Por Orlando Arciniegas*
Stalin fue tenido por un
hombre muy desconfiado y, a la vez, como un hombre muy confiado en sus
apreciaciones, las que elevaba a la condición de un certero instinto, que nadie
osaba contradecir o llegar a poner en duda, sin que corriera el riesgo de
perecer. Este exceso de seguridad en sí mismo lo llevó a desentenderse, durante
el primer semestre de 1941, de las advertencias de espías al servicio de Moscú,
las del embajador soviético en Berlín y hasta del mismo Churchill, que
coincidían en señalar que Hitler invadiría ese año a la Unión Soviética. La
información que resultó más precisa entonces parece haber sido la del espía Richard
Sorge (1895-1944), hijo de padre alemán y madre rusa, quien bajo la fachada de
un corresponsal alemán nazi en Tokio, estructuró una sobresaliente organización
de espionaje soviético. Pero que Stalin siempre despreció. ¿Por qué?
Stalin, por un lado, confiaba plenamente en que Hitler no invadiría. Y, por el otro, no dudaba de que ello fuera cierto porque así se lo aconsejaba su propia convicción. Mientras que, de Sorge, opinaba que era un borracho, mujeriego y “un mentiroso de mierda”. Lo último era lo que no era cierto, pues se le ha considerado como un super espía. Solo que sus informaciones contradecían a lo que creían los círculos moscovitas de la contrainteligencia rusa, que, a su vez, apreciaba a Japón como la principal amenaza. Sorge, que se movía en interioridades de la embajada alemana, hasta el punto de ser el redactor de algunos informes del mismo embajador alemán en Tokio, Eugen Ott, al tiempo que era el amante de su mujer, poseía también buenas fuentes en el Gobierno japonés que le permitieron asegurar que Japón no invadiría a la URSS en apoyo de Alemania.
Como se sabe, Japón antes
que ir contra la URSS, decidió atacar a EEUU, en Pearl Harbor, Hawái, en
diciembre de 1941. Y llegado el 22 de junio de 1941, Hitler lanzó contra la
URSS la famosa Operación Barbarroja, que, gracias a la sorpresa, pudo penetrar
en el territorio fácilmente y hacer prisioneros a tres millones de soldados
soviéticos, incluyendo a uno de los hijos de Stalin, Yákov Dzhugashvili
(1907-1943), capturado tras la invasión, quien murió en circunstancias no
aclaradas en el campo de concentración de Sachsenhausen en 1943. Todo eso
ocurrió porque no había modo de hacerle creer al dictador georgiano algo
distinto de lo que él pensaba. Cosas de dictadores, lo sabemos. Lo demás es
archiconocido, pues pese a que Alemania fracasó entonces, el costo material y
en vidas de la antigua URSS fue el mayor de todos los países beligerantes.
Richard Sorge fue pillado
por los japoneses en octubre de 1941 en Tokio. Preso y torturado terminó
contando gran parte de lo que había hecho en su labor de espía. Con todo, logró
proteger a su amante japonesa a quien parece haber amado, Hanako Ishii, y que
era parte de su grupo de trabajo. Aunque confesó ser un espía soviético, la
URSS no lo reconoció como tal. Sorge fue ahorcado el 7 de noviembre de 1944. Stalin
lo ignoró por completo pues debía someter al olvido al hombre cuya información le
había advertido acerca de la inminente invasión alemana que él prefirió
ignorar. En 1964 fue declarado Héroe de la Unión Soviética y a Ishii se le
reconoció una pensión hasta su muerte en el año 2000. Ella había ubicado sus
restos, los que incineró y guardó en el
Cementerio Tama en Fuchu, Tokio. A su muerte, sus cenizas fueron puestas junto
a las de Richard Sorge, el aventurero alemán, héroe en la IGM que, de
nacionalista de derecha pasó a ser comunista, y que, sabiéndose guapo y
seductor, puso esos atributos a valer en favor del espionaje antinazi.
*Doctor en historia,
profesor titular (J) de la Universidad de Carabobo.
