- JORGE
BUSTOS - EL MUNDO / ESPAÑA
Reproducimos
íntegro el capítulo de La sorpresa VOX (Deusto) donde el jefe
de Opinión de EL MUNDO analiza los motivos del malestar que explican la
emergencia del nacionalpopulismo.
Toda vocación
política nace de la percepción de un agravio. Digo de la percepción porque para
su nacimiento no importa tanto que el agravio en cuestión sea real o inventado,
palpitante como una llaga o simulado con el maquillaje de la propaganda. Esa
decantación compete al paso del tiempo. Si el agravio era cierto, el
líder o el partido nacidos de la reacción a ese daño durarán; si no lo era,
ambos se extinguirán como se extinguen finalmente los ecos de un grito
gratuito. Porque como sabe el moderantismo, tan denostado hoy como hace un
siglo exacto, todo lo exagerado termina por volverse irrelevante.
Busquemos por
tanto el agravio del que nace VOX y tratemos de dilucidar si se trata de un
padecimiento veraz o de uno estratégicamente exagerado. El partido de
Santiago Abascal es el partido de la reacción a la intemperie global que parece
alejarnos cada día más del brasero de la tradición: de la patria, de la
religión, de la familia, de la raza. Se trata por tanto de un partido netamente
reaccionario, aunque su nacionalismo viene matizado por la paradoja de sus
contactos con la internacional populista -de Trump a Le Pen, de Salvini a
Orbán- y su catolicismo militante se nos antoja más cultural que coherente: la
retórica agresiva de su líder no parece sacada tanto del Evangelio como del
Antiguo Testamento. El catolicismo de clase de VOX remite más bien al clásico
chiste de Mingote, datado en tiempos conciliares, en que una señora bien, en
presencia de su trajeado marido, explica a su interlocutora con mantilla:
"No, mujer, lo de la libertad de conciencia es para tranquilizar a la
gente moderna. Porque al Cielo, lo que se dice ir al Cielo, iremos los de
siempre".
El agravio
que sienten los votantes de Abascal lo sentimos todos en cualquier época de
cambios, aunque cada cual lo gestione a su manera. También el Renacimiento
incubó a un Savonarola indignado por el exceso de permisividad que roía los
lazos comunitarios de una Florencia entregada a la disipación, sorda a la
amenaza de las nuevas potencias que forjaban su hegemonía abriendo rutas de
comercio transcontinental e imponiendo modas tan exóticas como
irresistibles. Todo populismo postula un pasado mítico -el mito de la
edad dorada, de la tribu pura, de la comunidad originaria, del contrato social
edénico- y un futuro distópico en el que los bárbaros consumarán su deseo de
suplantarnos. Siempre ha sido así y siempre lo será, porque el miedo es una
emoción política cuya potencia solo es comparable a la que libera la esperanza.
De la esperanza emergen las revoluciones progresistas y del miedo se nutren las
reacciones conservadoras.
Hoy Occidente
vive en la cumbre histórica de su progreso, y por eso mismo le atenaza el miedo
a caer de allí. Los ojos se vuelven al Estado nación, al proteccionismo
aduanero, al folclore propio, incluso a la fe tradicional como mecanismo de
defensa instintiva, aunque esté escrito que ese repliegue resultaría
contraproducente y aceleraría la descomposición -frente a China, Rusia o África
será la unidad supranacional europea la que haga la fuerza y no la soberanía-
que se pretende combatir. Los ingenios de Silicon Valley han detonado una
revolución tecnológica equiparable a la que desató la invención de la imprenta:
hoy al Renacimiento lo llaman globalismo todos los que experimentan con
ansiedad resistencialista la competencia mundial y el sfumato de
sus contornos identitarios. Donde otro ve una oportunidad de liberación
y crecimiento a través de la mezcla y el comercio, el reaccionario advierte
amenaza, cuerna de vikingo anunciando desembarco.
Sin embargo,
el repliegue ante el globalismo, como las desgracias en las familias de
Tolstoi, cursa en cada país a su manera peculiar. No todos los países
han padecido una dictadura nacionalcatólica en el siglo XX ni una insurrección
separatista contra el conjunto del Estado a manos de una de sus partes
más favorecidas. El nacionalismo español de VOX bebe de los mitos cohesivos que
tiene más a mano, y esos vienen a coincidir básicamente con los que sistematizó
la retórica oficial del franquismo: desde la Reconquista a los últimos de
Filipinas pasando por Hernán Cortés. Por supuesto, el franquismo no inventó
aquellas hazañas ni dejaba de ser un heredero de la historiografía admirativa
-de Menéndez Pelayo en adelante-, pero dispuso de mucho tiempo para ahormar
dichos materiales a su cosmovisión triunfalista y excluyente. Y ese es el
problema: al disponer de 40 años para inocular su cosmovisión de la única
España posible, favoreció que años después, cuando la denominación de origen
perdiera su halo maldito, alguien retomara aquel legado para hacer política.
