- Su edad, su género y su síndrome
de Asperger se suman a su incómodo mensaje: que tanto nuestro modo de vida
como el sistema deben cambiar si queremos frenar las emisiones que
amenazan el medioambiente.
En el
estrado, una niña. Frente a ella, representantes de todos los
países del mundo, periodistas, políticos y empresarios.
Comienza a
hablar: “[Vengo] a deciros que los adultos debéis cambiar vuestros modos. No
tengo una agenda oculta. Estoy luchando por mi futuro. […] Todo esto está
pasando delante de vuestros ojos y aun así actuamos como si tuviéramos todo el
tiempo que quisiéramos. […] Los adultos decís que nos queréis, pero os reto,
por favor, a que vuestras acciones reflejen vuestras palabras. Gracias”.
Si ha
imaginado a Greta Thunberg pronunciando estas palabras en algún congreso sobre
el clima, se equivoca. Este duro discurso fue pronunciado por la
activista Severn Cullis-Suzuki, de entonces doce años, durante
la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro (Brasil) de 1992. La joven
canadiense, sin embargo, no sufrió las críticas que hoy recibe su homóloga
sueca. Si no ha oído hablar de su intervención es porque, como mucho, fue
ignorada.
Cierto es que
Cullis-Suzuki, al contrario que Greta, vivía en un mundo sin internet. Aun así
cabe preguntarse por qué la sueca cosecha, a sus 16 años, ataques feroces que
superan a los recibidos por Al Gore hace más de un decenio. En el
caso de Thunberg, muchas de las críticas van más allá de su
discurso, llegan al terreno personal e incluso hacen diana en su
condición de asperger. “La mascota internacional del alarmismo climático”,
“mentalmente inestable”, “niña petulante” y “mesías profundamente perturbada”
son solo algunos ejemplos.
Los
principales sospechosos de tanta tirria son los negacionistas, que
rechazan que el cambio climático tenga lugar o que sea debido a la acción del
ser humano. Se trata de una postura con poco apoyo entre los
españoles –que están entre los ciudadanos más preocupados por este tema–,
pero con bastantes adeptos en países como EE UU, Reino Unido y Noruega.
El perfil del
negacionista: hombre y conservador
“Desquicia a
los negacionistas, sobre todo hombres de EE UU, porque sus tácticas no
funcionan con ella, que pasa de lo que dicen los demás”, explica a SINC el
divulgador ambiental Andreu Escrivà.
No son pocos
los estudios y encuestas que han intentado trazar un “perfil del
negacionista climático”, que tiende a ser hombre y conservador. Esto ha
llevado a algunos investigadores a analizar la posible relación entre
negacionismo y misoginia. El sociólogo de la Universidad Chalmers
(Suecia) Martin Hultman es uno de ellos.
“Hay tres
grupos de negacionistas climáticos: CEO
de industrias extractivas, políticos financiados por ellas
y hombres conservadores”, resume Hultman a SINC. “Cuando una mujer
presenta resultados que implican que estos individuos, negocios, ideologías y
estructuras necesitan cambiar, no es de extrañar que intenten matar al
mensajero”.
Hultman se
refiere a un tipo de mentalidad que “no ve la naturaleza como algo vulnerable
que puede ser destruido” sino como algo a explotar porque “el crecimiento
económico es más importante que la supervivencia de la humanidad”.
Las encuestas
muestran, explica Hultman, que esta forma de pensar es más frecuente en hombres
conservadores, que aceptan los argumentos negacionistas con mayor frecuencia.
De hecho, un estudio de 2016 señaló que un motivo por el que ellos
son menos respetuosos con el medioambiente es porque perciben su defensa como
una actitud femenina.
“Muchos ven a
Greta como una evangelizadora que te dice cómo tienes que
vivir tú, un señor de 40 años de un país desarrollado, y no habla de China o
India, que tienen un crecimiento brutal en emisiones de CO2”,
comenta Escrivà, que reflexiona: “¿De verdad pensamos que una niña tiene que
dar todos los discursos para todas las cuestiones? Ya hace bastante con dar un
toque de atención a los que vivimos en una sociedad occidental”.
Adultos vs. niños
Negacionistas
y misóginos aparte, Escrivà considera que los 16 años de Greta suponen un choque
generacional que puede ser contraproducente para transmitir su
mensaje.
“Me parece
positivo revindicar el futuro, pero se les dice a los mayores que son
culpables, cuando hay mucha gente que no lo es, y eso te galvaniza contra el
mensaje. Una cosa es que dé lecciones a un rapero que va en avión privado y
otra, que le diga qué hacer a gente cuya vida ya es difícil”.
La
psicoterapeuta de la Universidad de Bath (Reino Unido) Caroline
Hickman ha analizado por qué algunos adultos parecen rechazar
a la juventud activista. “Muchos proyectan sus propios miedos y ansiedades
en ella, y la rechazan de manera insconsciente como una forma de librarse de
ellos”, dice.
