Por Orlando Arciniegas*
Cuando
miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.
Nietzsche
Antonio López de Santa Anna, cuyo nombre de
pila fue Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón,
nació en Xalapa, la capital del estado de Veracruz, el 21 de febrero de 1795,
siendo sus padres don Antonio Andrés López de Santa Anna y doña Manuela Pérez
de Lebrón y Cortés, de aristocrático origen, adinerados y de ascendencia
española. Ambos padres hubieran querido para su hijo un porvenir más tranquilo;
pero su carácter aventurero y los grandes deseos de sobresalir, que asomaron muy
temprano, los inclinaron a respetar su elección de la carrera militar, en 1810,
a los dieciséis años. En 1811 su regimiento es convocado a combate en contra
del movimiento insurgente del cura Miguel Hidalgo. Pero la pronta derrota y
ejecución de éste –fusilado el 30 de julio de 1811– hacen que el novato Santa
Anna sea enviado a las provincias de Santander y Texas, como miembro del
Ejército de Nueva España.
En la declaración de independencia
Años después se contaría entre los
independentistas del Plan de Iguala, el documento proclamado por Iturbide el 24
de febrero de 1821, con el que se ponía fin a la guerra de independencia de
once años, y que daría origen, en un marco de amplitud y de llamado a la unión,
al Ejército de las Tres Garantías – religión católica, independencia de México
y conciliación del ejército oficial con el de los insurgentes de Vicente
Guerrero–. El Trigarante, al mando de Iturbide, consumaría la separación de
México de España. Esta última muy agitada desde enero de 1820, por los liberales
del oficial Rafael del Riego (1784-1823), y la jura a juro de la Constitución
de Cádiz por el rey Fernando –en tiempos del Trienio Liberal–, lo cual apuraría
a los conservadores novohispanos, gachupines y criollos, a declarar la
Independencia –el 27 de septiembre de 1821–, ante el temor, no infundado, de
que los liberales aboliesen los fueros del clero y del ejército.
Así como luego estaría, quizá con incomodidad,
entre los monárquicos seguidores de Agustín I. Con el tiempo se ha sabido que
Santa Anna, a poco de la coronación de Iturbide (21 de julio de 1822), se
involucra en “conspiraciones republicanas”, que, en marzo de 1823, harían
abdicar al flamante emperador. El Plan de Casamata, del 1.02,1823, es la
proclama emitida por Santa Anna, en la que se propone la instalación de una
república. A ella se sumarían los insurgentes Vicente Guerrero, Nicolás Bravo,
Guadalupe Victoria y también jefes del ejército virreinal. Una república a la
que Santa Anna, por su parte, se propuso conquistar, aunque en ello se llevaría
algunos años, pero de cuya meta nunca se apartó y para lo cual supo conjuntar
oportunidades.
De Agustín Iturbide (Morelia, 27.09,
1783–Padilla, Tamaulipas, 19.07, 1824) puede decirse que no tuvo mucha suerte:
el 19 de julio de 1824 era ya hombre muerto. Tenía 41 años. En Tamaulipas fue
fusilado por fuerzas de Felipe de la Garza, un exmilitar realista, como había
sido Iturbide, a quien éste le había perdonado la vida por los delitos de
conspiración y sedición –¡vaya paradoja!–. Ocurrió que mientras Iturbide estaba
en su exilio europeo, el Congreso mexicano, a la sazón lleno de ‘patriotas’, lo
declaró “enemigo público del Estado”, “traidor y fuera de ley”, con pena de
muerte aplicable ipso jure por cualquier autoridad. Cosa que el exemperador no
advirtió a tiempo. De ahí su desaprensivo regreso, que, según lo manifestara,
tenía como principal motivo avisar sobre un intento de reconquista por parte de España, con la ayuda de la Santa Alianza.