VOX también es eso: la euforia del complejo sacudido, el fin de la vergüenza
por ser tildado de facha, la revancha en fin contra la hegemonía cultural
tejida durante las últimas décadas por el omnímodo antifranquismo socialista,
más o menos sobrevenido y oportunista. El reciente cuestionamiento editorial de
la leyenda negra, una tarea historiográfica necesaria y científica, también es
aprovechado por los intelectuales del nacionalismo español para muscular el
discurso del nuevo partido, como si no fuera posible plantear una
reivindicación de nuestro pasado más heroico en clave liberal o izquierdista
-del fusilamiento de Torrijos al levantamiento popular del 2 de Mayo-, o como
si el rechazo de la leyenda negra debiera traducirse inevitablemente en el
abrazo pendular de la leyenda rosa.
FRANCO O NO
FRANCO
Aclaremos que
llamar franquista a VOX -un partido con creciente éxito entre mileniales- es
tan absurdo si se aspira a una definición comprensiva como negar todo vínculo
sentimental y teórico con el régimen del general Franco. A nadie se le oculta
que la cruzada antifranquista -exhumación incluida por decreto y sin acuerdo
con la familia- emprendida por Pedro Sánchez e Iván Redondo perseguía
justamente una polarización maniquea que deslegitimase a la oposición;
operación que el sectarismo y la chapuza empantanaron por el camino, pero que
logró cabrear a un sector nostálgico o provocador que, con el fenicio concurso
del sensacionalismo mediático, se ha hecho más facha de lo que era solo por
contrariar a Sánchez. Justo lo que Sánchez buscaba... hasta que perdió
Andalucía. Nunca el Valle de los Caídos registró tal caravana de curiosos;
nunca los medios dedicaron tantos minutos documentales a la momia dictatorial y
su obra. El antifranquismo en diferido ha terminado activando un
posmo-franquismo en directo. Solo un ciego o un taimado negarían cuanto de
nacionalcatolicismo recoge el ideario de VOX, por no hablar del postulado
antipolítico que figura en el manifiesto fundacional: "Un grupo reducido,
cooptado y oligárquico de dirigentes de partido maneja a su arbitrio el
Estado". Parece que esté hablando José Antonio Primo de Rivera antes de
declarar degenerada la democracia parlamentaria o Gonzalo Fernández de la Mora
antes de rendir el búnker del tardofranquismo.
¿Y cómo no
acordarse de los mantras esencialistas de los que se componía la asignatura de
Formación del Espíritu Nacional cuando Ortega Smith pastorea a las juventudes
de VOX por las calles en busca de mendigos a los que socorrer por Navidad?
Entiéndase bien: nadie puede oponerse a una obra de misericordia. Pero venderla
en redes bajo el axioma "Un joven patriota es un joven generoso"
constituye un ejercicio zafio de nacionalización de la moral, una
patrimonialización de la bondad simétrica a la que pretendió Podemos con la
dignidad de los de abajo frente a la corrupción de los de arriba. Es como si
los ideólogos de VOX coquetearan con la añoranza carlista de la alianza entre
el trono y el altar. Como si no demostraran generosidad los activistas de
izquierdas que dedican los fines de semana a acompañar a mujeres maltratadas o
a negros sin techo en Lavapiés. La virtud no pertenece en exclusiva a ningún
partido. Da un poco de vergüenza tenerlo que recordar.
Ahora bien, a
su votante no le mueve tanto la identificación con el programa joseantoniano de
unidad de destino en lo universal como el desafío abierto al estigma más
manoseado de nuestra opinión pública: el de fascista. La hiperinflación de este
término lo ha banalizado definitivamente, hasta el punto de convertirlo a veces
en distintivo de libertad de pensamiento y valentía opinativa. Claro que de la
valentía crítica al exhibicionismo irreverente no hay más que un paso; uno que
el caballo declarativo de Abascal cabalga a diario. Hoy VOX es el partido de la
incorrección política, la militancia más identificable en nuestra oferta
política contra la asfixia puritana que nació en Estados Unidos y colonizó
nuestra conversación pública y nuestros medios de comunicación y nuestros
campus universitarios hasta extender un clima irrespirable. Cada vez que una
feminista dogmática desdobla artificialmente el género gramatical no está
visibilizando a las mujeres, como ella cree: está visibilizando su obsesión por
tutelar a las mujeres, empezando por sus votos. Y fomenta por ello el exabrupto
en sentido contrario, cuando no entrega al machista de toda la vida la
coartada para alardear de su pulsión sin civilizar.
EL MALISMO
Cuando
Abascal proclama que VOX dice en público lo que los españoles se dicen en sus
Whatsapps está vendiendo el atractivo secular de las verdades del barquero, las
opiniones del cuñado, las certezas del tertuliano de puñetazo en el velador del
café. Había una buena razón para mantener muchas de ellas en privado: la misma
por la que los cuartos de baño no son transparentes. Exhibir la visceralidad
desacomplejada que reservábamos para los nuestros rebaja la exigencia de la
moral pública y legitima los discursos del odio en sociedades plurales. Claro
que la sinceridad es una virtud; claro que la corrección política instaura una
hipocresía opresiva; pero la solución para depurar el agua sucia del
barreño no obliga a arrojar al niño que se baña en él. El niño es la
convivencia, un bien siempre frágil, que requiere a menudo mentiras piadosas
para desarrollarse sin resentimientos antes de que pueda aprender la compleja
negociación de lo común y desaprender el tóxico narcisismo de la diferencia.
