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28 diciembre, 2019

Antonio López de Santa Anna: ¿un gendarme necesario?

Por Orlando Arciniegas*

 Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.
 Nietzsche

 Antonio López de Santa Anna, cuyo nombre de pila fue Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón, nació en Xalapa, la capital del estado de Veracruz, el 21 de febrero de 1795, siendo sus padres don Antonio Andrés López de Santa Anna y doña Manuela Pérez de Lebrón y Cortés, de aristocrático origen, adinerados y de ascendencia española. Ambos padres hubieran querido para su hijo un porvenir más tranquilo; pero su carácter aventurero y los grandes deseos de sobresalir, que asomaron muy temprano, los inclinaron a respetar su elección de la carrera militar, en 1810, a los dieciséis años. En 1811 su regimiento es convocado a combate en contra del movimiento insurgente del cura Miguel Hidalgo. Pero la pronta derrota y ejecución de éste –fusilado el 30 de julio de 1811– hacen que el novato Santa Anna sea enviado a las provincias de Santander y Texas, como miembro del Ejército de Nueva España.
 En la declaración de independencia
 Años después se contaría entre los independentistas del Plan de Iguala, el documento proclamado por Iturbide el 24 de febrero de 1821, con el que se ponía fin a la guerra de independencia de once años, y que daría origen, en un marco de amplitud y de llamado a la unión, al Ejército de las Tres Garantías – religión católica, independencia de México y conciliación del ejército oficial con el de los insurgentes de Vicente Guerrero–. El Trigarante, al mando de Iturbide, consumaría la separación de México de España. Esta última muy agitada desde enero de 1820, por los liberales del oficial Rafael del Riego (1784-1823), y la jura a juro de la Constitución de Cádiz por el rey Fernando –en tiempos del Trienio Liberal–, lo cual apuraría a los conservadores novohispanos, gachupines y criollos, a declarar la Independencia –el 27 de septiembre de 1821–, ante el temor, no infundado, de que los liberales aboliesen los fueros del clero y del ejército.

 Así como luego estaría, quizá con incomodidad, entre los monárquicos seguidores de Agustín I. Con el tiempo se ha sabido que Santa Anna, a poco de la coronación de Iturbide (21 de julio de 1822), se involucra en “conspiraciones republicanas”, que, en marzo de 1823, harían abdicar al flamante emperador. El Plan de Casamata, del 1.02,1823, es la proclama emitida por Santa Anna, en la que se propone la instalación de una república. A ella se sumarían los insurgentes Vicente Guerrero, Nicolás Bravo, Guadalupe Victoria y también jefes del ejército virreinal. Una república a la que Santa Anna, por su parte, se propuso conquistar, aunque en ello se llevaría algunos años, pero de cuya meta nunca se apartó y para lo cual supo conjuntar oportunidades.
 De Agustín Iturbide (Morelia, 27.09, 1783–Padilla, Tamaulipas, 19.07, 1824) puede decirse que no tuvo mucha suerte: el 19 de julio de 1824 era ya hombre muerto. Tenía 41 años. En Tamaulipas fue fusilado por fuerzas de Felipe de la Garza, un exmilitar realista, como había sido Iturbide, a quien éste le había perdonado la vida por los delitos de conspiración y sedición –¡vaya paradoja!–. Ocurrió que mientras Iturbide estaba en su exilio europeo, el Congreso mexicano, a la sazón lleno de ‘patriotas’, lo declaró “enemigo público del Estado”, “traidor y fuera de ley”, con pena de muerte aplicable ipso jure por cualquier autoridad. Cosa que el exemperador no advirtió a tiempo. De ahí su desaprensivo regreso, que, según lo manifestara, tenía como principal motivo avisar sobre un intento de reconquista por parte  de España, con la ayuda de la Santa Alianza. Fue también su defensa. Pero todo fue en vano. Aquí, parte de sus palabras finales: “muero con honor, no como traidor: no quedará a mis hijos y su posteridad esta mancha: no soy traidor, no”. Pero era un jefe menos.
 Ya en plan republicano, Santa Anna toma partido en las pugnas que, entre centralistas y federalistas, etiquetan ahora a las provincias mexicanas. Un terreno que le resultó útil para su irrefrenable ambición. Su primer levantamiento militar fue la llamada Expedición a San Luis de Potosí, ese mismo 1824. Que partió de Tampico, en Veracruz. Entonces se proclamó el protector de una federación que aún no existía. Pero el asunto no prosperó, entró en dificultades, y tuvo que disolver su fuerza militar.
