En su primer discurso como
presidente, el flamante mandatario se comprometió, entre otras cosas, a luchar
contra el hambre y a hacer suyas las reivindicaciones del movimiento de
mujeres. Habló de consensos y de concertación.
Por Luis Bruschtein
Prioridades: la lucha contra el
hambre; hay que terminar con el law fare y la manipulación de los jueces; hay
que pensar un nuevo paradigma de seguridad, fin de los fondos reservados e
intervención a la AFI; medicamentos gratis para los jubilados que menos tienen;
queremos pagar la deuda, pero ahora es impagable; Malvinas en el centro de
políticas internacionales, respeto y profundización de las políticas de
derechos humanos, defensa del medio ambiente, terminar con las fake news y con
el periodismo pago, distribución razonable de la pauta oficial, hay que acabar
con la grieta a instalar otro paradigma para hacer política, “voy a hacer mías
las reivindicaciones del movimiento de mujeres”.
Parecía un disco de Mauricio Macri
pasado al revés, satánico, diría el pastor macrista. Fue lo opuesto al discurso
que despreció los derechos humanos, la causa Malvinas, amigable con
prestamistas y que reclamaba sacrificios al pueblo. Alberto Fernández
dijo en otra pasaje que no iba a respaldar el gatillo fácil y que que no iba a
permitir que se mate a nadie por la espalda. Cada palabra dejó en evidencia que
el macrismo atrasó cien años los pasitos civilizatorios de una sociedad como la
argentina, marcada por décadas de golpes militares, proscripciones y
dictaduras.
Pintó un cuadro devastador de la
situación que deja Macri en todos los aspectos, sobre todo en lo económico,
pero habló en todo momento de concertación y consensos, de integración de
Consejos y equipos de trabajo plurales.
Es su primer discurso como
presidente, genera expectativas, pero él mismo planteó la difícil situación que
afronta. Y que esa gravedad determina la importancia de los consensos, en los
que cada quien tiene que ceder una parte, sobre todo los que más tienen en
favor de los que menos tienen. Repitió lo que prometió en campaña. Ya se sabe
que no es el discurso que más le gusta a los grandes empresarios y a acreedores
y banqueros. Pero, valga la paradoja, si salva a los pobres, también los salva
a ellos.
La organización no fue del todo
eficiente. Más allá de la plaza de los Dos Congresos había pantallas y torres
de sonido, pero no funcionaron durante la ceremonia de asunción. Algunos
pudieron captarla con sus celulares, pese a que la gran cantidad de telefonitos
hacía que la señal se perdiera.
O sea, fuera fueron pocos los que
escucharon el discurso o vieron a Alberto y Cristina asumir sus nuevas
funciones de presidente y vice. Solamente se escuchaban las exclamaciones de la
multitud que estaba en las zonas más cercanas.
Desde Congreso hasta la Rosada no
cabía un alfiler. La canícula era insufrible y los vendedores de cualquier
líquido frío hicieron su agosto. El peronismo es pueblo, desde capas medias,
algunos que llegaron desde el interior, hasta columnas de trabajadores
agremiados y sectores muy humildes, los más castigados por el macrismo. Muchas
familias, muchos jóvenes. La derecha y el progresismo gorila se deben una
reflexión más seria sobre este fenómeno que se sostiene en el tiempo. Tendrán
que dejar a un lado la mirada despreciativa y racista si no quieren que siga
siendo para ellos un enigma.
Esa heterogeneidad, que contrasta con
la movilización del sábado de los macristas, es el resultado de políticas
abarcadoras. La homogeneidad de los apoyos es el resultado de políticas
sectarias.
Aunque la mayoría no escuchó el
discurso, a pesar del sofocón y los apretujamientos, había una necesidad de
festejar, de hacer chistes a los gritos o bailar con los cantitos de las
columnas. Había alegría y alivio extendido, como si dijeran que otra vez
gobernará alguien que se les parece, un profesor universitario y no un gran
empresario como Macri que se dedicó a hacer negocios en su provecho.
Tomado de Página 12 - ARGENTINA
