- Como en Chernóbil. Hace menos de
un año que ha comenzado la retirada del combustible gastado que está en
piscina, pero solo del reactor 3. Los del 1 y el 2 tendrán que esperar
hasta cinco años.
- La central de Fukushima Daiichi
sigue siendo una amenaza: casi todo el combustible sigue allí, necesitará
refrigeración durante años y los vertidos y residuos radiactivos se
acumulan en la zona mientras la población es obligada por el gobierno
nipón a regresar.
- Ecologistas en Acción apoya la
campaña internacional “Juegos Olímpicos Libres de Nucleares 2020”, y
manifiesta una vez más que el riesgo de la energía nuclear es inasumible,
y menos aún para una contribución de menos del 5 % de la energía que
utiliza el mundo.
La central de
Fukushima Daiichi sigue siendo una amenaza nueve
años después del accidente: casi todo el combustible sigue allí y necesitará
refrigeración durante años; probablemente de nuevo se verterá agua radiactiva
al mar; los residuos radiactivos de la limpieza se acumulan en la zona; los
habitantes evacuados se ven forzados por su propio gobierno a regresar. Y para
taparlo todo… las Olimpiadas arrancan a solo 20 km de la zona cero.
Los trabajos
de descontaminación avanzan muy lentamente. Siguen allí las 880 toneladas de
combustible nuclear fundido y empiezan a manifestarse dudas de que puedan
retirarse completamente algún día, lo que exigiría encerrar los reactores en un
sarcófago.
Mientras el
combustible esté ahí, hay que mantener un flujo de agua para refrigerarlo, pero
además penetran aguas subterráneas, y esto crea un gravísimo
problema porque el agua se convierte en radiactiva y hay que almacenarla. Es un
residuo peligroso y muy voluminoso, supera ya los 1,12 millones de metros
cúbicos.
Se mantiene
en enormes tanques de 1000 m³, pero al ritmo de entrada de agua en los
reactores, 170 m³/día en 2018, se necesita un nuevo tanque cada seis
días. Y se están quedando sin espacio.
Para reducir
la radiactividad del agua se somete a un proceso de eliminación de materiales
radiactivos, de manera que solo quede tritio, puesto que es imposible de
separar y su vida media no es larga (12,3 años).
Con estas
condiciones, las autoridades japonesas, con el apoyo del Organismo
Internacional de Energía Atómica (OIEA), consideran que puede verterse al
mar. En septiembre de 2015 se arrojaron 800 toneladas al Océano Pacífico.
Pero la prensa japonesa destapó en 2018 los fallos de ese proceso.
Tokyo
Electric Power Company (TEPCO) ocultaba que de los 890.000 m³ de agua tratada a
partir de septiembre de 2018 aproximadamente el 84 % contenían concentraciones
más altas de sustancias radiactivas que los niveles permitidos para su
liberación al océano.
En 65.000 m³
de agua tratada, los niveles de estroncio-90 son más que 100 veces por encima
de los estándares de seguridad. En algunos tanques, los niveles superan los
límites en un factor de 20.000 con cesio-137 y yodo-129.
No parece que
esto vaya a detener los vertidos. El gobierno lo está sometiendo a
consulta, pero el ministro de Medio Ambiente nipón se ha pronunciado a favor y
ha provocado la furia de los pescadores y la preocupación de países vecinos. La OIEA persiste en aconsejarlo.
Aunque el
gobierno continúa levantando las órdenes de restricción para los municipios
afectados, la ciudadanía evacuada por el accidente nuclear, unos 39.000
residentes, no se atreve a volver porque se la obliga a vivir con niveles de
radiactividad que pueden superar veinte veces los estándares internacionales.
El
procedimiento gubernamental para convencerles es suprimir las ayudas para
vivienda. Los relatores especiales de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU
han declarado su preocupación por las políticas japonesas sobre los evacuados y
las violaciones de los derechos humanos de familias y trabajadores de la
descontaminación.
En medio de
todas estas dificultades y esfuerzos, el primer ministro japonés, Shinzo Abe,
pretende pasar página con la celebración de los JJ OO 2020.
Parece querer
arrinconar la catástrofe nuclear con la llama olímpica pues partirá del centro
deportivo J-Village, a 20 km del lugar más peligroso del país, la central
siniestrada.
Pero la
contaminación radiactiva de un territorio es muy difícil de eliminar completamente,
y el gobierno se ha encontrado con la denuncia de un Equipo de
Monitoreo Nuclear y Protección Radiológica de Greenpeace Japón sobre
sitios con niveles de radiación 1,700 veces más altos de lo aceptado por las autoridades,
hasta 71 microsieverts por hora en los puntos calientes, frente a 0.23
considerados admisibles.
La respuesta
ha sido aumentar los trabajos de descontaminación y mejorar la vigilancia de la
radiación en ese estadio. No se cierra el problema, pues se va a convocar a
miles de personas al estadio de la ciudad de Fukushima para los partidos de
béisbol y softbol, a unos 65 km de la central.
No es una
decisión responsable si la prioridad es garantizar la seguridad pública.
Se comprende que el equipo de Corea del Sur quiera llevar su propia comida y
sus medidores de radiación.
Para
Ecologistas en Acción la celebración de las olimpiadas en las circunstancias
del desastre nuclear japonés lleva el mensaje de cerrar el periodo de
catástrofe y forzar a la población a aceptar el legado radiactivo con ánimo
patriótico.
La
organización ecologista apoya la campaña internacional “Juegos
Olímpicos Libres de Nucleares 2020”, y manifiesta una vez más que el riesgo
de la energía nuclear es inasumible, y menos aún para una contribución de menos
del 5 % de la energía que utiliza el mundo.
Fuente: Ecologistas en Accion
