Lucy es mucho más famosa que Ardi, pero eso no quiere decir que esta última no haya revelado información importante.
Por Orlando Arciniegas*
El 1 de octubre de 2009, paleoantropólogos liderizados por el profesor Tim D. White (1950), de la Universidad de California, Berkely, anunciaron formalmente el descubrimiento del esqueleto fósil, incompleto, de un Ardipithecus ramidus, desenterrado entre 1992 y 1994. El fósil, que son los restos de una hembra de 50 kilogramos (110 libras), de cerebro pequeño, apodada «Ardi», y de 120 centímetros de altura, incluía la mayor parte del cráneo y los dientes, así como la pelvis, las manos los pies.
Fue descubierta en el duro desierto de Afar en Etiopía, en un sitio llamado Aramis, en la región de Middle Awash. La datación radiométrica de las capas de ceniza volcánica que recubren los depósitos, sugiere que Ardi vivió hace entre 4,3 y 4,5 millones de años, lo que hace que se le considere como un probable antepasado directo del Australopithecus. Esta data, sin embargo, ha sido cuestionada. JG Fleagle y J. Kappelman, reconocidos por sus estudios, sugieren que la región en la que se encontró a Ardi es difícil de fechar radiométricamente, por lo que argumentaron que debía datarse en 3,9 millones de años.
Los descriptores de Ardi, por su parte, consideran que el fósil arroja luz sobre una etapa de la evolución humana sobre la que se sabía poco, y que estaba vacía de evidencia fósil, la correspondiente a más de un millón de años antes de Lucy (Australopitecus afarensis), el icónico y temprano ancestro humano que vivió hace 3,2 millones de años, y que fuera descubierto por el erudito en evolución humana, Donald Johanson (1943), en 1974, a solo 74 km del sitio de hallazgo de Ardi. Para unos cuantos, como se dijo, este último fósil ha pasado a ser considerado un antecesor del Australopithecus, al que a su vez la comunidad científica conceptúa como parte insospechable del árbol genealógico humano; pero excluido del género Homo, que es un grupo con mayor grado de hominización.
Después de Lucy han sido encontrados otros fósiles de Australopithecus de mayor antigüedad que ella, por lo que la diferencia entre estos y Ardi se ha venido acortando. Uno de ellos, Little Foot, encontrado en una cueva al noroeste de Johannesburgo, y prácticamente completo, tiene una antigüedad de 3,67 millones de años. Y muestra tener características en común con Ardi, por lo que algunos investigadores dudan de que ésta pueda representar un antepasado directo de Australopithecus. En todo caso, se admite que ambos fósiles son dos antiguos miembros de la familia humana, procedentes del tronco común que por millones de años tuvimos con nuestros primos los chimpancés. De ahí la gran comunidad genética ‒99%‒ que tenemos con ellos. No descendemos de los monos, solo que tenemos un simiesco ancestro común. Y tal vez sea ‒como dijo Juan Luis Arsuaga‒ que ¡también somos monos!
De Ardi, algunos
investigadores infieren que, por la forma de la pelvis y las extremidades, era
un bípedo facultativo: bípedo cuando se movía por tierra, pero cuadrúpedo
cuando se movía entre las ramas de los árboles. Como era Lucy, de quien se ha dicho
que, bien parece, que murió de la caída de un árbol. Ardi tenía una forma muy
primitiva de caminar, y no podía andar ni correr largas distancias. Los dientes
sugieren una omnivoría más generalizada que la de los simios modernos. En sus
dietas se cree que no se incluía la carne por lo que aún mantenía un cerebro de
chimpancé. Pero no se sabe. Los Australopithecus
tenían el 35% de un cerebro humano moderno, con un promedio de 466 centímetros
cúbicos. Un cerebro, que, según estiman los estudiosos, alcanzó su pleno
desarrollo en un período de menos de 100.000 años.
*Doctor en historia.
