Orlando Arciniegas
Yeroom era el líder de una comunidad, pero
tras estar mucho tiempo en el poder, los más jóvenes pretendían derrocarlo. Su
liderazgo cada vez más autocrático había provocado que uno de sus rivales más
jóvenes y ambiciosos reuniera en torno suyo a un grupo de sus simpatizantes. Sed
de poder. A medida que a Yeroom se le evaporaba la confianza en sí mismo, su
poder se debilitaba; el joven rival, por su parte, se sentía cada vez más cerca
de la victoria, hasta el punto de ofrecerle al viejo líder un cargo en una
nueva administración. Yeroom lo aceptó. Pero en secreto hizo una importante alianza con otro
joven rival, Niki, y juntos lograron
en poco tiempo derrocar al nuevo líder. Niki
asumió el poder pero quien verdaderamente siguió al mando de la comunidad fue
el hábil y viejo Yeroom. Más por político que por otra cosa.
Esta historia quizás no tendría mayor interés si no
fuera por el hecho de que no ocurrió entre humanos. Tuvo lugar en un zoológico y los
protagonistas eran chimpancés. Humanos y grandes simios somos los primates
hominoides, según la taxonomía del sabio Linneo (1707-1778), y dentro de este
grupo el chimpancé (Pan troglodytes) es nuestro pariente más cercano —un primo hermano—. Humanos y chimpancés tuvieron un
ancestro común y, genéticamente unidos, permanecieron al menos durante cuatro
millones de años, tras lo cual se produjo la separación: hace ya entre 6 y 7
millones de años. Con el dato sorprendente, según revelan los estudios, de que
ambas poblaciones continuaron reproduciéndose, cruzándose genéticamente, hasta
hace menos de 5,4 millones de años. Hubo lo que se llama hibridación de las
especies, lo que arroja un 98,7% de genoma común. Son datos que se desprenden
de los estudios científicos comparativos del genoma humano y el del chimpancé.
Razones, pues, para que cuando nos crucemos con un chimpancé, lo saludemos como
a un distinguido pariente.
Pues bien: la historia inicial nos deja ver que los chimpancés —como nosotros— son capaces de maquinar para
lograr sus fines. De
urdir intrigas. Y de otras cosas, a cual más sorprendente. Juegan, saben
sonreír, son justos y morales, hacen la guerra, cultivan la amistad, pueden
morir de pena, poseen metacognición: la capacidad de reflexionar acerca de sus
propios pensamientos y procesos mentales. En fin, una importante evidencia de
todo lo que ha significado para ellos el proceso de evolución en términos de sociabilidad,
colaboración y sobrevivencia. “Los mamíferos como los lobos, las orcas y los
elefantes necesitan de sus grupos para sobrevivir, y la empatía y la
cooperación son mecanismos de supervivencia”. Quien sostiene esto es el
reconocido primatólogo y etólogo holandés Frans de Waal, reconocido por sus
investigaciones. Y en cuanto a la especie humana, de la que muchos magnifican
su espíritu de competición, De Waal apunta lo siguiente: “Los humanos son una
especie muy cooperativa, y podemos ver en nuestros parientes cercanos de dónde
viene eso”.
*Profesor
titular jubilado de la Universidad de Carabobo, historiador.