Considera que
es un ejemplo de niños que se comportan como adultos y adultos que lo hacen
como niños: “Estos ataques son rabietas infantiles de adultos que no
tienen la madurez psicológica necesaria para contener sus respuestas
emocionales. En cuanto a los que insultan a Greta, considera que “hacen bullying para
intentar recuperar un poder que sienten que han perdido”.
En defensa de
la neurodiversidad
“Parece una
niña muy feliz”, se burló el presidente de los EE UU Donald Trump a
través de Twitter tras el discurso de Greta en la ONU. El político hacía caso
omiso al hecho de que la joven activista se expresa de forma normal para una
persona con síndrome de Asperger, quien respondió añadiendo dicha
descripción a su perfil.
El neurobiólogo
de la Universidad de Salamanca especializado en autismo José Ramón
Alonso considera que uno de los motivos del rechazo a Greta puede ser
nuestra falta de costumbre a ver pacientes con trastorno del espectro autista
(TEA) en la esfera pública.
“Son personas
que tienen problemas para transmitir emociones con el lenguaje corporal y el
tono de voz, y les cuesta mucho adaptarse a situaciones distintas”, explica
Alonso. “No estamos acostumbrados a que alguien tenga expresiones poco
ajustadas a una situación, y es injusto que se lo pidamos a ella”.
El
investigador considera que su popularidad puede ser positiva para visibilizar
no solo la crisis climática, sino también “la aportación que pueden hacer a
nuestro mundo las personas con TEA”. Esto siempre y cuando vaya
acompañada de una “educación”. “Si no, volveremos a
la discriminación y los prejuicios, y a decirle a las familias
que sus hijos están mal educados”.
¿Puede ser el
síndrome de Asperger, tal y como Greta afirma, un “superpoder” en la lucha
contra el cambio climático? “Es verdad que [las personas asperger] se centran
en un tema que para ellos es de importancia suma y a veces no saben
transmitirlo o sacarle partido. Su atención a los detalles es clave, aunque
luego tengan mayores dificultades en la interacción social”.
A esto añade
el hecho de que los demás adolescentes suelen estar “muy pendientes de
las jerarquías”. “[Los asperger] eso lo entienden menos y dicen las cosas
con una crudeza y sinceridad que en muchos casos es un valor positivo”.
En este
sentido, parte de las críticas a Greta recaen en sus padres por
permitir que una adolescente con síndrome de Asperger se convierta en
activista. “Conozco a una madre que decía que su hijo iba a ser un ‘autista
moderno’”, dice Alonso, “en vez de recortar sus posibilidades”.
Por todo ello
defiende que debemos ser mejores con ellos y darles su espacio. “Hay personas
diferentes y la solución no puede ser la talla única. Es responsabilidad
nuestra hacerles un sitio, valorarlos y entenderlos.”.
Una verdad
incómoda
Por muchos
factores que puedan contribuir al rechazo de Greta, solo sirven de excusa para
repudiar su mensaje. Este aboga por cambios en nuestro modo de vida y en el
propio sistema y, encima, con emergencia.
“Dice que hay
que ponerse las pilas y que cada uno debe hacer lo que pueda para frenar esto.
Eso a mucha gente no le gusta porque nadie quiere cambiar sus hábitos”, explica
el catedrático de Física Aplicada en la Universidad de Alcalá Antonio Ruiz
de Elvira Serra.
“Cuando
confrontas a la gente con decisiones reales que tiene al alcance de su mano
para luchar contra el cambio climático, la incomodas muchísimo”,
dice Escrivà.
“Me
impactó cuando Greta fue a The Daily Show, dijo una parrafada
muy bien dicha y el público empezó a aplaudir”, recuerda. “Pensé que si fueran
capaces de traducir sus palabras a un nivel de recorte de emisiones en su vida
diaria no iban a aplaudir, y menos en EE UU, que es el país con una mayor
huella ecológica por persona”.
Un estudio de
2017 exploró cómo las recomendaciones para reducir las emisiones suelen
obviar las acciones más efectivas. “Reciclar, mantener la temperatura justa e
instalar LED es lo que menos cuenta. Lo que más es la energía renovable,
disminuir el consumo de carne y dejar el coche y el avión”, explica el
divulgador. “Son cosas que pican mucho más y la gente, cuando entiende eso,
alucina”.
“Aislar la
casa y dejar el coche es complicado y no todos pueden, pero podemos demostrar a
políticos y empresas que se han apuntado a patrocinar la
COP25 que no les compramos sus productos si no cambian”, dice Ruiz de
Elvira. “Esto es un mensaje que les llega… ¡no veas cómo!”, añade sobre los
motivos por los que el mensaje de Greta “pincha” a tantos.
Cuidado con
las soluciones mágicas
Escrivà tiene
clara su principal crítica a Greta: “Perpetúa una cosmovisión en la que hay
una solución mágica que los políticos no están aplicando, pero que
podrían hacerlo si escucharan a los científicos”.
El divulgador
considera que presuponer que la actuación contra el cambio climático no despega
por culpa de la falta de información es “muy simplista” y defiende que los
políticos “llevan mucho tiempo esuchando a los científicos”. Asegura que
la inacción política “responde a intereses, cortoplacismo, inercias,
miedo a asumir el coste político, dificultades para cambiar nuestro modo de
vida y a que la ciudadanía no quiere”.
