ETD/El ingeniero Reinaldo Quijada, coordinador nacional de UPP 89, indicó en documento enviado a los
medios de comunicación que ya no tiene
sentido seguir defendiendo un proyecto político que se ha desvirtuado
totalmente, que ha perdido sentido histórico y que ha frustrado las grandes
expectativas que generó hace 20 años. Ya no hay nada que rescatar. “Debemos
admitir que la Revolución Bolivariana ha fracasado”, afirma en el texto el
excandidato presidencial.
“Es una posición distinta a la que hemos asumido hasta ahora,
señala Quijada. Estamos admitiendo nuestro error. Nosotros nos habíamos
deslindado totalmente del gobierno del Presidente Maduro y de la Dirección
Política del PSUV, al igual que del GPP pero manifestábamos seguir luchando
por reorientar, o recuperar, el proceso revolucionario. Hoy le estamos
diciendo al país que esos intentos son inútiles, han sido totalmente
infructuosos, que el proceso revolucionario es irrecuperable, ha hecho
metástasis y que hay que construir algo nuevo. Y que esa construcción nueva
debe hacerse desde la dimensión ética de la política”.
A continuación texto completo del documento
¡El proceso
revolucionario ha muerto!
04 de enero de 2019
Venimos de adentro, de sus entrañas, fuimos participes de su
nacimiento. Muchos de nosotros, quizás la mayoría, estuvimos en algún momento
en el PSUV, en el MVR o en el MBR200. Al lado del Presidente Chávez. Hoy,
después de 20 años de un proceso que generó grandes expectativas en el mundo,
que logró con su espontaneidad, irreverencia y solidaridad entusiasmar al
pueblo y hacerlo sujeto participativo y protagónico de la vida pública, que
consiguió sacarlo de su ámbito privado y de su rol pasivo de mero objeto
político; hoy, después de 20 años, debemos admitir que la Revolución
Bolivariana ha fracasado. Sólo quedan sombras etéreas de lo que fueron sus
logros políticos y sociales iniciales.
Cuesta admitirlo y algunos nos
reclamaran, quizás con razón, haber tardado tanto tiempo en aceptarlo. Los que
asumimos una posición crítica y nos propusimos luchar por enderezar el rumbo
del proceso revolucionario o de hacer, lo que se ha llamado, la “revolución
dentro de la revolución”, hoy observamos que esos intentos fueron infructuosos
y, en realidad, totalmente inútiles. Ya no hay “legado de Chávez” alguno que
recuperar, ha sido destrozado – hecho trizas – por una dirigencia
política mediocre, ignorante y cobarde, incapaz de entender los cambios
históricos. La radicalización de la democracia participativa y protagónica, la
transición al socialismo, la construcción de un “país potencia” en lo moral, en
lo político, en lo económico y en lo social, la “independencia patria” son
ideas que dejaron atrás todo signo de nobleza y se convirtieron en expresiones
de la falsa conciencia de quienes detentan el poder. Los consejos comunales
fueron pervertidos por la burocracia estatal, y reemplazados por estructuras
políticos partidistas de control social. La vida misma ha sido monopolizada por
ese sujeto único y central de todo el acontecer social, estigma de la dignidad
humana, que es el gobierno y su partido. Debemos señalarlo con sentido de
responsabilidad: el proceso revolucionario ha muerto, murió con el
fallecimiento del Presidente Chávez, salvo en la percepción interesada y
mediatizada de quienes han envilecido el ejercicio de la política, sólo queda
un amasijo retorcido de conceptos y consignas, vacías de contenido, en mano de
oficiantes estériles de la destrucción y la mentira. Ya la llama revolucionaria
se ha convertido en un fuego fatuo, en un cementerio de traiciones e inconsistencias.
