Articulación Nacional de los
Movimientos Populares y Sindicales) y enseguida de la CMP (Central de
Movimientos Populares); del PT (Partidos de los Trabajadores); y del MST (Movimiento
de los Trabajadores Rurales Sin Tierra); y de tantos otros movimientos, ONGs y
entidades.
Si tuviese que responder a la pregunta: “Indique una persona
causante de todo eso”, diría sin ninguna duda: Paulo Freire. Sin la metodología
de educación popular de Paulo Freire, no habría esos movimientos, porque él nos
enseñó algo muy importante: a ver la historia desde la óptica de los oprimidos
y hacerlos protagonistas de los cambios en la sociedad.
Los excluidos como sujetos políticos
Al salir de la prisión política, a finales de 1973, tuve la
impresión de que toda lucha, aquí fuera, había acabado por la fuerza de la
represión de la dictadura militar, y porque todos nosotros, imbuidos de la
pretensión de ser los únicos entendidos en la lucha capaz de rescatar la
democracia, estábamos en la cárcel, muertos, o en el exilio. Cuál no fue mi
sorpresa, al encontrar una inmensa red de movimientos populares diseminados por
todo Brasil.
Cuando fue fundado el PT, en 1980, vi a compañeros de izquierda
reaccionar: “¿Obreros? No. Es mucha pretensión querer que los obreros sean la
vanguardia del proletariado. Somos nosotros, intelectuales teóricos, marxistas,
quienes tenemos capacidad para dirigir a la clase trabajadora”. No obstante, en
Brasil los oprimidos empezaban a volverse no sólo sujetos históricos, sino
también líderes políticos, gracias al método Paulo Freire.
Una vez, en México, compañeros de izquierda me preguntaron:
— ¿Cómo hacer aquí algo parecido al proceso de ustedes en
Brasil? Porque ustedes tienen un sector de izquierda en la Iglesia, un
sindicalismo combativo, el PT… ¿Cómo se obtiene esa fuerza política popular?
— Empiecen haciendo educación popular –respondí– y de aquí a
treinta años…
Ellos me interrumpieron:
— ¡Treinta años es demasiado! Queremos una sugerencia para
tres años.
— Para tres años no sé cómo hacer –observé–, pero para
treinta años conozco el camino.
En resumen, todo el proceso de acumulación de fuerzas
políticas populares que resultó en la elección de Lula como presidente de
Brasil, en 2002, y mantuvo al PT en el gobierno federal durante trece años, no
cayó del cielo. Todo fue construido con mucha tenacidad a partir de la
organización y movilización de las bases populares aplicando el método Paulo
Freire.
El método Paulo Freire
Conocí el método Paulo Freire en 1963. Yo vivía en Rio de
Janeiro, formaba parte de la Dirección Nacional de la Acción Católica. Al
surgir los primeros grupos de trabajo del método Paulo Freire, me comprometí en
un equipo que los sábados subía a Petrópolis, a 70 km de Rio, para alfabetizar
a obreros de la Fábrica Nacional de Motores. Allí descubrí que nadie enseña
nada a nadie, unos ayudan a otros a aprender.
¿Qué hicimos con los trabajadores de aquella fábrica de
camiones? Fotografiamos las instalaciones, reunimos a los obreros en el salón
de una iglesia, proyectamos diapositivas e hicimos una pregunta totalmente
simple:
— En esta foto, ¿qué es lo que ustedes no hicieron?
— Bueno, no hicimos el árbol, la planta, el camino, el agua…
— Eso que ustedes no hicieron es naturaleza –dijimos–.
— ¿Qué es lo que hizo el trabajo humano? –indagamos–.
— El trabajo humano hizo el ladrillo, la fábrica, el puente,
la cerca…
— Eso es cultura –dijimos–. ¿Y cómo fueron hechas estas
cosas?
Ellos discutían y respondían:
— Fueron hechas a medida en que los seres humanos
transformaron la naturaleza en cultura.
