Ponencia:
La batalla de Carabobo, vista en su tiempo y después.
Por Orlando Arciniegas D.*
I
El próximo 24 de junio arribaremos al
primer bicentenario de la batalla de Carabobo. Una oportunidad para rememorar su
significación histórica, recordar a quienes dejaron sus vidas en batalla, de lado
y lado, y, de modo especial, a quienes, en derroche de constancia y valor,
alcanzaron el triunfo que ayudaría, decisivamente, a poner fin a la larga y
destructiva guerra, así como a enrumbar el destino nacional por los caminos
republicanos y de la construcción nacional, de conformidad con la decisión patriótica
del 5 de julio de 1811.
En la sabana de Carabobo, un 24 de junio de 1821, se resolvió con un saldo de sangre lo que la diplomacia y el buen sentido político pudieron haber evitado. Recordemos que entre el 25 y el 26 de noviembre de 1820 se habían firmado los acuerdos de Trujillo, entre la recién creada República de Colombia y el Reino de España, mediante los cuales se derogaba la guerra a muerte, se pactaba un armisticio por seis meses, y se daba un reconocimiento de facto a la citada nueva República. Esto era una forma de reconocimiento al poder militar que ahora exhibía el bando republicano tras la victoriosa campaña libertadora de la Nueva Granada, que había dejado en manos republicanas, tras la batalla de Boyacá del 7 de agosto de 1819, la antigua sede del Virreinato de la Nueva Granada: la ciudad de Santa Fe de Bogotá.
Los dichos acuerdos que refrendaron Bolívar y Morillo,
habían sido igualmente posibles por la asunción de un gobierno liberal en
España, entre 1820 y 1823, que había forzado el reconocimiento de Fernando VII
a la Constitución de Cádiz de 1812. Los comisionados para adelantar las
negociaciones con España en aquella ocasión fueron los ministros José Rafael
Revenga y Tiburcio Echeverría. A los que prácticamente ni se tomó en cuenta.
En España el retorno al absolutismo no se había hecho esperar
y fue, como se sabe, voluntad del rey Fernando VII hasta su muerte en 1833, el no
otorgar ningún tipo de reconocimiento a las que eran llamadas las provincias sublevadas. Es más, como una prueba
más de la ofuscación del rey ante la gran crisis del Imperio español, puede referirse
la ordenada invasión a México, en plan de reconquista, llevada a cabo por el
brigadier Isidro Barradas, en julio de 1829, que terminó en un rotundo fracaso.
Acción que desconocía los acuerdos en favor de la independencia de México que
firmara el virrey en septiembre de 1821.
El fracaso diplomático de Colombia explica que Bolívar le
escribiera al mariscal de campo Miguel de la Torre, el 20 de abril de 1821, el jefe
del ejército realista tras el retiro a España de Morillo: “Siento tan vivamente
como Ud. la sangre que vamos a derramar, tal vez inútilmente, mientras no
tengamos el resultado definitivo de nuestra misión en Madrid”.
Bolívar, por su parte, ya en enero de 1821, en previsión de
que en marzo de ese año vencía el Armisticio y se renovarían las hostilidades,
había dado órdenes para entrar en campaña a fin de “terminar la guerra en
Venezuela”. El 25 de enero de 1821, Bolívar, desde Bogotá y antes de tomar el
camino a Venezuela, vuelve a escribir al general de la Torre y le dice:
“Adiós, querido general; haga Ud. sus esfuerzos por que
(sic) esos señores comisionados interpongan sus facultades en el buen éxito del
nuevo armisticio, porque de otro modo, yo temo mucho por nuestra ruina o
nuestra ruptura”.
Cinco meses después, como se sabe, alineaban frente a frente
en la sabana de Carabobo los ejércitos que tenían como jefes a los dos
generales que antes se habían carteado, Simón Bolívar, presidente de Colombia y
Miguel de la Torre, el jefe del ejército realista. La suerte que ya se había
puesto del lado republicano desde la feroz batalla del Pantano de Vargas y el aplastante
triunfo en el puente de Boyacá, en 1819, volvió a estar a favor de los que se
habían propuesto desobedecer a reyes y crear nuevas naciones. El triunfo en
Carabobo aseguraría el control de Caracas y de buena parte del territorio
venezolano.
¿Qué podemos decir después de aquel gran esfuerzo? Nación
después de tantos avatares somos, pero ser una verdadera república nos seguirá
costando nuevos sacrificios. Tal parece.
