Cineasta tan célebre como personal, extrovertido y políglota,
pletórico de forma y lleno de lucidez, Costa-Gavras (Atenas, 1933), el autor
franco-griego de Z (1969) y Desaparecido (Missing, 1982) sintetiza en esta
entrevista una vida apasionante y ofrece su perspectiva sobre España y el mundo
actual.
LUZES-PÚBLICO / JOSÉ MANUEL SANDE
Costa-Gavras llegó a Francia en los primeros años 50. Formado
en el prestigioso Institut des Hautes Études Cinématographiques (IDHEC), su
trayectoria, un montón de filmes míticos, destaca por su capacidad de construir
relatos de género que van del thriller al drama, del filme judicial a la
narración social, en los que la política y el entorno social son esenciales.
Depredador de todo totalitarismo, comprometido con la realidad, Costa-Gavras va
en dirección contraria a muchos de los directores de la época, al tiempo que
atraviesa un período fértil y revelador en la historia sociopolítica y
artística europea con el respaldo de público, crítica y profesión, alcanzando
los principales premios (Oscars, Globos de Oro y triunfos en Cannes y
Berlín).
¿Cómo son sus orígenes en el cine?
El cine que había en Francia no me interesaba. Ya lo había visto
en Grecia, un cine estandarizado, de acción, de humor, etcétera. Sin embargo,
en Francia, a pesar de hacer estudios de Literatura, encontré la Cinemateca,
donde había cine clásico. Fue un descubrimiento importantísimo y me interesó
mucho. Primero, quise aprender a escribir, y fui a la Escuela de Cine, al
IDHEC, estudié dos años, y después, con una suerte extraordinaria, me pidieron
hacer un primer trabajo de cine por unos días. El primer ayudante era Claude
Pinoteau, que luego fue director. Así entro en el cine francés, lo que era
bastante difícil, especialmente para un extranjero. Además en el puesto de
ayudante. En ese momento era posible trabajar con gente como René
Clair, Jean Cocteau, René Clément, Henri Verneuil, Jacques Demy, Clouzot... Fui
ayudante de alguno de ellos. Conocí también a todos los grandes actores, pues
en este período los ayudantes hacían el casting y había una relación muy
próxima con ellos. Conocí a Montand, Piccoli, Trintignant... La
primera película fue como un ejercicio escolar desde hacer el guión. El
director de estudio leyó el guión y así se hizo. En la medida en que yo tenía
un guión, el thriller, que era atractivo, generó interés y tuvo un gran
reparto. La película funcionó muy bien.
Era Los raíles del crimen (Compartiment tueurs,
1965)...
Sí, y la segunda, Sobra un hombre (Un homme de trop, 1967),
sobre la Resistencia francesa, fue un fracaso. Lo curioso es que ahora salió en
DVD por primera vez y triunfó, tuvo unas críticas extraordinarias. Después hice
Z (1969), donde está lo que me interesó siempre del cine. Cuando mi primera
película tuvo éxito en los Estados Unidos, Harry Saltzman [el
productor de James Bond] me propuso hacer una. Me preguntó: «¿Que película
quieres hacer?». Yo le dije que La condición humana, de André Malraux.
Dijo: "¿Qué? Hacen falta muchos chinos, no se puede" [ríe].
Lo que no había en el cine era un tipo de película acerca de
la condición humana, de las revoluciones, las luchas cotidianas, las luchas no
solo políticas sino también sindicales. No las había en este período. En
Francia había la Nouvelle Vague, nos interesaban otro tipo de películas después
de las grandes películas de los años 50, 60… Yo quería volver a este tipo de
cine, influido posiblemente por películas americanas como Las uvas de la ira y
cierto cine social muy interesante.
¿Qué tipo de películas le gustan o le interesan? En
alguna entrevista hablaba de Avaricia (Greed, 1924), de Stroheim, como una
revelación para usted.
Greed es una película de varias horas que parecía una
tragedia, como la antigua tragedia griega. Había la posibilidad de hacer en el
cine ese tipo de películas, cine no solo para divertir, como el fútbol.