“Estamos con
Greta, pero externalizamos nuestro activismo ambiental a base de likes a
ella y pensamos que con eso ya somos verdes”. Esto “nos desapega de los cambios
reales que debemos incorporar y promover, porque la acción debe ser colectiva,
no solo de los políticos”.
Escrivà
lamenta que la joven activista no ejemplifique ese cambio de valores, ya que
lleva a cabo acciones difícilmente imitables por el resto de la
población, que no puede depender de que la familia Grimaldi le deje un barco.
“El cambio real no es venir de cualquier forma a España. Es preguntarse:
¿necesito ir a Madrid? ¿No doy mejor ejemplo a mucha gente si voy a una
reunión tan importante como la COP25 por videoconferencia?
Por eso, teme
que esa hiperperfección lleve a mucha gente, incapaz de
prescindir de los plásticos o el coche de la noche a la mañana,
a tirar la toalla. “Me importa más que el 80 % de la población occidental
reduzca un 50 % el uso de plásticos o los vuelos que una pequeña élite del 5 %
lo haga todo bien, porque eso desmoraliza”.
También teme
que gritar “que viene el lobo” cause rechazo contra la causa cuando, en diez
años, “no se haya acabado” el mundo. “Habrá más sequías, huracanes y alguna
especie invasora más, pero no será Mad Max. En cuarenta años ya
veremos”.
El nuevo
negacionismo es no hacer nada
“Chirría que
una niña con una calidad de vida extraordinaria diga que le han robado el
futuro. No nos han robado el futuro: nos han dejado un mundo destrozado, hay
que reconstruirlo y exigir responsabilidades, pero a millones de niños les están
robando el presente”, asegura Escrivà. “No todo es cambio climático, el mundo
es complejo y me parece peligroso cualquier mensaje que tienda a
simplificarlo”, añade en referencia a las empresas que se “suben
al carro” de la sostenibilidad pero “no al de los derechos de los
trabajadores”.
La
consecuencia de dichas soluciones mágicas y de, en palabras de Escrivà, pensar
que las empresas son malas per se, es caer en el nuevo
negacionismo: el negacionismo de soluciones. En otras palabras, no hacer nada
hasta que lo hagan los gobiernos y las corporaciones. “Las cien empresas que
producen el 70 % de los gases de efecto invernadero del mundo no lo hacen
porque tengan un botón que emite CO2, sino porque fabrican el
cemento y acero de tu casa y el petróleo de tu coche”.
El problema,
según el divulgador, es que “si todo el mundo espera a que alguien haga algo,
entonces nadie hace nada”. Considera que “siempre vamos a encontrar vías para
autojustificarnos y no bajar nuestro consumo”, y por eso “debemos darnos el menor
número de excusas” para mantener la inacción. “Si en tu esquema mental tú eres
el bueno y los otros los malos, para qué vas a hacer algo”.
Por todo
ello, Escrivà ve a Greta como un “ariete” que abre las puertas, pero que debe
ir acompañado del resto del ejército para que sirva de algo. “Es un activador
de la conversación, pero creo que ya ha jugado su papel”.
Su mejor
legado, afirma, “sería que dejáramos de hablar de lo que hace y hubiera una
conversación más allá, de cómo nos afecta el cambio de paisaje, de si estamos
dispuestos a dejar el avión y el coche”. Todo eso, mientras apoyamos a las
Gretas de nuestro alrededor.
Conflictos de intereses
En Mercaderes
de la duda, los historiadores de la ciencia Naomi Oreskes y Erik M.
Conway cuentan cómo un lado oscuro de la comunidad científica, apoyado por
políticos y empresarios, ocultó al público hechos como la relación entre tabaco
y cáncer… y el calentamiento global causado por la actividad humana.
“Hay
petroleras que han asesinado, corrompido gobiernos, sobornado, destrozado
países y ocultado datos. Algunas empresas han sido extremadamente nocivas para
la civilización”, asegura Escrivà. Por eso resulta casi irónico que, desde el
principio, Greta haya sido acusada de bailar al son de intereses ocultos.
“Es evidente
que una niña de 16 años no se va sola a EE UU ni habla en la ONU, pero detrás
de cualquier movimiento organizado hay dinero, intereses, gente buena y mala”,
dice Escrivà.
“Me hace
gracia que digan que es una marioneta, como si tanta gente no
hubiera estado a sueldo de las petroleras, tantas investigaciones se hubieran
hecho como se han hecho y tantos opinólogos tuvieran sesgos e intereses”.
Por eso mismo
pide no caer en la “disonancia cognitiva” de pensar que estas empresas “van a
cambiar porque una joven sueca les diga que les han robado su futuro”. La
investigadora Katharine Hayhoe defiende que la mejor forma de
combatir el cambio climático es hablando de él. Eso es algo que, de momento,
Greta sí ha conseguido.
Autor: Sergio Ferrer
Fuente: SINC
