Por Carlos Juiz y Belén Bermejo*
Hace once años un programador estadounidense utilizó por
primera vez bitcoines para pagar unas pizzas. Desde entonces, tanto el valor
como el uso de esta moneda digital se han disparado, así como su consumo
energético que no sale gratis al planeta.
No ha pasado tanto
tiempo desde que se compraron dos pizzas en Jacksonville por
10.000 bitcoines. Lo que en aquel primer momento de la moneda
digital eran en torno a 30 dólares al cambio, ahora serían más de 300
millones de dólares. De todas formas, tampoco podríamos asegurar cuánto sería a
día de hoy, debido a las continuas variaciones de capitalización, en parte por
la famosa retirada por parte de Elon Musk del uso en Tesla del pago
con la criptomoneda, y la huella de carbono que esta genera.
En este sentido, se han publicado varios estudios últimamente, con diversas cifras de consumo energético de bitcóin, coincidiendo en las elevadas cantidades de electricidad que necesita esta moneda digital para operar. Sin embargo, cuando en 2008 Satoshi, pseudónimo del creador(es) secreto(s) de bitcóin, publicó la visión de una moneda digital y descentralizada, basada en la tecnología de cadena de bloques (blockchain), parece que no pensó del todo en la deriva energética de la misma.
Pero ¿cómo funciona? En el sistema de la criptomoneda en vez
de utilizar un tercero de confianza (como tradicionalmente hacen los bancos),
los participantes de la red validan las transacciones y garantizan la
integridad del sistema a través de la administración
descentralizada de un protocolo de datos. La tecnología de cadena de
bloques que lo soporta va generando un libro de contabilidad digital de todas
las transacciones de bitcoines, diseñado de esta manera para garantizar que los
usuarios no puedan “gastar dos veces” los fondos.
Cada bloque que se agrega a la cadena lleva una referencia
criptográfica compleja. Este método seguro utiliza un mecanismo de consenso de
prueba de trabajo para evitar el doble gasto y manipulación
indebida de las transacciones. La validación de propiedad y transacciones
se basa en acertijos de búsqueda de funciones hash. Estos acertijos de
búsqueda deben ser resueltos por participantes (mineros) de la red para agregar
bloques válidos a la cadena por fuerza bruta en computación.
Los mineros de
bitcoines no ejecutan esta operación de forma gratuita. Un incentivo clave del
modelo de bitcóin es la promesa de ser recompensado con algunos bitcoines si se
logra resolver el complejo algoritmo de hash. Y ese es el quid de la cuestión
energética, que resulta que tampoco es gratuita para nuestro planeta.
Una operación que sale
caro al planeta.
El índice de consumo
de electricidad de bitcóin, una herramienta de algunos investigadores
de la Universidad de Cambridge, muestra una cifra mucho mayor de 116 TWh, más
que el consumo energético anual total de los Países Bajos. Esta aproximación
podría ser mucho mayor si tenemos en cuenta la localización de dónde
se consume la electricidad.
Los estudios científicos empíricos demuestran que teniendo en
cuenta la eficiencia del hardware de los mineros, la eficacia de la
prueba de trabajo, incluyendo las pérdidas y la refrigeración, llevan a cifras
alarmantes en consumo energético. Esta huella geográfica permite una estimación
más precisa de las emisiones de carbono.
Así las proyecciones
más fiables son que el consumo de electricidad de la minería de bitcóin
alcanzará aproximadamente 400 TWh para 2100, aproximadamente el 2 % del consumo
de electricidad mundial actual. La huella de carbono de bitcóin depende en gran
medida de la tasa de descarbonización del sector eléctrico mundial. En un
escenario usual, las emisiones acumuladas de CO2 alcanzarán dos
gigatoneladas para 2100, cerca del 7 % de las emisiones totales del mundo en 2019
(aproximadamente 33 gigatoneladas), un número nada despreciable, pero no
decisivo para limitar el calentamiento global.
