El escritor colombiano reflexiona sobre la herencia española
en un momento en que la polémica sobre el pasado imperial agita el debate
político en América Latina
Un año más, España, o parte de ella, celebra su fiesta del 12
de octubre. Eso significa que, un año más, vuelve la polémica sobre su
papel en la conquista y colonización de América. Al otro lado del
Atlántico, el asunto está quizá más candente que nunca. El presidente
mexicano, Andrés Manuel López Obrador, insiste en que Felipe VI
pida perdón, mientras los monumentos que recuerdan a los exploradores,
conquistadores y misioneros españoles se han convertido en blanco recurrente de
jóvenes manifestantes o de gobiernos locales, que los apartan del espacio
público ante la presión popular. Las estatuas de Colón e Isabel la Católica en
Bogotá fueron los últimos ejemplos de una lista que no cesa de crecer.
Desde el país cafetalero, el escritor Enrique Serrano, director del Archivo General
de la Nación de Colombia y autor de obras como 'La marca de España' o
'Colombia, historia de un olvido', denuncia el revisionismo y reivindica un
relato diferente de cuatro siglos de imperio español. Profesor de la
Universidad del Rosario y ganador del premio Juan Rulfo, que otorga Radio
Francia Internacional, Serrano conversa con El Confidencial sobre la
crisis de identidad española en las Américas.
PREGUNTA. ¿Por qué sigue siendo tan polémica la herencia española en América Latina?
RESPUESTA. La asimilación de la historia ha sido muy parcial,
en cierto modo entrecortada. Por la forma en que se ha narrado a los pueblos
latinoamericanos esa historia, todavía no tienen libertad, madurez ni
profundidad suficiente como para que entender el hecho particular de que somos
hispánicos, hispanohablantes y provenientes de una catolicidad que duró siglos.
Ese hecho, desigual en Perú, Bolivia, Colombia o en México,
no ha tenido la oportunidad de ser valorado suficientemente para que no sea
objeto de manipulación política.
Habría que investigar ese uso político de la historia que
impide una captación tranquila o serena de datos absolutamente básicos, como
que la inmensa mayoría habla español y solo español o que la cultura nacional
en la mayor parte de las naciones hispanoamericanas tiene mucho que ver con lo
hispánico aunque, por supuesto, haya mestizaje. Aquí es casi un pecado decir que nuestra sociedad se parece
más a la Andalucía del siglo XV que a los antiguos imperios aborígenes. Cosas
que durante largo tiempo fueron obvias y se daban como el paradigma de una
forma de hispanidad, ahora parecen estar en entredicho.
P. ¿Y por qué cree que eso se pone en cuestión ahora?
R. Hay razones derivadas de la forma en que la política, los
medios y todas las innovaciones tecnológicas están cayendo encima del ciudadano
latinoamericano. Hay una sobrecarga de opiniones que produce una sensación de
pasmo, casi de parálisis de una opinión racional. Todo remite a sentimientos,
emociones. Se ha vuelto muy primaria la asimilación de la
historia.
Y hay una obsesión con la memoria. Varios autores han hablado
de esa especie de exceso de convertir
todo en memoria y de que la memoria intoxica en alguna forma,
porque ya no se refiere a hechos objetivos sino a una victimización progresiva
de las sociedades latinoamericanas. Especialmente, por supuesto, de los más
pobres, los más vulnerables, que han estado siempre al margen de los beneficios
en la mayor parte de nuestras naciones.
Siempre será más fácil abrazar el lado de la víctima y se
asigna a otros la culpa de nuestros propios males. Esa victimización es una
estrategia política muy eficiente. Se usa en muchos lugares del mundo y se
convierte en el tejido perverso con el que se acaba haciendo un nacionalismo de pacotilla que no resiste un
examen riguroso. Hoy no es fácil decirlo, pero presentarnos a los
latinoamericanos como víctimas es una exageración injusta, no solo con España,
sino con lo que hemos sido durante siglos aquí. Algunos historiadores ya habían
establecido que la responsabilidad fundamental de nuestros males es nuestra y
no de quienes trajeron la religión y la lengua.
"No niego que hubo explotación y abusos, pero eso no
debe llevarnos a maldecir todo lo anterior como un camino fallido"
P. Pero es cierto que durante mucho tiempo hubo una
explotación laboral de los indígenas y eso costó muchas vidas.
R. Quienes los explotaban eran los propios criollos. No hay
duda de que los indianos que se establecieron aquí formaron una serie de estrategias
de privilegio, pero eso no venía directamente del imperio español. En realidad,
salvo en México y Perú,
la perspectiva de enriquecimiento efectivo para España solo existió por una
serie de ventajas estratégicas que el mundo les dio. El oro y la plata no
tenían para los aborígenes el valor que tenían para los europeos como medio de
cambio. Entonces, cada quien procede históricamente de acuerdo con las
prioridades.
No se puede inferir de eso la victimización absoluta de las
sociedades hispánicas, la maldición del pasado y la iconoclastia irracional y
absurda que estamos viviendo. Faltan por reivindicar cosas que nacieron en el
mundo mestizo y en los mundos híbridos que se fueron creando en América. Y no niego que hubo explotación y abusos,
pero eso no debe llevarnos a maldecir todo lo anterior como un camino fallido.
P. Sin embargo, en México, Colombia y otros países, los
monumentos que recuerdan la herencia española siguen siendo atacados o
retirados. ¿Por qué?