VOX hace de
la ofensa a los sentimientos de las minorías una bandera de libertad. Pero solo
es la bandera que alzan los críos, los privados de responsabilidad. Libertad
es una palabra demasiado importante como para confundirla con la falta de
educación. Por supuesto que la corrección política obliga a reprimir
la autenticidad -nada más auténtico que el odio que nos nace hacia el
diferente- y a conducirse con hipocresía por la vida pública. Pero el principio
en el que se basa la hipocresía social es civilizatorio: no es posible convivir
espetándole a todo el que se topa con nosotros lo que pensamos de él. Eso solo
lo hacen los borrachos y los niños, y si es cierto que ambos arquetipos
componen hoy victoriosos carteles electorales, ninguno de ellos será reelegido
tras su primer mandato si no ha ofrecido otra cosa que desahogos verbales. De
ahí que sea inevitable que sus huracanados portavoces modulen el discurso en
cuanto accedan a las instituciones, pues el gamberrismo resulta tan
gratificante en la oposición como suicida en el Gobierno. Es algo que
el adanismo populista de la otra orilla, Podemos, ha terminado asumiendo. De
clamar contra el euro y ofrecer la renta básica universal ha pasado a presumir
de recortar la deuda en Madrid y preocuparse por la cuota de autónomos.
Los
integrados defendemos de los apocalípticos el sistema porque un día fuimos
apocalípticos como ellos, gozosamente pirómanos, y
agradecemos al sistema habernos aguantado las tonterías sin que nadie resultara
herido. La adolescencia termina y el sistema funciona, y cambia a los líderes
carismáticos mucho más de lo que los líderes carismáticos logran cambiar el
sistema. Por fortuna. Lo previsible es que las moquetas de los parlamentos
amortigüen la rudeza de los cascos de los caballos: que obliguen a los
reaccionarios a desmontar y a sofocar sus llamaradas patrióticas en la bendita
tibieza del pacto presupuestario en comisión, en la transaccional largamente
negociada y en las infinitas horas de épica imposible a lomos de un escaño y no
de Rocinante. Si sus votantes se sienten defraudados cuando vean a los
diputados verdes coincidiendo en una moción con el voto del PNV, o tomando un
café con un portavoz de Podemos en el bar de la Carrera de San Jerónimo, tienen
dos opciones: o madurar de una vez y aceptar con buen humor la porción de
teatro que exhibían sus campeadores; o esperar ceñudos el nacimiento de la
enésima fuerza populista que jure que ellos sí que son puros y distintos, que
al enemigo oligárquico ni agua, que ellos vienen de verdad con la escoba y la
espada flamígera. Y todas esas chorradas propias de inadaptados, de ingenuos,
de cursis o de pícaros. O de todos a la vez.
La otra
opción, claro, es el fin del parlamentarismo y la tercera guerra mundial. Pero
ya la apetecen demasiados lunáticos de internet como para dar pábulo aquí a sus
espesas humedades.
VOX se
declina a sí mismo en positivo, por amor filial a España, pero en su estrategia
y programa pesan más las fobias que las filias. Como todo populismo
emplea una táctica agonista: para crecer necesita de la confrontación entre un
ellos maligno y un nosotros inmaculado. El cordón sanitario es el
mejor regalo que sus rivales podrían hacerle, pues acreditaría su aura
resistencialista frente a los partidos establecidos. Se trata por tanto de un
partido fóbico, diseñado para ofrecer la revancha contra los valores
dominantes. Sin la superioridad moral de la izquierda, tan estomagante,
habría sido imposible el revanchismo emancipador que predica VOX: una furiosa
contestación del buenismo que podríamos bautizar como malismo. Si la retórica
progre se empeña en visibilizar a los transexuales y en acoger a los refugiados
y en respetar la fluencia del género no binario, el malismo le pega una
diabólica patada a ese inasumible tablero de ángeles y llama a los
españoles normales a la revancha, donde por normales hemos de
entender a los nativos heterosexuales blancos. Vuelve el hombre al que le
gustan las mujeres, vuelve la mujer a la que le gustan los hombres, vuelve el
cristiano de la catacumba cultural en que había sido confinado, vuelve el
contribuyente blanco harto de las ayudas públicas que reciben pieles más
oscuras. Lo de menos es que los datos desmientan su delirio victimista. En
realidad, todos esos que vuelven nunca se fueron, pero la derecha
identitaria desde Trump ha soplado con puntería en las brasas de un orgullo
cultural herido para aventar la llama del revanchismo. Puede parecer ridículo
postular que esa gran identidad está amenazada y debe empoderarse por pura
necesidad de supervivencia, pero si el mensaje de VOX cala es porque la
protección a las minorías se percibe ciertamente como una hiperprotección. Y en
la era de la posverdad no importan los hechos sino la percepción de tu tribu,
convenientemente fabricada y estimulada por los filtros burbuja de las redes
sociales.
