El debate entre la izquierda y la
derecha en Venezuela funciona como una mala caricatura. Son retóricas
estrujadas hasta el agotamiento para justificar una realidad más signada por
las pugnas de poder
ALBERTO BARRERA TYSZKA - Opinión*
“Nos duele la patria. Nos preocupa
la cruda realidad que vive nuestro pueblo, las necesidades por las están
pasando los millones de venezolanos que hoy padecen esta terrible crisis
histórica”. Cualquiera podría pensar que estas comillas pertenecen a Juan Guaidó,
que así habló el líder de la oposición venezolana hace pocos días. Pero no. En
realidad son mucho más viejas. Son
palabras del teniente coronel Hugo Chávez, desde la cárcel, en 1992, pocos
meses después de intentar dar un golpe de Estado. Han pasado casi treinta años
– con dos décadas de “revolución” y una enorme bonanza petrolera en la mitad-
pero sin embargo Venezuela sigue hundida en su tragedia. Y ahora está mucho
peor: los conflictos son mayores, la violencia se ha institucionalizado, y los
escenarios de solución se han agotado o son inviables. La encrucijada más bien
parece un callejón sin salida.
Tras la caída del general Pérez
Jiménez (1958), uno de los logros fundamentales de la democracia venezolana fue
el establecimiento de la política como proceso, como experiencia, como forma de
asumir y debatir los asuntos públicos y las relaciones sociales. Después de
siglo y medio signado por el caudillismo militar, el país se estrenó y comenzó
a desarrollarse sobre el ejercicio de poder civil. Este impulso modernizador
transformó a Venezuela durante dos décadas pero, con el tiempo, comenzó a hacer
aguas y a generar una crisis que -20 años después- terminaría en el fracaso del
modelo neoliberal y el predominio de unas élites, políticas y económicas,
hundidas en la corrupción, alejadas de las grandes mayorías e incapaces de leer
la realidad. En este contexto, apareció Hugo Chávez. Como síntoma
de una sociedad que parecía a punto de estallar y, también, como regreso del
tentador fantasma del militarismo: la antigua idea de que el orden lleva
uniforme.
Cuando en
1998, Chávez ganó en las elecciones, Teodoro Petkoff, ex guerrillero
legendario, intelectual y periodista, resaltó que uno de los problemas
cruciales con el nuevo mandatario era que hablaba “nuestro lenguaje”. Esta
breve observación señalaba ya el tipo de proyecto que podía representar Chávez:
detrás de una retórica de izquierda, seguía intacta la vocación militar, la
naturaleza personalista y autoritaria. De hecho, Chávez invirtió mucho tiempo y
esfuerzos en convertirse en el eje central del país, construyendo un Estado a
su conveniencia, con un protagonismo cada vez mayor de los militares frente a
un poder cada vez más debilitado de la ciudadanía. Su relación con Cuba, la
ocupación del país que le permitió al régimen de la isla, tiene que ver mucho
con esta intención. Para Chávez, Fidel era un ejemplo, un modelo exitoso, capaz
de pasar más de 50 años en el poder y mantener su prestigio. Para Castro, la
riqueza venezolana representaba una nueva resurrección. La ideología, en
realidad, estaba en segundo plano. El llamado “socialismo del siglo XXI”
terminó siendo una gran fantasía rentista. La “revolución bolivariana” fue solo
una ficción de la bonanza petrolera. Cuando cayeron los precios, el país quedó
al desnudo: quebrado, sin instituciones, convertido en un cuartel.
Chávez supo aprovechar su inmenso
talento comunicacional para crear una narrativa radical e irritante. Actuaba
como un nuevo rico, irresponsable y derrochador, pero hablaba como si fuera el
Che Guevara. Reprodujo y mejoró la retórica del bloqueo (Cuba sí / Yankees no)
y mantuvo internamente un continuo estado de polarización. Esto terminó
produciendo también una nueva derecha en Venezuela. No solo como propuesta
política, articulada a partidos y movimientos, sino sobre todo como fórmula de
racionamiento, como identidad cultural, que pretende explicar toda la historia
reciente con muchos adjetivos denigrantes y con un solo sustantivo: la
izquierda.
