EN EL EXILIO ARGELINO
Una piscifactoría, la primera del mundo nacida en unos
campamentos de refugiados, abastece con pescado fresco a hospitales y colegios
saharauis
FRANCISCO
CARRIÓN | CAMPAMENTOS SAHARAUIS (ENVIADO ESPECIAL)
Como un espejismo de resonancias bíblicas. Una piscifactoría,
con toneladas de tilapias
del Nilo, ha germinado en el estéril desierto de Argelia. Tierra
adentro. Allá donde hace 46 años los saharauis, procedentes
de la rica costa atlántica, hallaron un precario refugio. Desde hace
unos meses las instalaciones obran diariamente un auténtico milagro:
multiplicar los peces para dar de comer a comedores de hospitales y escuelas.
“Verdaderamente es un milagro. Cuando comenzamos la aventura, nadie creía que pudiera funcionar. Pero acabó saliendo adelante”, relata a El Independiente Shabahi Mayu, el veterinario de 45 años que dirige la piscifactoría. “Ahora vas a un hospital en el que ofrecen un plato de pescado a un enfermo y ves cómo reacciona con sorpresa y lo come con gusto. Es el mayor regalo”, comenta feliz Mayu, formado en Cuba.
Las instalaciones se hallan ubicadas en Njaila, en las
afueras de Rabuni, la capital administrativa de la
autoproclamada República Árabe Saharaui Democrática. Están ubicadas
junto a una granja avícola abierta a finales de la década de 1980 para
abastecer de carne a los campamentos de refugiados saharauis de Tinduf, donde
unas 175.000 personas residen en total dependencia de la ayuda internacional.
Una iniciativa inédita en el mundo
En la piscifactoría, la primera nacida en un campo de
refugiados del planeta, Teslem Sidiali se encarga junto a dos compañeras de
vigilar el desarrollo de las crías. “Es nuestra rutina diaria. Hay que revisar
el pH y la temperatura y comprobar el cambio diario del agua”, explica esta
bióloga de 28 años formada en Argelia.
“Es una idea fantástica. También tenemos derecho a vivir y comer como lo hace
el resto del mundo”, balbucea.
El poco pescado que llegaba a los campamentos venía en lata,
principalmente atún
TESLEM SIDIALI, BIÓLOGA E INTEGRANTE DEL PROYECTO
“Hasta ahora pocos conocían lo que era tener pescado en una
dieta necesitada de proteínas animales. El poco que llegaba a los campamentos
venía en lata, principalmente atún”, indica Sidiali. “El que procede de
Argelia viene congelado y resulta muy caro para la mayoría de los bolsillos. El
poder adquisitivo es aquí muy limitado”, agrega Mayu. La singular iniciativa,
encaminada a paliar la lejanía al mar y la falta de recursos hídricos, comenzó
a fraguarse en 2018, con la construcción de unas instalaciones cuyo presupuesto
supera los 2,6 millones de dólares (unos 2,3 millones de euros). A finales de
2019 las máximas autoridades de los campamentos celebraron su puesta de largo.
“Es un proyecto único.
Éramos conscientes de que podía tener éxito o fracasar. Nuestro primer reto era
comprobar que la tilapia se comportaba bien con las condiciones y el agua que
tenemos en los campamentos”, reconoce Mayu. El agua que riega las piscinas del
complejo proviene de un pozo subterráneo. Se consumen 430 metros cúbicos al
día. Una veintena de vecinos de los campamentos, entrenados a conciencia en la
incubación del pescado, se encarga de velar por el funcionamiento de las
instalaciones y el bienestar de los ejemplares que albergan.
“Hemos demostrado que se puede. La tilapia se adapta bien a
las dos estaciones de los campamentos, al verano y al invierno. Durante el
verano aprovechamos para cebar y hacer la reproducción mientras que en invierno
jugamos con lo que tenemos y usamos el termostato para mantener la temperatura
del agua”, esboza Mayu. “Cuando vimos que funcionaba, el proyecto aumentó. Se
trajeron más peces para engordar y nos dedicamos a la reproducción”.
Financiación estadounidense y ejecución francesa
El complejo está financiado por el
Programa Mundial de Alimentos de la ONU con la aportación de más
de medio millón de dólares del Departamento de Estado de Estados Unidos y
gestionado por las autoridades saharauis y la ONG francesa Triangle
Génération Humanitaire. La entidad, con experiencia previa en iniciativas
similares en Corea
del Norte y República Democrática del Congo, asumió la responsabilidad
de la compra y la instalación de los equipos.