Fue también su defensa. Pero todo fue en vano. Aquí, parte de sus palabras
finales: “muero con honor, no como traidor: no quedará a mis hijos y su
posteridad esta mancha: no soy traidor, no”. Pero era un jefe menos.
Ya en plan republicano, Santa Anna toma
partido en las pugnas que, entre centralistas y federalistas, etiquetan ahora a
las provincias mexicanas. Un terreno que le resultó útil para su irrefrenable
ambición. Su primer levantamiento militar fue la llamada Expedición a San Luis
de Potosí, ese mismo 1824. Que partió de Tampico, en Veracruz. Entonces se proclamó
el protector de una federación que aún no existía. Pero el asunto no prosperó,
entró en dificultades, y tuvo que disolver su fuerza militar.
Fue enviado a México para ser juzgado. Pero en
vez de una causa criminal, Santa Anna recibe la comandancia militar de Yucatán.
Chaquetea, cambia de bando, como lo haría de ordinario, pero a la vez escala y
escala. De Yucatán sería el gobernador entre 1824 y 1825. El arreglo federal de
1824 –la Constitución de 1824– produjo una doble relación, por un lado, una federación
débil–estados fuertes y, por el otro un poder ejecutivo limitado–con un
congreso fuerte. Así las cosas, importaba mucho ser gobernador. En 1825, el
último reducto español, la fortaleza de San Juan de Ulúa, frente a Veracruz,
capitula tras el sitio y la cruenta batalla del 23 de noviembre de 1825.
Entonces los héroes fueron otros: Miguel Barragán, que sería presidente en
1835, y Pedro Sainz de Baranda, militar marino, ascendido a alférez en la
batalla de Trafalgar en 1805.
Ese mismo año, 1825, Santa Anna compra en
Veracruz, su región natal, la hacienda llamada Manga de Clavo, cerca de la
costa veracruzana, la predilecta de sus muchas propiedades. Que sería para él:
un lugar de descanso, habitación familiar, casa de gobierno y, sobre todo, un
grato escenario de intrigas. Despedazada durante la invasión de Estados Unidos
en la guerra de 1846-1848, no sería restaurada nunca.
En 1829, a los 34 años, es el influyente
gobernador de Veracruz. Este fue también el año final del Gobierno del Gral.
Guadalupe Victoria –hombre de probada lealtad a José María Morelos, fiel
compañero del cura Hidalgo–, a cuya sombra indulgente Santa Anna supo
convertirse en la omnipresente figura militar de todos los conflictos. 1829
sería sin duda un año crucial para el veracruzano. Este –junto al también
general Manuel Mier y Terán– al frente de un fuerte contingente militar,
derrotaría al brigadier Isidro Barradas, quien había desembarcado en Cabo Rojo,
cerca de Tampico, en julio de ese mismo año, en el último intento español de reconquista
de México.
Las últimas acciones de la invasión de
Barradas ocurrieron en Tampico de Tamaulipas, una batalla que se efectuó entre
los días 10 y 11 de septiembre. En este último día el brigadier Barradas,
previamente capturado, firmó la capitulación de su ejército en la antigua Casa
de Castilla, asiento de su cuartel general.
Con esta victoria, México consolida su
independencia. Y Santa Anna y Manuel Mier y Terán, los dos generales mexicanos
de la Batalla de Tampico, obtienen el grado de generales de División y su
condición de héroes, aunque con consecuencias muy desiguales para sus vidas:
Santa Anna, a quien llamarían el Benemérito de Tampico, devino en un caudillo
omnipotente, mientras el general Mier y Terán, uno de los insurgentes que había
combatido con Hidalgo y Morelos, no pudo alcanzar la presidencia en 1830 porque
se le atravesó la ambición de Santa Anna. Y terminó de malas: se suicidó con su
propia espada el 3 de julio de 1832, en el curato del templo de San Antonio, en
Padilla, Tamaulipas. Curiosamente, en la misma casa donde el 19 de julio de
1824 durmió sus últimas horas Agustín Iturbide, antes de ser fusilado. El
general Mier y Terán tenía 43 años.
