Por David Alvarado
Mohamed VITodo apunta a que la crisis en Ceuta no es una afrenta
con España, es un desafío a Europa. He aquí las claves.
Desde el pasado 17 de mayo abundan
comentarios estableciendo un nexo indefectible, y casi único, entre el ingreso
en una clínica riojana del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, y la
llegada masiva de inmigrantes a Ceuta a modo de represalia de Rabat. Incluso
algún “experto”, con tribuna en un importante medio televisivo del Estado, ha
llegado a incidir en “lo limitado” de la política exterior de Marruecos,
insinuando una cierta improvisación y no contando con otro recurso más allá de
la afrenta flagrante para presionar a su adversario y lograr sus objetivos. Ni
lo uno ni lo otro son plausibles per se, de forma aislada. Se
equivoca quien pretenda ver en la crisis ceutí un pulso directo con España. El
laxismo en el control fronterizo, que ha derivado en una avalancha de personas
de una magnitud sin precedentes, es el colofón a una estrategia diplomática
bien definida. Lleva en marcha desde hace años y ha sido confortada por Donald
Trump en el tiempo de descuento de su mandato. Además, asienta a Marruecos sobre
una sólida base de apoyos para ir un paso más allá y plantear un desafío a
Europa en las narices del Estado español. Y de paso, desviar la atención en su
frente interno sobre realidades acuciantes que amenazan la estabilidad del
propio régimen.
Rol gregario y diversificación
La adopción de un estatuto avanzado
en el seno de la UE el 13 de octubre de 2008 no significó para Marruecos el
cambio esperado, como tampoco la edificación de Unión por el Mediterráneo, en
julio de ese mismo año. Aún a cambio de pingües contrapartidas económicas,
distribuidas en diferentes partidas, convenios y proyectos, Rabat seguía
sometida al constante escrutinio de Europa. Era objeto de continuas críticas.
Incluso se le cuestionó sus constantes nacionales (dios, patria y rey), y quedó
circunscrito al rol de “gendarme de Europa”, unas veces de guardián aventajado
de su puerta trasera frente a hordas de migrantes, criminales y terroristas.
Además, proseguían los reveses bilaterales, las tiranteces con los gobiernos,
las organizaciones y amplios sectores de la opinión pública de España, Alemania
o Italia. En el paroxismo de ese irrespeto, Francia osaba abrir una causa
judicial contra Abdellatif Hammouchi, máximo responsable de los servicios
policiales y contraespionaje, tras una denuncia de Zakaria Moumni, un
exboxeador que afirmaba haber sido torturado bajo la supervisión de tan
eminente personaje.
Lo vacilante de la asociación y el
rol gregario asignado por Bruselas a Marruecos deriva en una concienzuda labor
de diversificación diplomática. Entre otros, se restablecen y consolidan nexos
con países pretendidamente próximos al principal enemigo, Argelia, como Rusia y
China, pero también con Turquía. Se multiplicaban los gestos, el acercamiento,
la densidad de la relación y los intereses cruzados. El regreso de Marruecos a
la Unión Africana, el 30 de enero de 2017, y su demanda de integración en la
Comunidad Económica de los Países de África del Oeste sancionan su
ineludibilidad sobre el continente y la eficacia del soft power marroquí.
Con altibajos, se consolida el vínculo con los miembros del Consejo de
Cooperación del Golfo, llegando a implicarse Rabat de forma directa en la
guerra de Yemen. Además de ser actor destacado del bloque contra Irán,
presentado como aliado del Frente Polisario a través de Argel. Se destinan
ingentes recursos a labores de lobby y comunicación, que
evidentemente alcanza a Bruselas y otros países comunitarios, pero que llega a
su paroxismo en Estados Unidos, con quien Rabat no cesa de apuntalar la relación.
La salida de Reino Unido de la UE ha sido bien aprovechada por Marruecos. Ante
cualquier atisbo de contrariedad de parte de Bruselas pretende apoyarse en
Londres, con un Boris Johnson muy receptivo a reemplazar a Europa en lo que sea
preciso y, de paso, marcar puntos.
Empujón de Trump
Jared Kushner, yerno del
expresidente Donald Trump, abrió a Mohamed VI la oportunidad de marcar puntos
en la cuestión saharaui con la única condición de reconocer al Estado de
Israel. La contrapartida era tentadora para Rabat que, no obstante, mostró su
versión más dura en las negociaciones, exigiendo más y más cosas. Para Trump,
dispuesto a lo que sea para alcanzar sus objetivos, reconocer la
“marroquinidad” del Sáhara Occidental no planteaba reticencia alguna. En un momento
delicado, de crisis, el acuerdo incluye una ayuda económica importante,
flamantes acuerdos comerciales, nuevas inversiones y una reforzada cooperación
militar. También aporta ventajas del lado israelí, ya que Rabat está llamado a
convertirse en un actor estratégico y táctico, económico y financiero,
comercial e incluso turístico. La resolución final, imputable a Palacio, que
Trump anunció a través de un lacónico tuit el 10 de diciembre de 2020, cogió a
todos por sorpresa, incluido al Gobierno marroquí, élites políticas y
económicas, pero sobre todo a la población.