 Fue enviado a México para ser juzgado. Pero en vez de una causa criminal, Santa Anna recibe la comandancia militar de Yucatán. Chaquetea, cambia de bando, como lo haría de ordinario, pero a la vez escala y escala. De Yucatán sería el gobernador entre 1824 y 1825. El arreglo federal de 1824 –la Constitución de 1824– produjo una doble relación, por un lado, una federación débil–estados fuertes y, por el otro un poder ejecutivo limitado–con un congreso fuerte. Así las cosas, importaba mucho ser gobernador. En 1825, el último reducto español, la fortaleza de San Juan de Ulúa, frente a Veracruz, capitula tras el sitio y la cruenta batalla del 23 de noviembre de 1825. Entonces los héroes fueron otros: Miguel Barragán, que sería presidente en 1835, y Pedro Sainz de Baranda, militar marino, ascendido a alférez en la batalla de Trafalgar en 1805.
 Ese mismo año, 1825, Santa Anna compra en Veracruz, su región natal, la hacienda llamada Manga de Clavo, cerca de la costa veracruzana, la predilecta de sus muchas propiedades. Que sería para él: un lugar de descanso, habitación familiar, casa de gobierno y, sobre todo, un grato escenario de intrigas. Despedazada durante la invasión de Estados Unidos en la guerra de 1846-1848, no sería restaurada nunca.
 En 1829, a los 34 años, es el influyente gobernador de Veracruz. Este fue también el año final del Gobierno del Gral. Guadalupe Victoria –hombre de probada lealtad a José María Morelos, fiel compañero del cura Hidalgo–, a cuya sombra indulgente Santa Anna supo convertirse en la omnipresente figura militar de todos los conflictos. 1829 sería sin duda un año crucial para el veracruzano. Este –junto al también general Manuel Mier y Terán– al frente de un fuerte contingente militar, derrotaría al brigadier Isidro Barradas, quien había desembarcado en Cabo Rojo, cerca de Tampico, en julio de ese mismo año, en el último intento español de reconquista de México.
 Las últimas acciones de la invasión de Barradas ocurrieron en Tampico de Tamaulipas, una batalla que se efectuó entre los días 10 y 11 de septiembre. En este último día el brigadier Barradas, previamente capturado, firmó la capitulación de su ejército en la antigua Casa de Castilla, asiento de su cuartel general.
 Con esta victoria, México consolida su independencia. Y Santa Anna y Manuel Mier y Terán, los dos generales mexicanos de la Batalla de Tampico, obtienen el grado de generales de División y su condición de héroes, aunque con consecuencias muy desiguales para sus vidas: Santa Anna, a quien llamarían el Benemérito de Tampico, devino en un caudillo omnipotente, mientras el general Mier y Terán, uno de los insurgentes que había combatido con Hidalgo y Morelos, no pudo alcanzar la presidencia en 1830 porque se le atravesó la ambición de Santa Anna. Y terminó de malas: se suicidó con su propia espada el 3 de julio de 1832, en el curato del templo de San Antonio, en Padilla, Tamaulipas. Curiosamente, en la misma casa donde el 19 de julio de 1824 durmió sus últimas horas Agustín Iturbide, antes de ser fusilado. El general Mier y Terán tenía 43 años.
 3 El ascenso a la primera presidencia
 En 1833, Santa Anna sería presidente. Sin embargo, los años previos habían sido de destrucción del juego político legal. Sobreviene, en consecuencia, un ciclo de militarismo en el que la alternabilidad la dictan las frecuentes asonadas militares. Así fue en 1829, cuando hubo elecciones para suceder a Guadalupe Victoria. Con apenas once días de haber sido electo el Gral. Juan Antonio Gómez Pedraza, Santa Anna y otros exigen su sustitución por el Gral. Vicente Guerrero. Con Guerrero en el cargo, el veracruzano sería el jefe del ejército nacional. En 1832 hicieron caer a Guerrero, y cuando faltaban pocos meses para concluir el mandato que, legalmente correspondía a Gómez Pedraza, Santa Anna le devolvió la presidencia. Vaya.
