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14 agosto, 2020

Ascenso y caída de Niki



Orlando Arciniegas
Yeroom era el líder de una comunidad, pero tras estar mucho tiempo en el poder, los más jóvenes pretendían derrocarlo. Su liderazgo cada vez más autocrático había provocado que uno de sus rivales más jóvenes y ambiciosos reuniera en torno suyo a un grupo de sus simpatizantes. Sed de poder. A medida que a Yeroom se le evaporaba la confianza en sí mismo, su poder se debilitaba; el joven rival, por su parte, se sentía cada vez más cerca de la victoria, hasta el punto de ofrecerle al viejo líder un cargo en una nueva administración. Yeroom lo aceptó. Pero en secreto hizo una importante alianza con otro joven rival, Niki, y juntos lograron en poco tiempo derrocar al nuevo líder. Niki asumió el poder pero quien verdaderamente siguió al mando de la comunidad fue el hábil y viejo Yeroom. Más por político que por otra cosa.


Esta historia quizás no tendría mayor interés si no fuera por el hecho de que no ocurrió entre humanos. Tuvo lugar en un zoológico y los protagonistas eran chimpancés. Humanos y grandes simios somos los primates hominoides, según la taxonomía del sabio Linneo (1707-1778), y dentro de este grupo el chimpancé (Pan troglodytes) es nuestro pariente más cercano un primo hermano. Humanos y chimpancés tuvieron un ancestro común y, genéticamente unidos, permanecieron al menos durante cuatro millones de años, tras lo cual se produjo la separación: hace ya entre 6 y 7 millones de años. Con el dato sorprendente, según revelan los estudios, de que ambas poblaciones continuaron reproduciéndose, cruzándose genéticamente, hasta hace menos de 5,4 millones de años. Hubo lo que se llama hibridación de las especies, lo que arroja un 98,7% de genoma común. Son datos que se desprenden de los estudios científicos comparativos del genoma humano y el del chimpancé. Razones, pues, para que cuando nos crucemos con un chimpancé, lo saludemos como a un distinguido pariente.

Pues bien: la historia inicial nos deja ver que los chimpancés —como nosotros son capaces de maquinar para lograr sus fines. De urdir intrigas. Y de otras cosas, a cual más sorprendente. Juegan, saben sonreír, son justos y morales, hacen la guerra, cultivan la amistad, pueden morir de pena, poseen metacognición: la capacidad de reflexionar acerca de sus propios pensamientos y procesos mentales. En fin, una importante evidencia de todo lo que ha significado para ellos el proceso de evolución en términos de sociabilidad, colaboración y sobrevivencia. “Los mamíferos como los lobos, las orcas y los elefantes necesitan de sus grupos para sobrevivir, y la empatía y la cooperación son mecanismos de supervivencia”. Quien sostiene esto es el reconocido primatólogo y etólogo holandés Frans de Waal, reconocido por sus investigaciones. Y en cuanto a la especie humana, de la que muchos magnifican su espíritu de competición, De Waal apunta lo siguiente: “Los humanos son una especie muy cooperativa, y podemos ver en nuestros parientes cercanos de dónde viene eso”. 

*Profesor titular jubilado de la Universidad de Carabobo, historiador.