Por: Prof. José Gregorio Medina
Para disertar sobre la vida y obra del maestro Quintín
Hernández, debemos purificar los cimientos internos del alma, ya que tanto en
su vida y en su obra, se debaten como dos gigantes en constante lucha, el
misticismo propio y popular con lo profano y desafiante de un irreverente. Como
el creador pictórico que hoy se erige con la majestad de una catedral contemporánea
Esa dicotomía antagónica que solo un creador de la
talla de Quintín ha podido controlar a tal punto de formar una armonía casi
perfecta, es lo que ha llevado al maestro Hernández a formar todo un universo
propio en el campo de la plástica, dando y procreando una obra a sudor de creyones
y con la omnipotencia de la mirada mágica que carga sobre sus hombros el peso
gestual de dónde transpiran acrílico y óleo por sus poros.
Es que Quintín ha sido y sigue siendo un creador nato que con
constancia y profundidad asumió con pasión su rol de creador, y sin doblarse
ante la academia y los convencionalismos estéticos, desafió paradigmas y
extravagancias para plantarse con nombre propio en las artes plásticas.
La perseverancia y la devoción, junto a la rebeldía, se
funden en la paleta mágica del maestro Quintín y lo han llevado a pulso por
caminos experimentales sumergiéndolo así
en el colaschs y el ensamblaje para siempre explotar con más fuerza y magistralmente
en sus típicas Venus de Tacarigua. Seres para él únicos y cargados de una
esencia misteriosa que son capaces de envolvernos y elevarnos para después
dejarnos caer plácidamente en la armónica paz de su encanto interior.
