Por Sergio
Suárez
Cuando abrió sus puertas el Parque Zoológico de Nueva York (ahora el
Zoológico del Bronx) el 8 de septiembre de 1906, los visitantes quedaron
asombrados al pasar por la Casa de los Monos. En ese sitio, en medio de jaulas
repletas de animales exóticos, hallaron en compañía de un orangután amaestrado
a un humano: Ota Benga, un miembro de la etnia de los Batwa pigmea
del Congo. A sus 23 años, esta no era la primera vez que Benga era exhibido en
público como una curiosidad.
El
propósito de tal exhibición era promocionar la teoría según la cual el hombre
evolucionaba del mono y otras
teorías como la eugenesia y
el racismo científico.
Benga fue llevado a América por el explorador norteamericano Samuel Phillips Verner, quien lo exhibió por primera vez en los famosos “zoológicos humanos” de la Feria Mundial de 1904. Su vida antes de la feria es en gran parte un misterio, como lo señala Pamela Newkirk en Spectacle:
Dadas las
diversas versiones contradictorias ofrecidas por Verner sobre cómo adquirió a
Benga, la verdadera historia probablemente nunca se conocerá.
El hombre
con una sonrisa de cinco centavos
Un artículo del St. Louis Post-Dispatch de 1904
afirmaba que una tribu había mantenido cautivo a Benga como esclavo hasta que
Verner lo compró en un mercado de esclavos. Por otra parte, el New York
Times en 1916 decía que Verner se encontró con Benga en una
estación del ejército belga, luego de ser salvado por los soldados del ataque
de una tribu caníbal. Y así surgieron varias versiones. Más allá de lo que se
decía, también se cree que Benga tenía una esposa y dos hijos, quienes al
parecer fueron asesinados por las fuerzas belgas.
Lo cierto es que Verner llevó a Benga a los Estados Unidos, donde
inicialmente lo exhibió en la Feria Mundial de St. Louis (llamada oficialmente
Exposición de Compra de Louisiana). El principal atractivo del hombre africano
fueron sus afilados dientes, que mostraba por cinco centavos. Aunque la prensa
en ese momento decía que estaban diseñados para facilitar el canibalismo,
realmente el afilado de dientes era una forma habitual de modificación del
cuerpo dentro de la tribu Batwa, y no indicaba que se alimentaran de carne
humana.
Tras la terminación de la feria, Benga retornó a +África con Verner, pero
poco después viajó de nuevo con el misionero de regreso a los Estados Unidos.
Esta vez el explorador estaba en quiebra, lo que lo llevó a contactar a William
Temple Hornaday, el entonces director del actual Zoológico del Bronx, con quien
hizo un misterioso acuerdo de préstamo del africano. Al poco tiempo, Hornaday
había puesto a Benga como atractivo principal de una nueva exhibición.
“¿Es un
hombre?”
Según la revista New York Magazine, en sus primeras semanas, Benga circulaba libremente por los
terrenos del zoológico. Pero pronto, Hornaday hizo que los cuidadores instaran
a Benga a jugar con el orangután en su recinto. Las multitudes se reunieron
para mirar. Luego, convencieron a Benga para que usara su arco y flecha para
disparar a los objetivos: ardillas o ratas ocasionales. También esparcieron
algunos huesos perdidos por el recinto para sugerir la idea de que Benga era un
salvaje.
Ota Benga en el Zoológico del Bronx, 1906.
Finalmente, persuadieron a Benga para que sacudiera los barrotes de la
jaula y les enseñara los dientes a los visitante. Los niños estaban
aterrorizados, algunos adultos también, aunque muchos de ellos simplemente
sentían curiosidad por Benga. “¿Es un hombre?” preguntó un espectador.
Se
complica el “espectáculo” en el Zoológico del Bronx
Al poco tiempo, un grupo de clérigos negros encabezó protestas en la
ciudad. Después de una amenaza de acción legal, Benga salió de la jaula y una
vez más se le permitió circular “libremente” por los terrenos del zoológico.
Pero para entonces, él era una celebridad. El zoológico atraía cerca de 40 mil
visitantes al día, muchos de los cuales seguían a Benga donde quiera que fuera,
burlándose y riéndose de él. Benga hablaba poco o nada de inglés, por lo que no
podía expresar su frustración. En cambio, arremetió, hiriendo a un visitante
con su arco y flecha y amenazando a un cuidador del zoológico con un cuchillo.
Los llamados a la libertad de Benga aumentaron. Hornaday le escribió a
Verner pidiéndole que fuera a llevárselo o a colocarlo en un
orfanato. Verner, que se había ido al sur en busca de
trabajo, respondió y sugirió darle a Benga “una dosis de un poco de
sedante” para controlar su temperamento. En otra carta, junto con un mensaje a
Benga, Verner prometió venir a buscar al joven e instruyó a Hornaday para que
lo enviara a Carolina del Norte.
Hacia finales de septiembre de 1906, Ota Benga pasó a la custodia de el
clérigo James H. Gordon, quien lo ubicó en el Orfanato y Asilo Howard Colored,
del cual Gordon era superintendente.
En enero de 1910, Gordon acordó la relocalización de Benga en Lynchburg,
Virginia. Allí, Benga pasó a aprender algo de inglés y encontró trabajo en una
fábrica de tabaco, junto con otros trabajos ocasionales, pero mantenía
deprimido dado que extrañaba su hogar.
Ota Benga estaba preso entre dos mundos, sin poder regresar a África y
visto principalmente como una curiosidad en los Estados Unidos. El 20 de marzo
de 1916 a la edad de 32 años, se suicidó disparando a su corazón con una
pistola que había robado.
La Sociedad para la Conservación de la Vida Silvestre, que dirige el
Zoológico del Bronx, había estado bajo presión durante mucho tiempo para reconocer
los problemas relacionados con la exhibición de Benga. El 29 de julio de
2020, a raíz del reciente y continuo reconocimiento de los Estados Unidos
con el racismo sistémico,
la organización publicó una declaración del presidente y CEO de WCS, Cristián
Samper, condenando y disculpándose por la forma en que la institución trató a
Benga.
Tomado de Grandes Medios
