“A partir de hoy quince
de mayo de 1847, se pide a todo médico o estudiante que venga de la sala de
autopsias que antes de entrar en la sala de maternidad, se lave las manos en el
recipiente de agua que se halla junto a la puerta”. Firmado: IF Semmelweis.
Así rezaba el cartel colocado en la entrada de la clínica
obstétrica del Hospital de Viena, colocado por Ignaz Semmelweis (1818-1865).
Hoy día leer un aviso o cartel de tal categoría en alguna
institución prestadora de servicios de salud, lo mínimo que nos haría responder
es con una cara de asombro.
Sin embargo, para esa fecha, ya el doctor Semmerweis llevaba
3 años en una ardua lucha intentando que esa medida, que hoy nos parece
rutinaria, se aplicara en el servicio de obstetricia del hospital de Viena.
Semmelweis en 1844 durante su primer mes, en un cargo en la
primera clínica obstétrica del Hospital General de Viena, trabajó en una sala
destinada exclusivamente para la práctica de estudiantes de medicina, en la
cual observó que un 17 por ciento de las parturientas atendidas en esa sala,
morían de la llamada fiebre puerperal, mientras que en la sala contigua dónde
su profesor el doctor Klein preparaba a las parteras, la mortalidad fue
alrededor de 1 por ciento.
Su preocupación por este hecho le llevó, a realizar
observaciones y análisis, llegando a la conclusión, que, como parte de la
formación de los nuevos médicos, los profesores y estudiantes de la clínica,
realizaban autopsias a diario y luego, sin ninguna medida de higiene, atendían
a las pacientes en el parto, con los resultados funestos; y que, como las
comadronas no participaban en esas autopsias, eso explicaba que el nivel de
fallecimientos en aquel caso, fuera menor.
Aunque faltaba mucho para que fuera desarrollada una teoría
sobre los gérmenes, Semmelweis vinculó las infecciones con una substancia que
el calificó de “partículas cadavéricas” transmitidas por los médicos y
emprendió una cruzada personal y hasta obsesiva, demostrando que esta práctica,
literalmente, salvaba a muchas personas de la muerte, algo que hoy se da por
descontado pero que entonces constituía una novedad. La técnica, no obstante,
no se abrió paso en la comunidad científica hasta décadas después, por el
rechazo de una parte de sus colegas y por el propio carácter de su inventor.
A fines de 1846, la mortalidad en la sección de Semmelweis
llegaba a 11.4 %, mientras que en la segunda sección sólo alcanzó apenas un
0.9%. Las pacientes procedían del mismo nivel socioeconómico y de la misma
ciudad y en las dos secciones, las mujeres se atendían con técnicas similares e
incluso como en los textos de la época figuraba como uno de los orígenes de la
fiebre: el temor, Semmelweis suplicó al capellán que ofrecía sus servicios a
las pacientes moribundas que no tocara la campanilla que siempre llevaba, sin
embargo, no se presentaron cambios.
El 2 de marzo de 1847, solicitó vacaciones y se fue a Venecia
por 3 semanas, dejando a los alumnos al cuidado de su amigo el doctor
Kolletschka, pero al regresar se encontró con que había muerto éste y el doctor
Karl Rokitansky le contó la historia: Un alumno produjo una herida con el
escalpelo en un brazo al maestro mientras efectuaban una autopsia de una
paciente fallecida por fiebre puerperal, a las 12 horas el maestro era presa de
escalofríos, fiebre y pocos días después murió. Semmelweis estudió el informe
de los datos de la autopsia del maestro Kolletschka y su asombro fue grande al
ver que eran los mismos hallazgos de los informes que él había hecho de las
mujeres víctimas de la fiebre puerperal.