 El 30 de marzo de 1833, el héroe de Tampico gana la presidencia mediante elecciones. El vicepresidente es Valentín Gómez Farías. Santa Anna se declara enfermo y no toma posesión del cargo. Se escurre hasta la Manga de Clavo. Inaugura de esta forma un sistema de ausencias que va a repetir en sus presidencias. Deja todo en manos del vicepresidente. Lejos de mostrar algún interés por la gestión presidencial, el Benemérito de la Patria, como también se le llamó, se encuentra más a gusto entre juegos de gallos, las cartas, los negocios y las mulatas, que se dice eran sus grandes pasiones. Es un típico caudillo de estos confines.
 En la Guerra de Independencia de Texas
 Durante esta primera presidencia, ocurre la Revolución de Texas entre el 2 de octubre de 1835 y el 21 de abril de 1836. Santa Anna, al dejar sin efecto la Constitución de 1824, suprime el régimen federal, al que luego seguiría la Constitución de 1836. Centralista. Llamada de las Siete Leyes Constitucionales. Es la respuesta que dan los conservadores a la creciente inestabilidad política y a los crónicos levantamientos armados. Pero que, de entrada, causaría las declaraciones de independencia de Tamaulipas, Yucatán y, particularmente, la de Texas. Bien pronto los conflictos con los colonos angloparlantes, que se habían hecho fuertes y eran mayoría, tomarían una expresión bélica. Se negaban a la pérdida de la autonomía. El 2 de octubre de 1835 tiene lugar la batalla de Los González, que marca el principio del grave conflicto.
 Mexicanos y texanos alternarían victorias y derrotas. Entre las victorias mexicanas se cuenta la batalla de El Álamo, de 6 de marzo de 1836, que comandó el Gral. López de Santa Anna. “Sin cuartel” dijo entonces el general. Pero de forma inesperada, la guerra terminó el 21 de abril de 1836, con la batalla de San Jacinto, a las afueras de la ciudad de Houston. Allí, el despabilado Gral. Samuel Houston (1793- 1863), al mando del ejército texano sorprendió, en medio de una gran siesta, a un cansado ejército mexicano, al que diezmó sin mayores resistencias. Fueron tan implacables como los otros habían sido en El Álamo. El curtido Gral. Santa Anna, esta vez fue apresado, tomado como rehén y botín de guerra. Debe haber pasado las de Caín.
 Poco después se firmarían los Tratados de Velasco del 14 de mayo de 1836, en los que se reconocían la independencia “total y completa” de la República de Texas y otros acuerdos. Aparecían como firmantes David G. Burnet, el presidente en funciones de Texas, y el general Santa Anna, como jefe de la nación mexicana. A cambio, se garantizaba la vida de este y su liberación. Santa Anna, mientras cautivo, fue llevado ante el presidente Andrew Jackson, el 7º de los presidentes de los Estados Unidos (1829-1837), quien daba apoyo franco a los rebeldes texanos. Texas, ya un país independiente, obtuvo su inmediato reconocimiento por los Estados Unidos, y procedió a organizar su Gobierno con Samuel Houston en la presidencia y con el yucateco Lorenzo de Zavala como vicepresidente.
 4 En el tratado firmado, Santa Anna cambia su liberación por el compromiso de deponer las armas y no invadir, ni influir, ni atacar de ninguna forma el territorio texano, y se comprometía a su retirada definitiva. Texas permanecería independiente hasta su anexión a los Estados Unidos el 29 de diciembre de 1845. En México, un nuevo gobierno dejaba sin efecto la letra de estos tratados y la autoridad de Santa Anna para firmar cualquier acuerdo o tratado en nombre de México. El Congreso, en la ocasión, alegó que el tratado no tenía ninguna validez legal por haber sido firmado por un presidente preso y presionado. Los desacuerdos, en todo caso, quedarían resueltos con la firma del Tratado de GuadalupeHidalgo, en 1848, la forma como se saldó la derrota de los mexicanos en la guerra que los enfrentó con los Estados Unidos. Santa Anna, hundido en el desprestigio, él, que en su narcisismo se sentía como un Napoleón americano, hubo de exiliarse en Estados Unidos por un corto tiempo. En 1837 se le permitió regresar y retirarse a su hacienda preferida en Veracruz. Al año siguiente –ante una nueva emergencia militar–, fue llamado otra vez a asumir la dirección del ejército nacional, y hubo de partir para Veracruz. Esta vez enfrentaría las contingencias de la llamada Guerra de los Pasteles, pero donde hubo cañonazos y destrozos. ¿Un gendarme necesario?