3 El ascenso a la primera presidencia
En 1833, Santa Anna sería presidente. Sin
embargo, los años previos habían sido de destrucción del juego político legal.
Sobreviene, en consecuencia, un ciclo de militarismo en el que la
alternabilidad la dictan las frecuentes asonadas militares. Así fue en 1829,
cuando hubo elecciones para suceder a Guadalupe Victoria. Con apenas once días
de haber sido electo el Gral. Juan Antonio Gómez Pedraza, Santa Anna y otros
exigen su sustitución por el Gral. Vicente Guerrero. Con Guerrero en el cargo,
el veracruzano sería el jefe del ejército nacional. En 1832 hicieron caer a
Guerrero, y cuando faltaban pocos meses para concluir el mandato que,
legalmente correspondía a Gómez Pedraza, Santa Anna le devolvió la presidencia.
Vaya.
El 30 de marzo de 1833, el héroe de Tampico
gana la presidencia mediante elecciones. El vicepresidente es Valentín Gómez
Farías. Santa Anna se declara enfermo y no toma posesión del cargo. Se escurre
hasta la Manga de Clavo. Inaugura de esta forma un sistema de ausencias que va
a repetir en sus presidencias. Deja todo en manos del vicepresidente. Lejos de
mostrar algún interés por la gestión presidencial, el Benemérito de la Patria,
como también se le llamó, se encuentra más a gusto entre juegos de gallos, las
cartas, los negocios y las mulatas, que se dice eran sus grandes pasiones. Es
un típico caudillo de estos confines.
En la Guerra de Independencia de Texas
Durante esta primera presidencia, ocurre la
Revolución de Texas entre el 2 de octubre de 1835 y el 21 de abril de 1836.
Santa Anna, al dejar sin efecto la Constitución de 1824, suprime el régimen
federal, al que luego seguiría la Constitución de 1836. Centralista. Llamada de
las Siete Leyes Constitucionales. Es la respuesta que dan los conservadores a
la creciente inestabilidad política y a los crónicos levantamientos armados.
Pero que, de entrada, causaría las declaraciones de independencia de
Tamaulipas, Yucatán y, particularmente, la de Texas. Bien pronto los conflictos
con los colonos angloparlantes, que se habían hecho fuertes y eran mayoría,
tomarían una expresión bélica. Se negaban a la pérdida de la autonomía. El 2 de
octubre de 1835 tiene lugar la batalla de Los González, que marca el principio
del grave conflicto.
Mexicanos y texanos alternarían victorias y
derrotas. Entre las victorias mexicanas se cuenta la batalla de El Álamo, de 6
de marzo de 1836, que comandó el Gral. López de Santa Anna. “Sin cuartel” dijo
entonces el general. Pero de forma inesperada, la guerra terminó el 21 de abril
de 1836, con la batalla de San Jacinto, a las afueras de la ciudad de Houston.
Allí, el despabilado Gral. Samuel Houston (1793- 1863), al mando del ejército
texano sorprendió, en medio de una gran siesta, a un cansado ejército mexicano,
al que diezmó sin mayores resistencias. Fueron tan implacables como los otros
habían sido en El Álamo. El curtido Gral. Santa Anna, esta vez fue apresado,
tomado como rehén y botín de guerra. Debe haber pasado las de Caín.
Poco después se firmarían los Tratados de
Velasco del 14 de mayo de 1836, en los que se reconocían la independencia
“total y completa” de la República de Texas y otros acuerdos. Aparecían como
firmantes David G. Burnet, el presidente en funciones de Texas, y el general
Santa Anna, como jefe de la nación mexicana. A cambio, se garantizaba la vida
de este y su liberación. Santa Anna, mientras cautivo, fue llevado ante el
presidente Andrew Jackson, el 7º de los presidentes de los Estados Unidos
(1829-1837), quien daba apoyo franco a los rebeldes texanos. Texas, ya un país
independiente, obtuvo su inmediato reconocimiento por los Estados Unidos, y procedió
a organizar su Gobierno con Samuel Houston en la presidencia y con el yucateco
Lorenzo de Zavala como vicepresidente.
