La vida te da sorpresas
Se estrena Yo no me llamo Rubén Blades, el documental
biográfico oficial del enorme artista panameño que, con un tono de melancolía,
recorre una carrera extraordinaria. Poeta, gran maestro de la salsa, político,
actor, autor de clásicos increíbles como “Pedro Navaja” o “Plástico”, Blades
reflexiona sobre la explosión cultural caribeña que lo vio nacer y sobre su
legado, poco después de cumplir los 70 años.
Por Mariano Del
Mazo
“Escribo
cuando algo me molesta”, dice Rubén Blades y es uno de los tantos conceptos
deslizados en el documental Yo no me llamo Rubén Blades, dirigido por el
también panameño Abner Benaim. Otro, el más poderoso, es el concepto que gira
en torno de la muerte: a los 70 el músico advirtió que el final está ahí,
posible, cercano. La muerte la descubrió, dice al comienzo de la película, a
los cuatro años, cuando pasó un cortejo fúnebre por la calle y la abuela le
explicó qué significaba exactamente esa caravana de autos negros. “Tengo más
pasado que futuro. Yo ya he escrito mi testamento. Y el documental es parte de
mi testamento. Son cosas que si no las digo yo y no las aclaro ahora, otros van
a tratar de interpretarlas y no va a ser lo mismo”, dice.
Él mismo es
uno de los productores de la película. El dato convierte instantáneamente al
film en una biopic autorizada, un espejo que es en el que le gusta mirarse. Ese
reflejo es de todos modos fascinante, un prisma que muestra destellos de lo que
Blades es –uno de los músicos populares vivos más trascendentes de todo el
planeta– y lo que pudo haber sido. Por ejemplo, presidente de su país. Estudió
Derecho en Harvard y, en el período de dedicación full time a la política, dejó
que la pureza de una obra artística de dimensiones existenciales y filosóficas
extraordinarias se licuara en el fango proselitista. El utopista debió ceder a
la realidad.
Pero hay
mucho más en Yo no me llamo Rubén Blades: de pronto aparecen Sting y Paul Simon
para repetir frente a cámara algunos lugares comunes de quien fuera bautizado
peyorativa o laudatoriamente –de acuerdo quién– “el intelectual de la salsa”.
Más interesantes son los testimonios de músicos surgidos de la médula de la
patria centroamericana, como Danilo Pérez, Ismael Miranda o Residente. La
mirada de Benaim (director, entre otras películas, de Empleadas y patrones,
precursora temática de Roma) trasmite el peso específico de la figura del
panameño, una figura reflexiva que sabe lo que representa más allá incluso de
los perímetros de la latinidad.
Intelectual o
no, Blades fue el hombre que le dio contenido literario a la salsa. Su estatura
cultural es insondable y Yo no me llamo Rubén Blades la sugiere en un tono
sobrio, nada enfático. Algunos hitos son destacados, como el de su paso por la
gran corporación discográfica de la salsa en Nueva York, Fania Records. Entre
un mejunje caribeño y popular del cual formaban parte de Celia Cruz y Tito
Puente a Ray Barretto y Héctor Lavoe, salió disparado desde el salón de baile
para llevar a cabo su propia y formidable revolución. En lo textual, Blades es
a la salsa lo que Bob Dylan al folk estadounidense. No sonó extraño que dentro
de la cantinela armada alrededor del Nobel a la Literatura a Dylan muchos hayan
nombrado merecimientos análogos en las obras de Chico Buarque y Blades.
El documental
abandona cabos que quedan un tanto sueltos, como su distanciamiento con Willy
Colón, la sorda competencia librada con Héctor Lavoe, la inserción como actor
en Hollywood, su posición política frente a Venezuela que provocó un árido
debate público con Silvio Rodríguez o la aparición de un hijo. De haber profundizado
cada tema hubiera sido, es verdad, como le gustaba decir a Leonardo Favio, “un
eternometraje”. “Tuve que elegir –contó Benaim– qué dejar, qué sacar. Prioricé
el retrato emotivo”. El film gana cuando se detiene en temas pequeños,
sensibles, como la colección de comics que conserva y exhibe en su buhardilla.
O un gesto, o un saludo callejero.
Queda claro
que al cruzarse con el portorriqueño Willie Colón dio vuelta la historia –no
solo de la salsa, de la música popular toda– como una media. Fue un período
irrepetible. “Era como si fuéramos Los Beatles”, dice Blades, y no parece
exagerar. El disco Siembra, de 1978, con “Pedro Navaja” a la cabeza, provocó un
terremoto regional acerca de las posibilidades ilimitadas de la canción. De la
yunta con Colón aparecen buenas imágenes de archivo, en blanco y negro, de la
interpretación de “Plástico” en vivo. También se ven videos de Lavoe y de la
represión del ejército norteamericano a una manifestación en el Canal de Panamá
que forjó, dice, un sentimiento antiimperialista presente en canciones como “9
de enero”, “Tiburón” y tantas más. “Esa represión me politizó para siempre”, dice.
En casi una
hora y media recorre sitios estratégicos de su vida: el barrio natal, la
esquina neoyorquina “del 8 y del 2” que menciona en “Buscando guayaba”, la
universidad… Yo no me llamo Rubén Blades (el título juega con su intención de
empezar a hacer una música diferente a la que se espera de él, con otro nombre)
deja de manifiesto que es mucho más que el hombre detrás de la perfección narrativa
de “Pedro Navaja”. Ahí está, en su casa, mostrando fotos con celebrities –James
Taylor, Bruce Springsteen, Dizzy Gillespie– y luego en su cuarto adolescente,
escuchando una tremenda de salsa, y bailando como el niño que fue. En ese
cuerpo adulto, esa cadencia, su gorra, la remera, la danza, aflora una verdad
entrañable: Blades, el genio, conecta con el chico de las veredas panameñas de
la década del 50.
El tiempo es,
al fin, el protagonista de la película. Parece inevitable que Yo no me llamo…
esté impregnada de una tersa melancolía. En 1999 sacó un disco maravilloso, que
pasó inadvertido. Se llamó precisamente Tiempos, es tristísimo y cuenta con la
participación clave del trío costarricense de cámara Editus. Uno de sus temas,
“Vida”, tiene una belleza desoladora: “Y la marea del tiempo lleva y trae
nuestras contradicciones / y entre regreso y despedida cicatrizan los errores”.
El tiempo, siempre.
Abner Benaim intentó
un retrato emocional. El retrato está: lo corona Blades cuando baila en su
cuarto, como un conjuro de los 70 años que lo abruman. “Yo siempre pensé que me
iba a morir joven”, dice. Cuenta que todos los domingos va a la Iglesia a rezar
por sus muertos y así se lo ve, en el cementerio, frente a la tumba de Cheo
Feliciano. Surca lápidas y flores. Es el final de la película. No queda más. El
resto son los gloriosos versos de “El cantante”, a capella, el primer plano de
su rostro circunspecto, un fondo negro, los títulos, los créditos. Tomado de
Página 12 / Argentina.