A modo de un introito al presente conversatorio sugiero
preguntarnos: ¿Cuál sería el sentido histórico último de aquellas luchas que hace
más de dos siglos marcaron el inicio de nuestra existencia nacional? Al
servicio de lo cual agregaría:
Contrariamente a lo que, para entonces, sucede en Europa, donde
comunidades diferentes por la lengua, la religión o la historia tratan de
acceder al estatuto del Estado-Nación, a cuyo propósito resultarían muy útiles, en
el siglo XIX, que es el siglo de los Estados nacionales, las historias
nacionales que han comenzado a aparecer como instrumentos al servicio de la
cohesión social y la legitimación del poder que se va construyendo como
alternativa al derecho divino del antiguo régimen absolutista; Hispanoamérica, partiendo
de una extraordinaria unidad de lengua, de religión y de cultura, va primero a
edificar el Estado, para construir luego la Nación. Esto, a nuestro entender,
tiene que ver con la naturaleza política de las luchas que se emprenden en
contra del Estado imperial hispánico durante el siglo XIX. Tales luchas, antes
que luchas de “liberación nacional”, como lo serían las del siglo XX, son
revoluciones políticas, cuyo sello ideológico afecta por igual a todo el mundo
hispánico, incluyendo a la misma España, se trata del paso de los Imperios absolutistas
a las naciones.
Es la época del nacimiento de la política moderna, con la
aparición de una nueva legitimidad, la del pueblo, en lugar del rey, que va a
servir de base a la formación de los nuevos Estados americanos. En los que se
amenazan los viejos privilegios y surgen nuevas aspiraciones, con base en las
mutaciones culturales de la Ilustración que América comparte con Europa. En el
centro de las nuevas invenciones culturales ilustradas va a estar el
“individuo”, el ciudadano, al que se conceptúa como un agente libre y creador
de una nueva sociedad que se piensa como opuesta a la del Antiguo Régimen, sin
los antiguos privilegios de casta, abierta a la participación política y al
imperio de la legalidad convenida, el libre intercambio comercial y el derecho
al progreso.
Ahora bien, como estas revoluciones por la modernidad política
se convirtieron, entre nosotros, en un intenso conflicto bélico, con
características más propias de los conflictos civiles que de las guerras
internacionales —las llamadas guerras de la
independencia—, la batalla de Carabobo bien pudiera ser
vista en conjunción con las otras de su mismo propósito, como la de Boyacá y,
luego las de Pichincha, Junín y, por último, la de Ayacucho en 1824, que de
conjunto dieron al traste con el Imperio español y el pensamiento absolutista,
abriendo un amplio cauce al ingreso a la modernidad política.
En España, igualmente, la derrota en América y la muerte en
1833 de Fernando VII, darían lugar, en el marco de las llamadas guerras
carlistas, a una renovada presencia del liberalismo español, el cual puesto en
las circunstancias de hacer parte del poder, y como parte de un proceso
anfractuoso, daría paso a las reformas liberales que cambiarían definitivamente
el signo absolutista de la monarquía española.
II
La batalla de Carabobo es, a su vez, el triunfo militar que
consagra la unidad fundamental del Virreinato de la Nueva Granada y de la
antigua Capitanía General de Venezuela, con la creación de la nueva República
de Colombia, cuya vida se extiende desde 1819 hasta 1831, bajo la presidencia de
Simón Bolívar y la conducción práctica del líder neogranadino Francisco de
Paula Santander. Pero de la que también se deriva el liderazgo político y
militar del general José Antonio Páez, en el entonces llamado Departamento de
Venezuela, lo cual tendría consecuencias políticas a partir de 1826 en el movimiento
separatista de Venezuela, que cristalizaría en la creación, en 1830, de la
República de Venezuela y en un factor crítico de peso en la disolución de la
unión colombiana.
III
Un último aspecto que guarda pertinencia con la valoración
histórica de la batalla de Carabobo sería dejar en claro que en dicha batalla
no se consagra la independencia de Venezuela. La constitución de un Estado
independiente y soberano debería esperar por los resultados del proceso
político y diplomático que concluyó en 1845 con el reconocimiento por España de
Venezuela como un Estado independiente, y, en consecuencia, con su admisión
plena en el conjunto del nuevo sistema de Estados que va abriéndose paso, con
su correspondiente nueva legalidad, a partir del siglo XVIII, desde el
aparecimiento de la primera república moderna, los Estados Unidos de América; sistema
en el que se descartaría el antiguo legitimismo dinástico, que conceptuaba los
territorios como una patrimonio de las monarquías, para dar paso a los
conceptos de soberanía nacional y popular, muy propios de la modernidad.
*Profesor titular de la Universidad de Carabobo, doctor en
historia.