Desde Latinoamerica a Europa, el mundo corporativo, la
banca, las empresas y esas luchas cotidianas o los sistemas totalitarios... De
alguna manera su cine recorre toda la historia de su época, de aquellos
sistemas políticos o sucesos que ocurrieron en la realidad a su alrededor.
¿Existe desde el principio en su cine la voluntad de contar relatos sociales o
es algo que va sucediendo sobre la marcha?
De base, siempre me interesaron la resistencia y el poder. Y
cómo en nuestra sociedad el poder participa como represión en nuestra vida
diaria. Además, el poder es algo que tenemos todos. No es solo el poder
político, eclesiástico, económico, nosotros tenemos poder sobre algunas
personas y hay personas que lo tienen sobre nosotros. Esta relación con el
poder me interesa mucho porque de ella dependen la felicidad y la infelicidad.
Después viene también la resistencia. Cómo resistimos a lo negativo. Resistir
es lo más importante, si no, nos convertimos en esclavos. Son los temas que hay
en mis películas, lo que a mí me interesa.
Hay un elemento singular en sus películas que es que
ese análisis o crítica al poder va dirigida a todos los tipos de poder. Pueden
ser los tupamaros, el retrato de Arthur London en La confesión (L'aveau, 1970),
la ocupación alemana, el nazismo, el golpe de Pinochet... Recuerdo El sendero
de la traición (Betrayed, 1988), donde se habla también de la banalidad y de la
normalidad del mal. De cómo bajo un hombre común pueden ocultarse formas
inquietantes de poder.
Porque el poder es como una droga, cuando tienes poco quieres
más y más. ¿Y cómo hace uno para alcanzarlo? Algunas veces va por direcciones
legítimas, pero puede optar por otros caminos. Como el dictador griego de
Z, Papadópoulos, que no era un general, era un coronel que alcanzó
un poder enorme. El poder es seguramente el aspecto humano más
importante.
Después del éxito de Z, ¿tiene libertad creativa para
hacer sus películas?
Absolutamente. Es la ventaja de tener éxito con una película.
La confesión era un libro imposible, enorme, 500 páginas, cuando la gente lo
veía no lo creía posible. Semprún y yo hablamos mucho y, finalmente, resultó
fácil de hacer.
En ese momento, todas las películas empiezan a tener
proyección internacional.
Sí, es decisivo tener buenos actores. Les llaman stars porque
son buenos actores. Aunque también hay stars que no lo son.
Hay varios rodajes en los que tiene producción estadounidense.
¿Percibe diferencias en esto además de en la parte cultural?
Las primeras películas, las que más me interesaron, las hice
en Estados Unidos. Me ofrecieron hacer El Padrino, y no me interesó nada. El
libro, para mí, no era un buen libro. Coppola hizo una película extraordinaria
que yo no podría hacer porque yo no era americano. Sí que acepté hacer Missing
(Desaparecido) pidiendo a cambio controlar también el casting. Y aceptaron.
Además, hice la posprodución en Francia. Fueron las condiciones que puse y me
dieron libertad.
Hay un debate, casi siempre que el cine toca la
política, sobre la forma, sobre cómo se cuentan las historias. Con usted, con
Ken Loach y con otros cineastas, siempre se discutió que se acercaran a formas
populares, lo que permite que sean más accesibles. ¿Que opina de eso?
Este fue un debate muy potente, especialmente con la Nouvelle
Vague. La tradición de la construcción de un guión es de origen griego. El
teatro griego es un thriller, todas las tragedias griegas lo son en cierto
modo. En esta construcción el interés va en aumento para llegar al final. Eso
me parece esencial. No se puede hacer siempre con esa simplicidad, pero
generalmente esa es la dirección que yo tomé desde mi primera película.
