Fuente: Agencia
EFE / Tomado de yahoo.es
Kigali, 2 abr
(EFE). - "Seréis asesinados con machete", es la amenaza que aún late
en la memoria de la ruandesa Teopista Bagwaneza, una víctima
que sobrevivió al genocidio de 1994 y que, 25 años después,
recuerda a Efe cómo salvó la vida gracias a una monja.
Teopista
trabajaba como matrona en la Escuela de Enfermería de Rwamagana (este) en abril
de 1994, cuando estalló la matanza contra los tutsis.
"Mi
padre dio la noticia, en la mañana del 7 de abril, de que habían derribado el
avión en el que viajaba el expresidente Juvenal Habyarimana", dice a Efe
la superviviente, cuyo progenitor despertó a toda la familia.
"Mucha
gente va a tener que morir como consecuencia", recuerda que replicó su
madre, aunque a priori la muerte de Habyarimana no era una noticia triste para
los tutsis (etnia minoritaria en Ruanda, pero mejor
posicionada a nivel social que los mayoritarios hutus).
Habyarimana,
de la etnia hutu, regresaba de una conferencia regional en la vecina Tanzania,
donde se había comprometido ante la ONU a formar un gobierno de coalición para
poner fin al largo conflicto entre ambas comunidades.
El avión en
el que viajaba, sin embargo, fue derribado el 6 de abril de 1994, poco antes de
aterrizar en Kigali junto al presidente de Burundi, Cyprien Ntaryamira, también
fallecido en el siniestro.
Tras la
muerte de Habyarimana, la conmoción y el miedo se apoderó
de una polarizada sociedad ruandesa.
"Ojalá
estuviéramos cerca de la frontera. Huiríamos a otro país. Por si fuera poco, no
cabemos todos en este pequeño coche", recuerda Teopista que clamó su
afligido padre.
El 8 de abril
habían visto llamas en casas de otros tutsis del vecindario, y muchedumbres
dejando sus hogares.
Al día
siguiente, desesperados, la mayoría de los tutsis que quedaban en la
zona se escondieron juntos, pero el padre de Teopista se quedó atrás con
otro campesino para cuidar de las vacas.
Un dirigente
local, identificado tan solo como Nguriyengoma, escribió incluso una carta a su
padre asegurando que habían vivido como amigos y hermanos y que su familia no
tenía nada que temer.
"Por
tanto, deberíais permanecer en casa y estaréis seguros", rezaba la misiva,
aunque su madre desconfiaba de esas palabras.
Teopista, que
hoy tiene 50 años, no había visto a nadie asesinado hasta que, aquel 9 de
abril, miembros del grupo paramilitar hutu Interahamwe mataron a su
padre, Charles Karema, mientras éste cuidaba de su ganado.
Tras conocer
la triste noticia, vecinos hutus se aventuraron hasta el lugar del crimen y
ayudaron a Teopista y su familia a recuperar el cadáver.
Después, la
familia tuvo que huir porque un "buen samaritano" les alertó
de que había un plan para aniquilarles y de que, si se retrasaban, no
sobrevivirían, si bien se dividió en dos grupos que no volverían a
verse hasta el final del genocidio.
"A altas
horas de la madrugada del 11 de abril, decidimos huir y caminamos hacia la
ciudad de Rwamagana", relata a Efe la víctima, que se cruzó en la
carretera con la monja Helene Nayituliki, directora de la escuela donde
trabajaba, y la llamó "por impulso".
Teopista y
los familiares que escaparon con ella fueron acogidos por sor Helene en
la escuela, donde también protegió a más de un centenar de potenciales
víctimas, la mayoría alumnas del colegio.
La matrona se
quedó en una habitación con su madre, asustadas de salir, y solo la
intervención de la monja evitó que, en el centro, las chicas hutus atacaran a
las de la minoría tutsi.
"Las que
quieran unirse a la Interahamwe para matar gente inocente que se sientan libres
de salir de mi escuela, pero espero de vosotras que mantengáis la máxima calma
y disciplina. Aquí no tenemos grupos étnicos, aquí tenemos
estudiantes", evoca Teopista que dijo la directora.
Las matanzas
se incrementaron en la zona, pero la influencia de sor Helene fue su
salvavidas. Los líderes hutus la escuchaban y accedían a sus plegarias para
garantizar seguridad y alimento en la escuela.
Sor Helene
consiguió dos camiones para abandonar la zona, un viaje que comenzó con terror
e incertidumbre el 17 de abril.
En el camino
pasaron varios bloqueos, pero finalmente fueron interceptados por milicianos
hutus que ordenaron a sor Helene separar a la gente en tutsis y hutus. Ella se
negó en rotundo y no dejó que registraran los vehículos.
"La
monja -explica Teopista- trató de explicarles que estaban haciendo algo malo y
suplicó nuestra libertad. La vi buscar en su bolso y darles dinero, y después
ordenaron que nos retornaran a la escuela".
"Seréis
asesinados con machetes antes de que lleguéis a (el pueblo vecino de)
Zara", advirtieron los milicianos hutus, según la superviviente.
Pese a las
amenazas, Teopista y sus parientes permanecieron en el centro hasta el 19 de
abril, cuando el Frente Patriótico de Ruanda (RPF), liderado por el tutsi Paul
Kagame, actual presidente de Ruanda, les evacuó a la cercana población de
Gahini.
"Estamos
agradecidos al RPF por parar el genocidio y hacer lo que
hicieron para devolvernos a la vida normal", afirma la víctima.
De sus nueve
hermanos, dos corrieron la misma suerte que su padre y se cuentan entre los
800.000 tutsis y hutus moderados que murieron durante los cien días que duró el
genocidio.
Hoy, Teopista
es madre de una niña y empresaria en Kigali.
George Kalisa
