Dos décadas
atrás, Joaquín Sabina despedía el siglo pasado publicando el que para muchos es
su mejor disco, que reinventó no sólo su carrera sino también la forma en que
su voz pasaría a ser registrada en un estudio. El periodista valenciano Juan
Puchades revisita todos los caminos que desembocaron en 19 días y 500 noches en
su libro Sabina fin de siglo.
Por Juan
Puchades – Página 12 / Argentina.
A finales del
invierno de 1998, Joaquín Sabina estaba en Madrid, tratando de
ver cómo rematar, y olvidar, la fallida experiencia con Fito Páez, escribiendo
nuevas canciones, pensando en un nuevo disco y, fiel a sus hábitos, viviendo de
noche y durmiendo de día. Es el periodo en el que su casa es una combinación de
bar, pensión, oficina y taller de canciones. Un tiempo magnificado por los
medios y rodeado de cierta leyenda: fiestas hasta el amanecer, desfile de
personajes de toda condición —músicos, escritores, periodistas, actores,
toreros, modelos, camellos, prostitutas, anónimos visitantes—, consumo masivo
de cocaína, marihuana y alcohol y, en general, lugar de esparcimiento y
desparrames diversos. Al preguntarle a Joaquín si todo lo que se cuenta
es verdad, no puede evitar que la mirada se nuble por un instante de cierta
nostalgia y en los labios se dibuje una leve sonrisa cómplice y satisfecha —quizá
la correspondiente al deber cumplido: aquello había que hacerlo, y se hizo.
Había que vivirlo, y se vivió—, mientras responde sin dudar: “Sí, todo es cierto,
esa fue la época más enloquecida”.
Entre los
habituales de la casa estaban los críticos de cine Carlos Boyero y Antonio
Gasset, el músico Caco Senante, el productor de cine Antonio Oliver, el
periodista deportivo Nacho Lewin, el vecino Pablo Milanés, todos con llave,
como tantos otros. Alejo Stivel al respecto, guarda una anécdota: “Joaquín me
ofreció las llaves de la casa, pero nunca las acepté. Varias veces me dijo “Te
doy las llaves, así tú vienes cuando quieras”. Y le respondí, “no, Joaquín, si
vengo como mínimo te llamo por teléfono”, algo que era imposible porque no
contestaba al teléfono, “pero por lo menos te toco el timbre, porque igual no
te apetece recibirme”. Y él me replicaba: “No, no, aquí las tienes”. Me las
daba, me las ponía en la mano: ‘Toma las llaves, esta es tu casa, cuando
quieras vienes y abres’. Y no, nunca las acepté”.
Preguntado
Joaquín por cuál es el fetiche de su vida en el documental de Ramón
Gieling 19 días y 500 noches (que pese a su título no guarda
relación con el disco), responde que es, precisamente, una llave: “Es la que
tuve en Granada, que fue el primer sitio donde huí. No sé por qué, porque mi
infancia no fue infeliz, aunque yo creo que me he inventado una infancia
infeliz literaria, no fue infeliz. Pero sí sabía que ese mundo gris,
polvoriento, en blanco y negro, posfascista de mi pueblo, me era irrespirable.
No sabía lo que había para respirar fuera, pero sí sabía que quería irme de
ahí. Mi primera ida fue a Granada, llegué una tarde a una pensión, se llamaba
La Casa de las Cortinas, y esa noche me dieron la llave, y esa llave
significaba que yo podía volver a la hora que quisiera, sin darle explicaciones
a nadie. Bendita llave, nunca la olvidaré. La llave”. Quizá por ello decidió
que la llave de su casa sería la que abriría la puerta de la libertad de sus
amigos, el lugar donde podrían hallar refugio sin que nadie hiciera preguntas.
En esas
reuniones charlaban, cantaban, los había que escribían en algún rincón los
textos que debían entregar al día siguiente en sus diarios. A ratos podían
estar juntos, a ratos, dadas las dimensiones de la casa, cada uno compartiendo
su propia soledad. Fueron meses, desde marzo hasta el otoño, en los que
Sabina se volcó en la escritura de las canciones que debían dar lugar a 19
días y 500 noches, manteniéndose en pie a base —ha comentado en
ocasiones— de whisky, coca y café. Aunque hoy rebaja un poco el estereotipo que
se le atribuye de peligroso inconsciente: “Nunca escribo completamente solo,
escribía con un amigo mío maravilloso que se murió, que firma conmigo en el
disco, Antonio Oliver, y entonces me di cuenta de que él se tomaba un gramo de
coca mientras yo me tomaba dos rayas. Visto ahora, en retrospectiva, tal vez me
cuidé mucho más de lo que pensaba y de lo que la gente pensaba que me cuidaba.