Enseguida, aparecía la foto del patio de la Fábrica Nacional
de Motores ocupado por muchos camiones y las bicicletas de los trabajadores.
Simplemente preguntábamos:
— En esta foto, ¿qué hicieron ustedes?
— Los camiones.
— ¿Y qué tienen ustedes?
— Las bicicletas.
— ¿No estarán ustedes equivocados?
— No, nosotros fabricamos los camiones…
— ¿Y por qué no van a casa en camión? ¿Por qué van en
bicicleta?
— Porque el camión cuesta caro y no es nuestro.
— ¿Cuánto cuesta un camión?
— Cerca de 40 mil dólares.
— ¿Cuánto ganan ustedes al mes?
— Bueno, ganamos en promedio 200 dólares.
— ¿Cuánto tiempo tiene que trabajar cada uno de ustedes, sin
comer, sin beber, sin pagar alquiler, economizando todo el salario para ser un
día dueño del camión que construye?
Ahí ellos empezaban a calcular y tomaban conciencia de la
esencia de la relación capital x trabajo, lo que es la plusvalía, la
explotación, etc.
Las nociones más elementales del marxismo, en cuanto crítica
del capitalismo, venían por el método Paulo Freire. Con la diferencia de que no
estábamos dando clase, no hacíamos lo que Paulo Freire llamaba ‘educación
bancaria’, o sea, meter nociones de política en la cabeza del trabajador. El método
era inductivo. Como decía Paulo, nosotros, los profesores, no enseñábamos,
ayudábamos a los alumnos a aprender.
Culturas distintas y complementarias
Cuando llegué a São Bernardo do Campo (SP), en 1980, había
militantes de izquierda que distribuían periódicos entre las familias de los
trabajadores. Cierto día doña Marta me preguntó:
— ¿Qué es “contradicción de clase”?
— Doña Marta, olvide eso.
— No soy de mucha lectura –se justificó– porque mi vista es
mala y la letra pequeña.
— Olvide eso –le dije–. La izquierda escribe esos textos para
leerlos ella y quedarse contenta, creyendo que está haciendo la revolución.
Paulo Freire nos enseñó, no sólo a hablar en lenguaje
popular, plástico, no académicamente conceptual, sino también a aprender con el
pueblo. Enseñó al pueblo a recuperar su autoestima.
Al salir de la cárcel, viví cinco años en una favela en el
Estado de Espíritu Santo. Allí trabajé en educación popular con el método Paulo
Freire. Al volver a São Paulo, a finales de los 70, Freire me propuso hacer un
balance de nuestra experiencia en educación y, gracias a la mediación del
periodista Ricardo Kotscho, produjimos el libro titulado “Esa escuela llamada
vida” (editorial Ática). Es su relato como educador y creador del método, y mi
experiencia como educador de base.
En el libro cuento que, en la favela donde yo vivía, había un
grupo de mujeres embarazadas de su primer hijo, asesoradas por médicos de la
Secretaría Municipal de Salud. Pregunté a los médicos por qué trabajar sólo con
las embarazadas de primer hijo.
— No queremos mujeres que ya tengan vicios maternales
–dijeron–, queremos enseñar todo.
Pues bien, pasados unos meses, llamaron a mi puerta.
— Betto, queremos su ayuda.
— ¿Mi ayuda?
— Hay un cortocircuito entre nosotros y las mujeres. Ellas no
entienden lo que hablamos. Usted, que tiene experiencia con ellas, nos podría
asesorar.
Fui a presenciar el trabajo de ellos. Al entrar en el Centro
de Salud del barrio, me asusté. Allí estaban mujeres muy pobres, y el Centro
había sido adornado con carteles de bebés Johnson, rubios de ojos azules,
propaganda de Nestlé etc. Delante de aquel espectáculo visual, reaccioné:
— Todo está equivocado. Cuando las mujeres entran aquí y ven
esos bebés perciben que eso es otro mundo, no tiene nada que ver con los bebés de
ellas.
