POR Julia Vergin –FOTO:
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«Mamá, ¿cuándo se acaba finalmente este corona?», me preguntó
hace poco mi hijo de ocho años. Le encantaría volver al campo de fútbol con sus
amigos. Pero, mamá desafortunadamente no tiene idea. Con o sin coronavirus, la
crianza de los hijos, la vida familiar es un trabajo duro. Y es aún más duro
cuando uno falla una y otra vez frente a principios autoimpuestos: Los buenos
padres son pacientes, no gritan y satisfacen de forma lúdica las necesidades de
los niños.
Por eso, las medidas con que se enfrenta al coronavirus
afectan particularmente a las familias: madres y padres abrumados que trabajan,
y deben enseñar, consolar y tranquilizar a sus hijos al mismo tiempo, pese a su
preocupación por ganar el sustento de la familia. Aún peor para quienes educan
en solitario. La carga psicológica es enorme para todos los miembros de la
familia, pero sobre todo para los niños.
Niños fuera de la mira
«El cierre abrupto de las instalaciones educativas y las
semanas sin contacto con amigos y educadores significan una pérdida
incomprensible y posiblemente traumática de importantes figuras de apego»,
criticó la Academia Alemana de Medicina Pediátrica y Adolescente (DAKJ) en un
comunicado.
Hasta ahora, sin embargo, el debate político poco se ha
fijado en las necesidades de los niños. A menos que se tratara de su
rendimiento académico. O sobre cómo mantenerlos lo más alejados y ocupados
posible, para que los abuelos no enfermen y mamá y papá puedan seguir
trabajando.
«En los procesos de toma de decisiones, hasta la fecha, los
niños y adolescentes no eran vistos como personas con los mismos derechos, sino
como potenciales portadores de virus», advierte la DAKJ. Para los niños de
entornos familiares difíciles, este hecho no solo puede ser injusto, sino
fatal.
SOS no escuchados
Anna Wilden está preocupada. Es trabajadora social y se ocupa
de la ayuda familiar ambulatoria en una residencia infantil. Asesora a familias
que acuden a la oficina de asistencia social en busca de ayuda. Normalmente,
Wilden visita a sus clientes. Pero, desde que entraron en vigencia las
restricciones de contacto, todo se hace por teléfono. «Ya no veo expresiones
faciales o posturas», y esa información puede ser crucial, explica.
«Si sospechamos que existe un riesgo para el bienestar de los
niños, entonces, por supuesto, visitamos a las familias». Sin embargo, dado que
los centros de atención fueron cerrados, la oficina de bienestar juvenil
recibió cada vez menos reportes de sospechas de riesgo para el bienestar
infantil, precisa la trabajadora social.
Familias en estado de emergencia
La situación preocupa también a Stefanie Fried, consultora de
protección infantil en la organización de derechos infantiles Save the
Children. «En otros países, España e Italia, por ejemplo, ha habido informes
crecientes de mujeres y niños de que la violencia en el hogar ha aumentado»,
dice Fried. Y estima que la situación en Alemania será similar.
«La única pregunta es cuándo estas personas pueden hablar y
sus voces se pueden escuchar». Mientras las familias permanezcan aisladas, es
difícil que los pedidos de ayuda lleguen a buen puerto.
Para Fried, los niños no fueron suficientemente tomados en
cuenta al decidir las medidas para combatir la COVID-19. «En las clínicas, se
observan casos de bienestar infantil en los que no se puede excluir una
conexión causal con las condiciones de vida cambiadas», describen los
especialistas de la Academia Alemana de Medicina Pediátrica y Adolescente
(DAKJ).
Por otro lado, no se ha demostrado científicamente que las
medidas restrictivas impuestas a los niños sean realmente útiles para contener
el virus. «Los primeros estudios de caso muestran que los adultos tienen más
probabilidades de infectar a los niños que viceversa», dice la declaración de
la DAKJ, en alusión a datos del Instituto Robert Koch, competente en la materia
en el país.
«Entonces, ¿por qué no detener el contacto entre grupos de
alto riesgo y niños, y reabrir parques infantiles y guarderías», se pregunta
Stefanie Fried. Muchos niños y familias no tienen la resistencia psicológica
para sobrevivir a las restricciones sin consecuencias, advierten los pediatras.
Pero incluso las familias con buenos recursos alcanzan sus
límites, porque hasta en un hogar amoroso, las opciones de diversión y
distracción son extremadamente limitadas para todos. Por lo tanto, puede ayudar
a relajarse si los padres reducen las expectativas sobre sus habilidades
educativas.
Bueno es suficientemente bueno
«El trabajo de los padres es levantarse con los niños todas
las mañanas y hacer lo que tienen que hacer, lo que pueden hacer, para luego,
en algún momento del día, rendirse.» Así resume el psicólogo Klaus Neumann la
vida cotidiana de los padres. «Sin embargo, al día siguiente nos levantamos de
nuevo, y volvemos a hacer lo que tenemos que hacer, lo que podemos».
Es importante aceptar este hecho. Los niños, dice Neumann,
aprenden algo muy importante como resultado: «Mis padres están de pie. Siempre
se levantan. Pueden volcarse y explotar, gritar y golpear puertas, pero se
levantan». Eso crea una gran confianza.
Neumann trabajó durante 30 años para el centro de protección
infantil en Múnich. «Llegaba un número alarmante de personas normales con
problemas normales, que, sin embargo, cuando se manifiestan, pueden llegar a
tener serias consecuencias: negligencia, violencia física y emocional». Neumann
también supone que tales casos se acumulan en estos tiempos de coronavirus.
Aunque las medidas restrictivas también pueden unir a las familias, no solo
literalmente, sino también en sentido figurado.
Reglas pandémicas
Es importante, según Neumann, que «haya un rincón donde cada
tigre pueda retirarse en este recinto de vida silvestre». Así sea el retrete o
el armario. Los rituales que regulan la convivencia son ahora más importantes
que nunca, para retrasar la crisis nerviosa el mayor tiempo posible.
«Nos acercamos el uno al otro, así es en este momento.
Podemos colisionar entre nosotros, y eso genera conflictos. Pero el vínculo
padres-hijos también puede profundizarse».
De hecho, muchas familias disfrutan este inesperado tiempo de
calidad juntos, como lo muestra una encuesta del instituto Forsa encargada por
Save the Children. Como los campos de fútbol están cerrados, mi hijo y yo
montamos mucha bicicleta juntos (algo permitido en Alemania), leemos y jugamos
más. Ese es el maravilloso inconveniente de las restricciones.
Sería bueno, dice Neumann, si el recuerdo de este sentimiento
permanece y mantenemos un poco de humildad, incluso si todo Vuelve a la
«normalidad». No debemos olvidar lo valioso que puede ser el tiempo con nuestros
hijos después de la pandemia. Sin embargo, los niños también deben pasar tiempo
jugando con amigos al aire libre.
(rml/jov)
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