Su misión a largo plazo es abastecer a los campamentos con
una producción anual de 21 toneladas de tilapia del Nilo y roja, una variedad
resistente a las altas temperaturas y capaz de completar su cría en ciclos de
ocho meses. La suya es una lucha contra los avatares de las dunas. Las altas
temperaturas, que pueden alcanzar los 50 grados centígrados durante el estío,
provocan estrés en los peces y los azotes de las tormentas de arena hacen
jirones la estructura de invernaderos que resguardan a los bancos de peces del
frío nocturno. «En verano dan ganas de tirarnos en las piscinas con el
pescado», bromea.
«Hemos demostrado que se puede. La tilapia se adapta bien a
las dos estaciones de los campamentos, al verano y al invierno»
SHABAHI MAYU, DIRECTOR DE LA PISCIFACTORÍA
Una piscifactoría en el desierto parece una idea loca al
principio, pero es una técnica que se ha implementado con éxito
IMED JANFIR, DIRECTOR DEL PROGRAMA MUNDIAL DE ALIMENTOS
“Una piscifactoría en el desierto parece una idea loca al
principio, pero la técnica se implementó con éxito en condiciones similares en
Argelia y los últimos meses demostraron que se puede replicar en estos
campamentos de refugiados donde hay agua subterránea disponible”, apuntó el
director del Programa Mundial de Alimentos, Imed Janfir, confiado en reducir
las tasas de desnutrición y prevalencia de anemia en una población con acceso
limitado a productos frescos y dependiente de las raciones de alimentos
proporcionadas por la ONU. “Estas instalaciones se suman a las
unidades hidropónicas de baja tecnología que permiten a los
refugiados cultivar forraje fresco en solo siete días”.
“Las experiencias en otras piscifactorías del tercer mundo y
las investigaciones demuestran que, desde el punto de vista comercial, es la
manera de cría más rápida. Una hembra puede poner entre 250 y 500 alevines.
Siempre existe un porcentaje de mortalidad en todas las etapas, pero al final
puedes cebar muchos animales en un período de siete meses”, reconoce el
veterinario, que acaba de concluir semanas de reparto de pescado fresco por
organismos de los campamentos.
Una producción al alza
“Nacemos precisamente para buscar soluciones a la canasta
básica de la población. Tenemos dos canastas, la dirigida a familias y la que
se envía a instalaciones estatales como hospitales y escuelas. Por el tamaño
que tenemos nuestra producción no llega directamente a la población sino a los
comedores de clínicas y escuelas infantiles para alimentar a la gente más
vulnerable”, arguye Mayu. Su próxima recolección está fijada para finales de
año. “Terminaremos 2021 con una producción de cuatro toneladas. Nuestra meta es
llegar el próximo año a las siete toneladas”.
El prodigio del desierto capaz de multiplicar raciones de
pescado se origina en una calculada red de piscinas de las que, según las
estimaciones del proyecto, se beneficiarán unas 90.000 personas cuando esté a
pleno rendimiento. “Disponemos de ocho piscinas techadas con adobe y
construidas de cemento que están reservadas para la reproducción. Otras cuatro
medianas al aire libre dedicadas a la pre ceba y dos grandes para la ceba”,
detalla el director del recinto.
Los ejemplares que han comenzado a distribuirse para aplacar
el hambre y la desnutrición gozan de buena salud. “Llegan a los 250 gramos de
peso”, subraya Mayu. “Cuando tuvimos la primera recolecta, organizamos una
barbacoa y la probamos. Estaban deliciosos”, comenta Sidiali. Las primeras
canastas de pescado han coincidido con la resolución del contencioso abierto
por el Frente Polisario sobre el acuerdo pesquero de la Unión Europea y
Marruecos a cuenta de las aguas saharauis. La anulación dictada por la justicia
europea ha sido celebrada como una victoria.
Estrategia de expansión
¿Qué hace un saharaui en el desierto comiendo un pescado
criado en Njaila cuando es dueño de la costa más rica del mundo? Ésta es la
paradoja.
Sus artífices niegan que el proyecto de piscifactoría sea un
reconocimiento de que la tierra baldía que ocuparon hace cerca de medio
siglo, huyendo
de la invasión marroquí de la colonia española, sea su hogar
definitivo, donde echar raíces. “Al mismo tiempo hay que presionar a la
comunidad internacional para que exista una solución política a este asunto.
¿Qué hace un saharaui en el desierto comiendo un pescado criado en Njaila
cuando es dueño de la costa más rica del mundo? Ésta es la paradoja”, se
pregunta Mayu.
El proyecto persigue ahora abrir nuevas piscifactorías en
otras localidades de este incierto mar de jaimas y hogares de adobe. “Nuestro
sueño es poder volver a casa y, con esta experiencia, poder establecer allí
proyectos como éste para levantar nuestro país”, replica el veterinario. “Ha
habido momentos duros, pero son gajes del oficio. Siempre que sueñas y crees en
que puedes, se consigue”, concluye.
Fuente: El Independiente / España