Pertenezco a toda la época del ácido y la heroína, y sin embargo nunca he
probado la heroína, y me he tomado creo que un ácido en mi vida, y no me hizo
nada. He sido mucho más moderado de lo que dice mi leyenda”. ¿Supo, por tanto,
contra lo que se asegura, guardar la ropa? “Sí, muy probablemente por cobardía
[risas]. Y he llegado a los setenta años, que se dice pronto”. Pero no duda en
afirmar que la escritura del disco sí tuvo mucho que ver con ese régimen de
estimulantes y días durmiendo lo justo: “Ahora sería incapaz de estar dos meses
o tres solo escribiendo. Es que me dormía con el cuaderno en la mano, me dormía
muy tarde, y cuando me despertaba iba directamente al cuaderno. Era capaz de
estar dos o tres horas con un cuarteto o con un verso solo, corrigiendo”.
Confiesa que, sin cocaína, 19 días y 500 noches no habría sido
el mismo disco: “No, absolutamente no. Ese punto de concentración obsesiva que
da la coca es imposible de encontrar de otra manera. Durante unos años es una
cosa estupenda para escribir canciones, luego no”. Y explica sin ambages que
“el disco es un disco de coca, completamente”.
A LO
GOYENECHE
Componer
canciones. Ese era el objetivo o prácticamente la obsesión. Algunas estaban ya
escritas, aunque en continuo estado de transformación, como la misma “19 días y
500 noches”, o “Dieguitos y Mafaldas”, surgida en febrero, en Buenos Aires,
mientras trabajaba en Enemigos íntimos. Permanecía en constante
estado de alerta, escribiendo, pergeñando nuevos temas. Fue entonces cuando
Alejo Stivel reapareció en su vida: “Recuerdo ir a su casa a pasar la noche, a
acampar, digamos. Aquello era divertido, Joaquín estaba en una etapa en la que
todo ocurría en su casa, no era llegar de un boliche a las mil con treinta
personas. Solía haber gente, pero a veces no, a veces estábamos solos. Por
entonces él ya estaba semienclaustrado. Allí se hablaba, se reía, se cantaban
canciones, se charlaba de todo lo que se puede charlar, de música, de política.
Se bebía, se seguían todo tipo de costumbres tóxicas”. Lo llamativo es que para
entonces Alejo hacía tiempo que había abandonado por completo las drogas y el
alcohol —“era un monje”, apunta Joaquín—, totalmente abstemio: “En un momento
abandoné toda la toxicidad, porque me pasé de vueltas, me pasé cuatro pueblos y
tuve que volver al pueblo de origen… Curiosamente, convivía con toda esa locura
de su casa y el desmadre, pero lo acompañaba desde mi sitio, desde mi posición
de abstemio”. Entre los habituales de la casa, Alejo comenta que “veía mucho a
Caco Senante, a Pablo Milanés cuando venía por España, obviamente, porque vivía
abajo. Antonio Oliver estaba siempre allí, todas las noches. También estaba
Cristina, su novia”. Y revela una curiosidad: ¿qué repertorio atacaba Sabina
con su guitarra en esas noches con amigos? “Cantaba canciones de Georges
Brassens, de Leonard Cohen, de Dylan, algún tango. Repertorio internacional,
por así decir”.
Oírlo cantar
en esas condiciones, fue la clave que lo llevaría a la producción de 19
días y 500 noches: “Lo veía cantar en su casa, totalmente desprejuiciado,
por decirlo de alguna manera, con la voz rota, a las tantas de la mañana, y le
decía: ‘¿Por qué no cantas así en los discos?’. Creo que eso fue lo que le
provocó para llamarme a producir. Me parece que ese fue el disparador”. Algo que
corrobora Sabina: “Alejo empezó a venir a casa por las noches, y yo por las
noches cogía la guitarra y cantaba. Me decía que tenía que hacer un disco así,
sin maquillar la voz, dejando salir todo, y que no tenía que contar con mi
equipo médico habitual, con Pancho y Antonio. La verdad que eso me sirvió mucho
para no autocensurarme ni autocortarme”. Alejo abunda en ello: “No sé si fue un
comentario concreto o varios que se fueron sumando. Tampoco es que yo fuera
todas las noches, no era un habitual, de los fijos, yo caía por ahí. En total
igual fui cinco o seis veces, no recuerdo bien. Pero cada vez que lo oía cantar
y decir con ese tono goyenechesco, desde otro lugar, me flipaba.
Siempre pensé que era un error intentar lo que hacían en sus discos anteriores,
que era ponerle mucha reverb, mucho efecto, tratar de hacerlo
cantar bien, intentar que la voz suene limpia y que parezca un cantante, cuando
creo que él es más un decidor. Y le comentaba: ‘Este es tu lado. Esto es,
además, lo que más tiene que ver con tus letras, con tu personaje, con tu
manera de ser’. Y lo extiendo no solo a la voz, sino también a lo que es la
producción. Realmente yo no tenía los discos de Joaquín, no los había oído
nunca, había oído las canciones que habían sonado en la radio, digamos, los
singles: ‘Princesa’, ‘Calle Melancolía’, ‘Pongamos que hablo de Madrid’ y
algunas más. No era un experto en Sabina, pero cuando lo oía por la radio
notaba eso, guitarras muy procesadas, pasadas por muchos efectos. Un sonido
como muy procesado todo. Su voz, las guitarras, los teclados, la batería, como
tratando de que todo suene bonito y suene bien, y yo le decía: ‘Esto no tiene
nada que ver con tus canciones ni contigo’. Lo decía porque realmente lo
pensaba, y cuando me llamó me sorprendí, porque a él lo veía como que tenía un
equipo de gente habitual con el que trabajaba. Pero para nada fueron
premeditados los comentarios que hacía, eran comentarios del que pasaba por
ahí. Y bueno, gajes del oficio, quizá es un defecto mío, que opino de música,
no puedo dejar de opinar, vivo un poco de eso, ese es un poco mi sino”.
