El
fotoperiodista Javier Bauluz durante la entrevista. EFE/J.L. Cereijido
Agencia
EFE – Tomado de yahoo.es
Madrid. (EFE).
- A muchos efectos son simples números sometidos a tal
"cucarachización" que retrotrae a tristes épocas pasadas. Pero un
refugiado es "una madre, un padre, un hijo, un hermano, una persona
exactamente igual que tú" a la que, "como ya te ocurrió a ti o a los
tuyos", le ha tocado huir de su país.
De esas vidas
están plagadas las páginas de "Fronteras", el recorrido de cuatro
periodistas especializados en inmigración por el interminable peregrinar de los
refugiados llegados a Lesbos, el éxodo de miles de personas de México a EEUU,
el cementerio en que se ha convertido el Mediterráneo y las tortuosas travesías
en patera hasta España.
Se trata de
la segunda entrega de la colección 'Compromiso' de Libros.com, apoyada por la
Fundación La Caixa y coordinada por el fotoperiodista Javier Bauluz (Oviedo,
1960), que lleva 23 años cubriendo informaciones relativas a la inmigración y
los derechos humanos.
En estas más
de dos décadas que le han llevado a fotografiar los estragos de los conflictos
de Ruanda, Bosnia, El Salvador o Nicaragua, lo único que ha aprendido el primer
Premio Pulitzer español es que "cada vez que se cierra una ruta, hay más
muertes", según asegura en una entrevista con Efe.
Lo que está
viendo ahora es cómo se están cumpliendo los peores augurios que algunos,
incluido él, se aventuraron a predecir hace solo tres años, cuando
"criminalizar" a inmigrantes y refugiados era solo "políticamente
correcto" en Hungría, mientras el resto de países se echaban las manos a
la cabeza con los discursos de odio de Viktor Orbán.
"Ya no
son los judíos". Son ellos, inmigrantes y refugiados -y que "un día
podremos ser nosotros"-, la nueva diana del odio más irracional del siglo
XXI.
Cuando Bauluz
acompañó a miles de ellos en su periplo de Grecia a Alemania, de lo que da
cuenta en el episodio 'Buscando un lugar seguro para mis hijos', Hungría
"era el prototipo del nuevo fascismo y el nivel de xenofobia era brutal,
no solo por parte de la policía, sino de los propios ciudadanos".
Hasta que no
pisaron Austria, estas miles de personas no conocieron el calor, la solidaridad
y la empatía humanas. "Por fin habían llegado a Europa y se les trataba
como personas", afirma el periodista asturiano.
Pero ahora, y
a una "velocidad de vértigo", esa aversión, la
"cucarachización" de estas personas, se ha instalado en todo el
continente, también en España. "Ahí les tenemos, con 52 diputados", lamenta.
¿Qué ha
pasado en tan poco tiempo? Pues que el relato antiinmigración ha ido calando
porque "cuando una gran parte de la población está en malas condiciones y
atravesando una crisis, se busca un chivo expiatorio, un enemigo al que
culpar".
Poco a poco,
a base de escucharlas y repetirlas, la gente normaliza y se acostumbra a
"las barbaridades que dicen". "Y no, no son normales",
aclara. Incluso han dado un paso más en su fobia absurda y ya no son solo los
inmigrantes, menores incluidos, los criminales, sino también los que salvan sus
vidas.
En todo ello
han jugado un papel esencial internet y los medios de comunicación: "La
mentira es un arma de guerra a veces tan difícilmente detectable que incluso a
los que nos dedicamos a esto nos resulta difícil saber lo que es verdad y lo
que no", añade.
'Buscando
refugio para mis hijos', que complementa el proyecto fotográfico del mismo
nombre que el reportero inició en 2016, es uno de los cuatro episodios de
"Fronteras", que cuenta además con el prólogo de Javier de Lucas.
'La ruta del
sueño americano', de Daniela Pastrana; 'El primer cuerpo', de Juan José Téllez,
y 'El mar de la indiferencia que también se traga los nombres', de Nicolás
Castellano, completan un relato con el que se pretende poner nombre y cara a
quienes son vistos, en el mejor de los casos, como números.
Bauluz se
muestra pesimista sobre el futuro: "Mientras no seamos conscientes de lo
que está pasando, todo se va a derrumbar sobre nuestras cabezas y al final no
va a quedar nadie ni para defendernos de nosotros mismos".
El primer
paso es bastante sencillo, y es simplemente empezar a ver que "un
refugiado es una madre, un padre, un hijo, un hermano o un abuelo, un
trabajador, un estudiante, una persona exactamente igual que tú, pero a la que
le ha tocado salir de su país porque matan a sus padres, a sus hijos, a sus
hermanos".
"Una
cosa que, por otra parte, a nosotros también nos ha tocado hacer no hace mucho
y que nos puede volver a tocar hacer", concluye Bauluz.