 En la Guerra de los Pasteles
 La primera intervención francesa en México, conocida como la Guerra de los Pasteles, fue un conflicto bélico ocurrido desde el 16 de abril de 1838 hasta el 9 de marzo de 1839. Sépase, que tras el reconocimiento de México por España en 1836, varios países, entre ellos Francia –a sabiendas de la inestabilidad política, la división de la élite política mexicana y sus crónicas peleas–, buscaron pretextos para hacerse de beneficios a sus expensas. En este caso, escudados en los reclamos de comerciantes franceses asentados en México –a los que el Gobierno de Francia daba respaldo–, por daños causados a sus tiendas en desórdenes públicos, se exigía a México una indemnización de 600.000 pesos. Los reclamos fueron promovidos por el embajador galo en México, el barón Deffaudis. El mismo que, por cierto, tendría en 1845 una notoria actuación negociadora durante el Bloqueo Anglofrancés del Río de la Plata (1845-1850).
 Al no producirse la satisfacción del caso, el barón abandonó su misión diplomática y regresó a Francia. Pero pronto estuvo de regreso acompañado de diez barcos de guerra. Fragatas, corbetas, bombarderas y bergantines fondearon frente a la isla de Sacrificios, en Veracruz, amenazando con invadir el territorio nacional mexicano, si no se cumplían las condiciones que Deffaudis recogió en un ultimátum que vencía el 15 de abril de 1838. Como el Gobierno de Anastasio Bustamante se negara a negociar bajo presión, el almirante francés, Bazoche, el día 16 de abril del mismo año, procedió a bloquear los puertos del golfo y a incautar las naves mercantes mexicanas. El bloqueo duraría ocho meses, desde el 16 de abril de 1838. Así comenzaba la Guerra de los Pasteles.
 Al ver que México no cedía, Francia envió en octubre veinte barcos más al mando del contralmirante Charles Baudin, un veterano de las guerras napoleónicas, en condición de ministro plenipotenciario del Gobierno de Luis Felipe de Francia. Este se reuniría con el ministro de Exteriores de México, Luis G. Cuevas para las negociaciones de rigor. En el último proyecto de bases para la avenencia, Baudin exigía la firma de un tratado de amistad, comercio y navegación entre los dos países que diera a Francia derechos preferenciales. Amén de la cantidad de 800.000 pesos que debían entregarse en el término de 30 días, de los que 600.000 eran para la liquidación de los daños causados a los comerciantes franceses y los otros 200.000 para cubrir los gastos de la flota francesa anclada en la costa mexicana.
 5 Francia dirigió un nuevo ultimátum a México; que al no cumplirse, hizo que los franceses abrieron fuego el 27 de noviembre de 1838, sobre la antigua fortaleza de San Juan de Ulúa. El arreglo fue obra de la mediación del diplomático Richard Pakenham, inglés, quien junto a los mexicanos Gral. Guadalupe Victoria, Manuel Eduardo de Gorostiza y el contralmirante Baudin, convinieron de esta manera: Francia retiraba las naves de guerra, devolvía a su vez las embarcaciones incautadas, cobraba los 600.000 pesos de las indemnizaciones y no cobraba los gastos de guerra. El Tratado de paz entre los dos países se firmó en Veracruz el 9 de marzo de 1839. Francia, igualmente, entre el 28 de marzo de 1838 y el 29 de octubre de 1840, bloqueó los puertos fluviales del Río de la Plata, alegando lo mismo: maltratos a súbditos franceses y exigiendo a la Confederación Argentina el trato de nación más favorecida. Una política, pues, del “rey de los franceses”.
Como se dijo, el 27 de noviembre de 1838 ocurrió la batalla de Veracruz entre mexicanos y el ejército francés que bloqueaba la costa de dicha ciudad. A causa del fuego de artillería, fue malherido el Gral. Santa Anna en su pierna izquierda, la que tuvo que ser amputada. Pasado el trauma de la pérdida, Santa Anna, que había sufrido la humillación de su derrota en Texas, y el descrédito cuando se conocieron los detalles de la matanza en la batalla de San Jacinto –donde fue hecho prisionero y obligado, para salvar el pellejo a reconocer la independencia a la República de Texas, – montó un espectáculo lacrimoso que, de momento, le permitió entrar otra vez en plan de héroe en la política de su país.
