Por Rogelio
Altez
La política
tradicional, tal como la conocemos, está desapareciendo. El siglo XXI ha
enseñado una nueva forma de hacer política que haría estremecer a aquellos
líderes de investidura intachable, flamantes de trajes sobrios y verbo
honorable. Todo cuanto nos conmueve en lo que va de nueva centuria da cuenta de
la progresiva desaparición de esas figuras que desplegaban una mezcla moderna
de nobleza y liberalidad, entalladas en la confianza plena sobre un futuro de
igualdades. Ya no están o apenas se ven unos pocos, desarticulados y
desencajados, ineficientes, en medio de una realidad que exige otras
habilidades para llegar al poder.
Nos han
empujado hacia los extremos, obligando a tomar partido por polos que no
necesariamente representan lo que pensamos. Una especie de urgencia ideológica
sin tiempo de reflexión. Si no eres de un lado, eres del otro, sin
alternativas. Las izquierdas acusan de derechas a quien les discuta o contradiga,
y allí van a dar liberales y dudosos, centros y demócratas, o quien sea,
incluso los que siempre hemos sido de izquierda, esa que hoy ya no existe. Ha
sido la jugada de la acusación; eres el enemigo si no estás conmigo, paradoja
insalvable que semeja un mensaje evangélico: si estoy con Dios, quién contra
mí. Al otro lado de esa acusación van a dar todos. En ese infierno de infieles
imperialistas arden los que piensan diferente, sin oportunidad de argumentar
nada. Esta derechización del otro acabó por refundar a la derecha,
especialmente en América Latina.
Todo forma
parte de una estrategia, como aquel verbo honorable y los trajes sobrios. El
extremismo político de este siglo no es un resultado insoslayable de décadas
perdidas en cegueras clientelares. Ha sido una maniobra oportuna y eficaz que
nos lleva a tomar partido entre dos opciones, tal como si no hubiese otras.
Inmensas palas mecánicas de ideología barren los centros y las diferencias,
arrastran todo hacia uno y otro lado. Los extremismos ideológicos del presente
han aplastado los pensamientos críticos, las alternativas, las terceras vías.
Es la sal regada en el campo para que nada vuelva a crecer.
Conviene
esto, y mucho, a aquellos que no poseen mayores herramientas políticas. En sus
miserias solo se asoma el terror a quien les desnude; por ello sepultan la
disidencia, evitan el debate, viven de la acusación. Los discursos de los
extremos solo argumentan en su beneficio, y no para la demostración. Aquí las
ideas duran segundos y se esfuman ante el huracán del pragmatismo. Es el tiempo
de las consignas, del grito, del vacío en la palabra, de la fuerza de la
imagen. Hoy las consignas solo son un imaginario sin tiempo, un sello que
acompaña un meme o se eleva en una pancarta sin mayor intención que la de ser
visto, y cuyo significado real no importa.
La política
de este siglo no se detiene en la formación del pensamiento; de hecho, no se
detiene en nada. Va al ritmo de aplicaciones digitales, del consumo de la
imagen, de la fugacidad de un bit. Su grandilocuencia se reduce a
cierto límite de caracteres. Esta forma de hacer política tiene el anonimato de
un gif y se hace multitudinaria con un like. Su
poder de convocatoria sube y baja según las visitas a una página. El tiempo de
la política ya no es el que conocíamos; el trabajo con las bases ha sido
sustituido por algoritmos que conocen las preferencias de los electores en
tiempo real, es decir, ahora, ya. Para la convocatoria de los extremismos, lo
efímero de la virtualidad es el nutriente perfecto, la clave para evadir y no
pensar. El que piensa es execrado hacia el centro, hacia el vacío de
significados decretado por los polos.
El siglo XXI
es el de la inmediatez política, días de premura en detrimento de proyectos a
largo plazo. Sus proyectos solo enlistan objetivos de poder y borran a la
sociedad de sus metas. Con ese vértigo van tropezando todos, en caída libre
hacia los extremos. Un manto de ilusión ha borrado la importancia del tiempo, y
ya nadie cree en el largo plazo, en el esfuerzo sostenido, en el paso de los
años para lograr metas. Todas condiciones de la política tradicional. Ningún
proyecto de larga duración sobrevive al vértigo extremista. No hay lugar para
la reflexión, para la advertencia frente al despeñadero. Al vacío van
condenados en carrera inexorable hacia algún extremo por el peso de su masa. La
gravedad que acelera esa caída tiene la fuerza de la exclusión.
