La crisis de la izquierda de cara a las elecciones del 2022
La dilución de la “conciencia de
clase”, así como los fenómenos que la precipitaron, introdujeron cambios
sociopolíticos que las izquierdas no supieron interpretar. Las clases
conectadas votan a la socialdemocracia.
Si se cumplen los anticipos del oráculo electoral, por segunda vez consecutiva no habrá un candidato de la izquierda o de la derecha liberal conservadora en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de abril de 2022. En 2017 el duelo final lo disputaron el actual presidente, el liberal Emmanuel Macron, y la candidata del partido de ultraderecha Reagrupamiento Nacional, Marine Le Pen. 2022 parece configurarse con esa tendencia que se repite desde hace varios años en todos los sondeos de opinión.
La única variante sería que el
polemista de extrema derecha Eric
Zemmour oficialice su candidatura y, en consecuencia, supere
en votos a Le Pen. En cualquier caso, la derecha heredera del general Charles
de Gaulle, reagrupada luego en torno al ex presidente Jacques
Chirac (1995-2007) y más tarde refundada por el ex jefe del Estado Nicolas
Sarkozy (2007-2012) no despega en los sondeos. En cuanto a la
izquierda, sea de origen socialista con la candidatura de la Intendenta de
Paris Anne Hidalgo, la del líder de la izquierda radical, Jean-Luc
Mélenchon (Francia Insumisa) o los ecologistas, está
predestinada a observar de lejos la disputa presidencial.
Sus déficits son plurales, pero el
más importante sigue siendo la deuda popular de las candidaturas progresistas. El
socialismo francés, Mélenchon, los comunistas y los trotskistas han perdido
desde hace mucho tiempo el voto obrero y popular. Todos los intentos
por recuperar lo que fueron sus bastiones electorales se esfumaron en las urnas
de la extrema derecha. Elección tras elección los trabajadores y las clases más
modestas votan por el partido fundado por el padre de Marine Le Pen,
Jean-Marie. Sin ese voto no hay ni presidencia ni segunda vuelta.
Desindustrialización
La batalla previa entre la
izquierda y la extrema derecha se sitúa hoy en la reconquista de ese voto sin
el cual ninguna esperanza es posible. La victoria del actual presidente
estadounidense Joe Biden, gracias a que los demócratas
reconquistaron parte del voto obrero en el norte, señaló un camino posible. Sin
embargo, para el conjunto de la izquierda francesa, los estudios de opinión
revelan cuán profunda es la distancia entre estos partidos y el voto obrero.
Las clases populares han dejado huérfana a la izquierda.
En la elección presidencial de
2017, 39 por ciento del voto obrero se dirigió a las urnas de Marine Le Pen, el
25 votó por Mélenchon, el 6 por el socialista Benoít Hamon y
el 4 por las dos opciones trotskistas (Lucha Obrera y el NPA). El electorado
popular suma un total del 20 por ciento del cuerpo de votantes y es, por
consiguiente, un aporte sustancial para configurar una victoria.
El socialismo es para los diplomados
La dilución de la llamada
“conciencia de clase” así como los fenómenos que la precipitaron introdujeron
cambios sociopolíticos que las izquierdas, sobre todo los socialistas, no
supieron interpretar. La desindustrialización de Francia (desaparición de
grandes industrias, de la minería, la deslocalización de la industria
automotriz) y la regresión de las redes sindicales tornaron audible la retórica
de una izquierda cuyo mensaje se orientó más a seducir a las clases con
diplomas, urbanas y conectadas que al electorado popular. El socialismo
francés es percibido como un partido reservado a los jóvenes de las ciudades,
que circulan en bicicleta, trabajan con las nuevas tecnologías y están a salvo
de las inclemencias de la pobreza, la exclusión y los trabajos rudos.
Los valores comunes que aunaban a
la izquierda se disiparon de su raíz. La diputada del partido Francia Insumisa
Clémentine Autain constata que “el electorado obrero se desestructuró y la
ultraderecha aprovechó la ocasión para agarrarlo”. En un amplio estudio sobre
el voto de ultraderecha, el director del polo opinión y estrategias de la
encuestadora IFOP anota que todo ocurre “como si el partido lepenista hubiera capitalizado
el resentimiento y el sentimiento de relegación cultural de quienes tienen
menos diplomas”.