El viaje del
péndulo se ha completado: nada más políticamente correcto que definirse hoy
políticamente incorrecto. El deseo de no ofender sensibilidades vuelve a ser lo
que siempre fue: el privilegio de unos pocos bien educados.
ES LA
REPRESENTACIÓN, ESTÚPIDO
Ya era hora,
ahora me toca a mí, cantaba Bebe al principio de Aída. Esta es la
grosera sintonía de nuestro tiempo político: la ansiedad por el reconocimiento.
Solo que en el caso de VOX, no hablamos tanto de un reconocimiento
económico como mediático. Abascal no apunta adonde apuntó Trump, por
la sencilla razón de que ni nuestra estructura productiva ni nuestra usanza
política traducen una sociología comparable a la norteamericana. Aquí no
hay rednecks, y en todo caso también Pedro Sánchez exhibió la mano
dura de la devolución en caliente de los asaltantes de la valla de Ceuta tras
el error demagógico del Aquarius. Contra la inmigración ilegal está
también el PSOE; lo que ofrece VOX es endurecer una postura transversal con
retórica malista: una subida desalmada de decibelios que exculpa la fobia de
siempre al extranjero. Ahora bien, salvo en aquellos lugares donde la
convivencia con la inmigración -apenas un 9,8% en España, nada que ver con lo
que se advierte por las calles de Londres o París- se tensa por la falta de
trabajo, la mayoría de los votos de VOX provienen del PP y corresponden a
estratos de clase media o media-alta. Su agravio económico no es real -el
español blanco no es una víctima: sigue siendo un privilegiado- pero su
sentimiento de marginación sí lo es. ¿Cómo se explica?
Se explica
porque somos un animal social, pero también un animal simbólico. No
solo de pan vive el hombre: también de representaciones con las que identificarse.
Por sus símbolos ha hecho guerras, ha destruido pueblos enteros, se ha hecho
matar en empresas suicidas. Y lo cierto es que la posición socioeconómica del
español de derechas llevaba demasiados años sin encontrar un fiel reflejo en su
proyección mediática. La hegemonía de las clases medias carece en España de un
correlato hegemónico en los medios de masas desde la salida del poder de Aznar.
El votante conservador tiene la sensación de que, desde los atentados de
Atocha, una España posible se truncó y fue corregida abruptamente por otra que
abandera un programa de ingeniería social y constituyente. Cuando Rajoy relevó
a un Zapatero calcinado por la crisis, tornaron las esperanzas de reanudación
de la vía aznarista; pero solo para quedar decididamente sepultadas por la
abulia funcionarial y economicista del marianismo. De ahí también VOX. No
es la economía, estúpido: es la representación.
Que en
nuestro país el periodismo y la cultura hayan estado o sigan estando
mayoritariamente en manos izquierdistas se comprende fácilmente invocando la
inmediata razón histórica: el revanchismo cultural que sobrevino a la muerte de
Franco lo copó todo. Era comprensible tras décadas de psicosis censora,
puritanismos impuestos e hipocresías toleradas. Pareció firmarse un
pacto tácito durante el felipismo por el cual la economía sería de derechas a
cambio de que la cultura fuera de izquierdas. Y ese pacto, que ha
operado con eficacia durante años, ha saltado en mil pedazos por la doble
presión de la globalización económica y la digitalización política. La primera
incentiva la competencia desleal y la deslocalización empresarial, y con ellas
la precariedad del menos apto; la segunda elimina los intermediarios
tradicionales -los partidos- y favorece la atomización de la comunidad y la
emergencia de los demagogos. En ambos casos el Estado nación, que ha articulado
las relaciones humanas desde la paz de Westfalia en el siglo XVII, experimenta
una tensión centrífuga que cursa con ansiedad, ira y miedo en los teóricos
titulares de su soberanía.
Es entonces
cuando la nostalgia de un espacio-tiempo reconocible detona en las conciencias
y origina el repliegue nacionalista. La España esencial se convierte en una
agarradera existencial para el nativo que contempla su barrio infestado de
locales regentados por chinos, marroquíes o indios. Por eso el
nacionalpopulismo. Porque promete restaurar el vínculo del pueblo con su representante
genuino. El ser desplaza el hacer, la identidad suplanta la razón, que guiaba
el arte de lo posible entre adversarios. El conflicto se cronifica, el consenso
es detectado por las patrullas de la edad de la transparencia y señalado como
claudicación vergonzante, los parlamentos no aprueban presupuestos. Los
problemas estructurales persisten bajo la inercia tecnocrática mientras la
guerra cultural procura emociones líquidas y satisface identidades enfrentadas. Es
nuestro país, es nuestro periodismo. Es mi vida cotidiana.