4 En el tratado firmado, Santa Anna cambia su
liberación por el compromiso de deponer las armas y no invadir, ni influir, ni
atacar de ninguna forma el territorio texano, y se comprometía a su retirada
definitiva. Texas permanecería independiente hasta su anexión a los Estados
Unidos el 29 de diciembre de 1845. En México, un nuevo gobierno dejaba sin
efecto la letra de estos tratados y la autoridad de Santa Anna para firmar
cualquier acuerdo o tratado en nombre de México. El Congreso, en la ocasión,
alegó que el tratado no tenía ninguna validez legal por haber sido firmado por
un presidente preso y presionado. Los desacuerdos, en todo caso, quedarían
resueltos con la firma del Tratado de GuadalupeHidalgo, en 1848, la forma como
se saldó la derrota de los mexicanos en la guerra que los enfrentó con los
Estados Unidos. Santa Anna, hundido en el desprestigio, él, que en su
narcisismo se sentía como un Napoleón americano, hubo de exiliarse en Estados
Unidos por un corto tiempo. En 1837 se le permitió regresar y retirarse a su
hacienda preferida en Veracruz. Al año siguiente –ante una nueva emergencia
militar–, fue llamado otra vez a asumir la dirección del ejército nacional, y
hubo de partir para Veracruz. Esta vez enfrentaría las contingencias de la
llamada Guerra de los Pasteles, pero donde hubo cañonazos y destrozos. ¿Un
gendarme necesario?
En la Guerra de los Pasteles
La primera intervención francesa en México,
conocida como la Guerra de los Pasteles, fue un conflicto bélico ocurrido desde
el 16 de abril de 1838 hasta el 9 de marzo de 1839. Sépase, que tras el
reconocimiento de México por España en 1836, varios países, entre ellos Francia
–a sabiendas de la inestabilidad política, la división de la élite política
mexicana y sus crónicas peleas–, buscaron pretextos para hacerse de beneficios
a sus expensas. En este caso, escudados en los reclamos de comerciantes
franceses asentados en México –a los que el Gobierno de Francia daba respaldo–,
por daños causados a sus tiendas en desórdenes públicos, se exigía a México una
indemnización de 600.000 pesos. Los reclamos fueron promovidos por el embajador
galo en México, el barón Deffaudis. El mismo que, por cierto, tendría en 1845
una notoria actuación negociadora durante el Bloqueo Anglofrancés del Río de la
Plata (1845-1850).
Al no producirse la satisfacción del caso, el
barón abandonó su misión diplomática y regresó a Francia. Pero pronto estuvo de
regreso acompañado de diez barcos de guerra. Fragatas, corbetas, bombarderas y
bergantines fondearon frente a la isla de Sacrificios, en Veracruz, amenazando
con invadir el territorio nacional mexicano, si no se cumplían las condiciones
que Deffaudis recogió en un ultimátum que vencía el 15 de abril de 1838. Como
el Gobierno de Anastasio Bustamante se negara a negociar bajo presión, el
almirante francés, Bazoche, el día 16 de abril del mismo año, procedió a
bloquear los puertos del golfo y a incautar las naves mercantes mexicanas. El
bloqueo duraría ocho meses, desde el 16 de abril de 1838. Así comenzaba la
Guerra de los Pasteles.