Los ecologistas, a su vez, sufren de otras carencias
fundamentales: no cuentan con vínculos en los medios populares y sus propuestas
constituyen una espantapájaros para quienes aún trabajan en las industrias y
están muy lejos de percibir el sentido de frases como la “transición
ecológica”.
Fractura
1995 y 2002 constituyen las dos
fechas a partir de las cuales el voto popular cambia de orientación. En
1995, Jean-Marie Le Pen (entonces líder del partido de ultraderecha
Frente Nacional) irrumpió en el territorio reservado a los socialistas y comunistas
y, siete años más tarde, en la elección presidencial de 2002, Le Pen le ganó al
candidato socialista y Primer Ministro Lionel Jospin y terminó
disputando la segunda vuelta ante Jacques Chirac. La propia mutación de los
socialistas en una suerte de social democracia liberal europeísta y partidaria
de la globalización acabó por instaurar un muro que la izquierda jamás pudo
derribar.
Sin candidatos con arraigo popular y con un discurso pegado a
los manuales liberales, el socialismo francés consumó la ruptura. Las
dos únicas figuras genuinamente populares que quedan en el paisaje son las de
Mélenchon y Marine Le Pen. La izquierda de la transformación social, de la
solidaridad, de la justicia social perdió su mensaje y, con él, sus electores. Pierre
Jouvet (Partido Socialista) reconoce que “los medios populares se
sienten abandonados. El discurso de la izquierda, demasiado concentrado en las
metrópolis, no respondió a la crisis. El electorado obrero o la clase media
consideró que no tomábamos en cuenta sus preocupaciones cotidianas”.
La imposibilidad de la unidad
El pugilato por la candidatura
presidencial de la izquierda también empaña el horizonte. Los sondeos muestran
de forma regular que una candidatura única de la izquierda tendría más
posibilidades de convertirse en una fuerza verosímil. Sin embargo, entre
socialistas, izquierda radical y los verdes no ha habido ni hay un clima que
favorezca la designación de una sola figura. Por fuera de los partidos un
movimiento ciudadano (primaria popular) propone reunir en una sola figura las
candidaturas de la izquierda, pero la iniciativa no ha prosperado. En suma, la
elección presidencial se acerca y la utopía de la unión de la izquierda se
aleja.
El electorado popular está del otro
lado de la verja y la izquierda hace muy poco para reconectar con él. El voto
de las clases populares que, en los años 60, 70 y 80, escribió las mejores
páginas del Partido Comunista francés cambió de vereda. Los estudios de opinión
más recientes indican que de cada diez votantes de las clases populares más de
4 votarán en 2022 por la ultraderecha (45 por ciento).
El economista Thomas
Piketty codirigió este año un amplio estudio sobre los comportamientos
electorales en unas 50 democracias ("Clivages politiques et inégalités
sociales"). El Autor de "El Capital en el Siglo XXI" y
"Capital e Ideología" escribe en esa obra que “para comprender el ascenso
del populismo es preciso analizar el ascenso del elitismo”. Es decir, cuanto
más elitista aparece un partido, o sea, liberal, más se aleja del electorado
popular, el cual, a su vez, se reconoce en la ultraderecha y su retórica
arraigada en la identidad. La oposición clásica entre “partidos
socialdemócratas y conservadores parecía eterna, pero se esfumó”, escribe
Piketty. El economista francés resalta también que “la izquierda y la ecología
política se convirtieron en partidos de letrados. Ambos se ven favorecidos por
las clases con más diplomas”.
En un libro ya famoso ("The
road to somewhere") David Goodhart describió la fractura
que atraviesa la mayoría de las democracias liberales entre una elite
integrada y movediza (los anywhere) y las poblaciones más arraigadas en sus
valores y territorios (los somewhere). Los primeros ganaron con la
globalización, los segundos, menos conectados y capacitados, perdieron. Los
anywhere y los somewhere son también protagonistas de los trastornos
electorales que conducen a que los obreros voten a la ultraderecha y las clases
conectadas a la socialdemocracia. La izquierda no tiene aún la fórmula para
reconquistar ese voto del pueblo. Todo apunta a que 2022 se jugará de nuevo
entre la opción liberal de Macron y la ultraderecha francesa cuyo renacimiento
en los años 80 se apoyó en el voto obrero que las izquierdas perdieron por los
caminos del somewhere.
Tomado de Página 12 / Argentina