Por Orlando Arciniegas*
Algunos independentistas, durante las luchas
contra el Imperio español, mostraron interés por las llamadas Floridas. Y hasta
pensaron en su invasión. La idea de ocupar la Florida española partía de la apreciación,
por un lado, de que era un foco de realismo y, por el otro, porque se sabía al
cabal que Estados Unidos quería comprarla o conquistarla. Gregor MacGregor, un
aventurero escocés, incorporado al ejército de Venezuela desde 1812, toma el
asunto en sus manos y sale de Venezuela rumbo a Estados unidos a principios de
1817. Se dirige a Baltimore y Filadelfia donde hay grupos de exiliados hispanoamericanos.
En Filadelfia, el 31 de marzo de 1817 entra en contacto con Lino de Clemente,
quien era un agente de Bolívar; con Pedro Gual, el futuro canciller de
Colombia, y con el argentino Martín Jacobo Thompson, que representaba a las
Provincias Unidas del Río de la Plata, quienes en nombre de la “América Libre”
autorizaron a MacGregor para apoderarse de “las Floridas”, la Oriental y la
Occidental. Esta era, igualmente, la justificación que el escocés buscaba y
necesitaba.
Este
se dedicó a reclutar gente en Estados Unidos —un
puñado de hispanos y los demás, europeos y angloamericanos—, a obtener préstamos
y a comprar armas de guerra. Gran parte de los recursos que consiguió se basaba
en la promesa de distribución de tierras que se haría tras la victoria. El 29 de junio de 1817, MacGregor, tras someter con
sus tropas el contingente español, ocupa de las Floridas solo la pequeña isla
Amelia. Allí, en Fernandina, la capital, funda la llamada República de las
Floridas. MacGregor haría la declaración formal con el lujoso título de “Brigadier general de las Provincias Unidas
de Nueva Granada y Venezuela y General en jefe de los ejércitos de las dos
Floridas”. Durante su breve gobierno emitió decretos de honores a sus
seguidores, patentes de corso principalmente a angloamericanos, a quienes les
abría la oportunidad de enriquecerse a costa de bienes de españoles. Pronto el
remate de las presas capturadas (a veces de países neutrales), pasó a ser la
principal actividad económica de la flamante República, inaugurada por el inquieto
MacGregor.
MacGregor,
en un gesto muy suyo, hizo acuñar monedas conmemorativas que repartió entre sus
soldados —los de su República—.
Las monedas llevaban las siguientes leyendas, en la cara o anverso: Amalia, vene, vidi, vici (Amelia, vine,
vi, vencí). Al estilo de la reconocida frase latina atribuida a Julio César tras
una de sus rápidas victorias. Y por el reverso: Libertas Floridarium Duce MacGregorio (Libertad de las
Floridas bajo la conducción de MacGregor). Tal vez un poco inmodesto, ¿verdad? MacGregor
permaneció en la isla Amelia por un par de
meses, hasta el 4 septiembre de 1817, cuando, por dificultades con soldados y
vecinos, hubo de abandonar la isla. De inmediato llegaría el corsario francés Louis-Michel
Aury —por supuesto amigo
de Macgregor—, reforzado con otros
buques, e izaría la bandera mexicana. Ahora surgirían conflictos entre los
vecinos y la marinería que el corsario intenta paliar con medidas de fuerza.
Don Pedro Gual, el ilustre boliviano Pazos Kanki (1779-1853) y otros se
esfuerzan por darle un tratamiento cívico al problema. Gual, por cierto, se
había afanado en concebir algunas instituciones y en redactar una Constitución
para esta efímera República de raíces neogranadinas. Si es que no fue un mero
capricho del escocés MacGregor.
Al
bucanero Aury no le iría mejor en Amelia. Dedicado al rentable negocio del
corso con soldados haitianos —negros, por supuesto, y de rudos modales—, que algunos
asociaban a los “horrores de Santo Domingo”, las matanzas de blancos en 1804,
hacía que la convivencia no fuese normal. Otros consideraban la isla como un
reducto de piratería. Esto que era bien conocido pudo haber aguzado aún más el interés de EE.UU. por la Florida, pues el 23 diciembre de 1817 el
presidente James Monroe mandó una expedición de tropas estadounidenses y
algunas españolas que, sin resistencia, se tomaron la isla. En 1819 se firmó el
tratado por el que España cedía la Florida a Estados Unidos. Y en 1821 se
produjo su ratificación. Por lo que de esta efímera República no quedó sino lo
que los historiadores puedan contarnos como una curiosa aventura política.
*Profesor
titular (J) de la Universidad de Carabobo, PHD en historia.
