Opinión / Por Humberto Seijas Pittaluga
La semana pasada, la mayoría de los venezolanos fuimos
sorprendidos —y todavía estamos asqueados— por las terribles escenas que circularon
profusamente por los medios sociales, en las cuales unos facinerosos decapitaban,
mientras todavía respiraba, a un desafortunado que sufrió la calamidad de ser
capturado por ellos en la zona fronteriza del Táchira. Después vimos las fotos donde aparecen otros cadáveres
mutilados en lo que sin duda es la resultante de la vesania imperante. Las voces que acompañan las imágenes dejan
claro el objetivo que buscan los autores: enseñorearse en esa región para
administrarla a su buen saber y entender, independientemente de nacionalidades
y soberanías en juego. Bajo un supuesto
deseo de corregir las acciones corruptas de las autoridades, lo que se oculta
es el afán de posesionarse de áreas en las cuales pueden cometer sus fechorías
con más impunidad de la que ya han gozado.
Con la aquiescencia del régimen que nos acogota.
Porque ya, desde hace bastantes años, es un secreto a voces
que los capitostes rojos les dieron luz verde a las guerrillas colombianas para
aposentarse en nuestro territorio y, así, dotarlas de un refugio que les sirviese
para evadir las acciones de las fuerzas militares colombianas, descansar, reaprovisionarse
y pasar nuevamente la frontera para proseguir sus operaciones contra la
estabilidad de ese país. El presidente
Uribe, hoy tan denostado, le mostró, públicamente, en un foro internacional, al
pitecántropo sabanetense varias fotos de los campamentos guerrilleros en áreas
del sur del lago.
También es muy sabido
que, desde hace años, los comandantes de puestos fronterizos en Amazonas
dejaron de patrullar partes de su jurisdicción por las amenazas de los líderes
guerrilleros asentados en ellas. Esas
facciones irregulares han llegado hasta a minar porciones del territorio
nacional y a asesinar a individuos de nuestros cuerpos armados —sin que haya
habido una respuesta contundente y coordinada de los militares, compañeros de
armas de los muertos.
Si eso no es anomia, pues se le parece bastante. La ausencia de la Ley (con
mayúscula) es palmaria en las fronteras.
Los lugareños solo ven a nuestros uniformados cuando van dándole escolta
a las cisternas de combustible que sus jefes pasan de contrabando, siendo que
debieran ser quienes impidieran esa sustracción de bienes subsidiados y, ahora,
muy escasos. Ellos son los principales
responsables, junto con los cabecillas del régimen, de la degradación y
hasta la carencia de normas sociales en
la zona fronteriza.
Pero es que la anomia ahora —por lo que nos demuestran los
videos recientes— viene con otro aliño: la barbarie más absoluta. Nunca en el pasado venezolano, ni siquiera en
las guerras que abundaron en el siglo XIX —excepto en los tiempos del Boves original—
habían ocurrido hechos tan abominables.
Cuando veíamos las escenas, en años pasados, de las decapitaciones en
masa realizadas en el Irak y Siria por los vehementes seguidores del ISIS,
dábamos gracias a Dios porque nosotros ya no estábamos en los tiempos oscuros
del medioevo y más atrás, como parecían estar los recalcitrantes partidarios
del islamismo más fanático. Debe ser que
se les olvida que uno de los patronímicos de Alá es: “El Misericordioso”…
Salgo de la digresión.
Decía que pensábamos que ya estábamos viviendo en una región civilizada,
que había dejado atrás las monstruosidades y sadismos sectarios. Pero, no;
estábamos equivocados. Las fechorías,
los desenfrenos, los absurdos sectarios siguen vivos. Como explicaba más arriba, por la incapacidad
de un régimen y una cúpula militar que se aferran al poder para seguir gozando
de sus mieles —las más de las veces, mal adquiridas—, que no para ejercerlo en
búsqueda del bien común, ni para hacer que el país progrese. Eso es criminal en grado sumo. Esa desidia en el cumplimiento de las
atribuciones que les impone la Ley es criminal.
Tarde o temprano deberán responder por esa incuria voluntaria que ha
causado demasiadas víctimas mortales en estos veinte largos años.
Sospecho, creo, que la oficialidad media y subalterna desea
actuar; que entiende que es su obligación hacerlo; que no puede sentirse
representada por unos mandos claudicantes ante la conveniencia partidista y el
afán de riquezas; que no es patriótica esa mojigatería que solo se manifiesta
de boca para afuera, pero que nos está dejando sin país. Una prueba palmaria de lo que afirmo la
encontramos cuando los del ELN llegaron hasta el malhadado arco minero y mataron
a una docena de venezolanos en el centro de Guayana. No hubo, no hay todavía, una respuesta
contundente, orgánica. Solo escuchamos unas
frases tímidas del mofletudo usurpador; expresiones que más bien parecían
dirigidas a disculpar a sus paisanos de más allá del río Táchira; a sus
cofrades del Foro de Sao Paulo. Y, muy
presumiblemente, a sus socios en aquello del contrabando del oro y la droga.
Lo que vemos en gran parte del país, desde los bloques del 23
de Enero, hasta las junglas del Catatumbo; desde las cangilones dejados por la
minería en Guasipati hasta los médanos de la Guajira, es una presencia nefasta
de matarifes que no son confrontados por la autoridad; es la vigencia de Carujo
en el siglo XXI. Y esto no debe
continuar. Se requiere que los mangantes
—en la tercera acepción del término— renuncien antes de que los defenestren, y
sean relevados por un gobierno de veras, donde abunden las personas de bien,
con conocimientos y, sobre todo, con voluntad de hacer lo correcto por el
país. A eso, debemos apuntarle todos…