La escritora, quien se asiló en Venezuela en la década de los
años 70, tras huir de la dictadura de Augusto Pinochet en su Chile natal,
afirma que la nación la recibió con los brazos abiertos como a los “a miles y
miles de inmigrantes del Cono Sur y de otras partes del mundo que buscaban
asilo"
En entrevista con el diario El Nacional, la escritora chilena
Isabel Allende, de 79 años de edad, expresó su malestar por el trato que recibe
el éxodo venezolano en la región.
Preguntada por la periodista Hilda Lugo Conde sobre el tema,
la reconocida escritora, autora de piezas fundamentales de la literatura
hispanoamericana como La Casa de los Espíritus (1982) y De Amor y de Sombra
(1984), señala que le asiste una “pena infinita por los millones de venezolanos
que han dejado un país excepcional”.
Cabe recordar que Allende llegó a Venezuela en la década de
los años 70, tras huir de la dictadura de Augusto Pinochet en su Chile natal.
Afirma que, en aquella época, la nación más septentrional de América del Sur
recibió con los brazos abiertos “a miles y miles de inmigrantes del Cono Sur y
de otras partes del mundo que buscaban asilo, en una Venezuela que ofrecía
mucho”.
Una pena infinita
—La chilena migrante, que ha dicho que siempre será migrante,
¿cómo mira el éxodo venezolano?
—Con terror y con una pena infinita, porque son millones de
venezolanos los que han dejado un país excepcional. En los años setenta, cuando
llegué a Venezuela como refugiada huyendo de la dictadura de Pinochet en Chile,
ya habían llegado miles y miles de inmigrantes del Cono Sur que buscaban asilo
y de otras partes del mundo que buscaban oportunidades en una Venezuela que
ofrecía mucho. Y ese país los recibió con los brazos abiertos. Ahora le toca a
ustedes los venezolanos irse y en muchas partes no son recibidos como ustedes
recibieron a personas de otros países. Vivimos una época en la que hay un
sentimiento global antiinmigrantes. Me da una pena tremenda con los
venezolanos. Solo espero que esto termine, que puedan volver a su país y que
Venezuela comience a levantarse.
—¿Qué opina de la manera en la que el gobierno chileno está
tratando la crisis migratoria venezolana?
—Yo estoy completamente en contra del gobierno que tenemos en
este momento en Chile, un gobierno de ultraderecha que tiene una popularidad
mínima y que ha cometido muchos errores en muchos aspectos. Sueño y rezo porque
Venezuela vuelva a ser el país que fue. Porque no tenga que haber millones de
venezolanos tratando de echar raíces en otras partes. Yo trabajo con
refugiados, con organizaciones internacionales y americanas en la frontera
entre México y Estados Unidos. Y el promedio de tiempo que un refugiado pasa
fuera de su país es de 17 a 25 años. Si no vuelves pronto, ya no vuelves,
porque pasan los años, los hijos crecen en otras partes, y regresas a un país
donde ya no tienes hueco. Tengo amigos venezolanos que adoro, de mi edad, que
nunca van a volver, lo perdieron todo, y sus hijos y nietos ya no están en el
país.
—¿Se deja de ser migrante en algún momento?
—Depende. Es diferente ser migrante que refugiado. El
migrante es una persona que toma la decisión de irse, generalmente personas
jóvenes que se van con la idea de echar raíces en otro lugar, es gente mirando
siempre hacia adelante. El refugiado lo único que quiere es regresar, mira
siempre hacia atrás, vive del recuerdo, de la nostalgia. Cuando llegué a
Venezuela como refugiada, me demoré cuatro o cinco años en finalmente entender
y decir: ‘Por ahora, este es mi país’. Siempre estaba con la maleta hecha,
lista para volver cuando hubiera democracia en Chile. Y cuando la hubo ya
estaba instalada en Estados Unidos, trayendo a mis hijos. Habían pasado 17
años.
La alegría venezolana
—¿Qué es lo primero que se le viene a la mente cuando escucha
la palabra Venezuela?
—La alegría de la gente, la manera de hablar, el chiste, esos
chistes políticamente incorrectos que no puedes decir en Estados Unidos, ese
humor generoso, porque el chileno es un humor cruel, está hecho de ironía. El
humor que recuerdo de los venezolanos no tenía crueldad. Es reírse porque la
vida es alegre. Pienso también en la música, recuerdo mucho los villancicos de
Navidad, y eso que no soy una persona que ponga arbolito ni Santa Claus.
También recuerdo mucho las hallacas. Una época muy linda esa para ustedes,
donde todo era hermoso.
Esta insigne autora latinoamericana, radicada en San
Francisco (California), Estados Unidos, también habló de su experiencia con la
pandemia, su producción literaria –que asegura que nunca había sido tan
productiva como en los últimos 16 meses-, de su biografía en televisión,
estrenada por HBO Max para la región, en la que se cuenta cuando se refugió en
Venezuela, en el momento en que huyó con su primer esposo, Miguel Frías, y sus
dos hijos, Paula y Nicolás, de la dictadura pinochetista.
Asimismo, jura que a sus casi 80 años es “feliz y perfecta de
salud”, que no le teme a la muerte, aunque sí a la decrepitud, al desgaste del
cuerpo, al deterioro.
Tomado de El Carabobeño / Valencia - / Foto: Cortesía (The
Wall Street Journal)