Siempre me interesa saber qué proyectos quedaron por
el camino, qué obras se frustraron o no llegaron a ser realizadas
Había un proyecto del que hicimos el guión, El
cormorano, la historia de una gran compañía internacional que cambió la
política del Estado, como sucedió en cierto momento en Portugal. No debemos dar
el nombre del país, dejaba todo y se marchó a otro país. Pasa cada día, pero no
encontré el dinero para hacer este proyecto. Nadie quiso. William
Holden había aceptado hacerla, pero no encontramos inversión. Los
americanos habían aceptado, hablé con actores como Meryl Streep y Al
Pacino, pero dije que había que hacerla en China. Fui allí, primero querían
hacerla, pero después querían cambiar todo el guión. Finalmente, acepté que no
se podía hacer. Precisábamos el paisaje chino. Intentamos realizarla en otros
países y los americanos propusieron reproducir todo en Hollywood, pero era
imposible. Se dieron las condiciones económicas, pero no de localización.
¿Encontró alguna vez dificultades o intromisiones de
los productores por la audacia política, o porque eran temas que no
interesaban?
Sí, con algún proyecto. Con Z, por ejemplo, la gente decía
que nunca funcionaría. Pero había que insistir, y finalmente se hizo, los
actores aceptaron y la película se hizo porque Jacques Perrin había
luchado mucho y también los argelinos, pues Argelia es el país donde se rodó.
En algunas de sus últimas películas, como Arcadia (Le
couperet, 2005) y El capital (2012), analiza las estructuras económicas
próximas a la parte sociopolítica. ¿Es esa su visión de la sociedad y enlaza
con todas las películas anteriores?
La sociedad ha cambiado. Todo el mundo habla hoy de
democracia, pero hay otro poder que ha llegado llegó, que existe hoy, que es el
dinero, el súper capitalismo. En el cine, los temas de poder están aquí hoy, en
la economía. No se habla de otra cosa. Todo el mundo conoce el Dow Jones.
Otros tipos de totalitarismo, Stalin, el nazismo y
ahora este capitalismo...
Exactamente, son otro tipo de totalitarismos.
Me gustaría que hablara ahora de Semprún, que fue
guionista en tres de sus películas (Z, La Confesión y Sección especial) y de la
idea que tiene sobre España, un país con una historia convulsa en el siglo XX y
hasta la actualidad. Con Semprún llegó a haber un proyecto sobre Yoyes, la
etarra asesinada...
Él no podía hacerlo en ese momento porque era ministro, y yo
no quería hacer un tema español sobre alguien que no conocía. Pero después, con
Jorge, hicimos películas sobre verdaderas historias, pero siempre tuvimos el
problema de escoger personajes y situaciones. Porque una película como La
confesión o como Z podía durar horas. Hablé con Jorge de hacer una
película sobre Malraux, una oportunidad para hablar sobre España y sobre cómo
se hace el cine en España. Cómo Malraux cambió completamente,
cómo conoció el PC, llegó a Francia y dijo: «Se acabó», esa declaración
extraordinaria al llegar a Francia. Además, había una historia de amor muy
interesante. Hablamos e hicimos un primer trabajo muy largo. Primero trabajamos
el libro y después el guión. Cuando terminó, Jorge fue al hospital con dolor de
espalda y le detectaron cáncer. Duró semanas. Con él había intención de
permanencia, de hacer algo juntos, algo que nos había interesado a los dos,
sobre Francia y España.
Curiosamente, en España, Semprún es una figura
respetada pero su obra es muy poco conocida, como pasa con otros personajes de
la resistencia y el exilio.
Es curioso, sí.
En los últimos años hubo tentativas de revoluciones
democráticas, un caso es Grecia.
Un caso muy particular. A lo largo de la historia, Grecia
siempre ha sido un laboratorio. Tsipras empezó muy joven, con un problema de
deuda enorme. Imposible de pagar. Había que encontrar soluciones. Además no
tenía todo lo poder. Tenía el 36% de los votos. Va a Europa, sin experiencia
con los europeos, que son monstruos de la economía. Tiene cerca de él a Varoufakis y
esta relación es importante. Pero, ¿qué hacen los europeos? Todo lo que pueden
para separarlos. Y lo consiguen. Merkel, que le prometió todo a
Tsipras, que participó en esta separación, pensaba al principio que había
algunos gestos para mejorar la situación en Grecia. Pero 300.000 jóvenes se
fueron del país, una pérdida enorme para el futuro. Los salarios bajaron un 40 %.