Presencié el trabajo de los médicos. Hablaban en FM y las
mujeres estaban sintonizadas en AM. La comunicación realmente no funcionaba. En
una sesión, el doctor Raúl explicó, en lenguaje científico, la importancia de
la alimentación materna y, por tanto, de las proteínas, para la formación del
cerebro humano. Cuando él terminó la exposición, las mujeres lo miraron como yo
al abrir un texto en mandarín o árabe: sin entender nada.
— Doña María, ¿usted entendió lo que dijo el doctor Raúl?
–pregunté–.
— No, no entendí, sólo entendí que él dijo que nuestra leche
es buena para la cabeza de los niños.
— ¿Y por qué no lo entendió usted?
— Porque no tengo estudios. Fui poco a la escuela, nací pobre
en el campo. Yo tenía que trabajar la tierra y ayudar al sustento de la
familia.
— ¿Y por qué el doctor Raúl supo explicar todo eso?
— Porque él es doctor, tiene estudios. Él sabe y yo no sé.
— Doctor Raúl, ¿usted sabe cocinar? –pregunté–.
— No sé ni hacer café.
— Doña María, ¿usted sabe cocinar?
— Sí sé.
— ¿Sabe hacer pollo en salsa oscura (plato que en Espirito
Santo y también en algunas áreas del Nordeste se llama galinha de
cabidela)?
— Sé.
— Por favor, póngase de pie –le pedí–, y cuéntenos cómo se
hace un pollo en salsa oscura.
Doña María dio un aula de culinaria: cómo se mata el pollo,
cómo se despluma, cómo se prepara la carne y se hace la salsa, etc.
Cuando se sentó, dije:
— Doctor Raúl, ¿usted sabe hacer un plato así?
— Claro que no, me gusta, pero no sé cocinar.
— Doña María –concluí–, usted y el doctor Raul, están
perdidos en un bosque espeso, muertos de hambre, y de pronto aparece una
gallina. Él, con toda su cultura moriría de hambre, usted, no.
La mujer abrió una sonrisa de oreja a oreja. En aquel momento
ella descubrió un principio fundamental de Paulo Freire: no existe nadie más
culto que otro, existen culturas distintas, socialmente complementarias. Si
ponemos en la balanza toda mi filosofía y teología y la culinaria de la
cocinera del convento en el que vivo, ella puede pasar sin mis conocimientos, pero
yo no puedo pasar sin los de ella. Ésa es la diferencia. La cultura de una
cocinera es imprescindible para todos nosotros.
Paulo Freire y desafíos de futuro
Ante la emergencia de tantos gobiernos autoritarios y la
profusión de mensajes antidemocráticos, racistas, homofóbos, machistas y
negacionistas en las redes digitales, me parece de suma importancia volver a
Paulo Freire en esta fecha del centenario de su nacimiento.
El reflujo de las fuerzas progresistas en América Latina en
los últimos años y el despuntar de figuras neofascistas como Bolsonaro en
Brasil, nos obligan a reconocer que hace décadas abandonamos el trabajo de base
de organización y movilización populares. Ese vacío en las poblaciones de la
periferia, de las favelas, de las zonas rurales pobres, está siendo ocupado por
el fundamentalismo religioso, por el narcotráfico y los milicos.
Paulo Freire nos enseña en sus obras que no hay movilización
sin concientización previa. Es preciso que las personas tengan un “perchero”,
donde colgar los conceptos políticos y las claves de análisis de la realidad.
El “perchero” es la percepción del tiempo como historia.
Hay civilizaciones, tribus, grupos, que no tienen percepción
del tiempo como historia. Los griegos antiguos, por ejemplo, creían que el
tiempo era cíclico. Hoy, el tiempo retorna por medio del esoterismo, del
negacionismo, del fatalismo y del fundamentalismo religioso. Pero retorna sobre
todo por el neoliberalismo.
