Por Eduardo Suárez *
Durante un mitin en
Florida, se preguntó qué podía hacer con los inmigrantes que llegaban a la
frontera. "¡Dispararles!", gritó uno de sus seguidores. El presidente
le rió la gracia. Este sábado en El Paso esa amenaza se cumplió
El Paso es
una de las ciudades más seguras de Estados Unidos. En 2018 la policía
local registró 23 homicidios, 13
veces menos que Baltimore con una población muy similar. El 82% de los
682.000 habitantes de El Paso son hispanos. Muchos nacieron allí. Otros
llegaron del otro lado del Río Grande y se integraron en esta ciudad abierta,
vibrante, orgullosa de su diversidad.
El éxito de
El Paso rebate uno por uno los argumentos apocalípticos de Trump. Allí la
inmigración no trajo miseria ni delincuencia sino prosperidad.
Esta
evidencia no ha evitado que el presidente haya usado El Paso como un arma
arrojadiza en su campaña contra la inmigración. En su discurso anual ante el
Congreso, aseguró en falso que la delincuencia solo se había desplomado
en la ciudad cuando se había construido una valla fronteriza en los
alrededores. Unas horas después, viajó allí para agitar el espantajo de las
caravanas de inmigrantes de Centroamérica y pedir apoyo para el muro que se
propone construir. En aquel mitin uno de sus seguidores agredió a
un reportero de la BBC.
Este
contexto es importante para comprender por qué un joven blanco entró con un
fusil en un supermercado de El Paso y recorrió cada pasillo disparando a los
clientes hasta quedarse sin munición. El asesino, cuyo perfil de Twitter
incluía elogios a Trump y referencias al muro, vivía con sus abuelos en un
suburbio de Dallas. Lo separaban casi nueve horas al volante del lugar del
crimen. Disparar en El Paso no fue una decisión casual.
Queda mucho
por saber sobre el terrorista del sábado. Pero no es la primera vez que el
autor de una masacre similar resulta ser admirador de Trump. Las cartas bomba
que recibieron en octubre jueces, políticos y periodistas las envió un tipo
huraño que trabajaba como disc-jockey en un club de strip-tease de Florida. Sus
propios abogados aseguran que se fue radicalizando a medida que
escuchaba los discursos de Trump y leía sus tuits. El hombre que asesinó a 11
personas en una sinagoga de Pittsburgh mencionó como móvil del crimen la
caravana de migrantes que se dirigía esos días a EEUU. El atentado tuvo lugar
en mitad de la campaña de las elecciones de 2018. La caravana fue el argumento central de todos los mítines
de Trump.
En Estados
Unidos pervive un racismo estructural que hunde sus raíces en la esclavitud que
practicaron los estados sureños durante casi un siglo. Pero ningún presidente
sin esclavos ha exhibido ese racismo en público de una forma tan descarnada
como Trump.
Líderes como
Nixon o Reagan usaron lo que se conoce de forma coloquial como dog-whistleo
silbato de perro, llamadas implícitas al voto del electorado racista. Trump es
mucho más explícito en sus insultos. En junio de 2015, lanzó su campaña diciendo que los inmigrantes mexicanos eran violadores
y traficantes de drogas. En sus mítines a menudo lee un poema racista y utiliza el dolor de las madres de personas asesinadas por inmigrantes
indocumentados. Algunos hispanos conservadores le votaron creyendo que sus
palabras eran puro teatro. Al llegar al poder, sin embargo, Trump mantuvo la
misma retórica, separó a cientos de niños de sus madres, encerró en jaulas a los inmigrantes y endureció las condiciones para pedir asilo en su país.
Es imposible
demostrar que las palabras incendiarias de Trump son la causa directa de los
disparos del asesino de El Paso. Pero los motivos que el asesino expone en su
manifiesto no son muy diferentes de los argumentos de la campaña del presidente
o de los contenidos que programa cada noche su canal favorito: Fox News. En las
últimas semanas, Trump se ha mofado de cuatro congresistas demócratas y ha
permanecido en silencio mientras sus seguidores le pedían a gritos que enviara a su país de origen a una de ellas, de origen
somalí. Durante un mitin en Florida, se preguntó qué podía hacer con los inmigrantes que
llegaban a la frontera. "¡Dispararles!", gritó uno de sus seguidores.
El presidente le rió la gracia. Este sábado en El Paso esa amenaza se cumplió.
Los delitos
de odio se han disparado en Estados Unidos desde que Trump lanzó su candidatura
a la Casa Blanca, pero no se han disparado en todas partes por igual. Un estudio de tres investigadores de la Universidad del
Norte de Texas descubrió que subieron tres veces más en los condados donde
Trump celebró un mitin durante su campaña. Allí donde no fue, llegó a través de
los canales que transmitieron sus consignas sin filtros para ganar audiencia.
