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27 abril, 2020

La historia detrás de la medida higiénica del LAVADO DE MANOS*


“A partir de hoy quince de mayo de 1847, se pide a todo médico o estudiante que venga de la sala de autopsias que antes de entrar en la sala de maternidad, se lave las manos en el recipiente de agua que se halla junto a la puerta”. Firmado: IF Semmelweis.

Así rezaba el cartel colocado en la entrada de la clínica obstétrica del Hospital de Viena, colocado por Ignaz Semmelweis (1818-1865).
Hoy día leer un aviso o cartel de tal categoría en alguna institución prestadora de servicios de salud, lo mínimo que nos haría responder es con una cara de asombro.
Sin embargo, para esa fecha, ya el doctor Semmerweis llevaba 3 años en una ardua lucha intentando que esa medida, que hoy nos parece rutinaria, se aplicara en el servicio de obstetricia del hospital de Viena.

Semmelweis en 1844 durante su primer mes, en un cargo en la primera clínica obstétrica del Hospital General de Viena, trabajó en una sala destinada exclusivamente para la práctica de estudiantes de medicina, en la cual observó que un 17 por ciento de las parturientas atendidas en esa sala, morían de la llamada fiebre puerperal, mientras que en la sala contigua dónde su profesor el doctor Klein preparaba a las parteras, la mortalidad fue alrededor de 1 por ciento.
Su preocupación por este hecho le llevó, a realizar observaciones y análisis, llegando a la conclusión, que, como parte de la formación de los nuevos médicos, los profesores y estudiantes de la clínica, realizaban autopsias a diario y luego, sin ninguna medida de higiene, atendían a las pacientes en el parto, con los resultados funestos; y que, como las comadronas no participaban en esas autopsias, eso explicaba que el nivel de fallecimientos en aquel caso, fuera menor.
Aunque faltaba mucho para que fuera desarrollada una teoría sobre los gérmenes, Semmelweis vinculó las infecciones con una substancia que el calificó de “partículas cadavéricas” transmitidas por los médicos y emprendió una cruzada personal y hasta obsesiva, demostrando que esta práctica, literalmente, salvaba a muchas personas de la muerte, algo que hoy se da por descontado pero que entonces constituía una novedad. La técnica, no obstante, no se abrió paso en la comunidad científica hasta décadas después, por el rechazo de una parte de sus colegas y por el propio carácter de su inventor.
A fines de 1846, la mortalidad en la sección de Semmelweis llegaba a 11.4 %, mientras que en la segunda sección sólo alcanzó apenas un 0.9%. Las pacientes procedían del mismo nivel socioeconómico y de la misma ciudad y en las dos secciones, las mujeres se atendían con técnicas similares e incluso como en los textos de la época figuraba como uno de los orígenes de la fiebre: el temor, Semmelweis suplicó al capellán que ofrecía sus servicios a las pacientes moribundas que no tocara la campanilla que siempre llevaba, sin embargo, no se presentaron cambios.
El 2 de marzo de 1847, solicitó vacaciones y se fue a Venecia por 3 semanas, dejando a los alumnos al cuidado de su amigo el doctor Kolletschka, pero al regresar se encontró con que había muerto éste y el doctor Karl Rokitansky le contó la historia: Un alumno produjo una herida con el escalpelo en un brazo al maestro mientras efectuaban una autopsia de una paciente fallecida por fiebre puerperal, a las 12 horas el maestro era presa de escalofríos, fiebre y pocos días después murió. Semmelweis estudió el informe de los datos de la autopsia del maestro Kolletschka y su asombro fue grande al ver que eran los mismos hallazgos de los informes que él había hecho de las mujeres víctimas de la fiebre puerperal.
