Por Fernando Mires / Tomado de Tal Cual - Caracas
@FernandoMires
El 10-E fecha
de la cual muchos esperaban todo, y no pocos esperaban nada, fue el inicio de
una jornada que se expresaría multitudinariamente en las calles de Venezuela el
23-E.
Un día que
marcará un signo en la lectura de esa novela interminable que parece ser la
historia del régimen. Día de rearticulación de las fuerzas democráticas y de la
superación de la anomia. Día del renacimiento de la esperanza. También un día
de reencuentro donde se entendió en su sentido pleno el significado histórico
de las elecciones del 6-D del 2015, cuando nació la AN democrática. Pues sin
ese 6-D hoy no habría nada que defender y tampoco nada ni nadie a quien seguir.
El 23-E la AN presidida por Juan Guaidó fue reconocida como la institución
líder de la mayoría de la ciudadanía venezolana. Más allá de su rol
institucional -dada la autodestrucción de la MUD y de la incapacidad política
del Frente Amplio– la AN fue consagrada como “el partido de la oposición
venezolana”.
Pero el 23-E
fue sobre todo el día cuando, de acuerdo a las facultades que confieren los
artículos 233 y 333 de la Constitución, Juan Gauidó –en un acto colectivo más
mesiánico que político- se juramentó ante la multitud como presidente interino
de la nación.
Hoy -24-E-
cuando escribo estas líneas nadie sabe cuáles serán los alcances de la por
muchos no esperada decisión de Guaidó. Lo único que se puede inferir por el
momento es que Guaidó trazó una línea divisora entre dos poderes: A
un lado el poder del Estado representado por Maduro, avalado por las hasta
ahora leales FANB, vale decir, por el poder en su más pura forma leviatánica.
Al otro lado, el poder de la mayoría -desgraciadamente no evaluable debido a la
no concurrencia de gran parte de la oposición a las elecciones presidenciales
del 20-M- mayoría apoyada por una constelación de gobiernos de derechas surgida
en América Latina y por la perentoria presión que viene desde América del Norte
(al cual se agrega la formal, pero poco trascendente solidaridad, de algunos
países europeos)
Entre el
mensaje del 10-E y el juramento del 20-E no hay, sin embargo, una línea recta.
En el primero Guaidó dijo estar dispuesto a asumir la presidencia interina solo
si contaba con el apoyo de la ciudadanía y de las fuerzas armadas. De el 23-E
supimos que la ciudadanía se hizo presente de modo contundente en las calles.
De las FANB, como suele suceder, sabemos poco. Aparte de la declaración de
lealtad al gobierno emitida por el general Padrino López, la
correlación al interior de los mandos militares continúa siendo el gran secreto
de la política venezolana. No obstante, cabe conjeturar, la unidad de las
FANB no ha ser en este momento monolítica. Si lo fuera y lo supiera Guaidó -más
allá de toda juristería- habría cometido el peor error de su vida. O para
decirlo sin anestesia: Enfrentar a una ciudadanía inerme contra un ejército
unido, dispuesto a cometer crímenes en aras de la conservación del régimen del
que forma parte, significaría repetir -pero en dimensión muy ampliada- los
ejemplos sangrientos de Nicaragua y de la misma Venezuela durante los
acontecimientos que finiquitaron las jornadas de protesta del 2017. El mismo
día 23-E fue cerrado con una veintena de muertos. Duro es decirlo: vendrán más.
Todo parece
indicar que la alternativa más correcta que tenía Guaidó era llamar a la
ciudadanía a cerrar filas alrededor de la única institución legal y legítima de
Venezuela, la AN, convertida en bastión de la democracia nacional. Llamar en
cambio a juramentar una presidencia que, por muy constitucional que sea carece
de “poder físico” (Capriles dixit) significa pasar a la ofensiva sin medios
para llevarla a cabo, o, en su defecto: entregar toda la iniciativa a la así
llamada comunidad internacional, negándose la oposición a actuar como sujeto
político. En ese punto, seámos claros: la tarea de la
comunidad internacional es apoyar a la oposición nacional, pero la tarea de la
oposición nacional no es apoyar a la comunidad internacional.
Más allá de
las informaciones que maneja (o no maneja) la AN, cabe suponer -en ese punto
sigo un razonamiento de Trino Márquez- dos razones que probablemente indujeron
a Guaidó a apresurar su juramentación. La primera, la decisión del TSJ (o sea
de Maduro) de impugnar a Guaidó y demás miembros de la Junta Directiva de la AN
por haber sobrepasado sus competencias y después haber nombrado a Gustavo Tarré
como representante oficial en la OEA. La segunda, el tuiter de Trump, donde
reconoció a Guaidó como presidente interino antes de la juramentación (hecho
inédito en la historia) A esas dos razones podríamos agregar una tercera: el
peso de un sector político maximalista dentro de la AN, el mismo que
promovió el abstencionismo del 20-M.
