Por Andrés Izarra
Según Leonardo Padura, desde su Independencia Cuba
ha expulsado a sus hijos en "olas de exilio trágico". Su última
novela, Como polvo en el viento, es la historia de una de esas olas: narra el
desmembramiento del Clan de Clara, un grupo de amigos de secundaria que crecen
en la Cuba revolucionaria; muchachos de la generación que acudió llena de
ilusiones al llamado de levantar una nueva sociedad, que se formaron bajo sus
valores y virtudes, pero que vencidos por las carencias y limitaciones
políticas de la isla, la abandonan. Solo dos deciden quedarse, condenados a la
supervivencia diaria en medio de la escasez.
Tejida sobre la trama de un crimen (no podía ser de otra manera con Padura), esta obra aborda los fracasos de la sociedad cubana, sin omitir sus logros, a partir de la condición humana en el exilio.
Para los venezolanos, recién llegados a la
experiencia del exilio, la novela funge de espejo; detrás de ambos
"exilios trágicos": descalabros económicos de sus regímenes,
autoritarismo, represión y coerción de libertades. Con Cuba, Venezuela
construyó una relación privilegiada que logró complementar exitosamente durante
unos años a las dos naciones por vía del Convenio Integral de Cooperación. Para
Cuba, esta relación significó sobreponerse al durísimo período especial,
flanquear el bloqueo estadounidense y relanzar su economía; para Venezuela, un
aporte importante que contribuyó a su desarrollo social, sobre todo en el
ámbito de la salud. Sin ahondar en las desviaciones que resultaron del
convenio, ni de su "lado oscuro" en la consolidación del sistema
represivo madurista, este acontecimiento es el primer hilo que hilvana el
destino común entre los sistemas políticos de ambos países.
Muchos pensamos en algún momento, el propio Chávez
entre ellos, que el modelo democrático venezolano, en aquella dinámica de
intenso intercambio, influiría positivamente a Cuba. Lamentablemente, tras la
muerte del líder venezolano y la traición de Maduro al proceso popular, ocurrió
lo contrario.
Ese "huir para salvar la vida" que mueve
a los personajes de Padura, asfixiados por una tenaza doble (carencia
permanente y Estado policial), es también la realidad trágica de Venezuela; con
el agravante de que quienes se arrojan al mar en una balsa, no son recibidos
por un patrullero de la Coast Guard estadounidense, ni con permiso de
residencia y posibilidad de trabajo, sino que enfrentan la cárcel o la muerte en manos de la policía trinitaria.
Tanto migrantes cubanos como venezolanos son
víctimas de racismo y xenofobia, las más grandes taras de nuestra conciencia
como especie. En la novela, el negro Joel se niega a emigrar a Estados Unidos a
pesar de los beneficios que conceden sus leyes a los cubanos: "porque
aunque tuvieran un presidente afroamericano, no era un lugar para un negro, ni
siquiera un negro cubano y, sobre todo, un negro sin dinero". Asimismo,
parece que gran parte de nuestro continente no es lugar para los venezolanos,
menos aún para los pobres, sometidos a la xenofobia promovida desde los centros
de poder, como sucede en la Colombia representada por el presidente Duque y la alcaldesa López; en Ecuador por Moreno, o en Perú, donde la xenofobia se vive en primera persona.
Es en el desarrollo de esta dimensión espiritual,
de esta "experiencia del alma en el exilio", como la novela encuentra
su universalidad y revela su solidez. A través del devenir político destaca la
reflexión en torno a la condición humana del expatriado, sea migrante, exiliado
o desterrado.
Sin duda, "todos los exilios tienen un componente
traumático"; abandonar la propia tierra implica abandonar una vida para
toparse con otra, ya comenzada, que exige ser configurada desde el principio.
En su artículo El largo regreso de los venezolanos a Ítaca, Miguel
Ángel Santos propone algunas estrategias para lograrlo, iniciativas
organizativas; pero en lo que respecta al estado mental, quizá sea fundamental
aferrarse al olvido.
"Acá nunca seremos lo que allá éramos",
se dicen los del Clan de Clara, entienden que "nunca llegarían a ser otra
cosa que trasplantados con muchas de sus raíces expuestas", a pesar de sus
éxitos profesionales, inalcanzables en su vida preliminar. La convicción de no
pertenecer, jamás abandona al desterrado. Aun cuando se tenga siempre un ojo
puesto en el futuro, el pasado no se despega.
Leonardo Padura, autor de la magnífica novela El
hombre que amaba a los perros, nos ofrece a partir de la experiencia
cubana, la universalidad que define al exilio. El momento histórico que
atraviesa Venezuela permite que la obra encuentre particular resonancia entre
nosotros. Tristemente, esas "olas de exilio trágico" amenazan no
mermar pronto; el plan de ajuste monetario recién anunciado en Cuba y la nueva
devaluación en Venezuela, mitigan toda esperanza. Encuentro muy significativo
que pasajes de la novela hayan sido leídos públicamente como parte de las
jornadas de protestas del movimiento 27N/San Isidro, de ese modo la obra
realizó su gesto revolucionario en Cuba. En Venezuela, al servir de espejo,
también realiza un gesto político interesante. Las salidas de ambos países al
fracaso de sus gobiernos, están ligadas como nunca antes en la historia.
Tomado de Polis: Política y Cultura