Muchos racistas que hasta entonces habían callado empezaron a atreverse a decir
en público lo que decía Trump.
En los
últimos dos años, el medio sin ánimo de lucro ProPublica ha reunido decenas de
testimonios de personas que han sufrido este rebrote de odio en su proyecto Documenting
Hate. En esa atmósfera han germinado plataformas digitales como 4chan o
8chan, donde jóvenes varones supremacistas intercambian consejos sobre cómo
burlar a la policía o impresiones sobre los crímenes del terrorista que atentó
contra dos mezquitas en Christchurch. Allí colgó el terrorista de El Paso su
manifiesto y allí se celebró su matanza como una hazaña más.
Robert Evans ha explicado en detalle cómo estos jóvenes racistas
usan esos foros y cómo describen cada nueva masacre como un juego en el que el
objetivo del terrorista es batir el registro del terrorista anterior. Ni su
edad ni su actitud ni sus actos son muy distintos de los de los terroristas del
ISIS. Sí es distinta la respuesta del Estado, más timorato a la hora de aplicar
la legislación antiterrorista. Una investigación del medio The Intercept desveló
que el Departamento de Justicia solo se la había aplicado a 34 de los 268
militantes de extrema derecha arrestados desde el 11 de septiembre de 2001.
También es distinta la actitud de los medios. Según un estudio liderado por la investigadora Erin Kearns, los
periodistas cubrimos cuatro veces más los atentados vinculados a grupos
yihadistas. Solo un 12,5% de los 136 actos terroristas que tuvieron lugar entre
2006 y 2015 fueron obra de un musulmán, pero esos actos recibieron más de la
mitad de la cobertura en los medios de comunicación.
Esta actitud
del Estado y de los medios se explica a la luz del racismo estructural que se
resiste a morir en Estados Unidos. En términos políticos, es un grave error.
Según la Anti-Defamation League, supremacistas blancos perpetraron el 70% de los 427 homicidios relacionados
con el extremismo que se registraron en Estados Unidos en la última década. Ni
el Gobierno federal ni las autoridades de los estados han dedicado por ahora
recursos suficientes a atajar esta amenaza. Ojalá esta masacre les haga
recapacitar.
Quienes
murieron asesinados en El Paso son las víctimas de un movimiento terrorista tan
organizado como el ISIS. Sus asesinos son jóvenes racistas y misóginos que a
menudo se han radicalizado al calor de las palabras de Trump. Este fantasma
recorre el mundo. Pero es especialmente mortífero en Estados Unidos por el
impacto de la Segunda Enmienda de la Constitución, despojada de restricciones
por el poder de la poderosa Asociación Nacional del Rifle, que financia las
campañas de decenas de congresistas y gobernadores republicanos. Según Gallup, seis de cada 10 ciudadanos están a favor de leyes
más estrictas. Pero esas leyes no se aprueban por la resistencia de los
republicanos (y de algunos demócratas) del Capitolio. Ni siquiera Barack Obama
fue capaz de sacarlas adelante en diciembre de 2012, después de la masacre de
la escuela de Sandy Hook.
Y sin
embargo El Paso no es Dayton. Un atentado terrorista no es un tiroteo más. Su
objetivo es influir en el Gobierno e intimidar a los ciudadanos, en este caso a
una parte de la población. Si el ataque de El Paso hubiera sido obra de un
yihadista, la reacción de los líderes republicanos habría sido muy distinta.
Todos se habrían pegado por aparecer delante de las cámaras en lugar de salir
corriendo. Ninguno se habría atrevido a mencionar como posibles causas del
atentado los videojuegos, la violencia en las series o las políticas que velan
por la salud mental.
Después del
atentado contra la sinagoga de Pittsburgh, Trump se quejó de que los medios no
habían culpado a su predecesor del ataque contra una iglesia negra de
Charleston en junio de 2015. El contraste entre la reacción de ambos es tan
grande como el abismo que les separa. Obama pronunció entonces uno de sus mejores discursos. Trump apenas ha escrito un
par de tuits y se ha ido a New Jersey a jugar al golf.
Ese
contraste resume la tragedia que sufre Estados Unidos desde noviembre de 2016:
haber cambiado a un líder sabio y reflexivo por un narcisista al que no le
importa ensanchar las brechas que separan a sus ciudadanos si eso le ayuda a
sobrevivir. Solo cabe aferrarse a las palabras que pronunció Obama en el
funeral del pastor de aquella iglesia de Charleston el 26 de junio de 2015,
apenas 10 días después de que Trump se lanzara a la carrera presidencial.
"En esta terrible tragedia, Dios nos ha dado su gracia y nos ha permitido
ver donde estábamos ciegos. Estando perdidos, nos dio la oportunidad de
encontrarnos con la mejor versión de nosotros mismos". Entonces no ocurrió.
Ojalá ahora sí.
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*Tomado de
Eldiario.es / España