LETRA Y
MÚSICA
Las palabras
de Alejo no cayeron en saco roto, y Joaquín tomó una decisión que a todas luces
parecía arriesgada, sobre todo viniendo de donde venía, de ese choque sin
paliativos con Fito Páez y de lo que a él le parecía un disco fallido: confiar
de nuevo en alguien ajeno a su núcleo duro. Pero apreció los comentarios —o
consejos— de Alejo, su franqueza, le agradó lo que decía. Porque Sabina, al
contrario que otras estrellas de la música que gustan vivir en una burbuja de
halagos, es de los que prefiere la sinceridad, la crítica honesta, sabe
escuchar y todo apunta a que reflexiona sobre lo que le dice la gente cuya
opinión valora. Luego, como cualquiera, hace lo que cree más oportuno, pero con
él las palabras no se las lleva el viento. Y muy probablemente Alejo pulsó las
teclas más sensibles en el momento adecuado: cuando su vida era un torbellino
—a todo lo expuesto, sumemos que la relación con Cristina Zubillaga estaba
tocando a su fin—, en el horizonte próximo estaba alcanzar el siempre
inquietante medio siglo de existencia y andaba necesitado de refrescar ideas
musicales y afrontar el sonido de sus discos de otro modo. “El que la grabación
fuera desnuda —argumenta Joaquín en la actualidad—, el que mi voz estuviera sin
maquillar, el darme tiempo para sacar lo mejor cantando, eso es idea de Alejo.
Y es una idea cojonuda, y se la agradezco muchísimo”.
Pero, además,
Alejo, en otro golpe de atrevimiento, le animó a que se forzara a escribir él
solo las letras y músicas de la próxima grabación: “Hasta ese momento, la
canción suya que más me gustaba era ‘Y sin embargo’, y el día que me enteré de
que la música era de él, le dije: ‘Coño, pero es que tú eres famoso por buen
letrista y se supone que no por músico, y tu canción que más me gusta tiene
música tuya. ¡¿Esta melodía la escribiste tú?!’. Y me decía ‘sí, sí, es mía’.
‘Pues, tío, ¡a componer melodías!’”. Joaquín lo corrobora: “Me convenció de que
él veía a un tipo como yo haciendo letra y música, no contando con otros
músicos, porque yo soy muy vago, y en cuanto tengo un proyecto de letras me
junto con los músicos y digo ‘venga, a ver qué se os ocurre’. Él tuvo la idea
de que lo tenía que hacer yo, en letra y música, y creo que fue una buena idea.
Alejo influyó mucho en que compusiera yo. Fíjate, ahora me gustaría hacer otra
vez lo mismo, pero sin coca y sin la juventud de entonces —a pesar de que tenía
cincuenta años—, y lo encuentro muy difícil. De hecho, hay mucha gente
—incluidos algunos músicos míos, como Antonio— que me dice que haga yo las
letras y las músicas. Y sí, creo que es un buen consejo, ¡pero no cuentan con
mi vaguería y mi vejez!”.
Ese momento
fue crucial para Joaquín Sabina, que tomó la decisión de seguir el consejo
recibido. Él mismo se encargaría de las letras y las músicas, por lo menos de
la mayoría. Rompiendo con el sistema de composición habitual de los últimos
quince años, el que poco a poco le había llevado a relegar cada vez más la
parte musical de las canciones: “Tengo la sensación de que cuando decidí que lo
iba a hacer sin Pancho y Antonio —reflexiona dos décadas más tarde—, que lo iba
a hacer yo, y que las letras y las músicas iban a ser mías, y que nadie me iba
a cortar por ningún lado, dejé salir el río que normalmente me salía y que
siempre los músicos o alguien me cortaba. Alejo ahí estuvo bien, no me cortó en
absoluto”. El río fue la colección de canciones más tremenda que había escrito
hasta la fecha, con textos en los que, además, no se abstuvo en extenderse
cuanto creyó oportuno. Las canciones eran todo lo que importaba, nada más. En
1999 aseguraba que se había pasado seis meses componiendo, a quince o veinte
horas diarias. Si siempre fue a la búsqueda de “la canción más hermosa del
mundo”, esta vez iba a poner todo de su parte para lograrlo.
