MADRID — Hubo
tiempos en que la Luna servía para algo. Tiempos en que los amorosos la miraban,
los locos la sufrían, los peores poetas la cantaban, los astrónomos trataban de
escrutarla con cristales pulidos: esos tiempos, esa forma de la melancolía.
Después, hace ya medio siglo, cambió de rol y se volvió bandera del progreso:
el hombre todopoderoso había podido lo imposible. Ya pasó tanto tiempo y poco
más: otra forma de la melancolía.
Hablaremos de
ella hasta la saciedad, hasta el cansancio. No sé si sabremos de qué hablamos,
ahora, cuando hablamos de la Luna y su momento. Hablaremos de logros, de
hazañas, de aventura, pero la idea de primera vez es engañosa: supone que algo
empieza. Desde ese día, once personas más caminaron por la Luna; el último lo
hizo en diciembre de 1972 y fue, también, el último que
salió al espacio exterior. Los pocos que subieron desde
entonces se quedaron a menos de mil kilómetros de casa.
La frase es famosa,
se estudia en las escuelas: un gran salto para la humanidad. Pero, como
tantas otras veces, la humanidad no fue a ninguna parte. La llegada de
Armstrong, Aldrin y Collins a la superficie de la Luna, el 20 de julio de 1969,
fue la mayor proeza técnica del hombre: salir de nuestro mundo, entrar en el
siguiente. El planeta estaba literalmente arrebatado. Incluso don Abilio
Bassets, mi profesor de latín de primer año, escribió una oda que nos hacía
repetir a coro, pequeños saltamontes, día por medio: “Bracchium Forte, unde
venis?/ Ex Luna venio…”, decía, donde Bracchium Forte —brazo
fuerte— era, por supuesto, Arm Strong. Pero ya pasaron casi
cincuenta años y no pasó nada; se diría que la hazaña más impresionante fue una
prueba de circo.
Yo tenía doce
años cuando Bracchium Forte desembarcó en la Luna y me siento estafado. El
contrato era claro. En esos tiempos en que tantos trataban de cambiarlo todo
—las estructuras económicas, la discriminación de mujeres y negros y pobres, el
sexo y las familias, las costumbres, los libros, las canciones— la Conquista
del Espacio era la versión estatal de esos cambios: dejaríamos de ser
terrícolas, romperíamos nuestras últimas cadenas.
Es fácil
compararla —se ha comparado tanto— con la llegada de Colón a América; se parece
mucho más al paseo de aquella flota china que llegó, hacia 1420, a la costa
oriental del África y descubrió las jirafas y los rinocerontes y volvió a
contárselo a un rey que decidió olvidar esas tierras perfectamente
innecesarias para su mayor gloria. Con la Luna pasó lo mismo: fueron, pisaron,
no volvieron.
El hombre en
la Luna fue, de dos maneras, la gran culminación de la modernidad: el último
gran viaje de una sociedad que se formó en sus viajes de conquista, agregando a
los suyos territorios lejanos, y el último gran logro de aquellas máquinas cuya
fuerza mecánica importaba más que su capacidad de computar. Pero la Luna se
quedó tan distante como siempre, tan vacía.
Me gustaría
saber por qué. El fin de la Guerra Fría fue, supongo, decisivo: aquello se
hacía, sobre todo, por razones políticas de una política que después se
terminó. El control del espacio se inscribía en la lógica —militar,
propagandística— de ese enfrentamiento: Estados Unidos y Rusia tenían que
dominarlo para mostrar que dominaban y, más pedestres, porque si lo hacía el
otro podía barrerlos de la Tierra. Así, se puede suponer que aquel triunfo
estadounidense fue un golpe brutal para la Unión Soviética, el principio de su
fin, el inicio de este orden mundial donde el capitalismo reina sin rivales.
Pero esperábamos algo más que ese detalle.
Teníamos,
entonces, una confianza en el futuro que perdimos. Y la Conquista del Espacio
era uno de sus símbolos. No es que no fuera difícil, pero la abandonamos. Los
Estados dejaron de pagarlo, las personas de suponer que ese era el desafío de
estos tiempos. Ahora el futuro nos suena a amenaza. Cuando se habla —poco— de
retomar estas expediciones, lo que aparece son los dos rasgos más definitorios
de nuestros tiempos: el miedo, la codicia.
Aparece el
miedo: buscar una salida por si acaso la Tierra, como muchos temen, se nos
vuelve invivible. Lo que siempre hizo el hombre —emigrar, buscar nuevos
lugares— aumentado en cantidad de kilómetros, no en calidad de desafío. Se
podría pensar que establecer colonias en la Luna o en Marte es mucho más
difícil que navegar a América en 1500; sospecho que las dificultades son
proporcionales al desarrollo de las técnicas, que los problemas que parecen
insalvables son los que, en cada momento, una disciplina consigue imaginar.
Aparece la
codicia: el motor de las posibles expediciones ya no es la voluntad de conocer
sino las posibilidades de explotar; se habla del espacio exterior y sus cuerpos
celestes como una mina extraordinaria de materiales que, por ahora, no son de
nadie y se podrían rapiñar.
Y reaparece
el peor patriotismo: Make America Great Again. Los chinos mandaron una
nave que aterrizó, el 2 de enero, en la cara
oculta de la Luna y el vicepresidente de Estados Unidos salió a clamar que
en 2024 —antes de que termine su eventual segundo término— volvería a haber
estadounidenses por allí. Como si, medio siglo después, la Guerra Fresca se
estuviera reconstituyendo, sin demasiada ideología, entre dos países capitalistas
que se disputan el planeta y, para eso, también tienen que ir a otros planetas.
Aunque, para
estar más de acuerdo con los tiempos, en la carrera asordinada también participan
tres o cuatro millonarios. Hace 50
años los Estados suponían, todavía, que era su responsabilidad intentar estas
hazañas —y otras más cotidianas—. Ahora parece que casi todo debiera estar en
manos de los más ricos, desde el desarrollo de las ciencias hasta el bien de la
humanidad, pasando por el incordio de definir cómo vivimos cada día.
En cualquier
caso, medio siglo después seguimos sin entender los efectos del viaje más
impresionante de la historia. Hablaremos mucho, en estos días, de aquel día,
aquel paso, aquellas imágenes confusas. Quizá lo más decisivo de ese alarde no
fuera que un señor holló la Luna sino que 500 millones
lo vimos —sucio, borroneado— desde toda la Tierra:
Neil Armstrong, Bracchium Forte, no inició los grandes viajes espaciales sino
las transmisiones globales que crean una simultaneidad, un tiempo común donde
todos consumimos lo mismo. Esos 500 millones, que entonces eran la desmesura
más completa, son los que ahora miran, cualquier miércoles, una semifinal de
Champions. Es el espacio que hemos conquistado; en cuanto al otro, al exterior,
estamos casi como entonces.
Pero
hablaremos mucho, en estos días, de aquel pequeño paso para un hombre. Sería
una buena oportunidad de hablar un poco sobre los grandes saltos que ha dado —o
no dado— en este medio siglo la famosa humanidad. Llegar a la Luna era una meta
mítica; si algo falta, ahora, son esas minucias.
*Martín
Caparrós es periodista y novelista. Su libro más reciente es la novela
"Todo por la patria". Nació en Buenos Aires, vive en Madrid y es
colaborador regular de The New York Times en Español.