La esencia del neoliberalismo es la deshistorización del
tiempo. Cuando Fukuyama declaró que “la historia acabó”, expresó esto que el
neoliberalismo nos quiere inculcar: ¡Hemos llegado a la plenitud de los
tiempos! El modo neoliberal de producción capitalista, basado en la supremacía
del mercado, es definitivo. Pocos son los escogidos y muchos los excluidos. Y
de nada sirve querer luchar por una sociedad alternativa, ¡por “otro mundo
posible”!
De hecho, hoy en día es difícil hablar de sociedad
alternativa. Socialismo, entonces, ¡ni pensar! Se ha creado un pudor, un
bloqueo intelectual y emocional. “El socialismo se acabó, se derrumbó, colapsó,
fue enterrado”, alardean las pitonisas. Las alternativas que se plantean son
por lo general intrasistémicas.
La noción de que el tiempo es historia viene de los
persas, pasada a los hebreos y acentuada por la tradición judaica. Tres grandes
paradigmas de nuestra cultura son de origen judaico –Jesús, Marx y Freud– y,
por lo tanto, trabajaron con la categoría de tiempo como historia.
No se consigue estudiar el marxismo sin profundizar en los
modos de producción anteriores, para entender cómo se llegó al modo de
producción capitalista. Y entender, enseguida, cómo sus contradicciones podrían
llevar a los modos de producción socialista y comunista. El análisis marxista
supone por tanto el rescate del tiempo como historia.
Si alguien hace análisis o psicoterapia, el psicoanalista
pregunta al paciente sobre su pasado, su infancia, su educación. Si el paciente
puede hablar sobre su vida intrauterina, tanto mejor… Toda la psicología de
Freud es un rescate de nuestra temporalidad como individuos.
La perspectiva de Jesús era histórica. El Dios de Jesús se
presenta con currículum vitae: no es un dios cualquiera –es Dios de Abraham,
Isaac y Jacob–, o sea, un Dios que hace historia. La categoría principal de la
predicación de Jesús es histórica: el Reino de Dios. Aunque situado allá arriba
por el discurso eclesiástico, teológicamente no se sitúa allá arriba. El Reino
es algo ahí adelante, es la culminación del proceso histórico.
Es curioso que en la Biblia la historia, como factor de
identificación del tiempo, es tan fuerte que en el relato del Génesis la
Creación del mundo ya aparece marcada por esa historicidad del tiempo antes de
la aparición del ser humano.
Para muchos, historia es lo que hombres y mujeres hacen. Entonces,
no habría historia antes del surgimiento de hombres y mujeres, tanto es así que
se habla de prehistoria. Para la Biblia, ya hay historia antes de la aparición
del ser humano. Tanto que los griegos consideraban al dios de los hebreos una
entidad muy incompetente. Un verdadero dios crea como el Nescafé: instantáneo,
y no a plazos, como muestra el relato bíblico. En el relato de la Creación, en
siete días, ya hay historicidad. Y Paulo Freire, hombre de formación cristiana
y militante adepto a los fundamentos del marxismo, supo percibir la importancia
de la lectura del mundo como condición para la lectura del texto.
Al neoliberalismo no le conviene esta perspectiva. Por eso,
no se puede hacer educación popular sin tener el “perchero vertical” en el que colgar
las ropas… Ese “perchero” –el tiempo en cuanto historia– es fundamental para
poder visualizar el proceso social y político. Esto sucede también en la
dimensión micro de nuestras vidas. ¿Por qué hoy muchos tienen dificultad para
hacer proyectos de vida? ¿Por qué hay jóvenes que llegan a los 20 años sin la
menor idea de lo que pretenden ser o hacer en la vida? Para muchos de ellos,
todo es aquí y ahora.
Por eso, si queremos rescatar el legado de Paulo Freire, el
camino es volver al trabajo de base con las clases populares, adoptando su
método en una perspectiva histórica, abierta a las utopías libertarias y al
horizonte democrático. Fuera del pueblo no hay salvación. Y si creemos que la
democracia debe ser, de hecho, el gobierno del pueblo para el pueblo y con el
pueblo, no queda alternativa sino adoptar el proceso educativo paulofreiriano
que sitúa a los oprimidos como protagonistas políticos e históricos.