R. Las minorías violentas que tenían ese deseo desde hace
años han pasado a la acción. Ahora se sienten dueñas de la situación. Pero
son minorías intransigentes. La mayoría, que está
acostumbrada a reconocerse en esos símbolos, las mira pasmada. Si pregunta aquí
a 100 personas, 80 o 90 le dirán que no hay necesidad de derribar estatuas. Eso
es un absurdo.
Hay una desacralización, una laicización un poco violenta,
creo yo, de poblaciones que eran religiosas y tenían una forma de vida
relativamente conservadora. Como sucedió en la Primavera Árabe, hay una especie de lucha
generacional, en la que unos jóvenes precarios, impetuosos e irreflexivos
llevan a efecto sus proezas en desmedro de lo que valoraron las generaciones
anteriores. Esta lucha generacional, muy amarga en algún sentido, se encuentra
muy afincada en las redes sociales, que han creado una ficción de poderío que
vuelve un poco fanático y fascista a todo el que defiende su opinión con
vehemencia, como si eso bastara para imponerse en el mundo.
P. ¿Y qué le parece cómo se maneja este asunto desde España?
R. España está en esa misma condición vergonzante, pero
empieza a reaccionar. La propia España fue la primera que se creyó el cuento de
la leyenda negra y de la crueldad intrínseca del legado español. Si esto mismo
pasara con las estatuas de George Washington en los Estados Unidos habría
una reacción inmediata, y puede que incluso desde Gran Bretaña se pusiera en
claro que los valores con los que los padres fundadores crearon su exitosa
nación fueron valores británicos.
"La propia España fue la primera que se creyó el cuento
de la leyenda negra y de la crueldad intrínseca del legado español"
En mi libro 'Colombia, historia del olvido', reivindico que
los siglos XVI, XVII y XVIII fueron de formación silenciosa y discreta de la
nación colombiana. Son los siglos de nuestros padres fundadores. Solo que, a
diferencia de los Estados Unidos, no tienen reconocimiento porque
hablaban español y eran católicos. Fueron los que permitieron que sus hijos
aborígenes aprendieran español en los monasterios y vivían un patrón de vida
muy ligado con la Andalucía de los siglos XV y XVI. Se aprecia en la
arquitectura, en la organización familiar. Se seguían comiendo papa y maíz,
pero se comían otras muchas cosas y los hábitos de vida son más hispánicos que
nativos. Se vestían más como un arriero andaluz o extremeño que como un
aborigen.
El modelo hispánico fue exitoso. Floreció y sirvió durante
siglos para hacer la vida y la cultura. Eso es lo que España aún no explica de
América. Yo viajé allí a preguntar por la transición de los cristianos nuevos que habían emigrado a
América. No lo habían investigado. Se quedaron en la expulsión de los moriscos.
Esas cosas han hecho que en las dos orillas del océano la historia haya quedado
sin narrar. No ha sido objeto de comprensión, porque España ha tenido otras
preocupaciones y porque ha habido una ideologización de la historia.
Algunos aquí hemos intentado defender nuestra hispanidad, y
no soy un defensor de España, sino de nuestra propia forma de hispanidad, de lo
que hemos sido durante siglos, de unas formas mestizas de hispanidad que, con sus
defectos y contradicciones, lograron sacar adelante las naciones que hoy somos.
"España ya no es el bastión de la hispanidad, pero sigue
representando el eje desde el cual los hispanohablantes tienen futuro"
P. ¿Y a qué atribuye ese desinterés desde España?
R. España se sintió abrumada durante siglos por la propaganda
francesa y británica. En los siglos XIX y XX, hubo un bombardeo poderoso sobre
un imperio en retirada. Luego vinieron la Guerra Civil, el
franquismo, la Transición y el marxismo. Desde la perspectiva marxista,
que privilegia la historia económica sobre la social o la cultural, España
habría fracasado. Y resulta que no fracasó. Tiene más de 500 millones de hispanohablantes
y sociedades con mucho futuro y con mucha fuerza.
España ya no es el bastión y la metrópoli de la hispanidad,
pero sigue representando el eje desde el cual los hispanohablantes tienen
futuro. Y no solo tiene que ver con la lengua, sino con los elementos
constitutivos de una forma particular de ser que resulta muy atractiva incluso
para gentes de otras culturas y nosotros no hemos sabido ver.
P. El tema de la conquista de América estuvo muy presente en
la reciente convención nacional del Partido Popular. ¿La siguió?
R. Sí, en Colombia el tema tuvo mucho protagonismo. También
lo que dijo Isabel Díaz Ayuso en Estados Unidos. Este tema
está por primera vez en la palestra pública, pero como esos comentarios están
adscritos a lo que algunos llaman los fascistas de la ultraderecha española, se
produce una deformación política de un asunto que debería ser tratado por
académicos y personas más neutrales. No se ve todavía la serenidad para
discutir esto de una manera sobria.
P. ¿Y usted qué opina? ¿Debe el rey de España pedir perdón a
los indígenas por la conquista, como le reclama el presidente de México?
R. Por supuesto que no. Nadie puede ni debe pedir disculpas
por la historia. ¿Deben entonces pedir perdón los mongoles por Gengis Kan? México fue uno de los países más
favorecidos por la presencia hispánica y López Obrador es un blanco que pudo
acceder al poder por su condición de élite en un país muy racializado.
Pretender que toda la sociedad se revise a sí misma desde una perspectiva
culposa es inútil.
Tomado de El Confidencial