Por Orlando Arciniegas*
El siglo xix es el siglo de la Historia por excelencia. A la
par que la enseñanza de la Historia se asentaba en las universidades europeas
mediante la creación de cátedras y departamentos de Historia, bajo la premisa
de que se trataba de una disciplina científica cuyo método debía ser enseñado
de modo regulado, tenía también lugar la apertura de los archivos, bibliotecas
y repositorios de las fuentes históricas, la materia prima del trabajo
histórico.
Por otra parte, el surgimiento de puestos de trabajo en las
universidades, institutos y escuelas, y de un alumnado que se incorporaba a los
seminarios de investigación tutelados, dio lugar al proceso de
institucionalización y profesionalización de los estudios históricos. Y con
ello, a la aparición del gremio profesional de los historiadores, que ya se
muestra bien configurado en casi toda Europa a partir de la segunda mitad del
siglo xix. El gremio se fue cristalizando a medida que se formalizaban el
acceso a la función, las convenciones técnicas sobre aspectos como la edición
de libros y documentos, las reglas de citación y referencia bibliográficas, los
criterios mínimos de cientificidad y, como parte de su desarrollo, se abrían
paso otras especialidades de la disciplina.
Hay coincidencias en señalar que a finales del siglo xviii y
comienzos del xix, primordialmente con la labor de la escuela histórica
alemana, la Historia se constituye en una disciplina científica, dentro del
grupo de las ciencias sociales. Desde luego, que previamente hubo una actividad
llamada _historia_, pero ahora habrá una diferencia sustancial, cualitativa,
entre el género literario y narrativo que, desde Herodoto de Halicarnaso
escribe "sobre las cosas del pasado", y lo que va a ser la práctica
profesional del nuevo gremio de los historiadores. ¿Cómo había ocurrido tal
transición?
En los primeros años del siglo xix, primero en Alemania y
luego en Francia e Inglaterra, se advierte que, en lo que se sigue llamando
Historia, se conjugan, de una parte, la tradición histórico-literaria
grecorromana y la escuela de la erudición documental perfeccionada en el siglo
xvii, que al abrigo de un nuevo agregado, la innovadora filosofía de la
historia de origen ilustrado (Leibniz, Kant, Turgot, Condorcet, Voltaire),
pasaría a concebir el fluir humano, la historia, como un enlazado proceso
causal racionalista e inmanente, que funciona a su vez como un agente de
cambios evolutivos, significativos e irreversibles. Esta sería con propiedad la
nueva Historia de la Modernidad.
Para la cabal comprensión de este proceso conviene regresar a
los cambios históricos europeos a partir del siglo xiv y durante el siglo xv,
que dieron origen al Renacimiento, y, como parte de ello, a la recuperación de
la práctica historiográfica clásica. Entre los más significativos cabe
mencionar, la expansión de la economía mercantil, la formación de los
Estados modernos, los grandes descubrimientos geográficos, la
invención de la imprenta, la caída de Constantinopla y la debilitación del
poder político del Papado, todo lo cual hizo posible el relajamiento del
control absoluto que había tenido la Iglesia sobre el mundo intelectual en
Europa.
Quienes primero avanzan son los historiadores florentinos que
reactualizan el modelo clásico racionalista e inmanentista. Sobresalen:
Leonardo Bruni (1370-1444), Nicolás Maquiavelo (1469-1570) y Francesco
Guicciardini (1483-1540). Son autores de una Historia política, militar y
diplomática, que se sitúa lejos de las pretensiones moralizantes o religiosas
que habían caracterizado a la historiografía de aprobación eclesiástica. El
nuevo modelo influiría en España donde, para el tiempo, se escribe
una historiografía llamada Cronística de Indias (Bernal Díaz del
Castillo, Pedro Cieza de León, Gonzalo Fernández de Oviedo) muy parecida a la
de Herodoto y los demás logógrafos en la que se mezclan los temas geográficos,
naturalistas y etnográficos.
Además, a los estudios de análisis filológico que siguen los
humanistas renacentistas a medida que estudian a los autores clásicos, se
sumaban también los esfuerzos que se hacían en los campos de la interpretación,
la traducción a las lenguas vernáculas y, de modo especial, los aprendizajes
para prevenir la impostura y el fraude documental, entonces abundante. Lo cual,
con el tiempo, cristalizaría en las técnicas de estudio crítico filológico y
documental, que servirían, en lo más inmediato, para depurar la misma historia
eclesiástica que hacía uso de textos originales cristianos. Así, se comenzarían
a escribir biografias de santos fundadas en el examen crítico de las fuentes,
dejando de lado tanto los aspectos legendarios como los documentos engañosos.
En 1681, el erudito Jean Mabillon (1632-1707) publicó su
famoso _De re diplomática_ que establecía las reglas de la disciplina encargada
de analizar, verificar y autentificar los documentos históricos (los
"diplomas"); esto es, las reglas sistemáticas de cuya aplicabilidad
se garantizaba la confiabilidad del material documental usado en campos de la
diplomática y de la Historia. El benedictino Mabillon, por esta gran
aportación, sería llamado "el Newton de la historia".