Cuando Paulo Freire volvió de 15 años de exilio, en agosto de
1979, nos encontramos en São Paulo. Éramos vecinos y con frecuencia lo
visitaba. Estrechamos mucho nuestras relaciones personales.
Termino este homenaje con este texto que escribí el día 2 de
mayo de 1997, fecha de la transvivenciación de Paulo Freire:“Ivo vio la uva”,
enseñaban los manuales de alfabetización. Pero el profesor Paulo Freire, con su
método de alfabetizar concientizando, hace que adultos y niños en Brasil y en
Guinea-Bissau, en la India, en Nicaragua y en tantos otros lugares, descubran
que Ivo no vio sólo con los ojos. Vio también con la mente y se preguntó si uva
es naturaleza o cultura.
Ivo vió que la fruta no resulta del trabajo humano. Es
Creación, es naturaleza. Paulo Freire enseñó a Ivo que sembrar uva es acción
humana en y sobre la naturaleza. Y la mano, multiherramienta, despierta las
potencialidades del fruto. Así como el propio ser humano fue sembrado por la
naturaleza en años y años de evolución del Universo.
Coger la uva, aplastarla y transformarla en vino es cultura,
señaló Paulo Freire. El trabajo humaniza la naturaleza y, al realizarlo, el
hombre y la mujer se humanizan. Trabajo que instaura el nudo de relaciones, la
vida social. Gracias al profesor, que inició su pedagogía revolucionaria con
trabajadores del Sesi de Pernambuco, Ivo vio también que la uva es recogida por
temporeros, que ganan poco, y comercializada por intermediarios, que ganan
mucho más.
Ivo aprendió con Paulo que, aun sin todavía saber leer, él no
es una persona ignorante. Antes de aprender las letras, Ivo sabía levantar una
casa, ladrillo a ladrillo. El médico, el abogado o el dentista, con todos sus
estudios, no son capaces de construir como Ivo. Paulo Freire enseñó a Ivo que
no existe nadie más culto que otro, existen culturas paralelas, distintas, que
se complementan en la vida social.
«Ivo vió la uva», y Paulo Freire le mostró los racimos, el
parral, toda la plantación. Enseñó a Ivo que la lectura de un texto es tanto
mejor comprendida cuanto más se inserta el texto en el contexto del autor y del
lector. De esa relación dialógica entre texto y contexto, Ivo extrae el
pretexto para actuar. En el inicio y en el fin del aprendizaje la praxis de Ivo
es lo que importa. Praxis-teoría-praxis, en un proceso inductivo que torna al
educando sujeto histórico.
Ivo vio la uva y no vio el ave que, desde arriba, mira la
parra y no ve la uva. Lo que Ivo ve es diferente de lo que ve el ave. Así,
Paulo Freire enseñó a Ivo un principio fundamental de epistemología: la cabeza
piensa desde donde pisan los pies. El mundo desigual puede ser leído con la
óptica del opresor o con la óptica del oprimido. Resultan lecturas tan
diferentes una de otra como entre la visión de Ptolomeo, al observar el sistema
solar con los pies en la Tierra, y la de Copérnico, al imaginarse con los pies
en el Sol.
Ahora Ivo ve la uva, el parral y todas las relaciones
sociales que hacen del fruto fiesta en el cáliz de vino, pero ya no ve a Paulo
Freire, que se sumergió en el Amor la mañana del 2 de mayo de 1997. Nos deja
una obra inestimable y un testimonio admirable de competencia y coherencia.
Paulo debía ir a Cuba, donde recibiría el título de Doctor
Honoris Causa por la Universidad de La Habana. Al sentir dolorido su corazón,
que tanto amó, pidió que fuese yo a representarlo. Pero yo tenía que ir a
Palestina y no me fue posible atenderlo. Sin embargo, antes de embarcar fui a
rezar con Nita, su mujer, y con sus hijos en torno a su semblante tranquilo:
Paulo veía a Dios.
Tomado de TeleSur / Caracas