Semmelweis se sintió al borde de la locura al pensar que él y
sus alumnos introducían el material causante de la fiebre al revisar a las
enfermas de modo directo después de revisar las disecciones de las autopsias,
lo que le explicaba la diferencia en mortalidad entre las dos secciones, ya que
las comadronas de la segunda sección sólo revisaban a las parturientas, pero no
efectuaban disecciones en los cadáveres y comprendió que las pacientes que se
tardaban más en tener el parto, se examinaban con más frecuencia y por lo tanto
eran más propensas a tener la fiebre puerperal.
Estuvo a punto de suicidarse y en mayo de 1847 inició su
lucha. Para esa fecha la mortalidad en su sección fue de 12.34%. Sin consultar
a Klein colocó el siguiente aviso en la clínica: “A partir de hoy quince de
mayo de 1847, se pide a todo médico o estudiante que venga de la sala de
autopsias que, antes de entrar en la sala de maternidad, se lave las manos en
el recipiente de agua que se halla junto a la puerta”. Firmado por: IF
Semmelweis.
En los meses siguientes hubo 56 defunciones de un total de
1841 casos de maternidad, es decir 3.04%. Jamás la mortalidad había sido tan
baja en la primera sección, pero continuaba muy por encima de la de la segunda
sección.
El 2 de octubre de 1847, hubo un repunte de casos. Todas las
pacientes de una sala de doce sufrían fiebre puerperal, a pesar de la seguridad
absoluta de que nadie había entrado ahí sin lavarse las manos.
Semmelweis no se desalentó y en poco tiempo descifró el
enigma, al demostrar que la mujer de la primera cama presentaba una tumoración
uterina infectada y que todos los alumnos la revisaron al entrar pero no se
lavaron las manos al continuar con las revisiones de las demás pacientes.
En esas condiciones hizo un segundo descubrimiento: las
materias infecciosas no sólo podían trasmitirse de muertos a vivos sino también
de enfermos a sanos y sin tardanza ordenó un nuevo lavado de manos antes de
examinar a cada paciente y él mismo vigilaba la limpieza del instrumental, que
antes todo médico limpiaba en la falda de su levita. Las parturientas enfermas
fueron aisladas.
Todas estas medidas ocasionaron que tanto estudiantes como
enfermeras se quejaran ante el profesor Klein, quién decidió librarse de
Semmelweis.
En 1848 de 3556 casos en la primera sección se registraron
sólo 45 fallecimientos, (1,26%), cifra apenas superior a la de la segunda
sección.
Semmelweis fue expulsado del hospital y llevó una vida
miserable hasta que fue internado en un asilo psiquiátrico. Finalmente, tal vez
para demostrar su teoría de la transmisión, irrumpió en una sala de autopsias;
allí, delante de los estudiantes abrió un cadáver y se produjo a sí mismo una
herida con el bisturí de la disección. Tres semanas después tallecía de una
infección muy semejante a las que él había intentado prevenir en las embarazadas.
Hoy día La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha
insistido en el lavado de manos como un método esencial para prevenir el
contagio del COVID-19. Lavarse las manos con agua y jabón es una medida de
higiene personal que previene la propagación de numerosas enfermedades, tanto
las que se transmiten por vía fecal-oral como las infecciosas, que pueden
pasarse si alguien con las manos sucias se toca cavidades como los ojos, la
nariz o la boca. Los cinco momentos clave para lavarse las manos con jabón son:
después de defecar; después de limpiar el trasero de un bebé; antes de
alimentar a un niño; antes y después de preparar alimentos, y antes y después
de comer.
Sin embargo, a la historia del lavado de manos todavía le
queda. Estudios realizados en la época pre pandemia 2020, señalan que tras la
micción, sólo un 43% de los hombres se lavan las manos, mientras que el 69% de
las mujeres lo hacen; y que antes de comer únicamente lo hacían el 7% de ellas
y el 10% de ellos.
La guerra que empezó Semmelweis -por utilizar el lenguaje
marcial de estos días de coronavirus- aún no está ganada.
La mejor prevención está en tus manos.
*La redacción de ETD no pudo identificar al autor de este
articulo pese a la investigación que hicimos en las redes sociales.
