Por Alexis
Ortiz
El Vaticano es al mismo tiempo, centro religioso y estado referencia
para el mundo. Durante la II Guerra Mundial Stalin preguntó desdeñosamente:
“¿Cuántas divisiones tiene el Papa?”. Años más tarde lo corrigió Ben
Gurión, padre fundador de la democracia israelí: “No se preocupen por esa
tontería de con cuántas divisiones cuenta el Papa, sólo miren a cuanta gente
puede llamar en su ayuda”.
Es por eso que conductas y decisiones de los sumos
pontífices católicos, suelen provocar comentarios y hasta controversias. Tal
sucede con el Santo Padre Francisco, quien de ordinario recibe ataques,
curiosamente provenientes con igual virulencia de fuentes “progres” y
conservadoras.
Con sabiduría de jesuita y humildad de franciscano, la
ruta estratégica de Francisco luce clara:
Sigue la onda renovadora de Juan XXIII, con la prudencia
de los que no tienen vocación cismática. Impone la austeridad evangélica en
predios que se acostumbraron al boato y negocios raros. Enfrenta con
transparencia el bochorno del abuso sexual de clérigos y prelados. Propone una
Iglesia misionera y desburocratizada. Rescata la Economía Social de Mercado de
Ludwig Erhard, como camino para controlar los desmanes del capitalismo salvaje.
Continúa los esfuerzos por la reunificación de los cristianos y amistad con los
judíos. Y, sobre todo, reconoce la autonomía de cada Episcopado nacional.
En virtud de lo anterior, con discreción porque él es un
pontífice y no un activista político, Francisco ha respetado la heroica lucha
de la Iglesia católica venezolana, en defensa del pueblo humillado por la
bandidocracia castrochavista. Durante un tiempo auspició un diálogo entre las
partes en conflicto, hasta que se convenció que el castrochavismo no quiere
entendimiento sino continuismo. Y como prueba tajante de su apoyo a la
democracia nuestra, elevó a cardenal a Baltazar Porras, cura emblemático de la
lucha de la Iglesia criolla por la libertad.
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