 En los funerales de la pierna amputada
 En una más de sus desmesuras, solicitó que su extremidad amputada recibiera cristiana sepultura con honores militares. Eso se cumplió en su hacienda Manga de Clavo, en Veracruz. Años después, consiguió que su pata fuera exhumada y llevada a Ciudad de México, donde se le hizo, entre grandes vítores y honores políticos y militares, un nuevo entierro el 27 de septiembre de 1842, fecha de celebración del 21 aniversario de la Independencia de México. A la pierna se le preparó un mausoleo en el cementerio de Santa Paula. El más alto de la necrópolis, que consistía en una columna sobre unas gradas y, sobre un capitel, la urna con la pierna. El funeral se cerró entonces con la lectura de un elogio póstumo de la pierna difunta. El 6 de diciembre de 1844, detractores airados destruyeron el mausoleo, profanaron la tumba y retiraron la pierna, que luego arrastraron por las calles de la capital. Desde entonces nunca más se supo de su paradero. Sin duda que, aunque de malas maneras, los gamberros evitaron la posibilidad de que, el inflamado ego del general, pretendiera que a su extremidad se le rindiera culto permanente, y que, de vez en cuando, se organizara algún otro ceremonial. Ya se sabe que la espumosa gloria de los políticos, cuando ella no es otra cosa que intrascendencia, es casi siempre breve, efímera y ridícula; en fin, como todo lo humano, diría cualquier escéptico.
 El Gral. Santa Anna, para suplir la falta de su pierna, encargó a un ebanista de Nueva York un par de piernas ortopédicas de corcho y cuero, muy bien hechas, según se aprecia en algunas fotografías, que le costaron, así se cuenta, 1.300 dólares cada una. Una de ellas se perdió durante la importante batalla de Cerro Gordo, en Veracruz, el 18 de abril de 1847, durante la guerra entre México y EE.UU., en la que el general veracruzano, bajo apremio, tuvo que huir dejando atrás, en un carruaje, la prótesis y algún dinero. Dicha batalla fue un desastre para los mexicanos, ya que facilitó que los estadounidenses entraran en la Ciudad de México sin disparar un solo tiro. La prótesis capturada, sin que se sepa bien cómo llegó hasta allí, se encuentra desde hace tiempo en exhibición en el Museo Estatal Militar de Illinois, en la ciudad de Springfield.
 6 En un tiempo los texanos, en mayo de 2014, la quisieron para ellos, llegando hasta solicitar la mediación del presidente Obama. Querían mostrarla en el Museo de Historia de San Jacinto, en Texas –lugar de una derrota triste del Gral. Santa Anna–, y ponerla junto a un buen número de avíos militares de guerra, que fueron dejados allí por sus tropas en el campo de batalla del mismo nombre, en abril de 1836, pero los de Illinois se negaron a cualquier forma de traslado. El resto de las presidencias Cierto que los períodos presidenciales fueron seis. Los de 1833; 1837; 1839; 1841; 1844 y el último en 1853. No ejercidos de continuo, sino espaciados. Como oficial, Santa Anna fue afamado y requerido durante sus 38 años de servicio militar. Y pese a su talante autoritario, solo al último de sus períodos, 1853-1855, se lo considera una dictadura. Una opinión que es compartida. En el orden de las muchas conspiraciones ocurridas, se le aprecia como el mayor conspirador. Chaquetero, además. Asimismo, se le estima como desatinado en los mayores conflictos de su país –el del inmenso Texas (1836), el de la guerra con EE.UU. (1846-1848) y en el de la venta de la región de la Mesilla (1853)–, en los que se calcula en 2.400.000 kilómetros cuadrados el monto de la pérdida territorial. Cosa distinta es preguntarse cuánto de eso pudo haberse evitado. En 1844 fue exiliado a Cuba luego de ser derrocado, pero en 1846 ante la inminencia de la invasión estadounidense, se lo llama para enfrentar al ejército de EE.UU. Una guerra en la que, en su final, pesarían las divisiones entre los estados, la carencia de recursos y las pésimas condiciones del ejército mexicano. Una fuerza militar cansada, hambrienta, atrasada y carente de pertrechos. Una guerra que Santa Anna encaró sin la debida comprensión de su complejidad y adversidad, sin visión estratégica, al negarse desde el principio a negociar, para verse luego ante la dramática situación de no poder parar el avance estadounidense, que ganaba batalla tras batalla. En septiembre de 1847 tuvo que evacuar la capital y, en medio de la mayor derrota, firmar el Tratado de