Chris Buckley /lanacion.com
PEKÍN.- Cerca del amanecer del 4 de junio de 1989, Zhou Duo
avanzó hacia la hilera de soldados armados hasta los dientes. Miles de
manifestantes se agolpaban en la Plaza de Tiananmen, en Pekín, aterrados ante
la posibilidad de que las tropas los masacraran en el lugar más sagrado de la
política china.
Los soldados ya habían disparado a mansalva sobre la
multitud, ingresando por asalto a la plaza con la orden de despejarla antes del
amanecer, y Zhou se acercó con la esperanza de negociar la salida de los
manifestantes, muchos de ellos, estudiantes. Se tragó su miedo y le dijo a un
oficial: "Ya corrió suficiente sangre, no hace falta más". La
represión del Ejército chino dejó centenares de muertos.
Zhou era uno de los cuatro jóvenes intelectuales que ayudaron
a salvar vidas negociando la evacuación de los manifestantes. Treinta años
después, a los 72 años, es uno de los pocos actores destacados de la protesta
que aún viven en China y que siguen defendiendo las aspiraciones de aquel
movimiento de 1989, aunque lo atormenten las lecciones aprendidas de aquellos
hechos.
Zhou suele evaluar las decisiones que tomó y que culminaron
en la evacuación de la Plaza de Tiananmen. Su vida es vigilada de cerca por
agentes de seguridad. Sobre quienes intentan mantener vivo el recuerdo de las
protestas y la masacre rige una censura asfixiante, que también borró de
internet en China prácticamente toda referencia a esos levantamientos. Y el
país se volvió cada vez más autoritario bajo Xi Jinping, cuya administración
tiene acorralados a defensores de los derechos humanos, activistas sindicales,
estudiantes y a las minorías étnicas musulmanas.
"Me siento cada vez más aislado", dijo Zhou al ser
entrevistado en Pekín por el 30º aniversario de la represión en Tiananmen.
"A la mayoría de la gente no le importa el 4 de junio, y los jóvenes ni
siquiera saben qué significa". Zhou cuenta su experiencia sentado en un
café en el norte de Pekín, donde el resto de los clientes, con los ojos
clavados en sus celulares, parecen ajenos a esa conversación sobre protestas y
derramamiento de sangre.
La realidad cotidiana de Zhou es un crudo recordatorio del
éxito que tuvo el Partido Comunista Chino (PCCh) para asociar el crecimiento
económico con el autoritarismo durante las últimas tres décadas, ignorando
soberanamente todo pedido de mayor libertad política.
En 1989, Zhou era uno de "los cuatro caballeros de
Tiananmen", apodo del grupo que hizo huelga de hambre durante las
manifestaciones y después ayudó a evacuar la plaza. Otro de ellos era Liu
Xiaobo, el disidente que en 2010 ganó el Premio Nobel de la Paz mientras estaba
en prisión por su militancia a favor de la democracia. Liu murió en prisión en
2017. Los otros eran Gao Xin, que emigró a Estados Unidos, y Hou Dejian, un
músico nacido en Taiwan que abandonó la disidencia.
Después de la represión de 1989, Zhou pasó casi un año en la
cárcel, pero después de su liberación siguió vigilado de cerca. Las
manifestaciones en Tiananmen hicieron erupción en abril de 1989, cuando los
estudiantes se reunieron para lamentar la muerte de Hu Yaobang, un líder
reformista del PCCh. Ese homenaje fue creciendo hasta convertirse en un
movimiento que en el transcurso de seis semanas fue juntando a cientos de miles
de personas que confluyeron en la plaza para exigir mayores libertades
políticas y el fin de la corrupción.
Zhou hizo de intermediario entre los líderes de la protesta y
los funcionarios moderados del PCCh que trataban de coaccionar a los
estudiantes para que desalojaran la plaza.
La noche del 3 de junio, el Ejército Popular de Liberación
inundó la ciudad, y el rumor de una inminente carnicería masiva llegó a
Tiananmen. Las tropas tenían la orden de recuperar la plaza en cuestión de
horas. Zhou y sus amigos trataron de organizar la salida de los manifestantes
que quedaban. Pero moverse de allí era peligroso, y algunos querían quedarse y
pelear.
Zhou y Hou, el músico, abordaron a los soldados para
negociar. Zhou les rogó que les dieran tiempo y habilitaran un corredor para la
salida de los manifestantes. Uno de los oficiales aceptó. Cerca del amanecer,
miles de estudiantes y vecinos dejaron la plaza en fila, algunos llorando,
otros cantando o gritando eslóganes desafiantes.
Ya retirado, Zhou escribe ensayos sobre su pasado y sobre
cuestiones actuales y da clases de música clásica, una de las pasiones de su
vida. Sus memorias salieron a la venta esta semana en Hong Kong, donde fueron
publicadas más allá del alcance de la censura china.
Con los años, Zhou se volvió más cauto sobre el camino a
seguir para alcanzar la democracia en China. La clase media creció y muchos
ricos viajan al extranjero, pero eso no inclinó el tablero contra la
dirigencia, como muchos liberales esperaban que ocurriera. Según Zhou, las
elites empresarias e intelectuales tienen demasiado que perder como para
desafiar al partido.
"Con el poder de control y represión que tiene, en China
no hay fuerzas internas capaces de poner en jaque al PCCh", dice Zhou.
"Y ahora, con internet, la alta tecnología, los macrodatos, la inteligencia
artificial y el reconocimiento facial, el futuro se parece mucho a 1984",
señala, en referencia a la novela distópica de George Orwell sobre un Estado
totalitario y omnipresente.
The New York Times
Traducción de Jaime Arrambide