Al ver que México no cedía, Francia envió en
octubre veinte barcos más al mando del contralmirante Charles Baudin, un
veterano de las guerras napoleónicas, en condición de ministro plenipotenciario
del Gobierno de Luis Felipe de Francia. Este se reuniría con el ministro de
Exteriores de México, Luis G. Cuevas para las negociaciones de rigor. En el
último proyecto de bases para la avenencia, Baudin exigía la firma de un
tratado de amistad, comercio y navegación entre los dos países que diera a
Francia derechos preferenciales. Amén de la cantidad de 800.000 pesos que
debían entregarse en el término de 30 días, de los que 600.000 eran para la
liquidación de los daños causados a los comerciantes franceses y los otros
200.000 para cubrir los gastos de la flota francesa anclada en la costa
mexicana.
5 Francia dirigió un nuevo ultimátum a México;
que al no cumplirse, hizo que los franceses abrieron fuego el 27 de noviembre
de 1838, sobre la antigua fortaleza de San Juan de Ulúa. El arreglo fue obra de
la mediación del diplomático Richard Pakenham, inglés, quien junto a los
mexicanos Gral. Guadalupe Victoria, Manuel Eduardo de Gorostiza y el contralmirante
Baudin, convinieron de esta manera: Francia retiraba las naves de guerra,
devolvía a su vez las embarcaciones incautadas, cobraba los 600.000 pesos de
las indemnizaciones y no cobraba los gastos de guerra. El Tratado de paz entre
los dos países se firmó en Veracruz el 9 de marzo de 1839. Francia, igualmente,
entre el 28 de marzo de 1838 y el 29 de octubre de 1840, bloqueó los puertos
fluviales del Río de la Plata, alegando lo mismo: maltratos a súbditos
franceses y exigiendo a la Confederación Argentina el trato de nación más
favorecida. Una política, pues, del “rey de los franceses”.
Como se dijo, el 27 de noviembre de
1838 ocurrió la batalla de Veracruz entre mexicanos y el ejército francés que
bloqueaba la costa de dicha ciudad. A causa del fuego de artillería, fue
malherido el Gral. Santa Anna en su pierna izquierda, la que tuvo que ser
amputada. Pasado el trauma de la pérdida, Santa Anna, que había sufrido la
humillación de su derrota en Texas, y el descrédito cuando se conocieron los
detalles de la matanza en la batalla de San Jacinto –donde fue hecho prisionero
y obligado, para salvar el pellejo a reconocer la independencia a la República
de Texas, – montó un espectáculo lacrimoso que, de momento, le permitió entrar
otra vez en plan de héroe en la política de su país.
En los funerales de la pierna amputada
En una más de sus desmesuras, solicitó que su
extremidad amputada recibiera cristiana sepultura con honores militares. Eso se
cumplió en su hacienda Manga de Clavo, en Veracruz. Años después, consiguió que
su pata fuera exhumada y llevada a Ciudad de México, donde se le hizo, entre
grandes vítores y honores políticos y militares, un nuevo entierro el 27 de
septiembre de 1842, fecha de celebración del 21 aniversario de la Independencia
de México. A la pierna se le preparó un mausoleo en el cementerio de Santa
Paula. El más alto de la necrópolis, que consistía en una columna sobre unas
gradas y, sobre un capitel, la urna con la pierna. El funeral se cerró entonces
con la lectura de un elogio póstumo de la pierna difunta. El 6 de diciembre de
1844, detractores airados destruyeron el mausoleo, profanaron la tumba y
retiraron la pierna, que luego arrastraron por las calles de la capital. Desde
entonces nunca más se supo de su paradero. Sin duda que, aunque de malas
maneras, los gamberros evitaron la posibilidad de que, el inflamado ego del
general, pretendiera que a su extremidad se le rindiera culto permanente, y
que, de vez en cuando, se organizara algún otro ceremonial. Ya se sabe que la
espumosa gloria de los políticos, cuando ella no es otra cosa que
intrascendencia, es casi siempre breve, efímera y ridícula; en fin, como todo
lo humano, diría cualquier escéptico.
