La despedida de Rodrigo García a su padre Gabo
En Gabo y Mercedes: una despedida, Rodrigo García, hijo de
Gabriel García Márquez, narra los últimos días de la vida de su padre, su
enfermedad y sus últimos recuerdos, en una crónica íntima pero consciente de
que todo lo que rodeaba la figura de Gabo era una cuestión pública, de interés
general y también de enorme importancia para la legión de lectores que había
cosechado en todas partes del mundo.
Por Rodrigo García
Cuando mi hermano y yo éramos niños mi padre nos hizo prometerles que pasaríamos con él la víspera del Año Nuevo del 2000. Nos recordó ese compromiso varias veces a lo largo de nuestra adolescencia y su insistencia me incomodaba. Con el tiempo llegué a interpretarla como su deseo de estar vivo para esa fecha. Él tendría setenta y dos años y yo cuarenta, el siglo XX llegaría a su fin. En mi adolescencia esos hitos no podían parecer más lejanos. Después de que mi hermano y yo nos hicimos adultos la promesa se mencionaba rara vez, aunque en efecto todos estuvimos juntos la noche del nuevo milenio en su ciudad favorita, Cartagena de Indias. “Tú y yo teníamos un trato”, me dijo mi padre con timidez, quizás también algo incómodo por su insistencia. “Es cierto” le dije, y nunca volvimos a tocar el tema. Vivió quince años más.
A finales de sus sesentas, le pregunté qué pensaba de noche,
después de apagar la luz. “Pienso que esto ya casi se termina”. Luego agregó
con una sonrisa: “Pero aún hay tiempo. Todavía no hay que preocuparse
demasiado”. Su optimismo era sincero, no sólo un intento de consolarme. “Un día
te despiertas y eres viejo. Así nomás, sin aviso. Es abrumador, agregó. “Hace
años escuché que llega un momento en la vida del escritor en la que ya no puede
escribir una extensa obra de ficción. La cabeza ya no puede contener la vasta
arquitectura ni atravesar el terreno traicionero de una novela larga. Es cierto.
Ya lo siento. Así que, de ahora en adelante, serán textos más cortos”.
Cuando tenía ochenta años, le pregunté qué se sentía.
El panorama desde los ochenta es impresionante. Y el final se
acerca.
¿Tienes miedo?
-Me da una enorme tristeza.Cuando recuerdo esos momentos, me
conmueve de verdad su franqueza, sobre todo dada la crueldad de las preguntas.
Llamo a mi madre entre semana una mañana de marzo de 2014, y
me dice que mi padre lleva dos días en cama por un resfriado. No es raro en él,
pero me asegura que esta vez es diferente. “No come y no se quiere levantar. Ya
no es el mismo. Está apático. Así empezó Álvaro.” Agrega, refiriéndose a un
amigo de la generación de mi padre que había muerto el año anterior. “De esta
no salimos”, es su pronóstico. Después de la llamada no me preocupo. porque la
predicción de mi madre puede atribuirse a la ansiedad. Hace rato que está en
una etapa de la vida en la que los viejos amigos se mueren con cierta
frecuencia. Y le ha dado muy duro la reciente pérdida de dos de sus hermanos
menores y más queridos. Sin embargo, la llamada hace volar mi imaginación. ¿Así
es como empieza el final?
Mi madre, quien ha sobrevivido dos veces al cáncer, debe ir a
Los Ángeles para hacerse unos exámenes médicos, por lo que se decide que mi
hermano volará desde París, donde vive, a Ciudad de México para estar con
nuestro padre. Yo estaré con nuestra madre en California. Tan pronto como mi
hermano llega, el cardiólogo y médico tratante de mi padre le informa que mi
padre tiene neumonía y que sería más fácil para el equipo si pudieran
hospitalizarlo para hacerle más pruebas. Parece que había estado sugiriéndole
eso a mi madre al menos en los últimos días, pero ella se había mostrado
reticente. Tal vez le tenía miedo a lo que descubriría un examen médico a
fondo.
Las conversaciones telefónicas con mi hermano en los
siguientes días me permiten hacerme una idea de la estadía en el hospital.
Cuando mi hermano registra a mi padre, la administradora salta de su silla con
emoción al escuchar su nombre. “Dios mío ¿el escritor? ¿Le importaría si llamo
a mi cuñada y le cuento? Tiene que enterarse de esto”. Él le ruega que no lo
haga y ella cede de mala gana. Ubican a mi padre en una habitación
relativamente aislada al extremo de un pasillo para proteger su privacidad,
pero en cuestión de medio día, médicos, enfermeras, camilleros, técnicos, otros
pacientes, el personal de mantenimiento y aseo, y tal vez hasta la cuñada de la
administradora, se asoman a su puerta para echarle un vistazo. La reacción del hospital
es restringir el acceso al área. Además, los periodistas han empezado a
reunirse frente a la entrada principal del hospital y se publica la noticia de
que se encuentra grave. No hay duda de que nos hablan fuerte y claro: la
enfermedad de mi padre será en parte asunto público. No podemos cerrar del todo
la puerta porque gran parte de la curiosidad que genera viene de la
preocupación, la admiración y el cariño. De niños, nuestros padres se referían
invariablemente a nosotros, con razón o sin ella, como los niños mejor portados
del mundo, de modo que tenemos que cumplir la expectativa. Debemos responder a
este reto, tengamos o no la fuerza suficiente, con cortesía y gratitud.
Tendremos que hacerlo de manera que mi madre sienta que la línea entre lo público
y lo privado, dondequiera que esté dadas las circunstancias, se respeta
rigurosamente. Esto siempre ha tenido una enorme importancia para ella, a pesar
de o tal vez debido a su adicción a los más escabrosos programas de chismes de
la televisión. “No somos figuras públicas” le gusta recordarnos. Sé que no
publicaré estas memorias mientras ella pueda leerlas.
Mi hermano no ha visto a mi padre desde hace dos meses y le
parece que está más desorientado que de costumbre. Mi padre no lo reconoce y
está nervioso porque no sabe dónde está. Lo calma un poco la presencia de su
conductor y de su secretaria, que se turnan para visitarlo, y uno de ellos, o
la cocinera o la empleada doméstica, pasa la noche con él en el hospital. No
hay razón para que mi hermano se quede, pues mi padre necesita un rostro más
familiar si se despierta en medio de la noche. Los médicos le preguntan a mi
hermano cómo ve a mi padre en comparación con unas semanas atrás, ya que no
pueden asegurar que su estado mental sea producto de la demencia o de su
debilidad actual. No está del todo claro ni puede responder preguntas sencillas
de manera coherente. Me confirma que, aunque se ve un poco peor, así ha estado
desde hace muchos meses.
