Por: Luis Eduardo Martínez
@luisemartinezh
Este 5 de Enero se instala una nueva
Asamblea Nacional. Yo soy parte de ella.
Confieso que no fue fácil decidirme a
participar en el reciente proceso electoral pero al final se impuso mi convicción,
muchas veces proclamada, que el voto es un derecho irrenunciable de quien se
llame ciudadano y que hago mucho más por la Venezuela que quiero legar a mis
hijos y a mis nietos participando que quedándome en casa rumiando quejas y
descontentos.
A qué dudar que para mí hubiese sido más cómodo continuar atendiendo mis muchas responsabilidades en el mundo universitario y contemplar de lado como los odios, la confrontación, en muchos casos la ignorancia supina, empujaban a mi país por un desempeñadero sin fin.
Gracias a Acción Democrática, partido
en el cual milito sin una solo día de disidencia, desde muy joven, a los
partidos de la Alianza Democrática –COPEI, AP, El Cambio, Cambiemos- y al noble
pueblo del estado Aragua, tierra que me vio nacer y crecer hasta que el destino
me aventó a Monagas, en la cual reposan las cenizas de mamá, papá, abuela
Pancha y tantos seres queridos, en la que mis hermanos y sobrinos han
transcurrido su existencia, fui electo Diputado principal.
Llego al Parlamento con la misma emoción
que al asistir a mi primer día de clases en el Liceo Agustín Codazzi en Maracay
o cuando con apenas cumplido 21 años me juramenté como Concejal en Maturín y
con conciencia plena de las enormes responsabilidades que asumo. Los Diputados,
sin excepción, tenemos la obligación de servir, de servir a quienes nos
eligieron pero más aun de servir a los que no votaron por nosotros, a los que
optaron por no votar, a los millones y no hay que ocultar las cifras que como
producto de una brutal campaña o por desidia, o por flojera, pero por encima
porque no fuimos capaces de convencerles, de motivarles, de hacérseles entender
que es democrática, pacífica y electoralmente como la recurrente crisis
venezolana tiene solución.
Arribo al Palacio Federal entusiasta
por promover consensos y convencer que es juntos cómo será posible sacar al
país adelante. Dispuesto a esforzarme tanto como sea necesario para que la
Asamblea Nacional sea epicentro de reunificación y con tal de legislar para un
mejor mañana, marcado por el humanismo en el cual el ser humano sea el objeto
de la acción de los poderes públicos y también del sector privado. Viabilizar
la recuperación económica con inclusión social; dignificar el salario;
recuperar la infraestructura de servicios; potenciar la educación y junto con
la masificación que es un hecho innegable maximizar los estándares de calidad;
facilitar el regreso de los que se han ido y reisentarlos en la vida en
sociedad; promover la inversión privada nacional y extranjera y darle las
garantías que requiere; desactivar la conflictividad mediante el diálogo y la
negociación y resolver las diferencias entendiéndonos; gestionar la pronta
suspensión de las sanciones –son unas 700 las que pesan sobre Venezuela- que
tanto daño han causado a nuestros connacionales; recuperar los activos de la república
en el extranjero que usufructúan unos pocos; son tareas obligantes de quienes
juramos en el hemiciclo de Diputados en armonía con el gobierno nacional y los
regionales y locales, con las distintas instancias públicas, con empresarios,
trabajadores, estudiantes, las iglesias.
La instalación, este 5 de Enero como
pauta la Constitución, de la Asamblea Nacional es una nueva oportunidad para Venezuela.
No voy a juzgar a los parlamentarios
salientes ni su ejercicio pero lo que es innegable es que la ruta a seguir por
nosotros no es la que ellos 5 años atrás
resolvieron transitar.
Esta nueva oportunidad hay que
aprovecharla para que el futuro nuestro y de los nuestros sea el que soñamos y merecemos.
Dios quiera que así sea.