Por _Rafael Luciani_*
En esta época no son pocos los que
llevan una vida sobrecargada de insatisfacción, amargura y avaricia. No nos
damos cuenta de cuánto nos hemos deshumanizado. La Navidad parece haber perdido
su sentido festivo. Sin embargo, el verdadero nacimiento de Jesús acontece en
medio de condiciones de deterioro sociopolítico, económico y religioso,
similares a las nuestras. Por ello, entender el sentido de los relatos de la
Natividad es motivo para recobrar la esperanza en medio de la tragedia actual
que vivimos.
Jesús nace entre el año 6 y 4 a.C.,
entre marzo y abril, justo antes de la muerte de Herodes El Grande. El
emperador era Augusto, sucedido luego por Tiberio. El prefecto en el año 15
d.C. era Valerio Grato, quien nombra a Caifás como sumo sacerdote en el año 18
d.C. Caifás hará una alianza con Pilato, el nuevo prefecto a partir del año 26
d.C. Luego de la muerte de Herodes, en el 4 a.C., la región entró en un proceso
de inestabilidad sociopolítica y empobrecimiento económico, agravado por una
crisis religiosa. Se cuestionaba la presencia romana que deificaba al César
oprimiendo a los que se le oponían. El mismo Juan el Bautista describirá la
situación de corrupción, extorsión y falsa religiosidad (Lc 3,10-15).
Para la cultura mediterránea, la paz
era lo que César Augusto había logrado: él había unificado al Imperio trayendo
«la paz al mundo», pero lográndola por medio de la violencia, la dominación de
los pueblos, el saqueo de los bienes y la esclavitud. Era una paz que favorecía
la abundancia de pocos y la escasez de bienes para muchos, haciendo uso de la
moneda romana para generar mecanismos cambiarios que producían inmensos
beneficios económicos a las elites. Todo bajo una estricta censura política
respecto de cualquier disidencia.
Las comunidades de Mateo y Lucas
discernían esta realidad tratando de entender la «Buena noticia» que Jesús les
había comunicado. Estaban convencidos que sí era posible construir un mundo más
humano (Mt 5,9-10). Sin embargo, luego del año 70 d.C., tras la destrucción de
Jerusalén, la desesperanza parecía ganar terrenos. Se hablaba de una paz que
aún no llegaba. Seguían surgiendo nuevos movimientos violentos y la vida
cotidiana se hacía cada vez más dura de sobrellevar.
En ese contexto, las comunidades
judeocristianas renuevan su fe en Jesús como el único Mesías no violento ni
revolucionario político, y se distancian de toda ideologización política y
deificación de personas. Asumen la tarea de redactar los relatos de la
Natividad para recordarnos que Jesús no ofreció nunca la paz del «pan y circo»,
sino una que nos hace libres y fraterniza, pero solo si cada uno lo quiere y
asume sin temor (2 Tim 1,7) para hacerla realidad. Esto implica denunciar y
rechazar todo aquello que deteriora nuestro bienestar humano y nos convierte en
objetos y súbditos, antes que en sujetos libres.
Jesús había vivido situaciones
similares. Había nacido en la pobreza, carente de símbolos de poder o estatus,
y en medio de tantas penurias materiales. La gloria que se anunció esa noche
fue la de un Dios que tomaba posición en esta historia, y no era a favor de los
poderosos.
Este símbolo poderoso, el de la
fragilidad de un niño, contrastará con el poder de César Augusto, a quien se le
llamaba «el salvador del mundo». El niño mostrará que la paz sólo se logra
entre personas de «buena voluntad», los capaces de alejarse de las ideologías
que sacralizan a la política y sacrifican a los seres humanos con hambre y
penurias. ¿Creemos nosotros en la paz que controla y ofrece dádivas? ¿la del
pan y circo? ¿o en aquella por la que Jesús vive y muere?
*@rafluciani*