Por Humberto Seijas
Pittaluga
Escribo esto al mes —treinta y un días,
para ser más exacto— de que Intercable, la empresa a la cual le pagamos muy
caro sus “servicios”, dejó sin televisión e Internet al edificio donde vivo y a
todos los de su derredor. Muchos lectores
tendrán que coincidir conmigo en que, en estos meses de encierro obligado por
culpa del bicho chino, eso implica una carencia muy importante en nuestro devenir. Uno lee bastante, escucha música, se ocupa en
detalles que tiene el apartamento, cocina: pero llega un momento en el día
—sobre todo cuando ya hace tiempo que estamos en “la edad dorada”— que uno
necesita poner horizontal la espalda. Y
cuando lo logra, casi que por atavismo, toma el control remoto. Pero desde hace un mes, eso es inútil. Algún avispado dirá: “Ponte a ver series por
Netflix”. ¿Sí? ¿Y para eso no se
necesita tener conexión con Internet?
Que también está ausente. Con un
agravante: mucha gente emplea la red no solo como medio para estar enterado de
las noticias y mantener contacto con los familiares lejanos, sino como
instrumento para ganarse la vida; sobre todo en estos tiempos en que se ha
puesto de moda el “teletrabajo”. Por culpa
de unos indiferentes perdularios (pleonasmo intencional), hay gente a la que se
le hace difícil poner comida en la mesa.
Otro dirá: “¡Pero reclama!”. No hay manera. Tienen el número 0500-INTER-00
para atender, supuestamente, reportes de fallas y recibir pedidos de
auxilio. Reto a cualquiera a que trate
de comunicarse. Antes, después que una
voz electrónica te atendía, debías introducir vía teclado el número de la
cédula “seguido del signo numeral”. Y
ahí se cortaba la comunicación. Pero ya
ni eso. Ahora te sale llamada fallida
desde el primer repique. En todo el
estado Carabobo tienen una sola oficina de atención al público. Nunca está abierta. Pero las otras, que no están interesadas en
la solución de problemas, sino en cobrar mensualidades, esas sí atienden. En mi caso, todos los últimos de mes,
inmancablemente (para emplear un venezolanismo) me quitan de mi cuenta lo que
se supone les debo por sus “servicios”.
Eso sí, hay que reconocerles que son muy cumplidos en eso de que, al
mero día siguiente de la sustracción, te mandan un “comprobante de pago”; no
una factura cancelada que es lo que estipula la ley. Pero te lo mandan. Yo me siento despojado. No sé si la figura penal debe ser “hurto”,
“apropiación indebida” o qué, pero creo que algún fiscal debiera tomar nota de
lo que es, claramente, una figura delictual.
Tengo un mes cayéndoles a tuitazos. ¡Y nada!
No se dan por enterados. Mucho
menos, piden disculpas o tratan de remendar el capote. Pero el fulano @InterCliente se da el tupé de
¡desearnos buenos días! ¿Cómo, si por su
incuria, ellos mismos mismos contribuyen a nuestra malaventura? Casi que parecen empleados públicos.
Lo que nos lleva a otras quejas, porque
el título lo puse en plural. Que un país
próspero, que exportaba productos refinados de petróleo, ahora esté tan en la
inopia que no puede ni satisfacer el mercado interno habla muy mal de sus
mandatarios (que más bien son mangantes).
Pero si, además, no son capaces de proveer electricidad suficiente ni el
agua que es esencial a la vida humana, lo decente, lo debido, es que hubieran
entregado las responsabilidades a otros más capaces que ellos. O sea, a cualquier otro. Nunca en la historia había aparecido una
fauna tan inepta para el desempeño de sus funciones, pero tan pícara para sisar
del erario. Como dirían en mi pueblo: “se
roban hasta un hueco”. Y, añado yo, después retornan para llevarse el agujero
que quedó…
Lo que sucede a nivel nacional, se
replica en las regiones. Sus autoridades—por
ponerles un nombre, pero que no pasan de ser meros compañeritos del PUS, y
cómplices— no son capaces de solucionar la enterrada de un perro, así uno les
dé el hoyo. En Carabobo nos tocó, en muy
mala hora, un payaso que simula ser Drácula.
Y que para salir en los medios sube videos bailando, haciendo
ridiculeces y ¡hasta cepillándose los dientes!
Solo que a él, cuando estaba pequeño, nunca le cantaron aquello de “los
dientes de arriba se cepillan hacia abajo”, etc. Lo que toca, lo empava. Se le ocurrió promocionar una cerveza
artesanal (como si eso fuese LA necesidad más importante de los carabobeños) y la
producción se secó. Después, propuso una
harina de maíz con su remoquete para hacer “dracuarepas”; y la iniciativa duró
lo que dura un dulce en la puerta de una escuela. Dijo que iba a solucionar lo de la cantidad y
calidad del agua que necesita Valencia y, ahora, estamos peor. ¡Y lo del gas doméstico no tiene parangón! También lo asumió para corregir lo irregular
de su abastecimiento. Puso como
condición que se pagara por adelantado.
Ya en mi edificio tenemos tres meses de haber cancelado el
suministro. Y casi el mismo tiempo sin
poder encender las cocinas. Pero compró
camiones tanques cero kilómetros para el servicio. ¿Cómo y de dónde salió el dinero para
importarlos? No se sabe. Al igual que
las cisternas de agua (porque la idea de él como que era proveer agua por fuera
de los tubos, no por dentro) y los “dracubuses”, unos autobuses escolares que
habían sido desincorporados por viejos en alguna ciudad de Estados Unidos y que
él trajo para “solucionar el drama del transporte urbano”. ¿Dónde están ahora? Pues haciéndole compañía a los Yutong rojos
en cementerios. Eso sí, sean autobuses,
cisternas o tanques, uno tiene que sospechar que hubo sobreprecio en esas
adquisiciones. Por aquello de “piensa
mal y acertarás”…