Un consumo cada vez
mayor de energía
El problema es que el
diseño actual de bitcóin nunca puede mejorar ya que es probable que consuma
cada vez más electricidad con el tiempo debido a ese mecanismo de prueba de
trabajo. Realmente no importa si hay máquinas nuevas y más eficientes minando,
tal como ha pasado con las cuatro generaciones de ordenadores anteriores, o si
se enfrían en centros de datos de Islandia.
Sencillamente, solo
usarán más y más máquinas, pero el consumo total de electricidad no disminuirá
en función de eso. Es decir, cuanto más exitoso sea bitcóin, más alto será el
precio de la criptomoneda y cuanto más alto sea el precio, más competencia por
la moneda digital; y por lo tanto, más energía se gastará.
Es relativamente sencillo encontrar argumentos en contra
sobre el impacto ambiental de bitcóin, ya que el uso de energía en sí mismo no
es contraproducente. Otras actividades como el correo electrónico y las
redes sociales consumen mucha energía. También tenemos el manido contrargumento
de que la industria bancaria tradicional no es criticada por su consumo
energético.
Pero, como siempre,
podemos comparar la huella de una transacción bitcóin que son unos
750 kg de CO2 equivalentes a 1,65 millones de transacciones VISA o 125.000
horas viendo YouTube.
Evidentemente, todas
las actividades basadas en tecnologías de la información y las comunicaciones
tienen una fuerte huella de carbono, ya que los ordenadores transforman la
energía en calor residual a cambio de realizar un cómputo. Pero esa
no es la única huella de carbono de los ordenadores, su fabricación, su gestión
y su destrucción (esperemos que reciclada) también son parte del problema.
Este artículo pretende
reflexionar sobre el uso de esos ordenadores realizando computación para
resolver un acertijo por fuerza bruta. El mundo digital funciona con
electricidad que, dados nuestros patrones de consumo actuales, depende
principalmente en el consumo de combustibles fósiles y bitcóin usa un 60 % de
electricidad de esas fuentes. El hecho es pensar si la computación por fuerza
bruta descentralizada y anónima es una solución para las transacciones
monetarias digitales. Desde el punto de vista energético no lo parece.
¿Comida en lugar de
bitcoines?
Ya que empezamos el
artículo abriendo el apetito con un par de pizzas, se puede pensar en bitcoines
en términos de comida, comparando lo que hubiéramos logrado si en cambio de
minar bitcoines hubiéramos producido alimentos. Centrándose en los patrones de
consumo y tomando como ejemplo el consumo de carne o lentejas, con los
datos de una sola transacción bitcóin de 750 kg de CO2 podríamos producir
3,5 kg de carne puesto que cada gramo de carne producido genera unos 221,6
g de CO₂.
Si hablamos de
lentejas, la producción mundial para 2016 fue de 6,3 millones de toneladas, que
producen 0,58 gramos de CO2 por gramo de esa legumbre, luego la misma
cantidad de emisión de CO₂ anual de la minería de esta criptomoneda hoy día
sería proporcionar casi 16 veces la producción anual de lentejas del mundo
entero.
Las criptomonedas
causan una fracción relativamente pequeña de las emisiones globales. Aun así,
no contribuyen mucho a la descarbonización de la economía. Satoshi
pretendía que bitcóin aumentara la privacidad y redujera la dependencia en
terceros de confianza. Sin embargo, la electricidad y la producción de
computadores están en manos de terceras industrias. El beneficio potencial del
anonimato y la descentralización de la moneda tampoco es tan obvio cuando lo
ligamos a dos utilidades controladas por otros.
En la actualidad, la
mayoría de las partes intermedias cumplen funciones útiles y proporcionan un
sistema descentralizado. La construcción socioeconómica solo debería
reemplazarlos si puede garantizar la misma funcionalidad o si las ganancias de
eficiencia superan su valor. Está claro que de momento el valor de bitcóin y su
eficiencia energética son muy dispares.
* Profesores de Arquitectura de Computadores de la
Universidad de Islas Baleares.
Fuente: Agencia
sinc