¿Por qué
ahora VOX y ya no Podemos? Porque sucede que Marx exageraba. El
primer dogma de la religión política que fundó proclamaba que el ser social
determina la conciencia; es decir, que pensamos como pensamos porque vivimos
como vivimos: con unos determinados ingresos, en un determinado barrio, con un
determinado trabajo. Muchos muertos nos habríamos ahorrado si en vez de
escribir un verbo tan fanático como determinar, Marx hubiera elegido influir,
por ejemplo. Porque no cabe duda de que nuestra posición socioeconómica nos
condiciona, pero entregar el destino de un hombre a la dictadura de su
bolsillo entraña una negación de la libertad y una rendición al
determinismo, lo que equivale a ponerse en manos de los científicos sociales. Que
son esos tipos que siempre acaban diseñando un campo de concentración para dar
consistencia a sus teorías. Tan verdadero es que con el estómago vacío casi
nadie piensa en los estómagos vacíos de los demás como que uno es capaz de
tenerlo lleno y dedicar el sobrante a la filantropía progresista; o que de una
misma familia salgan tres hijos de derechas, uno de centro y dos de izquierdas.
Entre los
votantes de VOX habrá ricos insolidarios con el Estado de bienestar que aspiran
a pagar menos impuestos, y estos son los que sí sustentan el dogma marxista
sobre el ser social y la conciencia; pero también hay católicos de clase media
que exigen leyes conformes a su escala de valores; y también hay clases
populares que recelan del inmigrante como la clase obrera detestaba al lumpen,
enemigo de la revolución por su incapacidad para el compromiso. Pero todas
estas categorías estaban incluidas ya entre los votantes del PP. En una
sociedad poscapitalista donde los autónomos sustituyen a los asalariados, la
motivación de clase para explicar el voto populista palidece frente al deseo
ciego de castigar a un establishment con el que no se
identifican. El bolsillo mueve cada vez menos voto y la rabia punitiva
cada vez más, lo que constata el declive de la burguesía demoliberal y su
sensata previsibilidad. Con el partido desacomplejado de Abascal -es decir,
emancipado de responsabilidades civilizatorias-, el votante encuentra una
identidad radicalizada de sí mismo que le evita el engorro moderador de la
buena vecindad y la cortesía.
VOX por tanto
nace de un agravio como toda fuerza política: se alimenta de la percepción de
una desigualdad indignante. Pero siendo de derechas no podía nacer de una
desigualdad material, sino de una desigualdad espiritual: estamos ante un
antimarxismo. No promete primeramente pan sino valores, y unos valores que
refutan los valores dominantes: esa arrogante superioridad moral de la
izquierda que lleva años ignorándolos, tildándolos de parias culturales, de
deplorables en sentido clintoniano, de caspa irremediable. Son una legión
famélica, pero fundamentalmente tienen hambre de reconocimiento. Su
marxismo invertido copia las estrategias revolucionarias de Gramsci para
construir una hegemonía no nacida de la usurpación de los medios de producción
sino de la usurpación de los medios de representación. Por eso los votantes de
VOX no solo castigan sino que premian el lenguaje agresivo de su líder en las
redes sociales. Abascal tan solo les está dando lo que piden a gritos:
venganza cultural. Ya está bien de identidades y minorías: ahora nos
toca a nosotros. Los de siempre. Los buenos. Esta es la razón medular del voto
VOX: una cólera restauradora. Voto lo que me garantiza que más cabrea a los que
me han cabreado.
Y luego está
la nación, claro. Porque Marx se equivocaba: los obreros sí tienen patria, y
cuelgan banderas de sus viviendas dormitorio. Y los burgueses también. La
sociedad sin clases es tan utópica como la tecnocracia sin banderas. La gente
ama a su país y se enfada cuando lo agreden. Punto.
ESPAÑA VERSUS
CONSTITUCIÓN
El talante
conservador, advirtámoslo, no tiene por qué ser esencialista. De Burke a
Disraeli, de Cánovas del Castillo a Manuel Fraga, una rica veta de
conservadurismo constitucionalista, pragmático, ha desconfiado siempre de la
utilidad de las verdades eternas para hacer política y entendido la necesidad
del acuerdo con el otro para impulsar el desarrollo y preservar el bien mayor
de la convivencia. La actual ola populista rompe con esa tradición, y en el
caso de VOX postula de nuevo la preexistencia mítica, iliberal, casi
mosaica de la nación española para menospreciar las concesiones de las que está
tejida la Constitución. El Estado, como artefacto racional para la
distribución equitativa de derechos y deberes, le suscita al discurso
nacionalpopulista tanto desprecio como amor le inspira la nación, sin reparar
en que toda nación es un constructo tan artificial -tan humano- como el Estado,
solo avalada cuando resiste unida el baqueteo de la historia. VOX denuesta el
espíritu pactista del 78 por las traiciones que entonces ofreció el franquismo
aperturista, del mismo modo que Podemos desacredita la Transición por las
traiciones que Carrillo personificó; de ambas traiciones nació el periodo más próspero
y pacífico de la historia de España, pero para un esencialista una traición es
una traición, y los principios hay que regarlos con la sangre de patriotas si
es preciso.
