Por Enrique Ochoa Antich
Venezuela reclama a gritos una tercera opción... y una cuarta, y una quinta,
pero una tercera opción. Política, civil, social. Superar esta polarización
embrutecedora y estupidizante, de odios, rencores y prejuicios, es ya no la
tarea de una parcialidad interesada en abrirse un espacio bajo el sol, sino una
urgencia nacional.
Una tercera opción que sea de clara
oposición al gobierno, que es con mucho el peor gobierno de toda nuestra
historia. Que combata y denuncie con reciedumbre su ineficacia, su corrupción
desmedida, su patético perpetuacionismo y los dogmas que anidan en el cerebro
de sus capitostes. Que rechace su visión autoritaria, burocrática, militarista,
centralista y proto-totalitaria del poder. Que condene la masiva violación de
los derechos humanos que comete a diario. Que rechace el fardo de su
pertenencia ideológica estatista y populista. Que rechace su decadencia moral.
En fin, que ponga de bulto la devastación nacional que ha comportado y la
inmensa catástrofe social humanitaria a que ha conducido a una parte muy grande
de la sociedad, en particular a los más pobres.
Pero una tercera opción que no caiga en la trampa del falso unitarismo de todos
quienes se oponen a ese gobierno repudiable. En contrario, una tercera opción
que se base en el deslinde claro,
existencial, innegociable con el extremismo, incluso ese extremismo suave que algunos contemporizadores
quieren vender como radicalismo a secas. Que no contemple alianzas de ningún
tipo con quienes en algún momento reciente hayan promovido la salida de fuerza,
el incremento de las sanciones económicas y financieras contra el país, la
guerra civil y la intervención militar extranjera, como los principales voceros
de la oposición que hegemoniza a la AN han explicitado, comenzando por su
presidente. Que no comparta mesa con quienes se saltan la Constitución si les
conviene y buscan penosamente en Washington el visto bueno a sus actuaciones.
Ni oposición autoritaria, ni oposición violenta, ni oposición tutelada. Con esa
oposición, ni a la esquina.
Una tercera opción que parta de una convicción dialéctica: todo proyecto de
unidad nacional exitoso comienza por un deslinde. La unidad nacional de la
tercera república comenzó con el sangriento deslinde de la guerra a muerte. Punto Fijo (criticándole lo que haya que
criticarle) comenzó con el deslinde de adecos y comunistas de los años 30 y al
final construyó un vasto consenso unitario que le dio piso a una experiencia
democrático-representativa de 40 años, la más larga de nuestra historia. EEUU,
tal vez el proyecto unitario más ambicioso del siglo XX, se hizo posible
gracias nada más y nada menos que a una guerra de secesión cruel y fratricida.
Una tercera opción cree en el voto como instrumento privilegiado de cambio, por
tanto vota siempre; cree que la
palabra y la persuasión civilizada nos transforma a ambos interlocutores, por
tanto promueve siempre, bajo cualquier
circunstancia, el diálogo y la negociación; cree en la paz como fin y como
medio pues aquél no justifica éste sino que se prefigura en él, por tanto promueve la protesta política y social pero
sólo pacífica; y defiende a la nación frente a cualquier injerencia, sea
del signo que fuere, pues es soberanista
a todo evento. Esto como ruta democrática
para el cambio.
Como instrumento para conducirnos por esa ruta cree, claro, en el partido
político como entidad orgánica, es decir, con pertenencia doctrinaria e
ideológica, con estructura organizativa de raigambre social, y con un liderazgo
capaz y probado en la lucha. Pero cree en mucho más que un partido político:
cree en un movimiento de movimientos,
en una alianza de factores políticos y
sociales autónomos acordados en el tiempo y en el espacio alrededor de un
programa mínimo común. Un espacio que supere 20 años de chavismo y
antichavismo y que sea capaz de integrar creadoramente a quienes vienen del
afluente del chavismo (disidente) y de sectores (disidentes) de la oposición
exMUD. Es un inmenso desafío inventar los métodos y las reglas de una formación
diversa como ésta que logre complementar con sano equilibrio democracia interna
y eficacia externa... pero es el desafío que toca en los nuevos tiempos que
corren. Partidos políticos, movimiento popular, sociedad civil, organizaciones
sociales, individualidades, todas juntas en un propósito consensuado.
Una tercera opción que no ponga la mirada en la obsesión de la salida de su
adversario del gobierno sino más allá, que no se venda a cuenta de los defectos
del otro sino de sus propias virtudes. Que se imponga la gran tarea de reconciliar al país, sacándonos de este
cepo de odios y rencores. Que se proponga la reinstitucionalización del Estado a partir de su
reconstitucionalización. Que propicie escenarios
de democracia directa, donde el pueblo sea protagonista de su propia historia,
pero desarrollando y nunca vulnerando los principios básicos de la democracia
representativa. Que asuma la ciclópea tarea de reconstruir el aparato productivo pero sobre nuevas bases,
superando 60 o más años de rentismo, estatismo y populismo. Que supere el falso
dilema de Estado o mercado por una visión integradora de ambos, asegurando una sociedad de progreso, justicia social y
bienestar para todos. Que ponga de pie la caótica infraestructura de
servicios, una de las principales vías para la redistribución y democratización
de la riqueza y clave para lograr la materia pendiente de hacer de la nuestra una economía exportadora más allá del petróleo.
Todas las encuestas dicen que la mayoría del país está en este tercer sector.
Pero todos sabemos del enorme poder de los dos polos: allá,
gobierno/presupuesto/Poderes/F.A.; aquí, AN/ EEUU/cuantiosos recursos
financieros. Así que quienes asuman el reto de construir esta tercera opción,
deben saber a qué se enfrentan.
¿Dificil? Nadie ha prometido un jardín de rosa. ¿Improbable? Sí, incluso
improbable... pero no imposible. La política suele ser mágica, cuando quiere.
Y, en todo caso, por difícil e improbable que sea, se trata de la misión
correcta, moralmente correcta, frente a un país hastiado de dos élites que nos
han traído, una más que otra, pero ambas, a este lodazal en que chapoteamos con
aspavientos de ahogados.
¿Ha de hacer acto de presencia ese nuevo liderazgo, nuevo no tanto por razones
etarias sino por sus ideas, que asuma esta tarea? ¿Lo apoyarán las mayorías
nacionales en el momento de la verdad, cuando ante unos próximos comicios ya no
se confronte el venezolano con sólo dos referencias sino con tres... o más?
¿Tendremos los de esta doble disidencia, con el gobierno y con la oposición
clásica, la estatura para encarnar esa tercera opción que millones de
compatriotas aguardan con ansiedad? ¿Nos quedaremos estancados en este juego a
dos que se amenazan con la extinción sabiendo que no pueden vencer? Son las preguntas
que muchos nos hacemos y que sólo el porvenir responderá por nosotros.