Semmelweis se sintió al borde de la locura al pensar que él y sus alumnos introducían el material causante de la fiebre al revisar a las enfermas de modo directo después de revisar las disecciones de las autopsias, lo que le explicaba la diferencia en mortalidad entre las dos secciones, ya que las comadronas de la segunda sección sólo revisaban a las parturientas, pero no efectuaban disecciones en los cadáveres y comprendió que las pacientes que se tardaban más en tener el parto, se examinaban con más frecuencia y por lo tanto eran más propensas a tener la fiebre puerperal.
Estuvo a punto de suicidarse y en mayo de 1847 inició su lucha. Para esa fecha la mortalidad en su sección fue de 12.34%. Sin consultar a Klein colocó el siguiente aviso en la clínica: “A partir de hoy quince de mayo de 1847, se pide a todo médico o estudiante que venga de la sala de autopsias que, antes de entrar en la sala de maternidad, se lave las manos en el recipiente de agua que se halla junto a la puerta”. Firmado por: IF Semmelweis.
En los meses siguientes hubo 56 defunciones de un total de 1841 casos de maternidad, es decir 3.04%. Jamás la mortalidad había sido tan baja en la primera sección, pero continuaba muy por encima de la de la segunda sección.
El 2 de octubre de 1847, hubo un repunte de casos. Todas las pacientes de una sala de doce sufrían fiebre puerperal, a pesar de la seguridad absoluta de que nadie había entrado ahí sin lavarse las manos.
Semmelweis no se desalentó y en poco tiempo descifró el enigma, al demostrar que la mujer de la primera cama presentaba una tumoración uterina infectada y que todos los alumnos la revisaron al entrar pero no se lavaron las manos al continuar con las revisiones de las demás pacientes.
En esas condiciones hizo un segundo descubrimiento: las materias infecciosas no sólo podían trasmitirse de muertos a vivos sino también de enfermos a sanos y sin tardanza ordenó un nuevo lavado de manos antes de examinar a cada paciente y él mismo vigilaba la limpieza del instrumental, que antes todo médico limpiaba en la falda de su levita. Las parturientas enfermas fueron aisladas.
Todas estas medidas ocasionaron que tanto estudiantes como enfermeras se quejaran ante el profesor Klein, quién decidió librarse de Semmelweis.
En 1848 de 3556 casos en la primera sección se registraron sólo 45 fallecimientos, (1,26%), cifra apenas superior a la de la segunda sección.
Semmelweis fue expulsado del hospital y llevó una vida miserable hasta que fue internado en un asilo psiquiátrico. Finalmente, tal vez para demostrar su teoría de la transmisión, irrumpió en una sala de autopsias; allí, delante de los estudiantes abrió un cadáver y se produjo a sí mismo una herida con el bisturí de la disección. Tres semanas después tallecía de una infección muy semejante a las que él había intentado prevenir en las embarazadas.
Hoy día La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha insistido en el lavado de manos como un método esencial para prevenir el contagio del COVID-19. Lavarse las manos con agua y jabón es una medida de higiene personal que previene la propagación de numerosas enfermedades, tanto las que se transmiten por vía fecal-oral como las infecciosas, que pueden pasarse si alguien con las manos sucias se toca cavidades como los ojos, la nariz o la boca. Los cinco momentos clave para lavarse las manos con jabón son: después de defecar; después de limpiar el trasero de un bebé; antes de alimentar a un niño; antes y después de preparar alimentos, y antes y después de comer.
Sin embargo, a la historia del lavado de manos todavía le queda. Estudios realizados en la época pre pandemia 2020, señalan que tras la micción, sólo un 43% de los hombres se lavan las manos, mientras que el 69% de las mujeres lo hacen; y que antes de comer únicamente lo hacían el 7% de ellas y el 10% de ellos.
La guerra que empezó Semmelweis -por utilizar el lenguaje marcial de estos días de coronavirus- aún no está ganada.
La mejor prevención está en tus manos.

*La redacción de ETD no pudo identificar al autor de este articulo pese a la investigación que hicimos en las redes sociales.