El Gral. Santa Anna, para suplir la falta de
su pierna, encargó a un ebanista de Nueva York un par de piernas ortopédicas de
corcho y cuero, muy bien hechas, según se aprecia en algunas fotografías, que
le costaron, así se cuenta, 1.300 dólares cada una. Una de ellas se perdió
durante la importante batalla de Cerro Gordo, en Veracruz, el 18 de abril de
1847, durante la guerra entre México y EE.UU., en la que el general
veracruzano, bajo apremio, tuvo que huir dejando atrás, en un carruaje, la
prótesis y algún dinero. Dicha batalla fue un desastre para los mexicanos, ya
que facilitó que los estadounidenses entraran en la Ciudad de México sin
disparar un solo tiro. La prótesis capturada, sin que se sepa bien cómo llegó
hasta allí, se encuentra desde hace tiempo en exhibición en el Museo Estatal
Militar de Illinois, en la ciudad de Springfield.
6 En un tiempo los texanos, en mayo de 2014,
la quisieron para ellos, llegando hasta solicitar la mediación del presidente
Obama. Querían mostrarla en el Museo de Historia de San Jacinto, en Texas
–lugar de una derrota triste del Gral. Santa Anna–, y ponerla junto a un buen
número de avíos militares de guerra, que fueron dejados allí por sus tropas en
el campo de batalla del mismo nombre, en abril de 1836, pero los de Illinois se
negaron a cualquier forma de traslado. El resto de las presidencias Cierto que
los períodos presidenciales fueron seis. Los de 1833; 1837; 1839; 1841; 1844 y
el último en 1853. No ejercidos de continuo, sino espaciados. Como oficial,
Santa Anna fue afamado y requerido durante sus 38 años de servicio militar. Y
pese a su talante autoritario, solo al último de sus períodos, 1853-1855, se lo
considera una dictadura. Una opinión que es compartida. En el orden de las
muchas conspiraciones ocurridas, se le aprecia como el mayor conspirador.
Chaquetero, además. Asimismo, se le estima como desatinado en los mayores
conflictos de su país –el del inmenso Texas (1836), el de la guerra con EE.UU.
(1846-1848) y en el de la venta de la región de la Mesilla (1853)–, en los que
se calcula en 2.400.000 kilómetros cuadrados el monto de la pérdida territorial.
Cosa distinta es preguntarse cuánto de eso pudo haberse evitado. En 1844 fue
exiliado a Cuba luego de ser derrocado, pero en 1846 ante la inminencia de la
invasión estadounidense, se lo llama para enfrentar al ejército de EE.UU. Una
guerra en la que, en su final, pesarían las divisiones entre los estados, la
carencia de recursos y las pésimas condiciones del ejército mexicano. Una
fuerza militar cansada, hambrienta, atrasada y carente de pertrechos. Una
guerra que Santa Anna encaró sin la debida comprensión de su complejidad y
adversidad, sin visión estratégica, al negarse desde el principio a negociar,
para verse luego ante la dramática situación de no poder parar el avance
estadounidense, que ganaba batalla tras batalla. En septiembre de 1847 tuvo que
evacuar la capital y, en medio de la mayor derrota, firmar el Tratado de
Guadalupe-Hidalgo en 1848, por el que México aceptaba la pérdida de casi la
mitad de su inmenso territorio. A la pérdida de Texas que, tras la batalla de
San Jacinto resultaba inevitable, se agregarían las de California, Arizona,
Nuevo México, Nevada, Colorado y Utah. Entre 1853 y 1855 ocurre la última
presidencia del Gral. Santa Anna. Un ejercicio que nos da una idea cabal del
estado de su personalidad en la parte final de su vida política. Muchos de los
que se han aproximado a su estudio lo aprecian como narcisista, mitómano, con
un enfermizo apego al poder y dotado de un sentido mesiánico. Santa Anna, para
la fecha, permanecía en Colombia, en un exilio autoimpuesto, como el de otras