De acuerdo a
la primera razón, es posible pensar que Maduro intentó apresurar la
confrontación entre el régimen y la AN. Pues es evidente que mientras más
intensa y menos política es la confrontación, mayores serán sus posibilidades
para imponer condiciones y, de paso, disciplinar con leyes de guerra al
estamento militar. Lo más probable entonces es que Maduro intentará mantener el
juego del “látigo y la zanahoria”. Represión sin concesiones y llamados a un
diálogo destinado a dividir a la oposición, liberando incluso un par de presos
políticos de renombre a fin de amansar la réplica exterior. Por el momento
-reitero, por el momento- nos encontramos frente a una confrontación
entre un ejército sin pueblo y un pueblo sin ejército.Naturalmente, esa
correlación puede cambiar –nadie tiene las llaves de la caja de Pandora- pero
es solo una hipótesis. Y como sabemos, actuar de acuerdo a hipótesis puede ser
muy productivo en el ámbito científico, pero en el político suele ser fatal.
De acuerdo a
la segunda razón, el inédito reconocimiento de un gobierno antes de que se
constituya -hecho que hizo aparecer a Trump dictando una orden a Guaidó: un
manjar para los “antimperialistas”- si hubiera venido de otro presidente,
habría sido decisivo. El problema es que Trump es capaz de cambiar de opinión
de un día a otro (Putin y Erdogan ya le tomaron el pulso). Además, para
Trump el problema principal no es Venezuela. Desde un punto de vista
geopolítico el reconocimiento a Guaidó no fue tanto en contra de Maduro sino en
contra de Putin. Entre líneas quiso decir: “Usted, Putin, puede hacer todos los
negocios que quiera con Maduro, pero si intenta establecer alguna base militar
o algo parecido, intervendremos directamente. En mi patio trasero, todavía mando
yo”. Putin, con toda seguridad, entendió. Pedirá entonces algo para “su patio
vecino” (Ukrania)
La tercera
razón tiene que ver con la composición política de la propia oposición. Pues
para nadie es un misterio saber que la oposición tampoco es monolítica. Hay en
su interior un sector -al que también pertenece el partido de Guaidó, VP-
proclive a dejarse llevar por posiciones maximalistas. Su práctica se
caracteriza por haber empujado permanentemente a la oposición a emprender
caminos contrarios a toda lógica política. El Carmonazo del 2002, la Salida del
2014, los enfrentamientos “militares” con las tropas pretorianas del 2017, el
abstencionismo con un 80% de votación potencial en contra de Maduro, son hitos
que muestran un elevadísimo grado de irracionalidad. Si el 23-E el paso dado
por Guaidó solo corresponde con los deseos de ese sector -crear un poder
(simbólico) paralelo a un régimen militar sin haber establecido una relación
con el estamento militar- puede ser pagado muy caro. Esperemos que no sea así y
la AN tenga en sus manos todas las informaciones que se requieren para
establecer un poder gubernamental paralelo. Si así fuera, Venezuela sería un
caso inédito. Pues, en todos los procesos de transición de la historia
moderna un gobierno interino ha surgido después del derribamiento de una
dictadura. Nunca antes. Séame entonces permitida una cuota de
solidario escepticismo.
Sería
terrible que todo el esfuerzo movilizador que llevó a millones de personas a
adueñarse de las calles, esfuerzo orientado a poner en forma un nuevo
comienzo, solo fuera el comienzo de otro nuevo – y trágico- final. El
pueblo venezolano no merece esa suerte. Como pocos en la historia ha dado
muestras de un gran valor en una resistencia sin igual. Los caminos trazados el
10-E parecían ser los más correctos. La creación de los Cabildos apuntaba a dar
persistencia orgánica a las movilizaciones populares. Los pobres sub-urbanos,
hasta hace poco clientes del madurismo, habían iniciado su propio ciclo de
protestas, cruzando sus demandas sociales con las demandas políticas de las
clases medias. Guaidó, hablando con serenidad no tropical, había dicho las
palabras precisas a las FANB: no a la división, sí a la unidad de la nación,
incluyendo a los militares. Si el juramento presidencial fue parte de ese
proceso, lo sabremos muy pronto. Si fue otro exabrupto voluntarista del
extremismo político cuyo objetivo es dejar el país en las manos del Alto Mando
Militar y de una comunidad internacional a la que solo sirve Venezuela como
bola de ping pong geopolítico, también lo sabremos muy pronto. Quiera Dios, o
quien más se le parezca, que esa segunda posibilidad no vuelva a darse.
PS:
De mi
cuaderno de anotaciones (25.01.2019)
- El discurso del general VPL
lleva a concluir que entre Guaidó y el Alto Mando de las FANB no había el
menor contacto. ¿Estamos frente a una edición ampliada de La Salida? Si es
así, puede ser fatal.
- Ruptura de relaciones políticas
y diplomáticas con los EE UU. Hay tres razones posibles: 1) Un ataque
histérico de Maduro 2) Un plan del régimen para galvanizar a las FANB en
torno a un ideario antimperialista (a lo Cuba) 3) Una maniobra conjunta de
Maduro/ Putin.
Me estoy
inclinando hacia la tercera hipótesis
- Venezuela ha pasado a ser un
objeto de transacción internacional entre las grandes potencias.
- La represión va en aumento
constante. Se reportan allanamientos en distintas ciudades del país.
- Asoman sugerencias para un
diálogo gobierno-oposición. Importante: una viene del mismo general VPL
(habló de acuerdos y negociaciones) Más allá de las intenciones
cosmetizantes del régimen, la oposición política debería aceptar la
posibilidad de realizar conversaciones aunque no más sea para reinsertar a
la política en el plano nacional.
- Venezuela se está transformando
en un pantano de arenas movedizas