Todo esto también forma parte del
mismo proceso de una oposición a la que le ha sido muy difícil sobrevivir
durante estas dos décadas. Desde su primer Gobierno, Chávez logró que se
eliminará el financiamiento oficial a los partidos y, de manera constante, se
dedicó a satanizar y descalificar a cualquiera que lo adversara. Sin embargo,
también el liderazgo político opositor cometió muchos errores. Basta recordar
el intento de golpe de Estado en 2002 o la decisión de no participar en las
elecciones parlamentarias de 2005. Pero sin duda el tema de la unidad ha sido
una de sus fragilidades principales, así como la falta de una propuesta sólida
y clara, de una relación más cercana con los sectores populares, con sus
códigos, con sus necesidades y aspiraciones.
La muerte de Chávez (2013), el
desplome de los precios del crudo y la consecuente crisis económica, sin
embargo, colocaron la encrucijada en una nueva dimensión. En diciembre de 2015,
con un esfuerzo unitario y un trabajo político en todo el territorio, por
primera vez la oposición obtuvo una victoria aplastante en el parlamento. Este
hecho abrió la posibilidad de un cambio en el país. La oposición, con mayoría
absoluta en el poder legislativo, podía cambiar la configuración de las
instituciones, sobre todo del poder electoral dominado por el chavismo, así
como de auditar y controlar todas las decisiones y acciones del poder
ejecutivo. A partir de ese momento, el chavismo entendió que no podía seguir
dependiendo de la voluntad popular. Con una maniobra inconstitucional, ocupó el
Tribunal Supremo de Justicia y, desde esa instancia, comenzó a bombardear el
nuevo parlamento. El clímax de esta nueva etapa estalla en 2018 cuando, en un
proceso absolutamente irregular, el chavismo adelanta las elecciones
presidenciales y reelige
a Maduro para un nuevo período. La oposición no reconoce la
legitimidad de la presidencia y una parte importante de la comunidad
internacional, encabezada por Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea, se
suman a este desconocimiento.
Durante estos últimos años, mientras
el caos económico ha avanzado de forma vertiginosa, la confrontación política
parece paralizada en una peculiar dinámica institucional: el país, al menos de
manera nominal, tiene dos presidentes, dos asambleas, dos embajadores ante
distintos organismos…La internacionalización de la crisis también ha traído el
problema migratorio y el estancamiento diplomático en una mecánica de amenazas
y presiones que recuerda la Guerra Fría.
En el caso de Venezuela, el debate
entre la izquierda y la derecha ya solo funciona como una mala caricatura. Es
un esquema que no sirve para analizar lo que ocurre en el país. Son retóricas
gastadas, estrujadas hasta el agotamiento para justificar una realidad más
signada actualmente por las pugnas de poder, las mafias, el narcotráfico y la
corrupción… En toda la ruta de robo y lavado de casi un millón de millones de
dólares, se cruzan distintas ideologías y diferentes territorios. A la hora del
saqueo, no hay antagonismos políticos.
El chavismo, asentado en el poder
militar y asumiendo sin pudor que la democracia solo es un simulacro, se ha
refugiado en el ejercicio de la violencia. Un informe de la ONU denuncia la
tortura y el asesinato político, así como más de 8.000 casos de ejecuciones
extrajudiciales en los últimos años. La oposición por su parte, fragmentada y
sin plan común, ofrece una imagen asociada a Trump que no solo respalda la
narrativa oficialista sino que reduce las posibilidades de futuro al marco de
una improbable invasión. Los dos bandos tratan de hacer política a partir de la
presión internacional y ambos, además, parecen estar dispuestos a soportar el
sacrificio que suponen las sanciones para una mayoría cada vez más
despolitizada, cada vez más obligada a tratar de sobrevivir.
En estas circunstancias, ¿acaso se
puede llegar a algún tipo de acuerdo? ¿Realmente el chavismo está dispuesto a
negociar? ¿Puede la oposición llevar adelante un proceso de transición? La
única alternativa que existe parece aún lejana. Quizás lo primero es hacer que
la negociación sea posible. Es imprescindible salir del callejón y regresar a
la encrucijada.
Texto tomado de El País / España