veces, con los que buscaba hacer olvidar o, al menos, diluir los desencantos
que generaban sus fallidas y, a veces torpes, actuaciones públicas. El hambre,
el descontento y la aguda pugnacidad política causan la dimisión del presidente
Gral. Mariano Arista (1851-1853). Los conservadores, que habían tenido triunfos
electorales, solicitan el retorno de Santa Anna. En marzo de 1853 claman por su
presencia. Valoran que hubiera tenido la fuerza de gobernar un país que, para
muchos, era prácticamente ingobernable. Le piden la defensa de la religión
católica, la supresión del federalismo, una nueva organización del país, y, por
último, la reorganización del desangelado ejército. Mucho. Santa Anna les toma
la palabra y regresa a la presidencia en abril de ese año. No obstante, al
fallecer el culto e insigne Lucas Alamán –el 2 de junio de 1853–, a los 61
años, su principal colaborador y contrapeso, el Gobierno de Santa Anna queda
extraviado y en franca deriva dictatorial. Fue cuando se hizo llamar “Alteza Serenísima”,
“Dictador vitalicio” y “Defensor de la Patria”, lo que no suscitó emociones,
pero sí, la aprensión de que la dictadura acabara en monarquía. 7 A falta de
orden y concierto, vuelve la conspiración. Esta vez contra él, el otrora gran
conspirador.
El descontento resulta de una gestión que
pretende, ante todo, extraer mayores recursos con nuevos tributos. Incluso por
cada puerta, ventana o por tener mascotas. Asimismo, México se ve forzado a
vender a los EE.UU., por 10 millones de dólares, el territorio mexicano de La
Mesilla –una región que se extiende 76.770 km² por zonas que hacen parte del
sur de los estados Arizona y Nuevo México–, lo cual termina por derrumbar la
popularidad del sedicente “Defensor de la Patria”. El Plan de Ayutla se llama
la propuesta de los conspiradores. Querían elegir un presidente temporal que
llamara a un Congreso Extraordinario, del que debía salir un gobierno
republicano liberal para poner fin a la interminable decadencia del país. Santa
Anna, que parece no percibir la crisis, acuna el propósito caprichoso y pueril
de tener una guardia suiza semejante a la del papa, para lo cual encargó a su
ministro en Francia contratar tres regimientos de suizos. Ello, con dinero de
la venta de la Mesilla, según se cuenta. Como el ministro tardara, escogió a
los más despiertos y corpulentos de sus “juanes” –hombres de milicia– y les
puso barbas postizas negras y rizadas como las había visto en un grabado del
zar de todas las Rusias rodeado de militares barbudos. Vaya, vaya.
El último derrocamiento y retorno
Con más pena que gloria, Santa Anna fue
derrocado en 1855 y exiliado una vez más. Tras un ciclo de migraciones de casi
20 años, de un país a otro, consumida su fortuna y agotadas las peripecias de
los ofrecimientos de servicios como militar –lo que hizo, por ejemplo, al
gobierno mexicano en 1862, durante la Segunda Intervención Francesa, pero que
igualmente hizo un poco más tarde a Maximiliano I de México, del que parece
haber obtenido, en 1866, un decreto como jefe del ejército–, decidió ya viejo
aprovechar la amnistía general del presidente Sebastián Lerdo de Tejada
(1872-1876) para regresar definitivamente a México en 1874. Para entonces ya
muchos se habían olvidado del arrojado general, el guerrero y narcisista, que
amaba el poder sobre todas las cosas, y que, en un gesto de soberbia y
extravagancia, había ordenado los funerales de su pierna difunta. Un par de
años más tarde, pobre y ciego, moriría en Ciudad de México, sin que aquello
fuese advertido o causare algún pesar, la noche del jueves 21 de junio de 1876.
Tenía 82 años.
Valencia, 26 de diciembre de 2019.