Los extremos
excluyen y uniforman el pensamiento con códigos de identidad que satisfacen
carencias de aceptación, pero no resuelven los problemas de la desigualdad; por
el contrario, los profundizan, apuntan a la desigualdad como estímulo para
tomar partido. Se trata de ser antípodas, siempre opuestos. Ser el contrario
del otro. Mientras se pregona la equidad se aplastan los matices. Condenar la
diferencia en medio de lemas de igualdad equivale a rechazar la alteridad. En
ese éxtasis del desprecio por el otro se fundan supremacismos que dividen,
separan, hieren, discriminan. Mientras el mundo grita por la inclusión, la
consigna pugna por el uniforme. Es la contradictoria metáfora de los nuevos
fascismos: luchas contra el odio y odias al luchar.
A la fuerza,
lo que va de siglo enseña que la política ha cambiado, y con ella sus
liderazgos. No sobrevive quien se disponga a procesos de transformación, sino
aquel que destruye a su enemigo. Y por eso conviene tener al enemigo siempre
enfrente. Polarizar es una estrategia en la que solo puede haber dos, nosotros
y los otros. Si hay un polo debe haber otro; es una ley de la física que se ha
convertido en mecánica política. Para polarizar a la sociedad ha bastado con
convocar descontentos, hartazgos y desigualdades, señalar al contrincante y
obligar a que señale hacia este lado. Los líderes de estos tiempos brillan en
este juego de improperios. Juntan masas, satisfacen sus ansiedades y estimulan
rabias en insultos que se alucinan en colectivo. Chávez, Trump, López Obrador,
el peronismo o Bolsonaro, son ejemplos que rompen con los estilos de un pasado
tan cercano como decadente. La política con estética de diálogo ha sido derrotada.
Destruir,
romper, dañar, incendiar. La ira contra la realidad es una travesura que se
confunde con manifestación política. Y la realidad es una travesura que se
confunde con la ira. Como en el «Cambalache» de Discépolo, todo es confusión,
mezcla, opacidad. En los extremos yace aquello que la pala mecánica arrastró,
como un alud, enmarañado en el vacío de las consignas, en el grito uniformado,
en esa voluntad diluida por intereses mayores. Prender fuego a todo es un burdo
intento de opinión política, cuando en realidad es el éxito del extremismo,
actuar sin pensar, servir a otro sin saberlo.
En medio de
generaciones con adolescencia sin fin, las militancias se sustituyen con followers.
Ellos encarnarán la participación política del futuro, el voto de las décadas
por venir. Se saben en sociedad por hallarse suscritos a redes tecnológicas que
les conectan globalmente, tanto como les encauzan ideológicamente. Se alucinan
“sociales” por estar en “redes”, resimbolizando la realidad. Allí la verdad es
una generalidad compartida a la vuelta de una consulta en línea, y el
compromiso deviene en fotografías con significados que duran microsegundos. El
vacío político de este tiempo es, a su vez, la nueva política. “La tele miente.
Ojo Estado: Ahora hay Instagram”, dice un grafiti en Santiago de Chile. En la
breve pertinencia del influencer, la nueva política convoca con
fugacidades que pasan arrastradas por un dedo sobre la pantalla.
Con la misma
arrogancia que Europa ha llamado «mundiales» a sus guerras del siglo XX,
Occidente estaba autoconvencido de que la ética liberal había triunfado para
siempre. Era su victoria global, la mundialización de sus valores. Se durmieron
entre laureles y hoy el liberalismo está arrinconado. En la naturalización de
sus convicciones olvidaron el trabajo político, la consulta a las bases, el
ajuste de objetivos, el mantenimiento de sus proyectos. Ocurrió en casi todas
partes. Si vemos arder a Quito y Santiago, o revive el franquismo en España, se
debe al olvido del futuro, como si lo hecho bastara para dejar pasar y dejar
hacer. La pluralidad está condenada y los extremos aplastan en un apocalipsis
de las diferencias y del pensamiento libre. Hoy el sujeto crítico marcha
reclutado hacia el abismo de esos extremos, cuyo mayor éxito ha sido hacernos
creer que no hay otra salida.
Tomado de
PRODAVINCI