Es verdad que
la traición que hoy más nos daña es la de los nacionalistas, cuya deslealtad no
ha conocido principio -fueron traidores desde el origen- y ha finalizado en
golpe a la Constitución. Pero hay soluciones a esa deriva que no
requieren la destrucción del Estado autonómico y su sustitución por otro
centralista, ajeno a nuestra historia y diversidad realmente
existente. Como ha argumentado con lucidez Miguel Ángel Quintanilla, "las
tensiones territoriales en España no existen porque haya autonomías. Hay
autonomías porque había tensiones territoriales que tienen que ver con quienes
vivimos en España y con lo que ha pasado aquí desde hace siglos". El
centralismo franquista solo se sostiene sobre la dominación dictatorial. Una
visión semejante de España, por lo demás, instaura una guerra de esencialismos
con la república catalana de la fantasía procesista que anula el argumento
inclusivo de la España constitucional y pone a pelear dos xenofobias en pie de
igualdad. Si combatimos el supremacismo catalán no es en virtud de otro
supremacismo castellano ni en nombre de las carabelas de Colón o la cota de
malla del Cid, sino en virtud de la superioridad moral -esta vez sí- del
proyecto agregador que inspira el 78 frente al plan segregacionista que lanza
la Generalitat contra la mitad de sus gobernados y el resto de
españoles. Porque la Generalitat tampoco preexiste a la Transición, ni procede
de la sangre ininterrumpida de Wilfredo el Velloso, sino que su legitimidad
procede jurídicamente de la Constitución, que la establece de nueva planta en
1978, aunque conceda nominal y simbólicamente al nacionalista catalán la
ilusión de un entronque lineal con el Medievo para saciar su sed historicista
de autolegitimación.
Por lo demás,
cuando Santiago Abascal abjura del europeísmo más elemental para cargar contra
Manuel Valls por francés, está escamoteando a sus enardecidos seguidores
las alianzas internacionales de VOX, así como la dependencia
ideológica que el mismo Abascal manifiesta respecto de Marine Le Pen: Marine es
tan francesa como Valls, pero no puede exhibir la españolísima cuna barcelonesa
de Manuel. VOX se dice de pura raza española, pero pertenece de pleno derecho a
la internacional nacionalpopulista de los Le Pen, Orbán, Wilders, Alternativa
por Alemania y compañía, bajo la benevolente mirada de Steve Bannon y Vladimir
Putin.
Para quien
experimenta la pertenencia a España con un vívido orgullo ancestral, la
invocación a la Constitución ciertamente le sabe a poco. Algo
así le pasaba a Agustín de Foxá, que no perdonaba a los comunistas el haberse
tenido que hacer falangista, pero que reconocía que eso de morir por la
democracia le sonaba a sacrificarse por el sistema métrico decimal. Las
democracias liberales ya murieron una vez hace un siglo por su inanidad
discursiva, por su delgadez simbólica y por su terca fidelidad al tedioso
procedimiento frente al fuego declamatorio y la promesa decisionista de sus
competidores autoritarios. No me encuentro entre los jeremiacos que piensan que
en este siglo las veremos morir de nuevo de la misma manera, pero estaría ciego
si no advirtiera la misma amenaza de siempre sobre el único sistema en que los
culpables de lo que les pasa son los propios ciudadanos mayores de edad, según
la definición de democracia liberal que le gusta citar a Fernando Savater.
El
liberalismo político que ha labrado la paz y la prosperidad más hondas y
duraderas de la historia de Europa vuelve a estar en cuestión, como ya previó
Raymond Aron, porque carece del encanto de sus enemigos nacionalistas o
comunistas. Estos promueven una soteriología, una política de
salvación más que de gestión, porque cuando la gente se ve desahuciada no llama
al médico sino al cura. La democracia es frágil porque no es más -ni menos- que
un conjunto de normas para reglamentar el conflicto: un sistema de competencia
pacífica que se define por la aceptación del adversario. Decía Pessoa que el
liberalismo es tolerancia en acción, pero la tolerancia se convierte en lujo
cuando nos sentimos amenazados y resuena en nuestro interior la llamada
desesperada de la tribu. Hay que saberse fuerte para admitir las razones del
otro y conceder que uno puede estar equivocado, pero estos son tiempos de
niños-votantes acojonados por la globalización y de oportunistas que ocultan
sus complejos bajo la máscara de una virilidad sobreactuada. El temor engendra
anhelo de autoridad. Cuando el pueblo tiene miedo, al tirano le llega
su ocasión.