Todo esto se volvió contra Tsipras y Alemania no hizo el mínimo gesto, al
contrario. Pidió más y más y más. Los griegos votaron una segunda y una tercera
vez a Tsipras porque no había otro.
La historia va muy rápido y Tsipras poco menos que
cayó en el olvido. Aquello ha quedado como un movimiento político abortado que
acabó entrando en las convenciones. ¿Qué piensa de algunas de las cosas que
suceden ahora? El Brexit, Trump, la ultraderecha en Francia...
Estamos entrando en un período de barbarie. La extrema
derecha ha vuelto a Grecia. Amanecer Dorado celebra el nacimiento de Hitler.
Eran muy pocos, pero con el drama económico griego ahora son un 13% o un 15 %
ya. Y no solamente en Grecia. En Francia, con la vieja historia de Le
Pen, pero también en Austria, en Alemania… Los bárbaros están volviendo. Y
lo peor es en América. Recuerdo un detalle, cuando hice Bretrayed...
Betrayed parece una película anticipatoria…
Sí. Y muchos americanos me dijeron: "¿Dónde has visto
esto? No existe en los Estados Unidos". Pero yo lo había visto en la gira
que había hecho por el país. Decían que éramos comunistas que veníamos de
Europa.
¿Qué relación ha mantenido estos años con Grecia?
Llegó a Francia en los años 50, a veces se habla de usted más como francés y se
olvidan sus orígenes.
Yo son bígamo [ríe]. Pasé casi 20 años en Grecia, y Grecia no
se olvida. Pero Francia me lo dio todo. Nunca soñé que habría podido tener la
vida que tengo en Francia. No sólo en lo profesional, sino que me piden que
participe en la vida política y cultural. Grecia no me lo dio, al contrario, yo
escapé de allí. Mis raíces son griegas, pero culturalmente soy más francés que
griego.
En España estamos interesados en cómo nos ven desde
fuera. ¿Qué opina de lo que ocurre en este país? ¿Cómo ve nuestra sociedad?
¿Cree que hay posibilidad de ascenso de la extrema derecha aquí?
Es una situación muy difícil y también muy peligrosa, porque
si se usa la violencia, y no las vías democráticas, para resolver el problema
de Cataluña, las consecuencias pueden ser muy graves. No hay que tomar posición
por unos o por otros, es una cuestión española. Hay que salvar a Europa
también. Yo creo mucho en Europa, estas cosas me parecen importantes por la
problemática española. No sé qué va a pasar después de las elecciones, pero el
uso de la violencia me parece muy, muy negativo. Los problemas humanos deben
solucionarse con el diálogo y con la cesión por ambas partes para llegar a una
solución que pueda contentar a todos, porque si no podemos acabar en una guerra
civil, como ya pasó aquí y en Grecia.
En cuanto a los Estados Unidos, ¿piensa que Trump
viene a demostrar la actitud demasiado cómoda o de dependencia que tuvo Europa
con los Estados Unidos en muchos aspectos?
América no es lo que la gente quiere que sea. También es
esto. Lo peor de todo es el problema ecológico. No hablamos mucho de ello, pero
la población aumenta y somos un cáncer para la tierra. Destruimos todo. Hoy
pensaba desde el avión que somos cómo animales que devoran la sustancia de la
tierra. ¿Qué va a pasar cuándo se agote por completo? Nadie lo piensa. No será
en mi generación, pero tengo nietos, ¿qué van a hacer aquí? ¿Cómo van a vivir?
Se dice que en algunas pequeñas islas, en Tahití, por ejemplo, la gente está
pensando en construir muros para evitar la subida de las aguas. Además, está el
colosal problema de la emigración. Es un problema que no va a acabar, mire lo
que está pasando en algunos países, la situación es terrible y la gente quiere
una vida mejor. Ese problema no parece interesar a los jefes de Estado. No se
preocupan de esto, solo piensan en las próximas elecciones.
Este artículo se publicó originalmente en gallego en la revista Luzes.
– Tomado de Público / España. Foto: Luis
O tero.