La inmensa mayoría de los venezolanos hoy se siente engañada
por la política – tanto la que viene de la IV República, como la que viene de
la V República – y se ha alejado de ella, como lo evidencia la baja
participación en los últimos procesos electorales. Hoy prevalece el
escepticismo, la desconfianza, la desilusión o la apatía. El gobierno no quiere
escuchar a nadie que no sea complaciente con sus políticas y descalifica
cualquier crítica que pueda hacérsele. Nuestros llamados insistentes al
diálogo, no por pecar de ingenuos, sino dictados por un sentido de
corresponsabilidad con los destinos del país, han sido infructuosos. Un buen
gobierno es aquel que casi no se hace sentir, o aquel cuyas acciones positivas
pasan casi desapercibidas por la sociedad, mientras que nuestro gobierno – el
gobierno del Presidente Maduro – lo vivimos y padecemos día a día, hora a hora,
casi minuto a minuto por su incompetencia. La corrupción y la mala
administración de los dineros públicos son evidentes, al igual que los grandes
negocios petroleros y mineros que comprometen los recursos de varias
generaciones de venezolanos. El PSUV, partido de gobierno, con todas sus
acciones clientelares, y de poder, que involucra perversamente a un número
considerable de compatriotas, con sus prácticas de coacción, amedrentamiento y
retaliación, o con su discurso antiimperialista al cual todavía algunas
personas se aferran sinceramente, es la expresión absoluta de la decadencia
política, el espejo cóncavo de la podredumbre. La oposición tradicional – la
mayor parte de ella – se devanea irresponsablemente entre anuncios proféticos
insustanciales, de una “salida” providencial, que nunca se cumplen o llamados
directos a la intervención militar extranjera y, en algunos casos, sus aparentes
torpezas están determinadas por velados y oscuros intereses económicos con
factores gubernamentales. El mundo, particularmente Europa, pareciera girar
hacia los caminos tortuosos de una ultraderecha que se ofrece como una
respuesta a la crisis migratoria global y, por doquier, surgen triunfadoras
propuestas, en apariencia, anti-partidos tradicionales que realmente parecieran
estar lejos de representar una alternativa al anhelo de participación o,
simplemente, de “ser tomado en cuenta” que el ciudadano común le reclama a la
política. Las protestas de los “chalecos amarillos” en Francia son expresión
reciente de ello. Nosotros, desde la UPP 89, le hemos planteado al país la
necesidad de reencontrarnos con la dimensión ética de la política, rara y escasa
no solo en nuestro país sino en el mundo, pero - tenemos que admitirlo – no
hemos logrado, hasta ahora, una identificación con nuestras ideas al menos de
una manera visible. Hemos creído que ante una crisis sin lugar a dudas política
y económica, pero sobretodo moral, la respuesta debemos establecerla
necesariamente en el campo de la ética. Expresarle al país que una
dimensión ética de la política sí es posible y hacerle recuperar al ciudadano
la confianza en sí mismo, su voluntad de participación y su afán por lograr un
futuro mejor. La lucha de carácter ético sobrepasa el ámbito político e
ideológico, constituye los cimientos sobre los cuales construir un programa de
gobierno, nos concierne a todos y debe unir al país en este sentido. No tiene,
por lo tanto, una finalidad político partidista en sí misma, por el contrario
debe convocar al país en su conjunto, con total y absoluta amplitud, sin
sectarismos, ni dogmatismos.
Seguiremos adelante con este esfuerzo, consciente que las
referencias éticas, indispensables en momentos de crisis, tardan en ser
reconocidas por la sociedad y, más aún, en ser valoradas. Anhelamos un
despertar social y luchamos por ello. Ese despertar requiere que nos
convirtamos en sujetos activos de la reconstrucción política, económica e
institucional del país, actuando con total desprendimiento y más allá de los
intereses y egos personales muy propios de la política. Convencidos que no hay
otro camino ante la desesperanza actual y resistiendo siempre a la
desmoralización existente en los momentos de crisis. La historia, creemos, nos
dará la razón y nuestra lucha, como toda lucha que tiene un punto de partida
moral, en ningún caso, será inútil. Vendrán tiempos mejores para el país.
Es autentico,
DIRECCIÒN POLÍTICA
NACIONAL UPP89