Guadalupe-Hidalgo en 1848, por el que México aceptaba la pérdida de casi la mitad de su inmenso territorio. A la pérdida de Texas que, tras la batalla de San Jacinto resultaba inevitable, se agregarían las de California, Arizona, Nuevo México, Nevada, Colorado y Utah. Entre 1853 y 1855 ocurre la última presidencia del Gral. Santa Anna. Un ejercicio que nos da una idea cabal del estado de su personalidad en la parte final de su vida política. Muchos de los que se han aproximado a su estudio lo aprecian como narcisista, mitómano, con un enfermizo apego al poder y dotado de un sentido mesiánico. Santa Anna, para la fecha, permanecía en Colombia, en un exilio autoimpuesto, como el de otras veces, con los que buscaba hacer olvidar o, al menos, diluir los desencantos que generaban sus fallidas y, a veces torpes, actuaciones públicas. El hambre, el descontento y la aguda pugnacidad política causan la dimisión del presidente Gral. Mariano Arista (1851-1853). Los conservadores, que habían tenido triunfos electorales, solicitan el retorno de Santa Anna. En marzo de 1853 claman por su presencia. Valoran que hubiera tenido la fuerza de gobernar un país que, para muchos, era prácticamente ingobernable. Le piden la defensa de la religión católica, la supresión del federalismo, una nueva organización del país, y, por último, la reorganización del desangelado ejército. Mucho. Santa Anna les toma la palabra y regresa a la presidencia en abril de ese año. No obstante, al fallecer el culto e insigne Lucas Alamán –el 2 de junio de 1853–, a los 61 años, su principal colaborador y contrapeso, el Gobierno de Santa Anna queda extraviado y en franca deriva dictatorial. Fue cuando se hizo llamar “Alteza Serenísima”, “Dictador vitalicio” y “Defensor de la Patria”, lo que no suscitó emociones, pero sí, la aprensión de que la dictadura acabara en monarquía. 7 A falta de orden y concierto, vuelve la conspiración. Esta vez contra él, el otrora gran conspirador.
 El descontento resulta de una gestión que pretende, ante todo, extraer mayores recursos con nuevos tributos. Incluso por cada puerta, ventana o por tener mascotas. Asimismo, México se ve forzado a vender a los EE.UU., por 10 millones de dólares, el territorio mexicano de La Mesilla –una región que se extiende 76.770 km² por zonas que hacen parte del sur de los estados Arizona y Nuevo México–, lo cual termina por derrumbar la popularidad del sedicente “Defensor de la Patria”. El Plan de Ayutla se llama la propuesta de los conspiradores. Querían elegir un presidente temporal que llamara a un Congreso Extraordinario, del que debía salir un gobierno republicano liberal para poner fin a la interminable decadencia del país. Santa Anna, que parece no percibir la crisis, acuna el propósito caprichoso y pueril de tener una guardia suiza semejante a la del papa, para lo cual encargó a su ministro en Francia contratar tres regimientos de suizos. Ello, con dinero de la venta de la Mesilla, según se cuenta. Como el ministro tardara, escogió a los más despiertos y corpulentos de sus “juanes” –hombres de milicia– y les puso barbas postizas negras y rizadas como las había visto en un grabado del zar de todas las Rusias rodeado de militares barbudos. Vaya, vaya.
 El último derrocamiento y retorno
 Con más pena que gloria, Santa Anna fue derrocado en 1855 y exiliado una vez más. Tras un ciclo de migraciones de casi 20 años, de un país a otro, consumida su fortuna y agotadas las peripecias de los ofrecimientos de servicios como militar –lo que hizo, por ejemplo, al gobierno mexicano en 1862, durante la Segunda Intervención Francesa, pero que igualmente hizo un poco más tarde a Maximiliano I de México, del que parece haber obtenido, en 1866, un decreto como jefe del ejército–, decidió ya viejo aprovechar la amnistía general del presidente Sebastián Lerdo de Tejada (1872-1876) para regresar definitivamente a México en 1874. Para entonces ya muchos se habían olvidado del arrojado general, el guerrero y narcisista, que amaba el poder sobre todas las cosas, y que, en un gesto de soberbia y extravagancia, había ordenado los funerales de su pierna difunta. Un par de años más tarde, pobre y ciego, moriría en Ciudad de México, sin que aquello fuese advertido o causare algún pesar, la noche del jueves 21 de junio de 1876. Tenía 82 años.
 Valencia, 26 de diciembre de 2019.

*Historiador, profesor jubilado de la Universidad de Carabobo