Por Chema
Caballero
Todavía no han aparecido las primeras luces del día y ella ya
está organizando todo el material que necesita. Cuando tiene todo listo
despierta a los hijos mayores para que la ayuden a transportar los utensilios y
materiales hasta la esquina donde pasa la mayor parte del día.
El chico mayor baja la mesa que transporta sobre la cabeza y la deposita en el suelo. Sobre ella se coloca la cesta con platos, vasos y cucharas. Bajo ella, los sacos con los alimentos. Los calderos se exhiben en un lateral. La leña para los fuegos se amontona. Los niños se van a prepararse para el colegio. En una de las ollas, ella pone agua a hervir para más tarde añadir el arroz. En la otra, en la que ya empieza a burbujear aceite de palma, echa los vegetales que corta en trozos muy pequeños con un enorme cuchillo que maneja con mucha habilidad. Luego, poco a poco, añade el resto de los ingredientes: cacahuetes tostados y molidos hasta formar una pasta, pescado seco, guindillas picantes, pastillas de caldo concentrado y mucha sal. Tiene cogido el gusto a sus clientes y sabe que así es como les gusta: con muchos condimentos, por eso le son fieles.
Apenas lista la comida, empiezan a aglomerarse los primeros
habituales: obreros y funcionarios que desayunan fuerte camino de sus
respectivos trabajos. Ella sirve los platos: primero el arroz y encima la
salsa. Los clientes comen deprisa. Algunos lo hacen de pie, otros sentados en
bancos. Las mesas vecinas, donde otras cocineras ofrecen diferentes manjares,
también se llenan. Los platos sucios son rápidamente enjuagados en un barreño
con agua y un poco de jabón, para que el siguiente en la cola pueda tener su
ración sin demora. Cuando la presión desciende, ella ordena el puesto, barre y
descansa un poco. La pausa es corta. Pronto vuelven a llenarse las ollas para
que cuando a mediodía aparezcan los profesores, estudiantes y algunos
oficinistas todo esté listo para alimentarlos.
Al salir del instituto, la hija mayor llega al puesto a echar
una mano. Se queda en la mesa mientras la madre se acerca al mercado a comprar
lo necesario para el día siguiente. A su regreso, las dos se ponen manos a la
obra. Pronto empezará el tercer turno, cuando jóvenes y vecinos del barrio
lleguen en busca de la cena.
Es noche cerrada cuando los hijos mayores vuelven a aparecer
para recoger los utensilios y trastos y transportarlos hasta casa. La madre ha
guardado parte de lo último cocinado, es la cena para la familia. Prácticamente
idéntica a la del día anterior, pero nadie se queja. Todos comen sin rechistar.
Es lo que hay.
Esta es la rutina diaria de lunes a sábado. Los domingos se
descansa. El trabajo es duro y los beneficios son muy justos. Alcanzan para
pagar el colegio de los cinco hijos y atender a los gastos básicos de la casa.
No hay lugar para imprevistos, ni para quejarse del cansancio.
En la imagen superior: una mujer prepara la comida en un
puesto callejero de Kampala (Uganda). Fotografía: Javier Sánchez Salcedo.
Tomado de Mundo Negro / España.