• El nuevo CNE

- Por Enrique Ochoa Antich / Opinión
Andan de berrinche los extremistas. ¡Colaboracionistas!,
¡Truhanes!, ¡Reptiles!, les esputan a los partidos de la Mesa que,
¡horror!, han demandado del TSJ la designación de un nuevo CNE. ¡Habrase
visto! Abofeteados en su honor, estos extremistas apocados no
toleran que otros se zafen del cepo gobierno/oposición. El guion es el que
ellos, los del G4, escribieron. Nadie más tiene derecho a hacerlo. Creen
que esta película es en blanco y negro y no comprenden de matices y
colores. Sólo ellos imponen la condición de villanos o de héroes.
Puede el extremista cazar una pelea perdida de antemano, sacrificar en el
intento todo el capital político pacientemente acumulado por la oposición
de 2006 a 2015, jugarse a Rosalinda, es decir, a la AN, y perderla, y
nadie les pide cuentas. ¡Valientes!, gritan las señoras de
Prados. Pueden enviar a una muerte inútil a decenas de jóvenes ingenuos, y
ocasionar la de decenas de chavistas-maduristas, y eso poco importa. ¡Adelante
a luchar milicianos!, como dice el himno aquél. Pueden inventarse una
presidencia de mentirijillas, embaucar a 50 países, ser derrotados en la
batalla de Cúcuta, protagonizar una bufonada militar sobre el distribuidor
de una autopista, ataviarse con capuchas vergonzantes, robar, cometer
peculado, y hasta rubricar un contrato con mercenarios gringos, y nada de
eso importa. ¡A las armas, ciudadanos!, según cantan los
franceses. Pueden con su prédica abstencionista en 2018 hacer que Maduro,
tirano, dictador y narcoterrorista, de acuerdo a su léxico mitológico,
gane la presidencia con tan solo 29 %, es decir, cada abstención fue un
voto por Maduro, pero los colaboracionistas son los otros, los que
recorrimos el país buscando votos en su contra. Curioso, ¿no? Pueden con
sus ruegos sancionistas e invasionistas y con sus juntas con gringos,
cachacos y brasileños, cohesionar a la Fuerza Armada alrededor de su
Comandante en Jefe, y luego lamentarse porque los militares no les hacen
caso. Pobre gente.
Ellos tuvieron su oportunidad. Pudieron designar por acuerdo consensuado
de la AN un nuevo CNE, y no lo hicieron. Trabados por su doble conciencia;
escindidos entre demócratas y extremistas; colocados frente al dilema de
ser o no ser, escogieron la perplejidad y la inercia. Si tuvieran coraje,
podrían apersonarse con la frente en alto a la AN legitimada por el TSJ,
aún protestando su sentencia, y con sus votos, si son mayoría, asegurar un
CNE imparcial. Pero más les interesa preservar el espejismo de una
encargaduría de la presidencia de la república para engañar a incautos;
más les importa seguir devengando los dólares del imperio, que motivar una
votación masiva que derrote al autoritarismo en los comicios
parlamentarios. Prefieren insistir en su estrategia insurreccional
fracasada, esperando que alguna vez el catire del norte invada la patria
con sus huestes, y no tornar a la trabajosa ruta democrática. Antes que
organizar centros electorales, embarrarse los zapatos recorriendo veredas
y avenidas, persuadir con la palabra, escogen hacer antesala en el
Departamento de Estado. Hablan de (falsos) moralismos, manteniéndose al
margen dizque impolutos, pero andan sumergidos hasta el cuello en el
lodazal. ¿Qué es más inmoral?, pregunto: ¿dar un paso atrás, reconocer la
sentencia del TSJ, ir a la AN, designar un nuevo CNE y ganar así los
comicios parlamentarios, o hacer todo lo que el régimen autoritario
quiere, es decir, no participar y que el PSUV gane la nueva AN aún siendo
minoría? De vuelta a 2005, caballeros.
Habrá nuevo CNE. No es lo que en lo personal yo querría, pero (de no
mediar alguna audacia extremista de última hora) el TSJ designará a sus
nuevos rectores. Y habrán comicios parlamentarios, que son un hito
constitucional. Que no mire el G4 la paja en el ojo ajeno, sino la viga en
el propio: asuman sus culpas y sus omisiones. Que no nos digan que todo esto
es una tramoya del narcoterrorismo internacional con unos esquiroles
pagados en dólares: ya está cansona la necia calumnia. Ahora AD, UNT y
Capriles tienen la palabra: pueden dejarse arrastrar como segundones por
el infecundo frenesí del tándem López-Guaidó-Borges-Machado y escoger de
nuevo el desbarrancadero abstencionista, o pueden rectificar a tiempo y
torcer el curso de la historia.
Si votamos, ganamos. Verá el pueblo que observa expectante qué ha de
hacer: si escuchar los cantos de sirena probadamente engañosos del
extremismo-abstencionismo, o si votar masivamente, sobreponiéndose a la
desesperanza, para abrir de nuevo la senda del cambio democrático en paz y
soberanía. En sus manos está el futuro inmediato de la nación.