Desde el gabinete real se hace
además una lectura favorable del contexto internacional. Argelia se encuentra
replegada sobre sus grandes problemas políticos, económicos y sociales. Su jefe
de Estado está ausente y el Ejecutivo es incapaz de abordar urgencias
acuciantes y restablecer la confianza con una población en efervescencia. Todo
ello ha dotado al Hirak de un renovado impulso. Naciones Unidas tampoco supone
una amenaza. Los diferentes responsables designados para el arreglo del
diferendo saharaui desde 1991 han ido encadenando fracasos. Además, son
incapaces de nombrar desde hace más de un año al enésimo enviado especial para
la antigua colonia española. La UE está demasiado ocupada en hacer frente a sus
propios incendios conexos a la COVID-19, ahondando en sus divergencias,
concentrando sus esfuerzos en la gestión del Brexit e incapaz de erigirse en
potencia diplomática con un perfil unificado. A esto hay que añadir que otros
países árabes habían previamente abierto la vía hacia la normalización con Tel
Aviv. En este sentido, se produjo una situación favorable para Rabat que le
permitiría un acercamiento a unas monarquías suníes con las que, Catar
mediante, se había instalado desde hacía algún tiempo cierta tensión.
Palacio colige que el
reconocimiento de Washington debe comportar una ola de gestos en el mismo
sentido en Europa, obteniendo una victoria total y abortando la opción de la
autodeterminación para el Sáhara Occidental. El titular de Exteriores marroquí,
Naser Bourita, no duda en impeler a Bruselas a “salir de su zona de confort y
apoyar esta tendencia internacional”. Bourita hace hincapié en que hasta
febrero de 2021 un total de 42 países habían apoyado esta dinámica, siendo el reconocimiento
estadounidense uno más y no una posición aislada. Por si el ejemplo de
Washington no es suficiente, Bourita lanzó un aviso a navegantes, afirmando que
“Europa necesita una zona sahelo-sahariana estable y segura”, es decir, o
Marruecos o el caos.
La ofensiva en el Parlamento e
instituciones europeas es patente, al igual que en el seno de la clase política
de los países miembros. También ha aumentado la política de gestos con cierta
virulencia. Incluso, ha llegado a bloquear las actividades de cooperación
alemanas en Marruecos y ha llamado a consultas al embajador en Berlín por hacer
ondear una bandera del Polisario en el Parlamento de Bremen.
Pulso a Europa (a través
de España)
Hace meses que hacia el Estado
español la ofensiva ha tomado otra dimensión, acorde a la historia, realidad y
conflictividad latente entre vecinos. La posición de Marruecos, exige a Madrid
el fin de su “postura tibia” y “ambigüedad irritante” hacia la integridad
territorial de Marruecos. No faltan alusiones a Ceuta y Melilla, considerando
el bando marroquí que llegado el momento se debería abordar el estatuto de los
“presidios ocupados”. Henchido del reconocimiento otorgado por Trump, se ve
fuerte e ineludible. Una suerte de potencia diplomática, primando siempre el
tono de amenaza, apenas velada, se afirma que es mejor “dejar que los intereses
económicos y de seguridad prevalezcan sobre cuestiones potencialmente
conflictivas” (Ceuta y Melilla, emigración, criminalidad y terrorismo). Puesto
que, y esta es la conclusión a la que finalmente se llega, la prosperidad y
seguridad de España dependen de Marruecos. Convicción ampliamente compartida
por las élites políticas y económicas del Reino.
Antes de la llegada de Ghali, Rabat
ya exigía clarificaciones del lado español, teniendo presentes las simpatías de
Podemos por el Polisario y exigiendo una “posición positiva” sobre la causa
saharaui. Seguro de sus apoyos internacionales allende la UE, e incluso dentro
del propio ente comunitario, los cleavages gobierno-oposición,
progresistas-conservadores y otros, con acceso directo a medios de comunicación
y sectores de influencia; Marruecos había resuelto privilegiar la agresividad y
llegar hasta donde fuera necesario. La crisis de Ceuta es solo el colofón sobre
la base de unos apoyos internacionales sólidos. Rabat es consciente de las
debilidades de su oponente, con un volumen de información y conocimiento de su
adversario que dista de la caricatura que Occidente hace de Marruecos. Cuenta
con redes fuertes y activas dentro de Europa al servicio de sus intereses. Se
antoja ilusorio confiar en que el Estados Unidos de Biden dé la espalda a
Marruecos o que la UE haga frente común contra Rabat, y menos que Bruselas opte
por una política de sanciones o represalias.
Por el momento, más allá de las
voces cualificadas en el seno de las instituciones comunitarias, ningún
dirigente europeo ha alzado la voz para dar su espaldarazo al Gobierno español.
En contrapartida, la embajadora en Marruecos de Francia, cuyas élites políticas
y el propio Macron sostienen a Rabat, ha hecho unas declaraciones justificando
la no apertura de un consulado en el Sáhara Occidental. Son los medios y
responsables de Francia quienes más hacen por limitar el conflicto a la
bilateralidad entre Madrid y Rabat, mientras los miembros comunitarios más
alejados, y de menor dimensión, no se sienten apenas concernidos. Tras días de
silencio, un editorial firmado por el director general de la agencia oficial
marroquí, la MAP, Khalil Hachim Idrissi, abre la veda y marca la línea a
seguir. Éste es harto elocuente, evidenciando las ansias de respeto y
reconocimiento de Rabat, magnificando el marco de agravio y mostrando la total
disposición del país a llegar hasta donde sea necesario. Una guerra abierta con
Europa a instancias de España, obviando apuntar Idrissi, claro, que mientras el
enemigo esté fuera, y hacia allí se pueda desviar la atención, las grandes
crisis socioeconómicas internas y de legitimidad del propio régimen quedarán en
suspenso, minimizadas, silenciadas. Al igual que las manifestaciones a favor de
Palestina, que han sido reprimidas, no se puede incomodar a los flamantes
aliados de Rabat. Las imágenes de hordas de emigrantes, propios y ajenos,
escapando a Europa son sin paliativos, reflejo del abismo que existe entre el
discurso oficial y la auténtica realidad del país.
Tomado de esglobal /
España