Nos faltaría revisar y ver en qué momento se le suma a esa
tradición llamada desde sus inicios Historia, la visión filosófica ilustrada
del fluir humano, con la que tomaría en el siglo xix la forma de una
disciplina científica. Conforme se adelantó, corresponde a los filósofos
ilustrados, anteriormente referidos, contribuir a sustituir el papel de la idea
de la Providencia Divina de la historiografía cristiana, en favor de la idea de
Progreso inmanente, como parte del proceso cultural secular de hacer de la
razón humana el único criterio de conocimiento y autoridad. Resultado, sin
duda, entre otros, del prestigio ganado por la ciencia en el siglo xvii,
gracias a la magna obra de Galileo y Newton.
Desde finales del siglo xviii, los juristas de la Universidad
de Gotinga, Hannover, habían comenzado a reunir y depurar críticamente datos
(económicos, demográficos, políticos...) sobre los Estados alemanes para la
redacción de sus obras históricas. Ya se admitía que la Historia no podía
reducirse a las biografías de los reyes, las notas sobre las guerras, batallas
y cambios de Gobierno. A los innovadores los alentaban los grandes cambios
políticos ocurridos entre la Revolución francesa y la caída de Napoleón en
1815. El pionero en el uso del nuevo método histórico va a ser Barthold Georg
Niebuhr (1776-1831), profesor de la Universidad de Berlín desde 1810, quien,
metodológicamente, somete al examen y análisis crítico, filológico y documental,
las fuentes históricas documentales en busca siempre de "las conexiones
generales entre los acontecimientos".
Este camino sería seguido y mejorado por Leopold von Ranke
(1776-1886), cuya vasta obra e influencias lo convertirían en la figura icónica
de la historiografía alemana de su tiempo. A Ranke se le recuerda mucho por sus
afirmaciones teóricas y metodológicas: negando a la Historia el papel de
juzgar e instruir el presente en beneficio del porvenir, señaló que solo quería
*"mostrar lo que realmente sucedio".* Para tal propósito se dedicó a
la búsqueda exhaustiva de documentos archivísticos originales (fuentes
primarias), que, verificados, autenticados y debidamente cotejados, debían ser
utilizados como base fundamental y exclusiva de la narración histórica.
Esta metodología empirista, con apego fidedigno al documento
se le denomina "descripcionista". Sostenía Ranke que de este modo,
supuestamente, se eliminaría la subjetividad del historiador, que pasaría a ser
una especie de "fiel notario", capaz de ofrecer así un relato
histórico libre de los juicios valorativos y completamente ajeno a las
particulares opiniones y creencias del historiador. Algo que, por supuesto,
resulta hoy gnoseológicamente insostenible.
A Ranke se le encuadra más que en el positivismo, la
orientación filosófica dominante para la época, en la tradición del
_historicismo_, que sostiene que las situaciones pasadas son hechos únicos e
irrepetibles y no pueden por tanto ser explicadas sino en virtud de sus contextos
propios y particulares, por la razón histórica, antes que mediante leyes de
validez general que regularían el curso sociohistorico para predecir el futuro
como lo pretendía, precisamente, el positivismo de Augusto Comte (1798-1857).
El llamado de Ranke a la investigación archivística sobre
fuentes primarias tuvo mucho éxito en su tiempo. Fue secundada, principalmente,
por autores alemanes, ingleses y franceses. Theodor Mommsen, por ejemplo, en su
_Historia romana_ (1854), supo dar una ampliación a la investigación sobre las
fuentes primarias y combinó la crítica filológica y epigráfica con la
numismática y la incipiente arqueología. Con lo cual se estimularía aún más la
práctica historiográfica de carácter _científico_ que fue poco a poco
arrumbando a los meros cultivadores de la historia literaria y erudita del
pasado. Esto a su vez generaría luego el aparecimiento de las primeras revistas
especializadas de Historia. Sirve conservar en el recuerdo a la alemana
_Historische Zeitschrift_ (1859), la francesa _Revue Historique_ (1876), la
_English Historical Review_ (1886) y el _Boletin de la Real Academia Española
de la Historia_ (1877).
Consolidados los fundamentos de esta nueva Historia
científica y ante la creciente demanda de cupos universitarios en los centros
de formación de investigadores, se hizo necesaria la redacción de los manuales
profesionales. El primero de los más influyentes fue el del alemán
Gustavel Droysen, _Elementos de historia_ (1868), el segundo fue el del autor Inglés
Edward Freeman, _Los métodos de estudio histórico_, de 1886, al que siguieron
los franceses Charles Langlois y Charles Seignobos con su _Introducción a los
estudios históricos_, en 1898. De este manual se recuerda aún que exhibía como
emblema su famoso dicho: _La historia se hace con documentos... Nada suple a
los documentos, y donde no los hay, no hay historia_.
Antes de acabar el siglo, en 1898, comenzaron a celebrarse
los primeros congresos internacionales de la ciencia de la historia.
*Historiador, profesor jubilado de la Universidad de Carabobo
