Por
Enrique Ochoa Antich
Sin columnas de nube ni de fuego, sin candelero de
oro ni tabernáculo alguno, sin ángel que guíe nuestro camino ni trompetas de
plata, este país nuestro, apaleado, expoliado y traicionado por tantos, se
apresta a cruzar un nuevo desierto. Moisés y Aarón, Josué, Caleb y Eleazar,
condujeron durante años a su pueblo hacia aquella tierra buena que está
más allá del Jordán. ¿Qué liderato hará lo propio con el nuestro?
Ya no será la sangrienta travesía que nos llevó desde Angostura al Potosí, plantando por doquier la bandera de la libertad, fundando repúblicas y venciendo a un imperio en decadencia, sí, pero que era aún el más extenso de la Tierra. Aquélla nos dio la independencia, "el único bien que hemos adquirido a costa de los demás", según confesaba postreramente un ruborizado Bolívar.
Tampoco la del siglo de nuestras guerritas civiles,
de nuestras Constituciones de opereta, de nuestros caudillejos afrancesados y
vacíos.
Ni la que, ya en el siglo XX, nos vio protagonizar
una lucha larga y heroica contra oprobiosas dictaduras militares, unas a lomo
de una barbarie semifeudal, otras empujadas por el carro ruin de la corrupción
y la violación sistemática de nuestros derechos humanos. Así obtuvimos, luego
de mucho sacrificio, algo parecido a una democracia... con luces y sombras: del
destello de libertades ciudadanas del 23 de Enero a la masacre del 27F y los
alzamientos militares de 1992, y de las ilusiones de cambio, modernización y
justicia que se forjaron en los '80 y los '90 a este desolado pantano en que
estamos sumidos hoy, media una larga historia de conquistas y claudicaciones,
de certezas e hipocresías, de posibilidades ilimitadas de bienestar para todos
pero de hambre, pobreza y atraso para los más.
Y
partieron de Sucot y acamparon en Etam: en este punto estamos, a punto de iniciar la
travesía. Toca dar la espalda a los Blacamanes vendedores de milagros. Toca
despreciar a quienes una y otra vez nos ofrecen el espejismo de falsos oasis.
Toca desoír los cantos de sirena de quienes creen que el amor puede surgir del
odio y que la paz puede nacer de la guerra. Dispongámonos a pasar de una
estrategia de guerra de movimiento a otra gramsciana de guerra
de posiciones que es propia de una ruta democrática. Aprestémonos a
transitar lo que ha mucho llamábamos la larga marcha por las
instituciones, eslogan acuñado por el activista estudiantil Rudi Dutschke
en 1967 y que el propio Marcuse valoró y consagró. Y cedamos, unos y otros, en
nuestras posturas extremas: si aquéllos siguen creyendo que sólo por la vía del
ejercicio autoritario del poder se podrá construir una sociedad más justa (en
vez de compartirlo) y si éstos siguen pensando en un "asalto" a
Miraflores (para así extinguir al contrario) negando el diálogo y el voto, al
final seguiremos teniendo por resultado un país devastado en lo material y,
también, en lo espiritual.
Hora del reencuentro. Hora de ayudarnos unos a
otros en esta ruda travesía por un desierto cada vez más hostil. Hora de
recuperar el tiempo perdido y comenzar cuanto antes la gran tarea unitaria de
la reconstrucción nacional: mientras más tarde la iniciemos, todo se nos hará
más difícil.
En el Deuteronomio se nos cuenta
que, aunque lo imploró, sólo de lejos pudo mirar Moisés la tierra prometida.
Enojado con el profeta, Dios le había anunciado: ...no pasarás el
Jordán. Y más luego, casi por precario consuelo, le dice: Sube
a este monte de Anarim, al monte Nebo, situado en la tierra del Moab que está
frente a Jericó, y mira la tierra de Canaán, que yo doy por heredad a los hijos
de Israel. (...) Te he permitido verla con tus ojos, mas no pasarás allá.
Ojalá a los venezolanos de esta generación no se les condene a igual
penitencia.
Pero hagamos nuestra lo que dijo antes de morir
Moisés como bendición a su pueblo:
¿Quién
como tú,
pueblo
salvo por Jehová,
escudo
de tu socorro,
y
espada de tu triunfo?
Así
que tus enemigos serán humillados,
y
tú hóllarás sobre sus alturas.
Que así sea.