Ocurre que
quienes apreciamos la libertad por encima de cualquier otra consideración -por
encima del miedo a la soledad o la pérdida del sentido de pertenencia a los
tuyos, sean quienes sean- no juzgamos esa debilidad demoliberal como
una mala noticia, sino como el único ecosistema de tolerancia en que sabemos
que seremos más felices que en cualquiera de sus alternativas: desde
la ingeniería de identidades de la izquierda reaccionaria hasta la imposición
del modelo unívoco del patriota español. Hay quien se emociona con el mitin
altisonante del líder que profiere ataques al adversario y promete una España
que no la conozca ni la madre que la parió; pero uno, que sabe que en todo
revolucionario -también en el de derechas- se agazapa un déspota, se emociona
cuando cubre una aburrida sesión en el Congreso y descubre a dos portavoces de
dos grupos -de esos que la engañada opinión pública juzga irreconciliables-
pactando en un pasillo una medida beneficiosa para todos los españoles. Porque
yo no creo en machos alfa ni en líderes carismáticos ni en ventriloquias
mágicas con el pueblo ni en soluciones susceptibles de retuiteos masivos, sino
en negociaciones grises, aburridas, burocráticas y leales entre adultos que no
pueden permitirse el lujo de bloquear las leyes que esperan sus empleadores,
los ciudadanos. Esa es la España del 78, generosa incluso con
quienes quieren destruirla, y hasta la fecha superviviente de todos los orates
o codiciosos que ladran extramuros del sistema por su pedazo de pastel y se
vuelven mansos una vez lo saborean en su rincón del hemiciclo. Así funcionan y
para eso se inventaron las instituciones: para que sigan siendo de todos
después de resistir el paso de los salvapatrias en trance de apropiación
indebida.
LA PINZA
ROJIFACHA
Ya hemos
dicho más arriba qué cabe esperar de VOX: seguramente una institucionalización
de lo más instructiva que cumpla con la función básica de la representación
democrática: llevar a la palestra legislativa los intereses de sus votantes.
Cuánto altere eso la correlación de fuerzas es lo de menos, aunque de momento
ya estamos viendo al PP de Pablo Casado voxizarse para tapar
la fuga del mismo modo que Sánchez se podemizó para lo mismo.
Que sendas derivas hacia los extremos del bipartidismo convencional terminen
mermando a PP y PSOE y dejen descubierto el centro para que lo cope Ciudadanos
es otra reacción natural del hábitat multipartidista. Veremos caer los
cordones sanitarios que se trazan de veras o de mentira, como un arma
de destrucción ajena o en defensa del victimismo propio. Veremos pactos como
los que ya ha visto Europa. Veremos la resucitada importancia del programa tras
el galope ensordecedor de las campañas. Y veremos el entrañable, formativo
efecto bumerán de la hemeroteca golpeando en la boca a los bocazas de hoy.
Hay, claro,
otra posibilidad menos edificante. La de la reencarnación de nuestros
fantasmas en un nuevo guerracivilismo, con el centro reducido a tierra quemada
por el incendio retórico del rojifacha, animal maldito y maldecidor. El rojifacha
es una criatura mitológica que se resiste a extinguirse de la España cañí:
miente de continuo, piensa a corto plazo y viene equipado desde el siglo XIX
con un calcificado seso binario que tolera al rojo o al facha pero nunca al
centrista, al moderado, al liberal. El caín español no solo odia al abel
español: odia también la disonancia cognitiva que le propone el centro, que
toma de la izquierda y de la derecha lo que le conviene porque cree que las
ideas deben servir al hombre y no el hombre a las ideas. Odia que le
reconvengan por odiar. Detesta que le recuerden que existen alternativas
limpias de rencor. Detesta al casco azul obsesionado con el consenso que le
priva de la sagrada orgía de la guerra. Lo que el rojifacha llama coraje u
honor es una indigesta papilla de Calderón y Zorrilla donde se mezclan la
paranoia de la limpieza de sangre y el culto a la autenticidad del
romanticismo, "que encuentra virtuoso el fanatismo siempre que se
practique sinceramente", según John Gray. Cualquier intento de mediar en
el conflicto schmittiano esencial entre enemigos irreconciliables se toma por
cobardía o soborno, pues solo el compromiso enfervorecido permite al español
realizarse plenamente.
Esta bazofia
pueril y antipolítica que ya desmontó Maquiavelo resucita hoy en los pechos de
los incautos partidarios del nacionalpopulismo. Y explica desde luego el
odio sincero que VOX profesa a Ciudadanos, una hostilidad que solo puede
sorprender a quien se hubiera creído que el liberalismo progresista y el
conservadurismo reaccionario pueden ser aliados naturales. En España han
convivido bajo el heterogéneo paraguas del PP por razones tácticas: no había
otra manera de batallar electoralmente contra el pacto del socialismo con el
nacionalismo. Pero si el común amor a España no bastó para amistar a Unamuno
con Millán-Astray, tampoco va a hacerlo ahora con sus herederos más o menos
fidedignos.
El liberal no
necesita proclamar su orgullo de ser español, pues uno no se enorgullece de lo
que no ha conquistado con su esfuerzo: le basta afirmar su gratitud por serlo.
El liberal sabe que la unidad de España es importante porque garantiza la
igualdad y la libertad de sus conciudadanos, y sabe que pagar con sus impuestos
la sanidad de otros españoles proclama un patriotismo más elocuente que la
exhibición de rojigualdas. El liberal lucha contra el separatismo sin
caer en otro nacionalismo, porque sabe que la nación solo importa si sirve al
individuo, mientras que el nacionalista cree que es el individuo el que ha de
servir a la nación. El liberal, en suma, ama a su patria con el
cerebro y su trabajo, no tanto con el corazón y su poesía.
