El gran poeta nicaragüense murió esta
semana
Esta semana murió Ernesto Cardenal, uno de los últimos poetas
de la estirpe mayor del siglo 20, la de Pablo Neruda, Vicente Huidobro y César
Vallejo. Había nacido en Granada, Nicaragua, en 1925, y deslumbrado por la
revolución cubana trató de conciliar marxismo y catolicismo, lo que le valió la
condena del Papa Wojtyla, quien lo privó del ejercicio sacerdotal, luego
repuesto por Francisco en 2019. Fue discípulo de Thomas Merton y creó una
corriente de poesía vital y atenta a todas las cosas del mundo -o los mundos-
reales.
Por Susana Cella / Página 12 – Argentina.
Cuenta Pablo Antonio Cuadra, poeta de la vanguardia
nicaragüense, que en la historia de su país existieron un cacique, Nicarao, que
ante los españoles, dialogó, mientras que otro, Diriangén, los enfrentó para
echarlos. “De las dos fuentes nace un pueblo. A este pueblo se le conoce
universalmente por dos figuras: Rubén Darío y Augusto César Sandino. De ahí que
algunos digan que el nicaragüense es un poco poeta y un poco guerrillero. Es un
decir, que en el caso de Ernesto Cardenal cobra nueva fortuna. Se trata de un
monje. Un monje absolutamente sorpresivo y peculiar: revolucionario y poeta”
dice Cuadra en el prólogo a la Antología que realizara de
Ernesto Cardenal publicada en 1972. Pariente, amigo y compañero de Cardenal,
Cuadra lo recuerda “pequeñito, con un rostro de pájaro distraído, agudo e
inquieto, sentado en una butaca, los pies sin tocar el suelo, leyendo
totalmente abstraído del mundo, versos y versos sin parar”.
En tal contrapunto, Cardenal no olvida su patria, pero sí
abreva en lo que la poesía de otras latitudes le sirvió para su escritura.
Salió de su tierra para estudiar en la Facultad de Filosofía y Letras de la
Universidad Autónoma de México entre 1942 y 1946 y siguió en la Universidad de
Columbia en Nueva York. En Estados Unidos es donde se le revela la poesía de
ese país, en particular la de Ezra Pound. Fue entonces que se afianzó su
poética. Según Cuadra “de soñador nocturno, Ernesto pasó a ser un nombrador
diurno, exteriorista, diáfano y -con frecuencia- épico”.
Precisamente el exteriorismo es para Cardenal el modo de hacer poesía
(“no propaganda política sino poesía política”),
la definición de su poética y también el criterio con que realiza una antología
de la poesía nicaragüense, donde anota: “El exteriorismo es la poesía objetiva:
narrativa y anecdótica, hecha con los elementos de la vida real y con cosas
concretas, con nombres propios y detalles precisos y datos exactos y cifras y
hechos y dichos. En fin, es la poesía impura”. Esto último recuerda
a Pablo Neruda, cuando se pronunciaba contra la “poesía pura”. Tanto en El
estrecho dudoso con en Homenaje indios americanos hay
una referencia común con el chileno -de cuyo Premio Nobel se entera Cardenal
cuando estaba en Chile visitando a Salvador Allende- y su Canto General respecto
de los conquistadores y del Cuzco. En “Economía de Tahuantinsuyu”, Cardenal lo
hace explícito: “El heredero del trono/ sucedía a su padre en el trono/ MAS NO
EN LOS BIENES// ¿Un comunismo agrario?/ Un comunismo agrario/ ´EL IMPERIO
SOCIALISTA DE LOS INCAS´/ Neruda: no hubo libertad/ sino seguridad
social”. Soterrada polémica no sólo ideológica sino respecto de cómo escribir
la historia americana.
Cardenal piensa el exteriorismo –contra el interiorismo
“poesía subjetivista, hecha sólo con palabras abstractas o simbólicas”- como la
única poesía que puede expresar la realidad latinoamericana, y llegar al pueblo
y ser revolucionaria”. Decía esto en 1972, dos años después de haber estado en
La Habana como jurado de Casa de las Américas, experiencia que hizo cambiar sus
ideas respecto del socialismo. Si bien siempre fue opositor a la estirpe
dictatorial de los Somoza, al punto que participó en la Revolución de Abril de
1954 para derrocar a Somoza padre, no tenía una postura de izquierda. Su
“primera conversión”, como él la llamó, fue la religiosa. Ya tenía un hermano
jesuita y partidario de la Teología de la Liberación y no le era extraño el
llamado religioso. Entró en la abadía trapense Nuestra Señora de Gethsemaní, en
Kentucky, Estados Unidos. La regla trapense incluía la prohibición de escribir,
salvo notas, como le indicó su maestro de novicios, el sacerdote y escritor
norteamericano Thomas Merton, quien en 1966 prologó Vida en el amor en
la que se aunaban poesía, acción y devoción. Allí dice Merton: “Ahora ha sido
ordenado sacerdote y ha fundado una comunidad contemplativa” ; se refiere a que
en 1965 se convirtió en cura y que fundó la comunidad cristiana de pescadores y
artistas primitivistas en una de las islas del archipiélago de Solentiname, de
donde surgió El evangelio en Solentiname. Habló Cardenal de
una “segunda conversión”, después de su estancia en Cuba y sus conversaciones
con el poeta cubano y católico Cintio Vitier. De católico a católico le
preguntó qué posición tomar frente a una revolución que se proclamaba marxista
y atea, de lo que resultó que Cardenal hablara de Cuba como “el evangelio
puesto en práctica”. (Su adhesión al Frente Sandinista de Liberación le valió
la condena del Papa Wojtyła que lo privó de su ejercicio
sacerdotal, cosa que remedió Francisco al restituírselo). Por el año 1972
circuló profusamente su libro titulado En Cuba, para muchos,
primera noticia de este poeta que ya desde 1957 venía publicando Hora
0, Gethsemani Ky (1960), Epigramas (1961); Salmos (1964), Oración
por Marilyn Monroe y otros poemas (1965) o El estrecho dudoso (1966).
Cardenal se apoya en una vastísima tradición que se combina
en sus poemas para quedar presentificadas y vinculadas en un muy presente hecho
de fulguraciones y memorias que intentan abarcar no sólo la historia sino que
se proyectan a un Cantico Cósmico. Así como en los epigramas se
apropia de una forma poética de la poesía occidental (tradujo a poetas
latinos), en Cántico Cósmico, de 1989, titula a los poemas
“Cantigas”, género típico de la poesía medieval gallegoportuguesa . Pero las cantigas
de Cántico Cósmico no respetan ni los temas adjudicados a
éstas ni la métrica sino que son composiciones en verso libre que se proyectan
a las indagaciones de la ciencia sobre el Universo entre cuyos pliegues se
manifestaría la voz de Dios. Ciencia y religión se acercan vía el jesuita,
Pierre Theilard de Chardin, que, según Cardenal, sostiene que “todo el universo
es obra de la evolución y entonces los que creemos en Dios como creador creemos
que Dios es el creador de la evolución, del universo por medio de la
evolución”. En la poesía de Cardenal esto significa continuar su designio
escriturario: la coexistencia témporo espacial le permite escribir, por ejemplo
el “Salmo 150”: “Alabad al Señor en el cosmos/ Su santuario/ de un radio de
100.000 millones de años luz/… alabadle por los átomos/ y los vacíos
inter-atómicos/… alabadle con blues y jazz/ y con orquestas sinfónicas/ con los
espirituales de los negros”. Porque “todo es el mismo ritmo, todo es un canto coral
que canta todo el cosmos”.