EL MARSUPIAL
TECNOLÓGICO
¿Qué pasará
si VOX apuesta por sostener su registro montaraz para perseguir el triunfo del
resentimiento social? No mucho: seguramente que se repetirán elecciones sine
die o que volverán a decidir los nacionalistas. Todo dependerá, como
siempre, de los votantes. El populista cacarea que los políticos
secuestran la voluntad popular, cuando en realidad la democracia mediática ha invertido
esa relación: es el político -por lo general bastante menos dogmático que
el ciudadano de a pie- el que vive fiscalizado por el ojo omnímodo de su
votante, que le impide pactar con ese o fotografiarse con aquel. Todo puede
estropearse si los españoles se abandonan a este estadio entre religioso y
nihilista de la política posmoderna -que no por nada coincide con la edad de
oro de la adicción a la ficción televisiva- y prescinden de los hechos y las
noticias por el placer de echar las ramitas de su credulidad a la hoguera
populista y sentarse a ver cómo arde Roma. Eso es desde luego más entretenido
que hacerse responsables de su destino.
No abunda ese
ciudadano kantiano -si alguna vez abundó- que prefiere admitir sus culpas
intransferibles con tal de no ceder su libertad a instancias ajenas, sean los
inmigrantes, los mercados, Bruselas o el globalismo. La lógica del reality ha
invadido la política, como advirtieron Zygmunt Bauman y Gustavo Bueno: rige
esa pulsión punitiva que lleva a expulsar de la casa al candidato más aburrido,
más sensato, mientras que el pintoresco canalla es premiado con el favor de la
audiencia. La telerrealidad y el teléfono inteligente han reeducado al
votante posmoderno, vaciándolo de capacidad para el razonamiento sutil, empachándolo
de yuxtaposición audiovisual, troquelando remesas de supersticiosos digitales
que exigen de la democracia parlamentaria las soluciones taumatúrgicas que solo
procuran la tecnología o la fe. Recordemos ese inquietante capítulo de la
serie Black Mirror, emitido proféticamente en 2013, en el que la
retórica del odio de Waldo, un oso azul virtual manejado por un actor satírico,
acaba deslegitimando a los políticos convencionales y obteniendo un resultado
espectacular en unas elecciones.
Entre los
agentes emocionales que infectan nuestra democracia sentimental, el profesor
Manuel Arias Maldonado destaca especialmente el resentimiento. Su
triunfo en las sociedades primermundistas, donde pese a todos los problemas
nunca se ha vivido tan bien como hoy se vive, no se explica tanto por
condiciones objetivas de miseria como por la transparencia digital de sus
desigualdades. La envidia, más que nunca, es el motor político de la era
Instagram: no porque los descamisados envidien a los millonarios, sino porque
dos vecinos de la misma urbanización pugnan por imponer al otro la versión más
inalcanzable de sí mismos. Si la burbuja cognitiva que diseña el algoritmo
borra lo ajeno y acentúa lo propio, la sociedad panóptica que permiten las
redes estimula la competitividad y socava la igualdad democrática: a partir de
un cierto estatus nadie quiere ser igual que el otro, sino aún mejor. Está
demostrado que cuando el sapiens sapiens encuentra una
solución, lejos de quedar satisfecho amplía el perímetro del problema. En ese inconformismo
reside su éxito adaptativo, y también por cierto el secreto del negocio de las
malas noticias. Vivimos en urbes tecnificadas, bombardeados por publicidad -de
servicios empresariales como de perfiles humanos- que insisten en que merecemos
siempre más y que embotan nuestra imaginación para hurtarnos la retroactividad
del progreso: no concebimos que podamos estar peor por culpa del
presidente elegido con nuestro furioso voto de castigo. Pero la
historia demuestra que podemos retroceder a la peor barbarie. Que se lo
pregunten a un sofisticado judío vienés de 1933.
¿Nos deparará
el futuro sociedades más abiertas o más cerradas? ¿Es la ola nacionalista un
sarampión necesario que anuncia el estirón de una nueva madurez -el último
coletazo de un mundo que agoniza-, o la identidad y el proteccionismo
redefinirán el tablero geopolítico? ¿Remitirá la ansiedad con el paciente
tratamiento institucional o somos una especie que necesita escarmentar en
cabeza propia pese a tanto documental sobre el siglo XX? De momento el siglo
XXI nos está trayendo los saltos -y sobresaltos- de la política
marsupial, que ofrece al desarraigado votante el retorno a la calidez de su
bolsa de valores nutricios: nación, familia, religión, raza, identidad. No
todas las especies cabemos en esa bolsa, pero a la camada de los indistintos no
le importa que los distintos se queden fuera. Fuera ellos, dentro nosotros. El
universo entero deja de existir cuando nuestro yo es acariciado. El mundo es
frío y no nos quiere. Bien lo sabía Nabokov: "¡Qué pequeño es el cosmos
(cabría en el marsupio de un canguro), qué mezquino e insignificante en
comparación con la conciencia humana, con un solo recuerdo individual y su
expresión en palabras!" O en votos.
